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Población LGBTQ en El Salvador ante la cuarentena nacional

El país ha sido cerrado desde el 11 de marzo

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Aspidh Arcoíris Trans, un grupo trans de El Salvador, ha brindado ayuda a personas LGBTQ en condiciones de vulnerabilidad durante la cuarentena nacional. (Foto cortesía de Aspidh Arcoíris Trans)

SAN SALVADOR, El Salvador — En cuestión de meses el coronavirus que comenzó en China en 2019, ha afectado a todo el mundo y El Salvador no es la excepción; aparte de lidiar con la preocupación de no adquirir este virus y tomando las medidas de sanitización necesarias, viene también la preocupación a la vulneración de derechos humanos y la falta de apoyo a las personas más vulnerables que se han visto afectadas por la cuarentena obligatoria que se ha dado en el país. Uno de los sectores vulnerables que se ha visto afectado ha sido la población LGBTQ.

Desde el 11 de marzo hasta el momento, El Salvador se ha encontrado en cuarentena nacional obligatoria, cerrando el comercio del país, la vida académica presencial, entre otras cosas más; situación que ya está afectando la economía de los salvadoreños, tal y como está pasando en algunos otros lugares del mundo.

“Al principio se manejó correctamente la situación en el país, como por ejemplo la decisión del cierre oportuno del aeropuerto; pero hubo una mala planificación”, comenta al Washington Blade, Karla Guevara, abogada y directora ejecutiva de Colectivo Alejandría.

“Lo mal que se manejaron los centros de cuarentena, de alguna manera ahí fue el epicentro de la pandemia en El Salvador”, agrega Guevara. Y dichos centros de cuarentena, fueron denunciados por faltas graves a los derechos humanos de las personas ahí albergadas, entre los casos de vulneración que se dieron está el de un hombre trans que nunca respetaron su identidad de género.

El Blade estableció contacto con la Organización de Hombres Trans de El Salvador (HT El Salvador), quienes comentaron que dicho hombre trans regresaba de Guatemala el 13 de marzo, día que entró en vigor la Ley de Emergencia; ahí fue retenido por las autoridades y luego trasladado hacia un centro de contención en el departamento de Usulután de manera  temporal, “en ese lugar pasó algunos días junto a otras personas LGBTI que habían llegado al país, según nos relató esa persona”, informa al Blade representante de HT El Salvador, “en ningún momento fue respetada la identidad de género de las personas trans”, agrega. 

Luego el compañero trans fue trasladado a un centro de contención en el departamento de Chalatenango, el lugar no contaba con las condiciones adecuadas para ser un centro de contención, aparte de insalubre, a las personas albergadas no se les brindaba alimentación,

“HT El Salvador, llevó kits alimenticios y de higiene personal a este hombre tras; también para que fueran distribuidas con más personas trans ahí aisladas”, informaron.

La organización desconoce si los kits fueron distribuidos con las personas trans, lo cual les llevó a poner las respectivas denuncias correspondientes ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Luego de las denuncias, las condiciones mejoraron para el compañero trans y otras personas aisladas en ese centro.

“Desde la Sala de lo Constitucional, el estar en centros de contención para aquellas personas que supuestamente violaban la cuarentena, fue una clara violación a los derechos humanos”, Erick Ortiz, pre candidato para diputado por Nuestro Tiempo, comenta al Blade. “Para la población LGBTI fue más complejo, pues en esos centros de contención no existía ningún protocolo que garantizara un entorno libre de discriminación y violencia; y desafortunadamente si hubo casos de discriminación y violencia hacia hombres gays, mujeres lesbianas y personas trans dentro de estos centros de contención.”

Erick Ortíz, un pre candidato gay para diputado por el partido Nuestro Tiempo, brinda ayuda a una mujer trans en el centro de San Salvador, El Salvador. (Foto cortesía de Erick Ortiz)

Mientras todos y todas estaban encontrando la manera de seguir sobre llevando la cuarentena obligatoria, en la madrugada del 31 de mayo llegó a El Salvador la tormenta tropical Amanda azotando con fuerza y afectando así a las zonas más vulnerables del país.

Jessica Nahomy Gómez, mujer trans trabajadora sexual, es una de las personas de la población LGBTQ que también se han visto afectadas también con las lluvias.

