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Diseñador de modas en Miami hace mascarillas contra el coronavirus
Alberto Ravelo es de origen cubano

MIAMI — Ante la creciente demanda de mascarillas por la actual pandemia de coronavirus, el diseñador de modas de origen cubano Alberto Ravelo decidió hacer su aporte al confeccionar este vital utensilio que, además de proteger contra el virus, resulta una prenda de diseño atractiva y única.
“Me motivé a confeccionarlas”, dice Ravelo en exclusiva con el Washington Blade. “Por la responsabilidad social que tenemos todos de parar esta crisis; por la escasez de máscaras que existe en este momento y para educar a la sociedad a protegerse con los recursos que tenemos a nuestro alcance”.
Es esta la primera vez que el diseñador residente en Miami se lanza a la confección de este producto y para ello ha desarrollado varios patrones con diferentes estilos, algunos más complicados y otros más sencillos, pero todos igual en efectividad, aclara.
“Las máscaras las hago en casa con materiales que me han donado ciertas personas como sábanas, camisetas y tela. Las donaciones vienen lavadas y en casa las manipulo con higiene sobre superficies que están limpias y lavándome las manos constantemente. Pero recomiendo a las personas que las reciban lavarlas antes de usarlas”.
Son precisamente las mascarillas de tela, confeccionadas con artículos del hogar o hechas en casa a partir de materiales comunes de bajo costo, las recomendadas por el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), la institución líder en la batalla contra el coronavirus en Estados Unidos, para evitar la propagación de este virus.
Las mascarillas quirúrgicas y mascarillas de respiración N-95, que actualmente muchas personas utilizan, son suministros críticos que se deben continuar reservando para los trabajadores de la salud y otros miembros del personal médico de respuesta a emergencias, como lo recomienda la guía actual de los CDC.
Ravelo utiliza tejidos sintéticos y naturales como poliéster y algodón para su producción.
“Las que estoy confeccionando son con bolsillo para poder reemplazar el filtro, que puede ser de diferentes materiales. A pesar de que la tela está doble, se requiere de un filtro para que las máscaras sean más eficaces. También estoy utilizando telas más elegantes para embellecerlas y que se conviertan en un artículo de moda. He creado un diseño donde cada cual puede dibujar o poner el mensaje que desee, convirtiendo las máscaras en un medio de expresión social”, añade.

Inicialmente Ravelo comenzó esta iniciativa para ayudar a A Zero Waste Culture, una organización sin fines de lucro que promueve la lucha contra el cambio climático y que pretende donar los nasobucos. El diseñador, asimismo, recibirá encargos a través de su página de Facebook y su cuenta de Instagram. Los clientes podrán escoger su diseño y materiales.
Según Ravelo, sus máscaras pretenden “educar, sensibilizar y agradar. Los precios son módicos y sin intenciones de lucro. Estos momentos son difíciles y todo lo que pueda ayudar a sentirnos mejor nos hará el proceso más agradable”.
Alberto Ravelo acumula 18 años de experiencia en la industria de la moda como director creativo, creador de patrones, en la confección de ropa, así como en el diseño textil estampado, diseño gráfico, el bordado y otras técnicas. Es diseñador en Fashionite, una empresa de confecciones femeninas en Nueva Delhi y en Caravana, una marca de estilo de vida artesanal que conserva las antiguas técnicas artesanales de México.
Colabora además como asistente de diseño en la marca Ramona La Rue, de Miami y es Profesor adjunto del Miami Fashion Institute del Miami Dade College desde 2016 y hasta la fecha. En la actualidad trabaja de forma independiente.
Sacando tajada de la tragedia
Varias casas de moda como Off-White, Louis Vuitton, Gucci, Futurewear, Fendi o Antisocial Club han sido fuertemente criticadas por aprovecharse de esta crisis mundial de salud para sacar tajada económica de la tragedia y vender nasobucos a precios exorbitantes. Pese a esto, los portales webs de todas estas marcas no poseen ejemplares disponibles.
Off-White, la marca urbana más potente del momento, vende varios modelos, algunos con la palabra “mask” (máscara) y otros con su logo en grande por un valor de 70 euros. En San Francisco, la diseñadora Danielle Baskin creó una mascarilla personalizada, que incluye una fotografía impresa de esa misma parte del rostro y que asciende a un valor de 40 dólares.
