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Cuba: ¿Qué pasó en 2020 con la comunidad LGBTQ?

Año de protesta, censura y represión continua

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Protesta por la censura de un beso gay en la Televisión Cubana (Foto: Archivo)

LA HABANA — Tremenda Nota comenzó el 2020 contando la historia de Casa Tomada Mirarte, “la casa de todes en La Habana”, un espacio de la comunidad LGBTI+ fundado hace 4 años en Marianao para la promoción de saberes relacionados con la cultura queer y el feminismo.

“La conga silenciada. ¿Quién cuenta las historias LGBTI+ en Cuba?” fue nuestro seguimiento informativo a exigencias de la comunidad LGBTI+ cubana, tales como el matrimonio igualitario, la reforma del Código de Familia, la necesidad de una ley contra la discriminación y otra de identidad de género, así como la demanda de derechos como la reunión, la manifestación pacífica y la asociación.

En 2020 fue noticia la censura de un beso gay en televisión y la posterior movilización de la comunidad LGBTI+Se trató de la película estadounidense “Love Simon” cuya escena final fue eliminada en el programa Pensando en 3D. Varios activistas hicieron un llamado en redes para realizar una besada pública frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Como consecuencia, la Televisión Cubana ofreció disculpas en las redes sociales.

El ICRT motivó otra polémica cuando se conoció, a mediados de año, que una de sus funcionarias había hecho juicios y recomendaciones homofóbicas en una reunión de trabajo. Yusimí González Herrera llamó “platinadas” a las voces de personas LGBTI+ y recomendó que no fueran usadas en programas de radio. Estas declaraciones provocaron el rechazo de miles de usuarios en las redes sociales.

Por su parte, la comunidad trans se organizó en Cuba ante la epidemia del COVID-19. Dos proyectos, uno en Matanzas y otro en La Habana, asistieron a personas y familias trans. Lograron llegar en menos de 30 días a más de 170 hogares.

No se hicieron esperar las celebraciones y polémicas en torno al primer aniversario de la marcha del 11 de mayo de 2019.  Ese día cientos de personas se manifestaron en La Habana para protestar por la cancelación del desfile anual organizado por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex). En ese momento, el gobierno reaccionó con violencia y disolvió la marcha con fuerzas policiales que arrestaron a activistas y otros participantes.

Tras el acontecimiento se articuló 11M, la principal plataforma coordinadora de la lucha LGBTI+ en Cuba. Este grupo conmemoró con un foro online organizado desde La Habana lo que se denominó Día del Movimiento LGBTI+ cubano. Después de esta primera celebración, 11M promueve un tuitazo el 11 de cada mes. A finales de año, los activistas pidieron al gobierno que frene la campaña de odio emprendida por varias iglesias cristianas.

Una de las mayores polémicas en torno al activismo LGBTI+ en Cuba, fue protagonizada por Mariela Castro Espín, directora del Cenesex y diputada al parlamento cubano, cuando declaró que los campos de trabajo forzado para homosexuales en Cuba habían sido sobredimensionados. Las declaraciones aparecieron en una entrevista realizada por el influencer Edmundo García.

Posteriormente, Mariela provocó otra polémica cuando inauguró en línea la jornada anual contra la homofobia y la transfobia que organiza Cenesex desde 2008. En esta ocasión calificó de “baratijas” y “garrapatillas” a quienes hacen activismo fuera de las instituciones estatales en Cuba.

Pero el galardón de las declaraciones polémicas lo conquistó la rapera Danay Suárez, al traer a Cuba un debate inspirado por el fundamentalismo cristiano. La artista, conocida por su discurso contra el aborto en el festival Viña del Mar 2017, compartió el 13 de junio un post en el que relacionó la lucha por los derechos LGBTI+ con la agenda de presuntos grupos pedófilos.

Un grupo de artistas e intelectuales cubanos publicó una declaración de solidaridad con la comunidad LGBTIQ+ a raíz de la polémica provocada por Suárez, donde reafirmaron su postura respecto al referendo del matrimonio igualitario.

