Noticias en Español
Muerte es la amenaza por ser gay en Honduras
Darwin Garcia Portillo busca refugio en EEUU

Nota del editor: Yariel Valdés González es colaborador del Washington Blade, que solicita asilo político en Estados Unidos.
Valdés permanece bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en el Bossier Parish Medium Security Facility en Plain Dealing, Luisiana. Estuvo recluido en Tallahatchie County Correctional Center en Tutwiler, Misisipi, antes de su traslado a Luisiana.
El Blade recibió esta nota el 29 de junio.
TUTWILER, Misispi — Darwin Garcia Portillo tuvo que madurar siendo apenas un adolescente la muerte de su madre cuando solo tenía 15 años, le volcó la responsabilidad de cuidar a su hermano menor. En esa época vivía con su abuela, quien lo botaba de la casa diciéndole “busca trabajo maricón”, un insulto que le martillaba en la cabeza constantemente y le dejaba claro que su familia no aceptaba su orientación sexual.
Pero la discriminación no la sufrió solo en su casa, pues para un hombre gay en Honduras el trabajo puede pender de un hilo si la orientación sexual se sale del canon “heterosexual”.
“Mientras laboraba en un mercado, la dueña me quitaba mi trabajo para ponerme a hacer cosas ‘de hombre’ para que me volviera uno. En Honduras no puedes parecer gay porque pierdes el trabajo y no me podía dar ese lujo la dueña de la empresa me chantajeaba con eso”, explica Darwin.
En 2017 comenzó a trabajar en una ONG llamada Unidad Color Rosa, una organización que apoya a la comunidad LGBTI hondureña impartiendo charlas educativas sobre el VIH/Sida. Asimismo, suela por la defensa de los derechos de las personas de este colectivo y brinda asesoría y acompañamiento en casos de agresiones.
“Allí trabajaba como activista y daba charlas sobre prevención del VIH en centros educativos y otros lugares”, narra Darwin. “Me quitaba ese trabajo porque estaba rodeado de personas como yo”.
Darwin alternaba ese trabajo con el de estilista, una profesión que heredó de su madre.
Según Darwin, la población LGBTI es extremadamente vulnerable al acoso de las pandillas y de la propia policía, que no ejecuta acciones concretas contra esa situación. Al contrario, los agentes policiales se suman al quorum de las homofóbicos.
Darwin cuenta al Blade que, en San Pedro Sula, la ciudad donde vivía, “hay mucha discriminación dentro de la sociedad”.
Un día iba por la calle tomada de la mano de su pareja cuando sintió que alguien rompió una botella, que terminó hiriéndole el brazo derecho, a la vez que los ofendían. Cada vez que mira la cicatriz que aquel acto de odio le dejó para siempre se le entre cruza el miedo con la impotencia, sensaciones que se le repiten cuando nos cuenta lo sucedido el 17 de mayo de 2018.
“En el desfile contra la homofobia yo andaba con la bandera gay y con un pullover de la organización para la que trabajaba y llegaron como seis pandilleros y me golpearon con un tubo en la cadera derecha y me desearon la muerte, me insultaron”, narra Darwin.
“Mi pareja y yo ya no sabíamos que hacer: La policía no nos apoyaba, mi familia tampoco, nunca había justicia, la lucha era en vano”, él dice.

Casi la totalidad de los crímenes y ataques en contra de las personas LGBTI en Honduras quedaron e el anonimato, pues las víctimas temen represalias mayores si presentan denuncias en la policía o ante cualquier autoridad judicial.
Los pocos que se atreven a hacerlo chocan con la desidia de las policías, quienes no se esfuerzan por encontrar a los atacantes, o con la burocracia del sistema de justicia.
Así le sucedió a Darwin cuando interpuso una denuncia en la policía, debido a un ataque que sufrió la madrugada del 20 de enero de este año.
“Iba caminando con mi pareja por la calle y nos interceptan dos sujetos encapuchados que se bajaron de un carro”, narra Darwin. “Venían llenos de tatuajes y en uno de ellos se podía leer las letras MS, que significa Mara Salvatrucha, una de las dos pandillas más conocidas y temidas en San Pedro. ‘Hoy se van a morir’, nos dijeron y hicieron cuatro disparos al aire y salimos corriendo y nos escondimos en una caseta hasta que pudimos llegar al departamento”.
Tras este ataque, la policía quedó en llamarlo para reconocer a los supuestos atacantes, pero nunca lo hicieron.
“Entre la policía y las maras hay tratos y la autoridad los deja hacer todas ser crímenes a cambio de dinero”, asegura Darwin, quien también presentó una queja en una organización del gobierno llamado CONADEH (Comisionado Nacional de los Derechos Humanos de Honduras). “Nadie hizo nada y vivíamos con miedo constante”.
Esta serie de violencia la empujaron a salir del país junto a su hermano y su pareja.
“El mismo día que salimos hacía Guatemala nos fueron a buscar tres personas encapuchados al apartamento”, narra Darwin. “Rompieron la puerta y muchos de los artículos de la casa”.
