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Un orgullo de luchar en El Salvador

Más de 20,000 personas marcharon el 24 de junio

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Organizaciones de la Federación LGBTIQ+ dando pronunciamiento. (Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

SAN SALVADOR, El Salvador — Grupos de todas las edades, comenzaron a tomarse un tramo del Boulevard de Los Héroes, en las cercanías del Ministerio de Hacienda de El Salvador el sábado, todo con el fin de celebrar el día del orgullo LGBTQ e intersex en El Salvador. 

Los colores comenzaron a pintar esta principal arteria capitalina desde tempranas horas de la mañana en donde carros alegóricos comenzaron a colocar el colorido en sus estructuras. 

Entre canciones, consignas, música de DJs y en los carros alegóricos, se dio la indicación de hacer un minuto de silencio por las personas LGBTQ e intersex que ya no están presentes, ya sea por muerte natural o por crímenes por odio. Seguido a esto las organizaciones que conforman la Federación Salvadoreña LGBTI, dio lectura a su pronunciamiento para el día del orgullo. 

En el cual mencionan que salen a marchar para reivindicar sus derechos, además que la sociedad; como efecto de las raíces racistas, colonialistas, machistas, heterosexistas, excluyentes, discriminatorias, y que descansan sobre la base de pilares fundamentalistas, tradicionalistas y conservadoras, ha ocasionado que todas las personas lesbianas, gay, bisexuales, mujeres y hombres trans, intersexuales, queer y todas aquellas formas de disidencias sexuales que no encajan en la heteronormatividad, sean objeto de constantes vulneraciones a sus derechos y convirtiéndose así en constantes agresiones que no se han limitado solo a abusos verbales, sino que muchas trascienden a agresiones físicas, sexuales, torturas, tratos crueles inhumanos y degradantes, asesinadas, y hasta criminalizadas por ser quiénes son.

Un DJ y activista en punto de partida de la marcha. (Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

Bianca Rodríguez, directora de COMCAVIS TRANS El Salvador, mencionó que debido a las distintas barreras que existen en todo nivel desde la invisibilización, la insensibilización, el encubrimiento, y el no reconocimiento legal del nombre y género de las personas trans, “escala a otras brechas como el acceso al derecho a la salud, educación, vivienda, trabajo, el acceso a la justicia y todos aquellos derechos básicos para que una persona se desarrolle plenamente”.

Reiteraron también que ya van cuatro meses que se venció el plazo que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia dio a la Asamblea Legislativa y aún no se muestra voluntad de parte de la Comisión de Género y la Mujer a que se estudie y apruebe el anteproyecto de Ley de Identidad.

“En reiteradas ocasiones hemos enviado peticiones de reunión a la comisión, pero las únicas respuestas que hemos recibido es un silencio absoluto, violentando nuestro derecho constitucional como es el derecho de petición y respuesta consagrado en el artículo 18 de la Constitución”, agrega Bessy Ríos, directora de la Asociación de la Mano Contigo, de amigos y familiares por la diversidad. 

El artículo 18 menciona que “toda persona tiene derecho a dirigir sus peticiones por escrito, de manera decorosa, a las autoridades legalmente establecidas; a que se le resuelvan, y a que se le haga saber lo resuelto”, lo cual de acuerdo con la Federación LGBTI de El Salvador, no ha ocurrido.

A su vez, dijeron que condenan las detenciones ilegales que se han hecho de personas LGBTQ e intersex en el contexto del régimen de excepción, ya que muchas veces han sido detenidas arbitrariamente debido a la orientación sexual, identidad y/o expresión de género. 

“Condenamos los discursos de odio que han ido aumentando en los últimos años de grupos ultraconservadores muy mal llamados ‘provida’ que están levantando campañas de mentiras y desinformación en las redes sociales, atacando constantemente a activistas y organizaciones de derechos humanos LGBTIQ+”, expresó Erick Ortiz, director de Colectivo Normal.

Asegura, que esto les coloca en situación de indefensión, pues llegan a revelar información personal en las redes sociales y que estas acciones siempre se transforman en violencias y ataques hacia las personas trans principalmente.

26000 personas marcharon por la visibilidad de sus luchas

Personas LGBTQ e intersex de la capital tanto como del interior del país, se dieron cita para arrancar la marcha del orgullo desde la 1:45 de la tarde, partieron desde las afueras del Ministerio de Hacienda, también conocido como Tres Torres, recorriendo parte del Boulevard de los Héroes, pasando frente al centro comercial más populoso de la capital, para pasar frente al Estadio Mágico González, el cual ha sido recientemente reconstruido por el gobierno de Nayib Bukele, para lucirse en los recién comenzados XXIV Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe San Salvador 2023; cruzando después sobre la avenida Olímpica hasta la Alameda Manuel Enrique Araujo y bajar al Monumento al Salvador del Mundo, donde se realizaría el PrideFest 2023. 