“Se me cayó mi casita, por el derrumbe de un muro a la par de mi casita, le cayó encima”, comenta al Blade.

“No he recibido ayuda ni por parte del gobierno, ni por parte del municipio donde tenía mi casita, de mi depende mi madre a quien tengo muy enferma de salud”, cuenta Gómez al hablar de la situación actual. “Las únicas que me han ayudado con un poco de víveres han sido la Asociación Feminista Trans de El Salvador y Aspidh Arcoíris Trans, con esa ayuda me he sentido bien, no es la gran cantidad, pero si les estoy muy agradecida”.

Ayuda en tiempos de COVID-19

Frente a toda esta situación mucho se ha cuestionado la falta de planificación por parte del Estado salvadoreño, para solventar las necesidades de la población al estar en cuarentena obligatoria, incluso las mismas organizaciones de sociedad civil aceptan no estar preparadas, pero este no les ha detenido en su esfuerzo por ayudar.

“Hay personas LGBTI que frente a todo esto han caído en situación de hambre; como organizaciones y comunidad LGBTI hemos tratado de llevar apoyos solidarios en la medida de nuestras posibilidades, a las personas que hemos conocido que tienen necesidad”, declara al Blade, Roberto Zapata, secretario general de Asociación AMATE El Salvador. “Esto que hacemos lo hacemos para poder cubrir un poco lo que el Estado no está haciendo”.

“Ninguna de las organizaciones de sociedad civil está preparada para esta situación, si no lo está el Estado salvadoreño al igual que ningún Estado en el mundo, menos nosotras; hemos buscado con los donantes y personas naturales para hacer entrega de una canasta de víveres a personas LGBTI con necesidad”, comenta al Blade, Monica Linares, directora de Aspidh Arcoiris Trans. Son una de las organizaciones que han visto la manera de ayudar a su población al verse alargada la cuarentena en el país.

“Con ayuda de cooperantes estamos logrando brindar un poco de ayuda a 450 mujeres trans en condiciones de vulnerabilidad; sabemos que es mínimo, pues no las podremos apoyar muchos meses, pero viene a sumar al apoyo que están dando otras organizaciones”, comenta Guevara.

Aspidh Arcoíris Trans, un grupo trans de El Salvador, ha brindado ayuda a personas LGBTQ en condiciones de vulnerabilidad durante la cuarentena nacional. (Foto cortesía de Aspidh Arcoíris Trans)

El gobierno por su parte, brindó una ayuda de $300 al inicio de la emergencia, para una cierta cantidad de salvadoreños y entre los cuales lamentablemente mujeres trans que no viven con sus familias, no se vieron beneficiadas; pero gracias a la gestión de Aspidh Arcoiris Trans con el Ministerio de Culturo se logró obtener ayuda económica para 30 mujeres trans.

El trabajo y la población LGBTQ

En el ámbito laboral la población LGBTQ ha sufrido un impacto muy grande, aún más en el caso de la población trans, pues es la parte de esta población que es más susceptible al momento de encontrar un trabajo, “las mujeres trans que ejercen el trabajo sexual, ya tienen más de 80 días de no ejercer el trabajo, al igual que las personas LGBTI del comercio informal”, comenta al Blade Guevara, y nos agrega que, “se puede decir que alrededor de un 40 por ciento de la población LGTBI cuenta con un trabajo estable, el otro 60 por ciento se dedica a su negocio propio, comercio informal o el trabajo sexual”.

“Llevamos tres meses de confinamiento social, en el que estamos viviendo un coma económico inducido, esto ha dejado en una vulnerabilidad gravísima a una parte de la población LGBTI que además sufre el flagelo de la pobreza”, menciona Ortiz. 

Como ya lo mencionaban, una parte de esta población que se ha visto muy afectada por la situación y se verá más afectada, es la que ejerce el trabajo sexual. No solo por el tiempo que llevan sin laborar, sino que al volver a las actividades a la “normalidad” en su totalidad, es la población que deberá tener aún más cuidado por el riesgo de contagio de COVID-19.