Horas interminables
Darwin tomó rumbo norte y se entregó por Tijuana a las autoridades migratorias de Estados Unidos el 26 de marzo junto a su hermano y su pareja. Esperó casi dos meses para que le llegara el turno para solicitar asilo político.
En casa ciudad fronteriza de México con Estados Unidos hay una lista de espera que asciende a miles de migrantes que aguardan ser llamados por la migración norteamericana para entrar legalmente a territorio estadounidense. Esta estrategia comenzó a implementarse desde que las pasadas caravanas de migrantes centroamericanos pusieran en jaque a las autoridades y colapsaron los puertos de entrada.
“Cuando entré a EEUU me metieron ocho días en la hielera. Es un cuarto blanco encerrado, sin ventanas, solo con una puerta y un baño”, narra Darwin. “Nos dieron una colcha porque estaba muy helado y para abrigarnos un papel de aluminio. No sabíamos si era de día o de noche. Las horas eran interminables”.
Según Darwin, los alimentaban con un burrito medio crudo de papas y frijoles y les permitían bañarse cada dos días.
“Me separaron de mi hermano porque es menor de edad”, él narra. “Luego me separaron de mi pareja. Me sacaron a mí para Misispi ya él la dejaron unos cuantos días más allí”.
“Como parte del proceso me esposaron, algo que nunca me había pasado en la vida”, agrega Darwin. “Ha sido para mi una experiencia traumática. El tratamiento que le dan a las personas que vienen en busca de protección a los EEUU no es el más adecuado porque estamos en una prisión, te encierran por varias horas en tu celda, la comida es pésima y los oficiales te tratan mal”.
Darwin no se alimenta bien, se cuesta conciliar el sueño y cada noche siente un gran paso en el pecho. La desesperación se apoderó de él cuando supo que su familia en EEUU tampoco lo apoyará.
“Nadie quiere escribirme. Me paso el día pensando en mi hermano y en mi pareja”, narra Darwin. “Este lugar (Tallahatchie County Correctional Facility en Misisipi) me da ansiedad. No se me hace justo porque uno viene huyendo de la situación de discriminación y homofobia y aquí nos encierran”.
Luego de una entrevista, un oficial de asilo político encontró que Darwin tiene un miedo creíble de sufrir daños severos y persecución en su país natal y ahora se encuentra en una instalación para migrantes en el estado de Luisiana, donde continúa con su proceso migratorio.
Darwin anhela caminar por la calle tomado de la mano de su pareja y que nadie lo amanece por ese acto de amor y compromiso. “Uno de mis sueños es casarme”, narra Darwin. “Tengo entendido que este es un país libre y podría sentirme un poco más seguro aquí. Por eso vine”.
Colombia
Colombia anunció la inclusión de las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad
Registraduría Nacional anunció el cambio el 28 de noviembre
Ahora los ciudadanos colombianos podrán seleccionar las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad del país.
Este viernes la Registraduría Nacional del Estado Civil anunció que añadió las categorías ‘no binario’ y ‘trans’ en los distintos documentos de identidad con el fin de garantizar los derechos de las personas con identidad diversa.
El registrador nacional, Hernán Penagos, informó que hizo la inclusión de estas dos categorías en los documentos de: registro civil, tarjeta de identidad y cédula de ciudadanía.
Según la registraduría: “La inclusión de estas categorías representa un importante avance en materia de garantía de derechos de las personas con identidad de género diversa”.
Estas categorías estarán en el campo de ‘sexo’ en el que están normalmente las clasificaciones de ‘femenino’ y ‘masculino’ en los documentos de identidad.
En 2024 se inició la ejecución de diferentes acciones orientadas implementar componentes “‘NB’ y ‘T’ en el campo ‘sexo’ de los registros civiles y los documentos de identidad”.
Las personas trans existen y su identidad de género es un aspecto fundamental de su humanidad, reconocido por la Corte Constitucional de Colombia en sentencias como T-236/2023 y T-188/2024, que protegen sus derechos a la identidad y no discriminación. La actualización de la Registraduría implementa estos fallos que ya habían ordenado esos cambios en documentos de identidad.
Por su parte, el registrador nacional, Penagos, comentó que: “se trata del cumplimiento de unas órdenes por parte de la Corte Constitucional y, en segundo lugar, de una iniciativa en la que la Registraduría ha estado absolutamente comprometida”. Y explicó que en cada “una de las estaciones integradas de servicio de las más de 1.200 oficinas que tiene la Registraduría Nacional se va a incluir todo este proceso”.
El Salvador
El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ
Entidades estatales son los agresores principales
En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.
Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.
El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.
Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor
El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.
Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:
- 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
- 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
- 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.
A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.
Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:
“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”
Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.
El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.
El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso
El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.
“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.
La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.
Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.
Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.
Educación negada, derechos anulados
Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:
“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”
Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.
Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.
Organizaciones en resistencia
Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.
Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”
Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.
Matar sin balas: la anulación de la existencia
“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.
Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.
En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.
El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.
Noticias en Español
Un país que vota desde el miedo y la esperanza
Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país
Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.
Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.
El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.
“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.
Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.
Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.
Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.
La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.
Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.
Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.
Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.
Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.
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