Bajo el lema “Mi Identidad, Mi Lucha, Nuestros Derechos”, la marcha del 2023 en El Salvador se volvió a llenar de colorido en las calles capitalinas, dejando ver a diferentes asociaciones, grupos de amigos, familias, comercios LGBTQ e intersex o aliados, e incluso iglesias, que este era el día en que todos y todas podían unir sus luchas y decir “acá estamos, existimos, tenemos derechos como todos”. 

Acompañaron a la marcha miembros de la Embajada de Estados Unidos en El Salvador, como también de la Embajada de México en El Salvador. 

Mucha de la juventud asistente se mostraba interesada en alzar su voz y exigir el cumplimiento de sus derechos. 

“Este es un espacio en el cual me siento segura, nadie me va a señalar por ser yo misma, como sucede cuando voy con mi novia a un restaurante”, mencionó al Washington Blade Katy Avilés, joven asistente.

(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

Otras personas aprovechan este día para mostrar una expresión que en su día a día no pueden, “ahora he decido venir en drag este año, porque soy super fan de este arte”, Arturo Landaverde, un joven abogado de El Salvador que habló con el Blade. 

Se mostraban pancartas con mensajes como “la homosexualidad no se contagia, que se te antoje es otra cosa” y “no utilices a tu Dios para promover tu odio”, y en cada paso de la marcha se mostraba respeto, inclusión y libertad; aunque no todas las realidades de los asistentes eran de libertad, “vine de escondidas de mis padres, no creo que me acepten si les digo que soy gay”, comentó un joven asistente al Blade. 

También los grupos conservadores no pudieron faltar, como un grupo religioso que se instaló en las cercanías del monumento al Salvador del Mundo, con sus pancartas expresando “Homosex es pecado”, entre otras consignas que hacían un llamado a buscar el perdón y la liberación de la homosexualidad. A lo que los asistentes a la marcha solo contestaron con bailes, saludos y tomas de fotografías luciendo su colorido frente al grupo religioso. 

Jóvenes lesbianas posando frente a conservadores religiosos. (Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

Pride Fest 2023

El monumento al Salvador del Mundo se mostró abarrotado, entre ferias de emprendedores, comida, bebida, música y diversión, las personas LGBTQ e intersex y aliados asistentes, que aprovecharon la zona segura para disfrutar y celebrar la diversidad sexual en sus diferentes expresiones. 

Al llegar la marcha las y los diferentes líderes tanto de la Federación LGBTIQ+ de El Salvador como la RED LGBTQIA+ El Salvador, dieron a conocer sus pronunciamientos a las personas asistentes en diferentes momentos. 

En el escenario se presentaron diferentes talentos drag salvadoreños como internacionales, entre las internacionales estuvieron Aisha Dollkills de Costa Rica, participante de La Más Draga México 5 temporada y Alyssa Hunter de Puerto Rico, participante de Drag Race temporada 14.

También estuvieron en tarima presentadores nacionales como quienes abanderan el primer programa sobre diversidad sexual en línea llamado Zona LGBTIQ+, son Burka Von Teese, Alen Elias, Edrian y Abi Samayoa. Entre sus impresiones estuvieron el que es impresionante como la población LGBTQ e intersex salvadoreña se va sumando a esta marcha año con año, “siempre ha habido algo distinto y se nota en las nuevas generaciones, en como están viviendo sus identidades y realidades, es mucho más vistoso y más libre”, comentó al Blade, Samayoa. 

Agregó que de acuerdo con la coyuntura que está viviendo la población LGBTQ e intersex en El Salvador, es muy acorde el lema de la marcha, “actualmente no existe iniciativa de parte del gobierno para apoyar el anteproyecto de Ley de Identidad”, recalcó Samayoa.

El Pride Fest 2023 terminó sin ninguna novedad que alertara a los movimientos de la población LGBTQ e intersex, mostrando esta celebración y convocatoria va en aumento en el territorio salvadoreño. También, de acuerdo con las organizaciones LGBTQ e intersex, que la lucha por el cumplimiento de los derechos que han sido históricamente excluidos para este sector de la población, debe seguir y sobre todo no quitaran el dedo del reglón hasta la aprobación de la Ley de Identidad de Género.

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El Salvador

El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ

Entidades estatales son los agresores principales

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.

Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.

El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.

Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor

El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.

Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:

  • 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
  • 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
  • 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.

A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.

Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:

“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”

Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.

El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.

El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso

El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.

“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.

La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.

Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.

Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.

Educación negada, derechos anulados

Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:

“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”

Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.

Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.

Organizaciones en resistencia

Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.

Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”

Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.

Matar sin balas: la anulación de la existencia

“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.

Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.

En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.

El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.

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Un país que vota desde el miedo y la esperanza

Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país

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La ciudad de Miami en 2020. Los resultados de las elecciones del 4 dfueron una llamada de atención para los candidatos anti-LGBTQ y antiinmigrantes.(Foto de by Yariel Valdés González por el Washington Blade)

Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.

Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.

El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.

“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.

 Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.

Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.

Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.

La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.

Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.

Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.

Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.

Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.

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Doble exclusión, misma dignidad

Personas con discapacidades en América Latina y el Caribe se luchan dos batallas.