“Yo ejerzo el trabajo sexual y cuando puedo también trabajo de venta informal, pero ahora que me he venido a la capital de San Salvador, el lugar donde estoy tiene un cordón sanitario, cuando uno quiere salir de ahí siempre se sufre acoso por parte de los judiciales”, así declaró al Blade Gómez, “Tuve que irme a un mesón al haber perdido mi casa, a veces voy a lavar y planchar ropa de gente que me conoce y así me gano unos $5 o $3 diarios”.

Además, Gómez nos externó que el trabajo sexual se verá muy afectado, pues antes de la pandemia ya era difícil lograr que se pagará lo debido por los servicios, ahora que la economía quedará delicada para toda la población salvadoreña y sumarle a eso las medidas sanitarias que habrá que adoptar, nadie querrá pagar el trabajo sexual.

“Yo no he recibido ninguna ayuda por parte de la alcaldía de La Libertad que es donde pertenezco, ni con víveres, ni material o algo que se pueda gestionar para mi vivienda”, agrega.   

Por otra parte, al no tener una respuesta clara de apoyo a los pequeños emprendedores LGBTQ, ha hecho que ellos y ellas mismas, tomen las medidas necesarias para adaptarse en este tiempo de pandemia, tal es el caso de la marca Weirdo Sportwear, marca de indumentaria deportiva.

“Como empresa emprendedora teníamos listo el desglose de los pasos para nuestros primeros meses de este año 2020, pero nunca pensamos en tener un plan de contingencia para la continuidad de nuestro negocio”, comenta al Blade, Eugenia Folgar, fundadora de la marca.

“Nos dimos una tarea de adaptación a nuestras nuevas necesidades y desarrollar un producto mínimo viable, que cubriera dicha necesidad”, agrega Folgar.

“Hoy elaboramos tapa bocas textiles con nuestros tejidos. Logramos reinventarnos”, alega al Blade muy satisfecha. “Esperamos que en estos momentos duros el Gobierno propicie el apoyo a nuevos emprendimientos, y a las medianas y pequeñas empresas ya existentes, lograr acceso a financiamientos en estos tiempos de crisis”.

Lucha de poderes

En medio de las crisis que afectan al país, los poderes del Estado salvadoreño no logran ponerse de acuerdo en los temas de medidas o protocolos que ayuden a la población al momento de concluir el confinamiento y retomar la actividad económica; el Ejecutivo y el Legislativo, luchan por llevar la batuta de estas temáticas.

“El manejo de la crisis a nivel del Ejecutivo ha sido lamentable, pues ha mantenido un tono presidencial confrontativo frente al resto de órganos del Estado”, comenta al Blade Ortiz.

“Es preocupante porque en medio de una crisis sanitaria y una crisis económica y social, sin precedentes en el país, también tenemos una grave crisis política que está poniendo en entre dicho loa avances democráticos que ha tenido El Salvador en los años después de la guerra”, agrega.

“Como organizaciones estamos alarmadas al ver como el Ejecutivo ha profundizado un discurso anti derechos humanos, utilizando sus redes sociales y las de sus funcionarios para atacar a organizaciones que defendemos derechos humanos”, comenta Zapata. “El gobierno de manera cínica ha desconocido, descarada y continua, ha desconocido e ignorado las resoluciones de la Sala de lo Constitucional y todo al parecer por una movida política electoral.”  

A título personal, Linares opina que el gobierno ha realizado la parte de prevención en el país, para que no incrementen los casos de contagios y fallecidos, “será lamentable que al momento de levantar la cuarentena, los casos de se incrementen y la población LGBTI se verá afectada”.

“Los centros de salud ya están saturados, esperemos que esto no se desborde y que los poderes del Estado puedan llegar a un consenso para el bien de la población en general, incluidas nosotras como población LGBTI”, argumenta Linares.

La Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, el pasado 21 de abril, mostró su preocupación sobre posibles violaciones de derechos humanos en El Salvador, cometidos en el cumplimiento de las medidas oficiales impuestas contra el nuevo coronavirus.

“Hago un llamado a las autoridades para que investiguen todas las presuntas violaciones de los derechos humanos en el contexto de la aplicación de las medidas para luchar contra la COVID-19”, expresó Bachelet en un comunicado.