Louis Vuitton lanzó al mercado su diseño por 85 dólares, una mascarilla en la cual puede observarse el logo de la firma francesa en el centro y con el diseño monogram que le caracteriza. Una de las más firmas que más polémica ha creado ha sido la casa italiana Fendi, que por casi 200 euros, han puesto en venta mascarillas igualmente decoradas con su logo.
Por otra parte, la celebridad LGBTQ Ellen Degeneres igualmente lanzó una mascarilla en su tienda virtual, decorada con su famosa frase “Se amable” (“Be Kind”) por un precio mucho más razonable: 10 dólares. La marca aclara que todos los ingresos serán donados al Fondo de Alimentos de Estados Unidos.
Desde hace ya algunos años, los cubrebocas formaban parte del guardarropa de algunos famosos como Madonna, Justin Bieber, Rosalía, Bad Bunny y más recientemente Billie Eilish, una de las primeras cantantes que se preocupó por el contagio del coronavirus. La novel artista estadounidense exhibió una mascarilla Gucci en la entrega de los Premios Grammy de este año, lo cual aumentó la demanda por los cubrebocas un 42 por ciento a sólo 24 horas de que la intérprete posara con una en la alfombra roja.
Precisamente la firma italiana Gucci es una de las firmas más reconocidas del mundo de la moda que ha incluido en sus pasarelas modelos con todo tipo de artilugios en el rostro, desde pasamontañas hasta mascarillas con con una incisión en la boca, como pudo apreciarse en la colección otoño-invierno de 2018-2019.
Según Lyst, una plataforma de artículos de moda, la búsqueda de máscaras protectoras para la boca de diseñadores ha aumentado un 147 por ciento desde el mes de enero. Off-White por Virgel Abloh lidera las búsquedas de máscaras con un 334 por ciento. Le sigue A Bathing Ape con 167 por ciento, Nike con 60 por ciento, Louis Vuitton con 24 por ciento y Marcelo Burlon con 10 por ciento.

Honduras
Corte IDH reconoce a Thalía Rodríguez como familia social de Leonela Zelaya
Se construyeron una familia tras más de una década de convivencia
Por DORIS GONZÁLEZ * | TEGUCIGALPA, Honduras — En la sentencia del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos se estableció un hito jurisprudencial para las personas LGBTQ en Honduras, así como en la región en relación a las diversas conformaciones de familias existentes. La Corte IDH interpretó por primera vez el concepto de familia social, indicando que la construcción de familia no debe restringirse a la familia nuclear o a nociones tradicionales, bajo el entendido de que hay diferentes formas en las que se materializan los vínculos familiares.
Este análisis se trae a colación debido al contexto de discriminación, prejuicio y violencia que atravesamos las personas LGBTQ, el cual se puede manifestar incluso dentro de nuestras propias familias. Esta violencia se manifiesta a través de actos de odio como ser el desarraigo familiar, violencia física, psicológica, social, económica, expulsiones de los hogares, violaciones correctivas e incluso, culminando en muertes violentas. Esta violencia motivada por la orientación sexual, identidad y expresión de género de las personas imposibilita la convivencia familiar.
Ante esto, las personas LGBTQ construimos vínculos sociales fuera del vínculo familiar tradicional, los cuales a través de la convivencia, amistad, apoyo económico-social y construcción de vida en común constituyen familias, tal como ocurrió en este caso.
Tras el abandono de su familia biológica, Leonela Zelaya y Thalía Rodríguez construyeron una familia tras más de una década de convivencia, en los cuales se apoyaron mutuamente en diversas situaciones, viviendo como mujeres trans, portadoras de VIH, ejerciendo el trabajo sexual y en situación de pobreza, enfrentando constantes episodios de detenciones arbitrarias y violentas por parte de los órganos policiales.
Tras su asesinato, fue Thalía quien recogió el cuerpo de Leonela en la morgue de Tegucigalpa y quien gestionó el féretro a través de la Funeraria del Pueblo. Los servicios fúnebres de Leonela Zelaya fueron realizados en un bar por mujeres trans, trabajadoras sexuales, al cual no asistió ningún miembro de su familia biológica.
El asesinato de Leonela y la falta de esclarecimiento generaron a Thalía un sentimiento de inseguridad, frustración e impotencia. Por estas violaciones de derechos humanos, la Corte reconoció a Thalía Rodríguez, en calidad de familiar de Leonela, como víctima del caso, generando estándares aplicables a todas las personas LGBTQ.
