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Un californiano conquista las cocinas de MasterChef España   

Michael Salazar es el primer participante estadounidense del reality show

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Michael Salazar (Foto cortesía de RTVE)

Un escalofrío atravesó el cuerpo de Michael Salazar cuando, a la temprana edad de 16 años, su madre le preguntó, sin el menor pudor, si era maricón; no gay ni homosexual: maricón, con toda la carga despectiva que esa palabra puede encerrar. La interrogante lo tomó por sorpresa y sintió que moría de vergüenza y miedo. 

“Me quedé helado”, cuenta Michael al Washington Blade, 35 años luego del suceso. “No sé de dónde saqué valor y le contesté que sí. Fue entonces cuando me dijo que me tenía que ir de la casa, ¡y ya! Ella no quería tener ningún maricón bajo su techo”.   

Esta amarga anécdota, que no por lejana deja de ser dolorosa para él, la escucharon por primera vez quienes siguen la versión española de MasterChef, un reality show de habilidades culinarias, que en este 2020 ya acumula ocho temporadas. Michael, uno de sus concursantes, es el primer estadounidense que se presenta en la competencia, que se emite cada lunes por Televisión Española. 

Michael, 51 años, nació en Costa Rica y a los siete años se trasladó con su familia a los Estados Unidos. Creció en Long Beach, California, lugar que él denomina su “pueblo natal”. 

“Cuando alguien me pregunta que de dónde soy, mi respuesta es siempre la misma, aunque también viví en Victorville unos años, antes de venirme para España, donde conservo buenos amigos”, dice.

Profesor de Inglés y aficionado al arte culinario, decidió probar suerte en uno de los certámenes televisivos más populares de España, donde reside desde hace ocho años. Vive actualmente en Barcelona, muy cerca del mar, junto a su esposo Fernando. En exclusiva conversamos con él sobre su pasado, repleto de eventos discriminatorios y su presente, en el que se ha convertido en una especie de celebrity, que motiva a muchos jóvenes LGBTQ cada vez que aparece en pantalla.

¿Cómo recuerda la vida con su familia en Estados Unidos?

“Mi vida en familia, si se puede llamar así, no era muy amorosa. A veces, trato de recordar algo divertido o eso que me haga sentir nostálgico y solo me viene a la mente cuando llegó la selección de Costa Rica a Los Ángeles, para jugar un partido de fútbol. Mi madre hizo una fiesta con sus amigos para celebrarlo, pero no me acuerdo si ganó ni contra quién jugó. 

Yo de pequeño me imaginaba que era adoptado y que algún día vendrían mis verdaderos padres a llevarme. Veía a las familias de mis amigos como si fueran las de la tele, tanto amor y cariñitos, y me daban ganas de quedarme a vivir con ellos. En aquellos años, no le gustaba a mi madre que fuera un niño tan afeminado.

Era una cuestión ‘cultural y religiosa’ de la época. Una vez me dijo que yo era el ‘desprestigio de la familia’. No supe en ese momento lo que significaba la frase, pero sabía que no era bueno. Tenía como 8 o 9 años, pero se me quedó grabado”.

¿Qué sucedió después de ese episodio donde su mamá lo expulsó del hogar por ser homosexual?

“Empezaré por recordarte que en los años 80 estábamos en plena epidemia del VIH-Sida y toda la comunidad gay estaba en pánico. Se empezaron a organizar muy rápido, haciendo pruebas de Sida, dando ayuda psicológica y ofreciendo albergues para aquellos que habían sido echados de sus casas. Los jóvenes gays y latinos sufrimos más discriminación, porque nuestras familias eran muy religiosas y tradicionales. Unos amigos y yo nos unimos a un grupo de apoyo que organizó la MCC (Metropolitan Community Church) en Long Beach y ayudábamos a recaudar fondos para la gente que lo había perdido todo por el Sida. 

Enviaron a mi casa un boleto con una invitación para una fiesta y mi mamá la leyó. Cuando llegué del instituto, ella me dijo que había una iglesia cristiana que convertía a ‘maricones y tortilleras’ en gente ‘normal’, y que me habían enviado una carta. Me preguntó el porqué. En ese momento yo no entendí muy bien qué pasaba y ni siquiera lo asocié con la MCC. Un escalofrío atravesó mi cuerpo. Me sentí morir de vergüenza y de miedo, porque no sabía por dónde iba la cosa. 

Yo le contesté que no sabía nada de eso y fue cuando ella me preguntó que si yo era ‘maricón’. Me quedé helado, pero no sé de dónde saqué valor y le contesté que sí. Fue entonces cuando me dijo que me tenía que ir de la casa, ¡y ya! Ella no quería tener ningún maricón bajo su techo. 

Entonces, le pedí permiso para llamar a mi hermana para ver si me dejaba quedarme en su casa. Me dijo que sí, que la llamara, pero rápido. Mi hermana me dijo que me fuera a su casa y que me podía quedar el tiempo que fuera necesario, pero … en unos días ella se iba a Costa Rica a visitar unos parientes y no sabía cuánto tiempo iba a quedarse. Yo le prometí que tan pronto encontrase un sitio dónde quedarme, me iría”.

¿Cómo incidió en Ud. el sentirse discriminado por su propia familia? 

“Durante muchos años me sentí culpable y no debía confesar que era gay. Pero conocí gente tan buena que me ayudaron a entender que no era mi culpa y me enseñaron a quererme. Hoy en día, soy un hombre felizmente casado y veo la vida con optimismo. Sé que hay cosas que no podré cambiar, pero yo pongo de mi parte para ser una persona mejor todos los días”.