Preocupación que la Sala de lo Constitucional de El Salvador, ha tomado en cuenta al igual que los muchos procesos de inconstitucionalidad que les han presentado a raíz de la creación de la Ley de Restricción Temporal de Derechos Constitucionales Concretos para Atender la Pandemia COVID19, contenida en el Decreto Legislativo N°594, el cual fue aprobado el 14 de marzo del corriente año y publicado en el Diario Oficial N°53 al siguiente día.

“Todos los derechos son complementarios, entonces todas las leyes y todos los decretos que salen del Legislativo y el Ejecutivo, tienen que ser en aras de respetar los derechos humanos. Y la Sala de lo Constitucional ya se los dijo en reiteradas ocasiones, al Ejecutivo y al Legislativo”, afirma al Blade Guevara, “tienen que sentarse a trabajar una Ley o un Decreto que respete todos los derechos de las personas que están consagrados en la Constitución”. Guevara aplaude el trabajo del poder Judicial y concluye que el problema se ha dado con el Legislativo y el Ejecutivo, pues en lo que menos se han preocupado es en la salud y bienestar de todos los salvadoreños.

Al cierre de esta nota El Salvador contaba según los registros publicados por el Gobierno de la República, con 3,720 casos confirmados, de los cuales 1,843 son casos recuperados y 74 personas han fallecido, por lo que se cuenta con 1,803 casos activos según datos de covid19.gob.sv. Al no llegar a un acuerdo entre el poder Ejecutivo y el Legislativo, el gobierno del país optó por lanzar el decreto ejecutivo N°31 del Órgano Ejecutivo en el Ramo de Salud. En dicho documento también se comprende los protocolos sanitarios para garantizar los derechos a la salud y a la vida de las personas, en el proceso de reactivación gradual de la economía, durante la pandemia por COVID-19. La reactivación de la economía se dividió en cinco fases, las cuales comenzaron el 16 de junio y se estima que estarían finalizando el 31 de agosto, logrando así la apertura en su totalidad de la economía del país.  

Aspidh Arcoíris Trans, un grupo trans de El Salvador, ha brindado ayuda a personas LGBTQ en condiciones de vulnerabilidad durante la cuarentena nacional. (Foto cortesía de Aspidh Arcoíris Trans)
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El Salvador

El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ

Entidades estatales son los agresores principales

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.

Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.

El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.

Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor

El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.

Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:

  • 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
  • 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
  • 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.

A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.

Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:

“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”

Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.

El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.

El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso

El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.

“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.

La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.

Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.

Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.

Educación negada, derechos anulados

Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:

“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”

Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.

Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.

Organizaciones en resistencia

Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.

Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”

Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.

Matar sin balas: la anulación de la existencia

“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.

Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.

En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.

El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.

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Un país que vota desde el miedo y la esperanza

Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país

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La ciudad de Miami en 2020. Los resultados de las elecciones del 4 dfueron una llamada de atención para los candidatos anti-LGBTQ y antiinmigrantes.(Foto de by Yariel Valdés González por el Washington Blade)

Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.

Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.

El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.

“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.

 Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.

Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.

Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.

La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.

Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.

Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.

Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.

Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.

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Doble exclusión, misma dignidad

Personas con discapacidades en América Latina y el Caribe se luchan dos batallas.

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El Ángel de la Independencia en la Ciudad de México (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

En un continente donde los derechos de la comunidad LGBTQ avanzan y retroceden al ritmo de los vientos políticos, hay una realidad que casi nadie nombra: la de quienes, además de pertenecer a esta comunidad, viven con una discapacidad física, motora o sensorial. En ellos convergen dos batallas —la del reconocimiento y la de la accesibilidad— que se libran, la mayoría de las veces, en silencio.

Según el Banco Mundial, más de 85 millones de personas con discapacidad viven en América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, la región alberga algunos de los movimientos LGBTQ más visibles del mundo, aunque persisten graves formas de violencia y exclusión. Sin embargo, los estudios que cruzan ambas realidades son casi inexistentes. Y esa ausencia de datos también es una forma de violencia.