Danay Suárez compareció el 16 de octubre ante un tribunal de La Habana. El incidente provocó un debate en Cuba respecto a los discursos de odio. Finalmente, la querella contra la rapera fue desestimada por los jueces.

En 2020 abundaron los enfrentamientos entre la comunidad LGBTI+ y el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Como si no bastara con la censura del beso gay, otro programa de televisión también recibió fuertes críticas por usar conceptos desactualizados sobre un personaje trans en un capítulo de la teleserie “De amores y de esperanzas”, que se consideró desinformador y poco verosímil por activistas transgénero.

La Constitución de 2019 no dejó de ser noticia. “Triejas, una opción (inesperada) que la Constitución de 2019 dejó abierta en Cuba” fue un artículo de Tremenda Nota que analizó una ambigüedad del texto constitucional.

“La gente homosexual tiene derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. Nadie debería ser expulsado o sentirse miserable por ello”, dijo el papa Francisco en un documental el pasado año, en contraste con el conservadurismo de la iglesia cubana, informó también Tremenda Nota.

Esta fue una buena noticia en medio de un año en el que abundaron las declaraciones homfóbicas y transfóbicas, incluso de personas mediáticas como el reguetonero Jorge Junior, director del grupo Los 4, que inundó las redes sociales con insultos homofóbicos para el influencer Alexander Otaola a raíz de haber sido incluido en una “lista roja” que pretende impedir la entrada a Estados Unidos a personalidades calificadas de “comunistas”.

Varios activistas celebraron este 11 de octubre el Día para salir del clóset. El Coming Out Day, como fue nombrado en Estados Unidos, donde surgió el evento, promueve la visibilidad de las personas LGBTI+ y llama la atención sobre una de las exigencias más arraigadas de la homofobia, la lesbofobia y la transfobia: el silencio.

Los colectivos LGBTI+ también se pronunciaron a fines de año sobre la crisis política provocada en Cuba por la huelga de hambre del Movimiento San Isidro, un grupo de activistas disidentes, y la manifestación realizada el pasado 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura, cuando cientos de personas demandaron al gobierno que se respeten los derechos de los artistas y de la ciudadanía.

Por su parte, el Proyecto Abriendo Brechas de Colores (ABC) estrenó recientemente la campaña “Cristo ama mis colores”.  Este colectivo de activistas fundado en la ciudad de Matanzas propuso una campaña contra la violencia espiritual y el fundamentalismo anti LGBTI+.

Tremenda Nota indagó también sobre la intersexualidad y las particularidades de esa comunidad en Cuba. Publicó además una crónica respecto a los lugares de encuentro sexual gay en La Habana.

La revista informó respecto a las personas trans que han sido asesinadas durante 2020 en el mundo, según cifras obtenidas por el Proyecto Transrespeto versus Transfobia en el Mundo (TvT) y publicadas en un informe actualizado este 20 de noviembre con motivo del Día de la Memoria Trans.

También cubrimos la legalización en Costa Rica del matrimonio entre personas del mismo sexo, la única nación de América Central que lo ha hecho hasta el momento. El matrimonio igualitario es un derecho reconocido por más países, aunque dos tercios de los que lo permiten se encuentran en Europa Occidental.

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El 2026 bajo presión

La realidad que enfrentan las organizaciones LGBTQ en EEUU

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(Foto de Michael Key por el Washington Blade)

El año 2026 no comenzó en blanco para las organizaciones LGBTQ en Estados Unidos. Llegó precedido por un proceso que se activó con fuerza en 2025 y que hoy se manifiesta como una reconfiguración profunda del ecosistema de derechos, servicios y sostenibilidad comunitaria. No se trata de una crisis momentánea ni de un ajuste administrativo pasajero. Lo que está ocurriendo es un cambio estructural en la forma en que el Estado define, financia y condiciona la igualdad, la accesibilidad y la atención a poblaciones históricamente vulnerables.