¿Cuánto cambió su vida a partir de ese entonces? 

“Haber pasado por esa situación me ha hecho tener más sensibilidad hacia otras personas que se encuentran en cualquier forma de discriminación. Como profesor, inculco en mis alumnos el respeto y el hacerse respetar. Entiendo que hay situaciones que no podemos cambiar, pero lo que sí podemos hacer es tener una visión de las cosas más optimista. 

Yo soy un vivo ejemplo de que todo puede mejorar en la vida si le das una oportunidad. Deseo que ninguna otra persona pase por lo que yo pasé, pero, a la vez, reconozco que no es tan fácil. Hoy en día, por medio de Instagram, me contactan muchos jovencitos diciéndome que se identifican con mi historia y eso me da mucha pena, porque sé lo mal que lo están pasando. 

Trato de darles ánimos y que tengan paciencia, ¡todo mejorará! También me hablan muchos padres que me preguntan cómo pueden ayudar a sus hijos que les han confesado su orientación. Siempre les digo que hay grupos de apoyo, tanto en persona como online, y les animo a que se pongan en contacto con ellos. Yo solo les puedo aconsejar desde mis vivencias, sin embargo, en esas asociaciones tienen grupos de expertos cualificados que les ayudarán mejor que yo”.

¿Ud. contó que cuando su madre lo echó de la casa el gobierno de California lo reubicó con un padre gay. ¿Qué tan diferente fue todo a partir de ahí? 

“El departamento de servicios humanos junto con el Gay and Lesbian Center de Los Ángeles formaron un grupo llamado Pink Project, que se basaba en asignar niños gays o lesbianas de la calle a padres gay-lésbico, ya que otras familias casi nunca nos entendían. A mí me tocó vivir en Burbank, California. Quien me acogió fue uno de esos ‘ángeles’ en mi vida, que me trató con mucho respeto y cariño, y aunque solo estuve en su casa unos meses, dejó una huella en mi vida tan positiva que me atrevo a decir que soy quien soy gracias a él”.

¿Se ha sentido discriminado alguna otra vez? 

“Desgraciadamente, ¡sí!  En mi caso me han discriminado en multitud de ocasiones por triple motivo: por ser hispano, gay y oscuro (todo lo que los racistas odian). Al principio me ponía muy triste, porque sentía que era la historia de nunca acabar. Ya después me hice una piel más dura y no dejé que me afectara tanto. Yo soy feliz como soy y tengo gente que me ama igual”.

¿Y cómo terminó viviendo en España? 

“Estuve trabajando para una gran compañía de teléfono en Victorville, California. Ganaba mucho dinero, pero a la vez era muy duro y tenía mucho estrés. No tenía vida, no estaba feliz ahí, quería un cambio. Empecé a viajar dentro del continente y nada. Entonces decidí buscar en Europa. Fui a Londres, a París y cuando llegué a Madrid dije ‘Oh! This is it!’  Tuve una conexión inmediatamente con España y decidí venirme a vivir aquí. Eso fue en 2010 y, para finales del 2012, ya estaba viviendo aquí en Barcelona”. 

¿Por qué le gusta la vida en España? 

“Vivir en España es muy agradable. Como hispano-americano encuentro muchas similitudes con nuestra cultura, pero aquí la historia está más conservada y se puede apreciar en sus palacios, en sus castillos, en sus calles … en fin, en todo su alrededor. A diferencia de lo que me pasaba en Estados Unidos, donde yo vivía para trabajar, aquí siento que trabajo para vivir, y vivo muy bien. 

Tengo una nueva familia y unos amigos que ya son como mi familia también. Es increíble que un país tan pequeño como España tenga tanta diversidad cultural, como la vasca, la catalana, la gallega, la andaluza … Allí donde vayas encuentras algo interesante. Además, la gente en España es muy linda y acogedora. ¡Es imposible no enamorarse de este país!”

Sin embargo, también se enamoró de su actual esposo … 

“Fernando y yo nos conocimos en una red social. Yo ya tenía pensado ir a Barcelona y, una vez allí, quedamos para conocernos. Eso fue a finales del 2012 y, desde entonces, empezamos a vernos casi todos los días. ¡Fue muy bonito! A los pocos meses nos fuimos a vivir juntos. El 4 de agosto del 2017 nos casamos legalmente aquí en Barcelona. Ya vamos para 8 años de pareja y 3 de casados”.

¿Se siente parte de la comunidad LGBTQ de España? 

“Yo soy abiertamente gay y, aunque hoy en día no estoy involucrado en organizaciones LGBTQ, cuando vivía en Victorville fundamos junto a unos amigos, en febrero del 2009, el High Desert Equality, un grupo de actividades socio-culturales. Aquí en España, sobre todo por falta de tiempo, no pertenezco a ninguna organización, pero no descarto hacerlo pronto”. 

¿De dónde viene esa pasión suya por la cocina? 

“Siempre me gustó la cocina, sólo que antes lo hacía más por necesidad que por gusto. Ya desde hace unos 15 años empecé a practicar nuevas recetas y a cocinar jugando con diferentes mezclas de sabor y texturas, pero siempre enfocándome en lo tradicional. En mis viajes (me encanta viajar) he aprendido mucho de diferentes culturas gastronómicas y siempre he intentado plasmarlas en mis platos. Esto me ha dado más amplitud a la hora de cocinar. Me encanta que mis amigos disfruten de algo que yo he cocinado”.

¿Por qué decide incorporarse a MasterChef?