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El Ángel de la Independencia en la Ciudad de México (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

En un continente donde los derechos de la comunidad LGBTQ avanzan y retroceden al ritmo de los vientos políticos, hay una realidad que casi nadie nombra: la de quienes, además de pertenecer a esta comunidad, viven con una discapacidad física, motora o sensorial. En ellos convergen dos batallas —la del reconocimiento y la de la accesibilidad— que se libran, la mayoría de las veces, en silencio.

Según el Banco Mundial, más de 85 millones de personas con discapacidad viven en América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, la región alberga algunos de los movimientos LGBTQ más visibles del mundo, aunque persisten graves formas de violencia y exclusión. Sin embargo, los estudios que cruzan ambas realidades son casi inexistentes. Y esa ausencia de datos también es una forma de violencia.

Ser una persona LGBTQ en América Latina todavía implica, en muchos casos, enfrentar el rechazo familiar, la discriminación laboral o la exclusión religiosa. Pero si a eso se suma una discapacidad, las barreras se multiplican. En palabras de un activista brasileño citado por CartaCapital, “cuando entro a una entrevista, me miran primero la silla de ruedas y después descubren que soy gay. Ahí empieza el doble filtro”. Este fenómeno, conocido como doble prejuicio, se refleja tanto fuera como dentro de la propia comunidad LGBTQ. A menudo, la discapacidad sigue siendo invisibilizada incluso en marchas del orgullo o campañas de diversidad, donde predominan imágenes de cuerpos normativos y jóvenes. El capacitismo —esa discriminación basada en la idea de que solo los cuerpos funcionales son válidos— se cuela incluso en los espacios que deberían ser los más inclusivos.

La desexualización de las personas con discapacidad es una de las formas más sutiles de exclusión. El reportaje argentino Sexo, discapacidad y placer, publicado por Distintas Latitudes, expone cómo la sociedad suele negar el derecho al deseo y al amor de quienes viven con alguna limitación física. Cuando además se trata de una persona LGBTQ, la negación se duplica: se les niega el cuerpo, el deseo y, con ello, una parte esencial de su dignidad humana. Como afirma la psicóloga mexicana María L. Aguilar, “la desexualización de las personas con discapacidad es una forma de violencia simbólica. Y cuando se cruza con la diversidad sexual, se convierte en una negación del derecho al placer y a la autonomía”.

El ejemplo más visible de inclusión llega desde el deporte. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, al menos 38 atletas LGBTQ participaron, según un informe de Agencia Presentes. Pero la pregunta permanece: ¿cuántas personas LGBTQ con discapacidad fuera del ámbito deportivo logran tener voz, empleo, pareja o acceso a los servicios básicos? En un continente marcado por la desigualdad, la intersección entre orientación sexual, discapacidad, pobreza y género produce una combinación de vulnerabilidades que pocas políticas públicas abordan.

Diversos estudios advierten que las personas LGBTQ en América Latina presentan tasas más altas de depresión y ansiedad que la población general. A su vez, los informes sobre discapacidad en la región señalan altos niveles de aislamiento y falta de apoyo. Pero no existen datos interseccionales que midan cómo se viven estos desafíos cuando ambas realidades se cruzan. En países como Chile, el Observatorio de Discapacidad e Inclusión advierte una alta prevalencia de problemas de salud mental y un acceso insuficiente a servicios especializados. En Estados Unidos, investigaciones del Trevor Project muestran que los jóvenes Latine LGBTQ tienen mayor riesgo de intentos de suicidio cuando enfrentan discriminación múltiple. En América Latina y el Caribe, la ausencia de estadísticas en este campo no solo refleja desinterés: también perpetúa la invisibilidad.

Ni las leyes sobre discapacidad mencionan explícitamente a la población LGBTQ, ni las políticas de diversidad incorporan la variable de discapacidad. Un informe de la International Disability Alliance sobre la región advierte que las personas con discapacidad LGBTQ “enfrentan discriminación múltiple y carecen de protección específica”. Pese a ello, surgen señales de esperanza: en México, el Colectivo de Personas con Discapacidad LGBTQ+ impulsa iniciativas para visibilizar la exclusión doble; en Brasil, la organización Vale PCD desarrolla proyectos de inclusión laboral y cultural; y en el Caribe oriental, el Proyecto LIVITY, de la Eastern Caribbean Alliance for Diversity and Equality (ECADE), fomenta la participación política de personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ.

La verdadera inclusión no se mide por las rampas, ni por los discursos de tolerancia. Se mide por la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad humana en todas sus expresiones, sin lástima, sin morbo, sin condiciones. No se trata de aplaudir historias de superación, sino de garantizar el derecho a una vida plena. Como dijo un líder caribeño citado por ECADE: “La inclusión no es un gesto, es una decisión moral y política”.

Este tema exige una conversación continental. América Latina y el Caribe solo podrán hablar de igualdad real cuando el cuerpo, el deseo y la libertad de las personas LGBTQ con discapacidad sean respetados con la misma fuerza con que se proclama la diversidad. Nombrar lo que aún no se nombra es el primer paso hacia la justicia. Porque lo que no se mide, no se atiende; y lo que no se mira, no existe.

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