Ser una persona LGBTQ en América Latina todavía implica, en muchos casos, enfrentar el rechazo familiar, la discriminación laboral o la exclusión religiosa. Pero si a eso se suma una discapacidad, las barreras se multiplican. En palabras de un activista brasileño citado por CartaCapital, “cuando entro a una entrevista, me miran primero la silla de ruedas y después descubren que soy gay. Ahí empieza el doble filtro”. Este fenómeno, conocido como doble prejuicio, se refleja tanto fuera como dentro de la propia comunidad LGBTQ. A menudo, la discapacidad sigue siendo invisibilizada incluso en marchas del orgullo o campañas de diversidad, donde predominan imágenes de cuerpos normativos y jóvenes. El capacitismo —esa discriminación basada en la idea de que solo los cuerpos funcionales son válidos— se cuela incluso en los espacios que deberían ser los más inclusivos.

La desexualización de las personas con discapacidad es una de las formas más sutiles de exclusión. El reportaje argentino Sexo, discapacidad y placer, publicado por Distintas Latitudes, expone cómo la sociedad suele negar el derecho al deseo y al amor de quienes viven con alguna limitación física. Cuando además se trata de una persona LGBTQ, la negación se duplica: se les niega el cuerpo, el deseo y, con ello, una parte esencial de su dignidad humana. Como afirma la psicóloga mexicana María L. Aguilar, “la desexualización de las personas con discapacidad es una forma de violencia simbólica. Y cuando se cruza con la diversidad sexual, se convierte en una negación del derecho al placer y a la autonomía”.

El ejemplo más visible de inclusión llega desde el deporte. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, al menos 38 atletas LGBTQ participaron, según un informe de Agencia Presentes. Pero la pregunta permanece: ¿cuántas personas LGBTQ con discapacidad fuera del ámbito deportivo logran tener voz, empleo, pareja o acceso a los servicios básicos? En un continente marcado por la desigualdad, la intersección entre orientación sexual, discapacidad, pobreza y género produce una combinación de vulnerabilidades que pocas políticas públicas abordan.

Diversos estudios advierten que las personas LGBTQ en América Latina presentan tasas más altas de depresión y ansiedad que la población general. A su vez, los informes sobre discapacidad en la región señalan altos niveles de aislamiento y falta de apoyo. Pero no existen datos interseccionales que midan cómo se viven estos desafíos cuando ambas realidades se cruzan. En países como Chile, el Observatorio de Discapacidad e Inclusión advierte una alta prevalencia de problemas de salud mental y un acceso insuficiente a servicios especializados. En Estados Unidos, investigaciones del Trevor Project muestran que los jóvenes Latine LGBTQ tienen mayor riesgo de intentos de suicidio cuando enfrentan discriminación múltiple. En América Latina y el Caribe, la ausencia de estadísticas en este campo no solo refleja desinterés: también perpetúa la invisibilidad.

Ni las leyes sobre discapacidad mencionan explícitamente a la población LGBTQ, ni las políticas de diversidad incorporan la variable de discapacidad. Un informe de la International Disability Alliance sobre la región advierte que las personas con discapacidad LGBTQ “enfrentan discriminación múltiple y carecen de protección específica”. Pese a ello, surgen señales de esperanza: en México, el Colectivo de Personas con Discapacidad LGBTQ+ impulsa iniciativas para visibilizar la exclusión doble; en Brasil, la organización Vale PCD desarrolla proyectos de inclusión laboral y cultural; y en el Caribe oriental, el Proyecto LIVITY, de la Eastern Caribbean Alliance for Diversity and Equality (ECADE), fomenta la participación política de personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ.

La verdadera inclusión no se mide por las rampas, ni por los discursos de tolerancia. Se mide por la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad humana en todas sus expresiones, sin lástima, sin morbo, sin condiciones. No se trata de aplaudir historias de superación, sino de garantizar el derecho a una vida plena. Como dijo un líder caribeño citado por ECADE: “La inclusión no es un gesto, es una decisión moral y política”.

Este tema exige una conversación continental. América Latina y el Caribe solo podrán hablar de igualdad real cuando el cuerpo, el deseo y la libertad de las personas LGBTQ con discapacidad sean respetados con la misma fuerza con que se proclama la diversidad. Nombrar lo que aún no se nombra es el primer paso hacia la justicia. Porque lo que no se mide, no se atiende; y lo que no se mira, no existe.

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