“La primera vez que vi MasterChef fue en el año 2014 y me gustó, pero no lo pude seguir por cuestiones de horario. En el 2015 cambié mi horario de trabajo y así pude verlo completo. Me quedé tan impresionado que empecé a buscar las recetas que hacían y practicarlas en casa. Recuerdo que al principio le decía a Fernando que yo algún día iba a entrar en ese programa. Me hacía mucha ilusión con solo pensar en todo lo que aprendería. El año pasado, mientras veíamos la edición de MasterChef Celebrity vi que anunciaban que todavía estaban abiertas la plazas para entrar en MasterChef. Abrí la computadora y rellené la solicitud. Y después de un duro proceso de selección, ¡aquí estoy!”

¿Cómo se ha sentido hasta ahora en el concurso?

“El talent show es muy difícil, ¡pero me encanta!  Si me preguntáis que si lo recomiendo, yo digo mil veces que sí. No solo por lo que aprendes, sino también por cómo me trata toda la gente del programa: el jurado, los trabajadores de producción, los cámaras, las maquilladoras, las peluqueras … ¡Ha sido una experiencia maravillosa!”

¿Cuáles han sido sus momentos más difíciles hasta ahora en el programa? 

“Creo que lo más difícil para mí es la convivencia con los compañeros. Nunca había estado en un entorno con gente tan diferente a mí, y ¡mira que soy de Los Ángeles!” 

¿Cree que el hecho de ser extranjero y gay lo ha puesto en una posición diferente con relación a sus compañeros? 

“Antes de que me seleccionaron entre los últimos 50 concursantes mis amigos me vacilaban con eso, que por ser gay y latino tendría más oportunidades. Estuve a punto de creérmelo, pero cuando vi que en la última prueba la comunidad LGBTQ ya estaba muy bien representada, pensé: ‘¿me seleccionarán por ser extranjero?’. Pero también convocaron a otras personas de diferentes países como Cuba, Bélgica, China, Marruecos, así que no creo que ser extranjero o gay haya tenido algo que ver, ¡fue mi cocina! 

Shine Iberia, la productora que tiene a su cargo la realización de MasterChef España y que forma parte del grupo internacional Endemol Shine Group, refirió al Blade que la inclusión de personas LGBTQ en sus producciones es inequívoco. Programas de éxito en España como MasterChef o Maestros de la Costura apuestan edición tras edición por la visibilidad y normalización de todos los colectivos, y por supuesto también del colectivo LGBTQ, mostrando a través de sus talent shows cómo son las personas con independencia de su procedencia u opción. 

En ese sentido -continúa Shine Iberia- cabe destacar la reciente presencia de Michael en esta octava edición de MasterChef, temporada de la que también ha formado parte Saray, una transexual de etnia gitana que ha compartido cocinas con Michael y los otros 15 aspirantes”. 

¿Qué le ha enseñado el programa hasta hora, profesional y personalmente? 

“Gracias a MasterChef me estoy perfeccionando en las cosas que ya hacía. También estoy aprendiendo técnicas que por mí solo hubiesen sido muy difíciles. En lo personal te digo que ahora aprecio más el tiempo con mi pareja y mis amigos, detalles que antes no daba mucha importancia, ahora los valoro más”.

¿Cuánto de sus raíces hay en sus platos? 

“¡Mucho! Nosotros, en California, tenemos la suerte de tener mucha influencia mexicana, que a la vez tiene mucho que ver con la comida española. En Estados Unidos crecemos con una gran variedad de comidas de todo el mundo. Toda esa influencia me ha ayudado a poder improvisar más rápido que el resto de mis compañeros en las diferentes pruebas”.

¿Qué tal la relación con los jueces y el resto de los compañeros? 

“Cuando no estamos grabando, tienes oportunidad de charlar con los jueces y para mí son personas muy cercanas y encantadoras.  Yo en lo personal me he llevado muy bien con los tres, pero debo admitir que Samantha Vallejo-Nágera me ha dejado la mejor impresión. En cuanto a los compañeros, tengo más relación con Teresa, Adrienne, Sito y Mónica”.

¿Cómo se siente durante las grabaciones? ¿Qué sentimientos experimenta? 

“¡En el plató y los exteriores hay un remolino de emociones! ¡Es una combinación de estrés, nervios y adrenalina! Me lo paso mejor durante las grabaciones. Todos nos tratan muy bien, desde los que limpian hasta los de dirección. ¡Es otro mundo! ¡I love it!”

¿Cómo lo ha recibido el público español? 

“¡Muy bien! En las redes sociales no dejan de apoyarme. Desde que vine a España por primera vez de turismo y hasta ahora me he sentido como en casa. La gente aquí es muy acogedora y te hacen sentir como uno de ellos. Me hacen sentir muy querido”.

¿Cuáles son sus mayores aspiraciones en el mundo culinario? 

“Siempre he soñado con tener mi propio negocio relacionado con la cocina. Pensé en poner un pequeño restaurante y abrir solo por las tardes. Pero ya con la experiencia que tengo sé que lo mejor para mí sería un servicio de catering.  De hecho, estoy en contacto con mi compañera Teresa para, en un futuro no muy lejano, poder montar algo aquí en Barcelona. Quién sabe si en un futuro abrió una filial en Los Ángeles o en Washington, D.C.”

¿Qué significaría para ud obtener el trofeo de MasterChef España?

“¡Wow! Ganar el título de MasterChef España no solo representa el dinero o la fama, también es haber logrado una más de mis metas. La oportunidad de estudiar en Basque Culinary Center es algo que nunca hubiera imaginado. Todo lo que podría aprender y la experiencia que adquiriría … ¡sería genial!  