A juicio de la Corte, esta situación lleva a que, en casos de muertes violentas de mujeres trans, las personas que integren las redes de apoyo de la persona fallecida puedan ser declaradas víctimas por la violación de sus derechos a la integridad psíquica o moral, siempre que se acredite la existencia de un vínculo estrecho con la víctima y una afectación a sus derechos, derivada, por ejemplo, de las gestiones realizadas para obtener justicia. Esta sentencia logra reconocer que las personas LGBTQ construimos familias sociales, familias elegidas, e indica que estas deben ser reconocidas y validadas.
* Abogada litigante del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras, Red Lésbica Cattrachas
El año 2026 no comenzó en blanco para las organizaciones LGBTQ en Estados Unidos. Llegó precedido por un proceso que se activó con fuerza en 2025 y que hoy se manifiesta como una reconfiguración profunda del ecosistema de derechos, servicios y sostenibilidad comunitaria. No se trata de una crisis momentánea ni de un ajuste administrativo pasajero. Lo que está ocurriendo es un cambio estructural en la forma en que el Estado define, financia y condiciona la igualdad, la accesibilidad y la atención a poblaciones históricamente vulnerables.
Desde los primeros meses de 2025, la administración federal inició la retirada o revisión de múltiples órdenes ejecutivas y disposiciones que protegían explícitamente a personas LGBTQ en áreas clave como salud, educación y acceso a servicios. La justificación oficial ha girado en torno a la eliminación de lo que se denomina “ideología de género” y a la redefinición restrictiva del concepto de sexo, limitado exclusivamente a criterios biológicos. Este cambio discursivo no quedó en el plano simbólico. Se tradujo en nuevas reglas de elegibilidad, en la cancelación de subvenciones, en la eliminación de recopilación de datos y en una creciente incertidumbre administrativa que ha afectado directamente la operatividad de organizaciones comunitarias en todo el país, como ha documentado la Kaiser Family Foundation.
La salud fue uno de los primeros campos donde se sintió el impacto. Programas vinculados a la atención integral, a la prevención del VIH, a la salud mental y a la investigación en poblaciones LGBTQ comenzaron a perder respaldo federal. Subvenciones previamente aprobadas fueron canceladas o sometidas a revisión bajo criterios ideológicos, no científicos. Reuters y Associated Press han documentado cómo esta nueva orientación provocó la interrupción de investigaciones financiadas por los Institutos Nacionales de Salud, afectando proyectos que buscaban comprender mejor las desigualdades en salud, el acceso a tratamientos y las condiciones de vida de comunidades ya marginadas. La consecuencia inmediata no es solo la pérdida de conocimiento, sino la erosión de la capacidad del país para diseñar políticas públicas basadas en evidencia.
La educación siguió un camino similar. A lo largo de 2025, el discurso oficial contra los programas de diversidad, equidad e inclusión se tradujo en recortes presupuestarios y en señales claras a los sistemas educativos. Talleres de prevención de acoso, programas de formación docente, iniciativas de acompañamiento estudiantil y espacios seguros que durante años fueron sostenidos por alianzas entre escuelas y organizaciones LGBTQ comenzaron a desaparecer o a ser suspendidos por temor a perder fondos. El mensaje fue inequívoco: la igualdad dejó de ser una prioridad financiable. En ese vacío, quienes pagan el precio son jóvenes que pierden redes de apoyo fundamentales en etapas decisivas de su vida.
A este escenario se sumó un fenómeno menos visible pero igualmente dañino: el condicionamiento del lenguaje. Organizaciones que no se dedican exclusivamente a temas LGBTQ, pero que atienden poblaciones diversas, comenzaron a recibir directrices que restringen términos y enfoques en sus propuestas de financiamiento. Esto ha generado autocensura institucional, debilitamiento de programas y una sensación generalizada de inseguridad jurídica. Cuando las organizaciones no saben si nombrar una realidad puede costarles su existencia, el impacto va mucho más allá del presupuesto.
El efecto acumulado de estas decisiones comenzó a hacerse evidente en 2025 y se consolida en 2026. Servicios que antes funcionaban con relativa estabilidad ahora operan al límite. Se reducen horarios, se despide personal, se priorizan únicamente los casos más urgentes y se crean listas de espera que antes no existían. La prevención cede espacio a la emergencia, y la emergencia, como bien sabe la salud pública, siempre resulta más costosa y más dolorosa.