Desde los primeros meses de 2025, la administración federal inició la retirada o revisión de múltiples órdenes ejecutivas y disposiciones que protegían explícitamente a personas LGBTQ en áreas clave como salud, educación y acceso a servicios. La justificación oficial ha girado en torno a la eliminación de lo que se denomina “ideología de género” y a la redefinición restrictiva del concepto de sexo, limitado exclusivamente a criterios biológicos. Este cambio discursivo no quedó en el plano simbólico. Se tradujo en nuevas reglas de elegibilidad, en la cancelación de subvenciones, en la eliminación de recopilación de datos y en una creciente incertidumbre administrativa que ha afectado directamente la operatividad de organizaciones comunitarias en todo el país, como ha documentado la Kaiser Family Foundation.

La salud fue uno de los primeros campos donde se sintió el impacto. Programas vinculados a la atención integral, a la prevención del VIH, a la salud mental y a la investigación en poblaciones LGBTQ comenzaron a perder respaldo federal. Subvenciones previamente aprobadas fueron canceladas o sometidas a revisión bajo criterios ideológicos, no científicos. Reuters y Associated Press han documentado cómo esta nueva orientación provocó la interrupción de investigaciones financiadas por los Institutos Nacionales de Salud, afectando proyectos que buscaban comprender mejor las desigualdades en salud, el acceso a tratamientos y las condiciones de vida de comunidades ya marginadas. La consecuencia inmediata no es solo la pérdida de conocimiento, sino la erosión de la capacidad del país para diseñar políticas públicas basadas en evidencia.

La educación siguió un camino similar. A lo largo de 2025, el discurso oficial contra los programas de diversidad, equidad e inclusión se tradujo en recortes presupuestarios y en señales claras a los sistemas educativos. Talleres de prevención de acoso, programas de formación docente, iniciativas de acompañamiento estudiantil y espacios seguros que durante años fueron sostenidos por alianzas entre escuelas y organizaciones LGBTQ comenzaron a desaparecer o a ser suspendidos por temor a perder fondos. El mensaje fue inequívoco: la igualdad dejó de ser una prioridad financiable. En ese vacío, quienes pagan el precio son jóvenes que pierden redes de apoyo fundamentales en etapas decisivas de su vida.

A este escenario se sumó un fenómeno menos visible pero igualmente dañino: el condicionamiento del lenguaje. Organizaciones que no se dedican exclusivamente a temas LGBTQ, pero que atienden poblaciones diversas, comenzaron a recibir directrices que restringen términos y enfoques en sus propuestas de financiamiento. Esto ha generado autocensura institucional, debilitamiento de programas y una sensación generalizada de inseguridad jurídica. Cuando las organizaciones no saben si nombrar una realidad puede costarles su existencia, el impacto va mucho más allá del presupuesto.

El efecto acumulado de estas decisiones comenzó a hacerse evidente en 2025 y se consolida en 2026. Servicios que antes funcionaban con relativa estabilidad ahora operan al límite. Se reducen horarios, se despide personal, se priorizan únicamente los casos más urgentes y se crean listas de espera que antes no existían. La prevención cede espacio a la emergencia, y la emergencia, como bien sabe la salud pública, siempre resulta más costosa y más dolorosa.

Puerto Rico ofrece un ejemplo claro de cómo esta dinámica se acelera en contextos con menos margen de maniobra. La pérdida de fondos federales por parte de organizaciones comunitarias ha tenido efectos inmediatos, obligando a cierres de programas, reestructuraciones profundas y una dependencia aún mayor de donaciones locales en un mercado filantrópico limitado. Lo que en otros estados puede tardar años en sentirse, en la isla se manifiesta en meses. Y, sin embargo, la necesidad de servicios no disminuye; al contrario, aumenta en contextos de incertidumbre económica y social.

Frente a este panorama, las organizaciones LGBTQ no han permanecido inmóviles. El 2026 las encuentra ensayando estrategias de supervivencia que, aunque diversas, comparten un mismo objetivo: no colapsar. Muchas han acelerado la diversificación de sus fuentes de ingreso, apostando por donantes individuales recurrentes, campañas comunitarias y modelos de membresía. Otras han intentado desarrollar servicios híbridos que permitan generar ingresos propios para sostener programas gratuitos. Las alianzas con universidades, sistemas de salud, municipios y organizaciones comunitarias más amplias se han convertido en una tabla de salvación para compartir costos y mantener presencia territorial.