¿Ha regresado a Estados Unidos? 

“¡Si!  El verano pasado nos fuimos Fernando y yo a pasear y visitar a mi familia y amigos. Estuvimos en Orlando, San Francisco, Long Beach (por supuesto), Hollywood, Las Vegas y otras ciudades. Estuvimos tres semanas y, claro, nos faltó tiempo para ver todo lo que queríamos. Estamos pensando en hacer otro viaje por lugares que no conozcamos, como New Orleans, Washington, D.C., Cleveland o New York y ¡muchos otros!” 

¿Qué lazos mantiene con California y Estados Unidos?

“Tengo muchos amigos en California, con los cuales mantenemos contacto. También a mi padre de acogida. En Long Beach tengo una tía que quiero mucho. ¡Y en Florida tengo a mi hermana que adoro! Estados Unidos siempre será mi hogar. ¡Yo soy y seguiré siendo americano! He hablado con mi marido de que en un futuro, cuando estemos jubilados, podríamos ir a vivir a Cocoa Beach”. 

Michael Salazar (Foto cortesía de RTVE)
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Central America

Alianza para la Inclusión fortalece la defensa de derechos LGBTQ en Centroamérica

Se implementa el proyecto en Guatemala, El Salvador y Honduras

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

Promover, proteger y defender los derechos humanos de las personas LGBTQ en Centroamérica es el propósito del proyecto “Alianza para la Inclusión: hacia la promoción de derechos LGBTIQ+ en Centroamérica”, una iniciativa subvencionada por la Unión Europea, Global Gateway, Oikos Cooperação e Desenvolvimento y Camões — Instituto da Cooperação e da Língua, que articula esfuerzos en Guatemala, El Salvador y Honduras.

El proyecto, cuya implementación se desarrolla entre 2025 y 2028, busca fortalecer a organizaciones, liderazgos comunitarios y redes regionales frente a contextos marcados por la discriminación, la violencia y la reducción del espacio cívico.

A través de procesos de formación, atención integral, protección, fortalecimiento organizativo, incidencia y articulación regional, la iniciativa procura generar condiciones más seguras y dignas para que las personas LGBTQ puedan ejercer plenamente sus derechos.

Formación y fortalecimiento de liderazgos

Durante los primeros 18 meses de ejecución, el proyecto ha desarrollado acciones de formación y acompañamiento, otorgado subvenciones a colectivos comunitarios, impulsado estrategias de seguridad integral y respaldado procesos regionales de articulación e incidencia.

Uno de los resultados reportados es la participación de 489 personas LGBTQ de Guatemala, El Salvador y Honduras en procesos formativos relacionados con la desnaturalización de la violencia, organización e incidencia. Asimismo, 41 personas líderes LGBTQ de El Salvador y Guatemala fortalecieron sus capacidades para la formulación de proyectos.

Para Pedro Campos, coordinador de Oikos — Cooperação e Desenvolvimento en El Salvador, estos procesos tienen una dimensión que trasciende lo técnico.

“Desde hoy estamos cada día más convencidas y convencidos de que la gestión de proyectos más que técnica o administrativa es esencialmente humana. Nunca debemos olvidar que la persona en toda su diversidad es el centro de nuestro quehacer. Y si un día la empatía y el amor nos abandonan, habremos perdido la esencia de nuestro trabajo”.

La formación también ha significado una oportunidad para fortalecer liderazgos comunitarios. Josh Hernández, persona no binaria y codirectore de Espacios Seguros El Salvador, destaca el impacto que tuvo su participación.

“Esta experiencia me ha fortalecido como activista y como parte de una organización comunitaria, y me ha permitido ampliar mi visión y soñar con nuevas actividades que contribuyan a construir una cultura de paz en nuestra sociedad salvadoreña”, comenta Hernández.

Atención integral para personas LGBTQ en situación de vulnerabilidad

En El Salvador, uno de los componentes del proyecto se ha enfocado en brindar atención integral a personas que enfrentan situaciones de violencia, discriminación o vulnerabilidad.

A través de COMCAVIS TRANS, el proyecto permitió atender a 128 personas, mediante servicios psicosociales, legales y de resguardo temporal en su albergue.

La atención incluyó orientación para activar mecanismos de denuncia y medidas de protección, además de contención emocional, manejo de crisis y acompañamiento para la estabilización de condiciones básicas.

La experiencia también se ha extendido a Honduras. Loren López, directora ejecutiva de la Asociación de Mujeres Lesbianas y Bisexuales LITOS, resaltó el valor de generar espacios seguros para mujeres lesbianas, bisexuales y personas LTBQ (lesbianas, trans, bisexuales y queer).

“Me quedo con la satisfacción de haber contribuido a crear espacios donde una mujer LTBQ+ pueda sentirse segura, escuchada y reconocida, sin tener que esconder quién es. Esta experiencia fortaleció a LITOS y nos dejó nuevas herramientas y posibilidades para seguir trabajando por los derechos y la eliminación de la discriminación”, agrega López. 

La seguridad integral como herramienta de protección

En contextos donde quienes defienden derechos pueden enfrentar diferentes tipos de riesgos, el proyecto ha incorporado la seguridad integral como un componente fundamental.

Durante 2026, 140 personas LGBTQ pertenecientes a seis organizaciones participaron en procesos de formación sobre seguridad integral, abordando dimensiones físicas, digitales y emocionales.

Como resultado, seis organizaciones elaboraron y consolidaron sus propios planes de seguridad integral, incorporando medidas de prevención y respuesta ante riesgos físicos y digitales, con especial énfasis en la protección de información sensible, el uso seguro de plataformas digitales y la gestión de incidentes en entornos virtuales.