Puerto Rico ofrece un ejemplo claro de cómo esta dinámica se acelera en contextos con menos margen de maniobra. La pérdida de fondos federales por parte de organizaciones comunitarias ha tenido efectos inmediatos, obligando a cierres de programas, reestructuraciones profundas y una dependencia aún mayor de donaciones locales en un mercado filantrópico limitado. Lo que en otros estados puede tardar años en sentirse, en la isla se manifiesta en meses. Y, sin embargo, la necesidad de servicios no disminuye; al contrario, aumenta en contextos de incertidumbre económica y social.
Frente a este panorama, las organizaciones LGBTQ no han permanecido inmóviles. El 2026 las encuentra ensayando estrategias de supervivencia que, aunque diversas, comparten un mismo objetivo: no colapsar. Muchas han acelerado la diversificación de sus fuentes de ingreso, apostando por donantes individuales recurrentes, campañas comunitarias y modelos de membresía. Otras han intentado desarrollar servicios híbridos que permitan generar ingresos propios para sostener programas gratuitos. Las alianzas con universidades, sistemas de salud, municipios y organizaciones comunitarias más amplias se han convertido en una tabla de salvación para compartir costos y mantener presencia territorial.
Pero también hay decisiones dolorosas. Reducciones de personal, cierres temporales, eliminación de proyectos no considerados esenciales y una redefinición constante de prioridades. Estas medidas no son señales de mala gestión; son respuestas defensivas ante un entorno que se ha vuelto hostil e impredecible.
Lo que muchas veces queda fuera del debate público es que este proceso no afecta solo a las organizaciones como estructuras administrativas. Afecta a personas concretas. A jóvenes que pierden espacios seguros. A personas trans que ven restringido su acceso a servicios de salud. A familias que ya no encuentran acompañamiento. A activistas que quedan más expuestos en un clima social cada vez más polarizado. La retirada de fondos no elimina las realidades humanas que esos programas atendían; simplemente las empuja hacia la invisibilidad y el sufrimiento silencioso.
El 2026, entonces, no es únicamente un año de ajustes presupuestarios. Es una antesala que pone a prueba el compromiso real del país con la igualdad y la dignidad. Cuando los derechos dependen de ciclos políticos y los servicios esenciales quedan sujetos a criterios ideológicos, lo que se debilita no es solo una comunidad específica, sino el tejido social en su conjunto.
La pregunta que queda abierta no es si las organizaciones LGBTQ resistirán. Históricamente lo han hecho. La verdadera pregunta es cuántas personas quedarán sin protección en el camino y cuánto daño se normalizará antes de que la nación asuma que la accesibilidad, la educación y la salud no pueden ser tratadas como concesiones temporales.
El 2026 ya comenzó. Y lo que está en juego no es una narrativa cultural, sino la capacidad de una sociedad para sostener, con hechos y no solo con discursos, la dignidad humana.
Colombia
Colombia anunció la inclusión de las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad
Registraduría Nacional anunció el cambio el 28 de noviembre
Ahora los ciudadanos colombianos podrán seleccionar las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad del país.
Este viernes la Registraduría Nacional del Estado Civil anunció que añadió las categorías ‘no binario’ y ‘trans’ en los distintos documentos de identidad con el fin de garantizar los derechos de las personas con identidad diversa.
El registrador nacional, Hernán Penagos, informó que hizo la inclusión de estas dos categorías en los documentos de: registro civil, tarjeta de identidad y cédula de ciudadanía.
Según la registraduría: “La inclusión de estas categorías representa un importante avance en materia de garantía de derechos de las personas con identidad de género diversa”.
Estas categorías estarán en el campo de ‘sexo’ en el que están normalmente las clasificaciones de ‘femenino’ y ‘masculino’ en los documentos de identidad.
En 2024 se inició la ejecución de diferentes acciones orientadas implementar componentes “‘NB’ y ‘T’ en el campo ‘sexo’ de los registros civiles y los documentos de identidad”.
Las personas trans existen y su identidad de género es un aspecto fundamental de su humanidad, reconocido por la Corte Constitucional de Colombia en sentencias como T-236/2023 y T-188/2024, que protegen sus derechos a la identidad y no discriminación. La actualización de la Registraduría implementa estos fallos que ya habían ordenado esos cambios en documentos de identidad.
Por su parte, el registrador nacional, Penagos, comentó que: “se trata del cumplimiento de unas órdenes por parte de la Corte Constitucional y, en segundo lugar, de una iniciativa en la que la Registraduría ha estado absolutamente comprometida”. Y explicó que en cada “una de las estaciones integradas de servicio de las más de 1.200 oficinas que tiene la Registraduría Nacional se va a incluir todo este proceso”.
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