Pero también hay decisiones dolorosas. Reducciones de personal, cierres temporales, eliminación de proyectos no considerados esenciales y una redefinición constante de prioridades. Estas medidas no son señales de mala gestión; son respuestas defensivas ante un entorno que se ha vuelto hostil e impredecible.

Lo que muchas veces queda fuera del debate público es que este proceso no afecta solo a las organizaciones como estructuras administrativas. Afecta a personas concretas. A jóvenes que pierden espacios seguros. A personas trans que ven restringido su acceso a servicios de salud. A familias que ya no encuentran acompañamiento. A activistas que quedan más expuestos en un clima social cada vez más polarizado. La retirada de fondos no elimina las realidades humanas que esos programas atendían; simplemente las empuja hacia la invisibilidad y el sufrimiento silencioso.

El 2026, entonces, no es únicamente un año de ajustes presupuestarios. Es una antesala que pone a prueba el compromiso real del país con la igualdad y la dignidad. Cuando los derechos dependen de ciclos políticos y los servicios esenciales quedan sujetos a criterios ideológicos, lo que se debilita no es solo una comunidad específica, sino el tejido social en su conjunto.

La pregunta que queda abierta no es si las organizaciones LGBTQ resistirán. Históricamente lo han hecho. La verdadera pregunta es cuántas personas quedarán sin protección en el camino y cuánto daño se normalizará antes de que la nación asuma que la accesibilidad, la educación y la salud no pueden ser tratadas como concesiones temporales.

El 2026 ya comenzó. Y lo que está en juego no es una narrativa cultural, sino la capacidad de una sociedad para sostener, con hechos y no solo con discursos, la dignidad humana.

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Colombia

Colombia anunció la inclusión de las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad

Registraduría Nacional anunció el cambio el 28 de noviembre

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(Foto via Bigstock)

OrgulloLGBT.co es el socio mediático del Washington Blade en Colombia. Esta nota salió en su sitio web.

Ahora los ciudadanos colombianos podrán seleccionar las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad del país.

Este viernes la Registraduría Nacional del Estado Civil anunció que añadió las categorías ‘no binario’ y ‘trans’ en los distintos documentos de identidad con el fin de garantizar los derechos de las personas con identidad diversa.

El registrador nacional, Hernán Penagos, informó que hizo la inclusión de estas dos categorías en los documentos de: registro civil, tarjeta de identidad y cédula de ciudadanía.

Según la registraduría: “La inclusión de estas categorías representa un importante avance en materia de garantía de derechos de las personas con identidad de género diversa”.

Estas categorías estarán en el campo de ‘sexo’ en el que están normalmente las clasificaciones de ‘femenino’ y ‘masculino’ en los documentos de identidad.

En 2024 se inició la ejecución de diferentes acciones orientadas implementar componentes “‘NB’ y ‘T’ en el campo ‘sexo’ de los registros civiles y los documentos de identidad”.

Las personas trans existen y su identidad de género es un aspecto fundamental de su humanidad, reconocido por la Corte Constitucional de Colombia en sentencias como T-236/2023 y T-188/2024, que protegen sus derechos a la identidad y no discriminación. La actualización de la Registraduría implementa estos fallos que ya habían ordenado esos cambios en documentos de identidad.

Por su parte, el registrador nacional, Penagos, comentó que: “se trata del cumplimiento de unas órdenes por parte de la Corte Constitucional y, en segundo lugar, de una iniciativa en la que la Registraduría ha estado absolutamente comprometida”. Y explicó que en cada “una de las estaciones integradas de servicio de las más de 1.200 oficinas que tiene la Registraduría Nacional se va a incluir todo este proceso”.

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El Salvador

El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ

Entidades estatales son los agresores principales

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.

Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.

El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.

Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor

El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.

Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:

  • 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
  • 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
  • 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.

A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.

Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:

“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”

Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.

El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.

El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso

El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.

“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.

La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.

Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.

Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.

Educación negada, derechos anulados

Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:

“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”

Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.

Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.

Organizaciones en resistencia

Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.

Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”

Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.

Matar sin balas: la anulación de la existencia

“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.

Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.

En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.

El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.

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