Incidencia para transformar políticas y garantizar derechos

La iniciativa también ha acompañado procesos de incidencia y litigio estratégico en Guatemala.

La Asociación LAMBDA, junto con la Comisión Presidencial por la Paz y los Derechos Humanos (COPADEH), acompañó una consulta nacional con personas LGBTQ para contribuir a la elaboración de una Estrategia Nacional para las personas LGBTQ, cuyo proceso se encontraba en elaboración y cuya aprobación se esperaba para finales de 2026.

Asimismo, en julio de 2026 fue presentada ante la Corte Constitucional de Guatemala una acción de inconstitucionalidad como parte de una estrategia nacional de litigio estratégico orientada a la aprobación del matrimonio igualitario. Al cierre de la actualización de resultados de este año, el proceso permanecía pendiente de resolución.

El acompañamiento jurídico también ha permitido apoyar procesos individuales relacionados con el reconocimiento de la identidad.

Uno de estos casos es el de Paula Escobar, mujer trans guatemalteca acompañada por LAMBDA en el proceso de cambio de nombre en sus documentos de identidad.

“Ha sido el paso más grande de mi vida, pues me libró de momentos incómodos y de dar explicaciones para ser reconocida como la mujer que soy”.

De acuerdo con el testimonio, la organización se encargó de la gestión legal y aproximadamente seis meses después obtuvo una respuesta favorable.

Redes regionales para ampliar el alcance de la defensa de derechos

La articulación regional constituye otro de los componentes del proyecto. La iniciativa ha apoyado a redes latinoamericanas que buscan fortalecer y posicionar el trabajo de organizaciones LGBTQ.

Entre ellas se encuentra la Alianza Centroamericana y del Caribe de Hombres Trans, que articula organizaciones y personas transmasculinas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá.

Durante su primer año, ALICAHT desarrolló su Plan Estratégico y Reglamento Interno 2025-2030, además de su identidad gráfica y sitio web.

Otro proceso regional respaldado fue el III Congreso Regional de CORPORA en Libertad, realizado en Guatemala en diciembre de 2025. El encuentro reunió esfuerzos orientados a fortalecer la defensa, promoción y garantía de los derechos humanos de las personas LGBTQ privadas y exprivadas de libertad en América Latina y el Caribe.

El espacio permitió fortalecer la articulación regional y compartir experiencias y estrategias frente a los desafíos que enfrentan las personas LGBTQ dentro y fuera de los sistemas penitenciarios.

Ari Vera, fundadora de CORPORA, ha destacado la importancia del trabajo en red como una herramienta para generar transformaciones y fortalecer las capacidades colectivas.

Inclusión más allá de las palabras

Durante el Foro “El Impacto de Incluir”, uno de los planteamientos centrales fue que la inclusión requiere transformaciones concretas y no únicamente el uso de conceptos o siglas.

Jason García, técnico PMA de Monitoreo, Evaluación y Aprendizaje para Oikos El Salvador, señaló una de las barreras que persisten en los proyectos. “Una de las barreras en los proyectos es que son binarios y no se reconocen las otras identidades”.

Desde esta perspectiva, un proyecto inclusivo no se limita a utilizar la palabra inclusión o incorporar las siglas LGBTQ, sino que requiere revisar prácticas, metodologías, mecanismos de participación y formas de reconocer la diversidad.

Como parte de este proceso también se preparó una guía práctica que sistematiza instrumentos y mecanismos del Sistema Internacional de Derechos Humanos, destacando su importancia histórica en la ampliación y protección de derechos.

La compilación fue presentada en la X Conferencia de la Red ILGA LAC y en el 18º Encuentro de la Red Centroamericana de Intercambio Académico en Derechos Internacionales, realizado en la Universidad de El Salvador.

Cooperación centrada en las personas

Los resultados alcanzados durante los primeros 18 meses reflejan una estrategia que combina formación, atención directa, protección, fortalecimiento institucional, incidencia y construcción de redes.

Para la Unión Europea, colocar a las personas en el centro constituye un elemento fundamental de la cooperación. Duccio Bandini, embajador de la Unión Europea en El Salvador, expresó “Desde la Unión Europea seguiremos apostando para una cooperación que pone en el centro a las personas. Porque el verdadero impacto de influir se mide en vidas transformadas, en derechos conquistados y en sociedades que celebran con orgullo su diversidad”.

Duccio Bandini el embajador de la Unión Europea a El Salvador. (Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

Con una implementación prevista hasta 2028, la Alianza para la Inclusión continúa articulando organizaciones nacionales y redes latinoamericanas para fortalecer capacidades y generar herramientas que permitan a las personas y organizaciones LGBTQ enfrentar los desafíos de sus contextos y avanzar en la promoción, protección y defensa de los derechos humanos.

Más allá de las cifras y los productos alcanzados, el proyecto coloca en el centro una premisa: la inclusión se construye cuando las personas pueden participar, organizarse, defender sus derechos y vivir su identidad con dignidad y seguridad.

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Ecuador

Caso Karlina: Una sentencia histórica contra las terapias de «conversión»

Karlina Quiroz, una mujer trans de Chone, fue internada contra su voluntad

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(Foto cortesía de Edición Cientonce)

Edición Cientonce es el socio mediático del Washington Blade en Ecuador. Esta nota salió en su sitio web el 17 de septiembre.

La última vez que Karlina Quiroz, una mujer trans de 57 años, salió sola a la calle en Chone, terminó encerrada contra su voluntad en un centro de rehabilitación donde intentaron “corregir” su identidad de género mediante humillaciones, amenazas y agresiones.

Han pasado cinco años desde ese episodio, ocurrido en 2021; y el 11 de septiembre de 2026 Karlina por fin obtuvo justicia. 

La Fiscalía informó, el 14 de septiembre, que el Tribunal de Garantías Penales de Chone sentenció a seis personas por actos de odio contra Karlina, al ser víctima de violencia basada en su identidad de género.

Entre los seis sentenciados están sus dos hermanos, que —según la denuncia de Karlina— ordenaron su encierro a este centro.

El caso de Karlina refleja el odio y la violencia hacia personas trans en Ecuador y vuelve a poner bajo la lupa la existencia de centros conocidos como clínicas de “deshomosexualización” o espacios de “terapias de conversión”.

De acuerdo con la denuncia presentada por Karlina, en julio de 2021 fue interceptada por varios hombres y trasladada contra su voluntad a un centro para el tratamiento de adicciones ubicado en Chone, Manabí, en la vía a Pedernales. Allí permaneció retenida y sometida a tratos degradantes, violencia psicológica y agresiones físicas.

Según su testimonio, durante el encierro recibió insultos relacionados con su identidad de género y amenazas orientadas a “modificarla”.

Karlina denunció, además, que esta no habría sido la primera vez. Según su relato, en 2019 permaneció aproximadamente tres meses internada de manera forzada en otro centro de rehabilitación, también ubicado en la vía a Pedernales, en Chone. Durante ese período habría sido sometida a dinámicas similares de aislamiento, control y presiones dirigidas a modificar su identidad y expresión de género.

Según información de la Fiscalía, en septiembre de 2021, como parte de las diligencias investigativas, se allanó el centro clandestino en Chone. Allí se recabaron indicios relacionados con el internamiento forzoso de Karlina durante tres meses.

Con esos y otros elementos de convicción obtenidos durante la investigación, la Fiscalía inició un proceso penal contra las seis personas, quienes fueron luego llamadas a juicio.

El proceso, explicó Karlina, incluyó los dos casos: el de 2019 y 2021. “El crimen se investigó desde que comenzó la primera gota de sangre”, señaló Karlina, en alusión a la violencia física que sufrió en su primer encierro.

De los seis sentenciados, tres fueron condenados como autores directos a cuatro años de pena privativa de libertad. Se trata de los dos hermanos de Karlina y un sobrino, por ordenar su encierro al centro de adicciones.

Los otros tres recibieron una pena de dos años, como cómplices.

De acuerdo con Karlina, uno de ellos es el director del primer centro al que fue ingresada contra su voluntad en 2019 por tres meses, y los otros dos son quienes la interceptaron la segunda ocasión, en julio de 2021, para llevarla al centro. Ella los señala como “capturadores” de las personas que son recluidas en los centros. 

“Cuando recibí la noticia (el viernes 11 de septiembre durante la audiencia de juzgamiento) no podía creerlo. Las piernas me temblaron y las lágrimas se me salieron. Estoy tranquila y satisfecha”, señaló Karlina en una llamada telefónica.

Para Pedro Gutiérrez, abogado especialista en derechos humanos, la sentencia es importante no solo por reconocer un delito de odio, sino también por las características de los hechos: el ingreso (por orden de sus hermanos) a un centro de “deshomosexualización” en el que se cometen actos de tortura y violencia física.

Durante la audiencia, constó el testimonio de Karlina. La Fiscalía también presentó el informe de reconocimiento del lugar de los hechos, la inspección ocular técnica, el levantamiento de evidencias y los testimonios de personas que confirmaron que los actos de violencia por perjuicio hacia su identidad de género fueron ejecutados de manera reiterada por los ahora sentenciados.

El caso volvió a poner la atención sobre las llamadas terapias de conversión en Ecuador, prácticas ampliamente cuestionadas por organismos internacionales de derechos humanos y señaladas como formas de tortura o violencia psicológica. Aunque el Estado ecuatoriano ha realizado operativos y clausuras de algunos centros en los últimos años, organizaciones sociales sostienen que estos espacios continúan funcionando de manera clandestina o bajo otras denominaciones.

La legislación ecuatoriana penaliza los actos de tortura con la intención de modificar la orientación sexual o identidad de género, pero no existe una sanción contra los centros que ofrecen las denominadas terapias de conversión. 

En 2020, la Asamblea aprobó el Código Orgánico de Salud y una de sus disposiciones fue prohibir expresamente este tipo de terapias, pero fue vetado totalmente por el expresidente Lenín Moreno en medio de una campaña de sectores antiderechos. 

La sentencia también dispuso, como reparación integral a favor de Karlina, tratamiento psicológico e indemnizaciones por daños materiales e inmateriales.

Gutiérrez considera que la reparación para Karlina es limitada, pues -por ejemplo- no hay llamados de atención al Ministerio de Salud o disculpas públicas a la víctima. 

“Mi nombre es Ariel Karlina Zambrano, soy una mujer trans de Chone, Manabí. Desde niña supe que quería ser mujer, quería ser bonita, libre. Pero mi familia nunca lo aceptó. Mis hermanos y mi padre, profundamente machistas, me maltrataban constantemente”, contó Karlina en un testimonio en 2025 que recogió el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CDH).

Para activistas y defensores de derechos humanos, el caso de Karlina evidencia además un patrón de violencia que suele permanecer oculto dentro de círculos familiares, religiosos y comunitarios. En muchos casos, explican, los internamientos forzados son promovidos bajo la idea de “corregir” orientaciones sexuales o identidades de género consideradas inaceptables.

Karlina intentó vivir en Chone, creyendo que con la denuncia y las medidas cautelares estaba a salvo, pero su hermano le pagaba a personas para que la acosaran, según su relato. Por ello, tuvo que esconderse por meses.

Las personas trans en Ecuador enfrentan altos niveles de discriminación, violencia y exclusión social, especialmente fuera de las grandes ciudades. Según la Encuesta Nacional sobre las Condiciones de Vida de la Población LGBTI+ del INEC, el 53,5 por ciento de las personas LGBTQ mayores de 18 años en el país ha sufrido algún tipo de discriminación o violencia a lo largo de su vida, siendo el entorno familiar uno de los principales espacios de agresión.

En materia de violencia letal, organizaciones como Asociación Silueta X y el Observatorio Runa Sipiy documentaron 30 asesinatos de personas LGBTQ y transfemicidios en Ecuador durante 2025. De esos casos, alrededor del 70 por ciento corresponden a mujeres trans, lo que las posiciona como el grupo más expuesto a crímenes de odio y violencia extrema.

Diversas organizaciones de derechos humanos han advertido además sobre la persistencia de centros de “deshomosexualización” o internamientos forzosos, prácticas denunciadas desde hace más de una década en Ecuador pese a prohibiciones estatales y operativos de control insuficientes.

El caso de Karlina pone a prueba algo más grande que una sentencia individual: si Ecuador está dispuesto o no a reconocer que estas prácticas siguen existiendo y que la violencia contra personas LGBTQ continúa ocurriendo, muchas veces con la complicidad o el silencio de sus propios entornos familiares.

“Con mi caso, debe quedar un precedente. Debemos luchar contra el odio que podemos encontrarlo dentro de nuestras propias familias. Por nuestra libertad y derechos, debemos luchar”, indicó Karlina.

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El Salvador

Mujer trans salvadoreña es encontrada sin vida

La muerte de Yoisi Villalta vuelve a poner sobre la mesa la violencia

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Yoisi Villalta

SANTA ANA, El Salvador — La muerte de Yoisi Villalta, mujer trans y vendedora de tortas en Texistepeque, Santa Ana Norte, ha vuelto a colocar en el centro del debate una realidad que durante años ha acompañado a la población LGBTQ en El Salvador: la violencia no termina con una agresión o con una muerte. También puede manifestarse en la manera en que una persona es buscada, nombrada, registrada, despedida y recordada.

Villalta fue reportada como desaparecida por su familia a finales de agosto de 2026. Días después, medios de comunicación y plataformas digitales informaron sobre el hallazgo de su cuerpo sin vida. Un reporte publicado el 5 de septiembre señala que el cuerpo fue localizado en Tacuba, Ahuachapán, ocho días después de su desaparición, mientras que la Policía Nacional Civil no había confirmado hasta entonces la causa de muerte ni clasificado oficialmente el caso como homicidio intencionado. 

La precisión es importante; hasta el momento no debe afirmarse como un hecho que Yoisi haya sido víctima de un crimen de odio o de un homicidio motivado por su identidad de género, mientras no exista una investigación oficial que determine las circunstancias y causa de su muerte. Lo que sí existe es una profunda preocupación expresada por organizaciones de la sociedad civil y por personas de la comunidad LGBTQ, especialmente ante el contexto de violencia y discriminación que históricamente han enfrentado las mujeres trans en El Salvador.

Una mujer detrás de una noticia

Antes de convertirse en noticia, Villalta tenía una vida. Era una mujer trans que trabajaba como vendedora de tortas en Texistepeque. Desde su negocio desarrollaba una actividad cotidiana para ganarse la vida, pero también había convertido aquel espacio en una expresión de solidaridad con su comunidad.

De acuerdo con la información difundida por organizaciones LGBTQ, Villalta compartía alimentos con las brigadas de salud sexual que realizaban jornadas en la zona. Esa faceta de su vida permite verla más allá de las circunstancias de su muerte: como una mujer trabajadora, solidaria y vinculada a acciones comunitarias.

La Federación Salvadoreña LGBTI pidió precisamente que su memoria fuera abordada desde esa perspectiva. En el mensaje difundido tras conocerse su muerte, la organización llamó a recordarla por “su vida, su trabajo, su generosidad, y sobre todo desde su nombre”, y pidió que su historia no fuera reducida al morbo.

Ese llamado resulta especialmente importante en tiempos en que las redes sociales pueden convertir una tragedia humana en una sucesión de comentarios, fotografías, especulaciones y publicaciones hechas sin sensibilidad. Una persona fallecida no deja de tener dignidad.

Y una mujer trans no deja de ser mujer porque haya muerto.

El derecho a ser nombrada

Uno de los aspectos que más indignación ha provocado en torno al caso es el tratamiento de la identidad de Villalta durante la búsqueda. Organizaciones y personas cercanas han denunciado que durante el proceso de búsqueda se utilizó el nombre que aparece en su Documento Único de Identidad (DUI), en lugar del nombre con el que Villalta vivía y era reconocida socialmente.

Este aspecto no es meramente una cuestión semántica. Para las personas trans, el nombre puede representar una parte fundamental de su identidad y de la manera en que construyen su vida frente a la sociedad. Ser reconocidas por el nombre con el que se identifican constituye también una forma de respeto.

En el caso de Villalta, la Federación Salvadoreña LGBTI expresó que negar el nombre y la identidad de una persona trans también constituye una forma de violencia. La situación adquiere una dimensión todavía más compleja en El Salvador, donde continúa sin existir un mecanismo legal general que permita a las personas trans modificar su nombre y marcador de género en sus documentos de identidad conforme a su identidad de género.

Así, una persona puede construir durante años una vida social, familiar, laboral y comunitaria con un nombre determinado y, sin embargo, encontrarse ante instituciones que continúan identificándola exclusivamente mediante los datos registrales que no corresponden a la identidad con la que vive. El caso de Villalta vuelve a evidenciar esa tensión entre la identidad vivida y el reconocimiento institucional.

Un problema que va más allá de un solo caso

El caso de Villalta ocurre en un país donde las organizaciones de derechos humanos han advertido durante años sobre la violencia y discriminación que afectan a la población LGBTQ. La información disponible también muestra un problema relacionado con la documentación de estos hechos.

Organizaciones defensoras de derechos humanos han cuestionado la ausencia o insuficiencia de registros públicos actualizados y desagregados que permitan conocer con precisión cuántos delitos violentos afectan a personas LGBTQ y cuántos de ellos tienen como posible motivación la orientación sexual, identidad o expresión de género. La falta de información no significa necesariamente ausencia de violencia. Por el contrario, puede hacerla más difícil de identificar.

Un crimen que no registra la identidad de género de la víctima, o que no investiga adecuadamente una posible motivación relacionada con prejuicios, termina incorporándose estadísticamente como un hecho aislado, sin permitir comprender patrones. Ese problema tampoco es exclusivo de El Salvador. Sin embargo, en el país constituye una preocupación recurrente para las organizaciones que documentan vulneraciones contra personas LGBTQ.

301 denuncias en 2025

Un indicador permite dimensionar que el problema trasciende los homicidios. El Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH con apoyo de Hivos y Arcus Foundation, registró 301 denuncias de vulneraciones de derechos entre el 1 de enero y el 22 de septiembre de 2025. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también recogió estos datos en su informe anual. 

Según esa información, las mujeres trans representaron el 53,5 por ciento de las víctimas registradas y los hombres gays el 26,6 por ciento. El informe también señaló como principales presuntos responsables a cuerpos uniformados, entre ellos la Policía Nacional Civil, los cuerpos de agentes municipales y militares desplegados bajo el régimen de excepción. 

Estos datos deben leerse con cautela: se trata de denuncias de vulneraciones de derechos, no de una cifra de homicidios ni de todos los casos ocurridos en el país.

Pero muestran algo importante: la violencia contra las personas LGBTQ no puede analizarse exclusivamente desde los asesinatos. También existe violencia en la discriminación, en el acceso a servicios, en el trato institucional, en la familia, en el trabajo, en los espacios públicos y en la imposibilidad de ejercer plenamente derechos fundamentales.

El precedente de Zashy Zuley

La historia reciente de El Salvador ofrece antecedentes que ayudan a comprender por qué el caso de Villalta genera preocupación. En abril de 2021 fue asesinada en San Miguel Zashy Zuley del Cid, una mujer trans y activista vinculada al trabajo comunitario de personas LGBTQ.

ACNUR condenó entonces su asesinato y señaló que Zuley había sido previamente desplazada de su hogar debido a amenazas. La agencia de Naciones Unidas explicó que trabajaba junto con COMCAVIS TRANS para apoyarla en un proceso de emprendimiento y medios de vida. 

Su muerte también puso en evidencia otra forma de violencia: después de morir, hubo dificultades para que su identidad de género fuera respetada durante sus honras fúnebres. Medios que documentaron el caso señalaron que fue sepultada con una expresión masculina y que existieron obstáculos para la participación de personas LGBTQ cercanas a ella. 

El caso de Zuley se convirtió así en un símbolo de una problemática que tiene dos dimensiones: la violencia contra el cuerpo y la violencia contra la identidad.

Más de cinco años después, la muerte de Villalta vuelve a colocar ambas preocupaciones en la conversación pública.

¿Dónde están los datos oficiales?

Una de las preguntas que surgen nuevamente es cuántos casos de violencia contra personas LGBTQ han ocurrido en los últimos años y cuántos han sido investigados considerando una posible motivación por prejuicio.

La ausencia de información pública reciente y desagregada dificulta responder.

Esta falta de datos no solo afecta a las organizaciones defensoras de derechos humanos. También afecta a las instituciones encargadas de diseñar políticas públicas, prevenir la violencia y garantizar justicia.

Si no sabemos cuántos casos existen, dónde ocurren, quiénes son las víctimas, qué tipos de violencia se presentan y qué resultados tienen las investigaciones, resulta mucho más difícil diseñar respuestas adecuadas. La documentación independiente adquiere entonces un papel fundamental, aunque nunca debería sustituir la obligación del Estado de generar estadísticas confiables y transparentes.

El desafío de no olvidar

El caso de Villalta vuelve a plantear una pregunta incómoda para El Salvador:

¿Qué ese está haciendo para que las personas LGBTQ puedan vivir y morir con dignidad? La respuesta no puede depender únicamente de las organizaciones LGBTQ, de las familias o de las comunidades.

Requiere instituciones que registren adecuadamente los hechos, investigaciones que determinen responsabilidades, y de acuerdo con activistas de sociedad civil, también “se necesita un Estado que cree y promueva políticas de prevención y que reconozca la identidad de las personas diversas, formación de funcionarios y una sociedad que comprenda que la diversidad no disminuye el valor de ninguna persona”. Por ahora, las circunstancias de la muerte de Yoisi dejan muchas dudas en lo sucedido y no corresponde afirmar que se trató de un crimen de odio sin una determinación oficial de una investigación que no existió.

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