Noticias en Español
Mujer trans de El Salvador competirá para el PARLACEN
Alejandra Menjívar es candidata por el FMLN

SAN SALVADOR, El Salvador — Alejandra Menjívar es una mujer trans que comenzó su trabajo en el movimiento social en 2008, en algunas acciones que tenían vinculación directa con el Frente Farabundo Martín para la Liberación Nacional (FMLN), un partido de izquierda en El Salvador. Ahora ella es una candidata para el Parlamento Centroaméricano.
“Hicimos las consultas territoriales y sectoriales para la construcción del plan de gobierno de Mauricio Funes, ‘Nace la esperanza, viene el cambio’, así tuve mis primeros acercamientos con el movimiento LGBTI”, expresó la candidata al PARLACEN por el FMLN en entrevista con el Washington Blade.
Posterior a ese comienzo, empezó a formarse en derechos humanos y diversidad sexual con organizaciones de mujeres trans y en 2010 trabajó con ellas, para luego en el 2014 comenzó a trabajar de manera independiente en el tema de derechos humanos, optó por salirse del trabajo en organizaciones pues su participación político partidaria ya era más visible.
“Siempre voy a estar muy agradecida con Aspidh Arcoiris Trans, que fue una escuela donde aprendí muchas cosas y sin lugar a dudas siempre las voy a considerar mi casa, donde aprendí mucho”, comenta al Blade Menjívar.
Desde el año 2012 comenzó a trabajar en esfuerzos por posicionar el tema LGBTQ dentro del FMLN, por ello desde entonces hasta la fecha han logrado que exista una estructura LGBTQ reconocida incluso por la convención nacional del partido, según Menjívar, están trabajando porque sea una secretaría reconocida a nivel nacional.
Desde el 19 de enero de este año 2020, fue electa secretaria de diversidad sexual y género dentro del FMLN; esto ha representado un reto para Menjívar, pues aparte de liderar este esfuerzo, también ha tenido que ir accionando y articulando que el tema de diversidad sexual sea una parte importante dentro de la vida partidaria, “de nada sirve que las convencidas y convencidos estén a favor, si no se avanza con los demás compañeros y compañeras”, agrega Menjívar al Blade.
En el año 2019, en el tercer encuentro nacional con militancia de izquierda de todo el país y a nivel internacional de los diferentes partidos políticos, comienzan a haber conversaciones sobre la necesidad de visibilidad de las personas de diversidad sexual dentro de los espacios de toma de decisión, como también en la participación de cargos de elección popular. Luego de meses de plantearse la posibilidad Menjívar concluye a inicios de este año que competiría en las elecciones internas del partido.
“No fue una decisión fácil, yo siempre he sido más de construir partido que estar en un puesto de función pública. Pero llegué a conclusión de que tengo la oportunidad desde mi realidad como mujer trans de poder participar en un proceso de elecciones 2021 y competir por un cargo como diputada en el Parlacen”, expresa Menjívar al Blade, quien quedó en quinto lugar en las elecciones internas de su partido, con más de 6,500 votos a finales de julio del presente año.
Menjívar alega que no se puede seguir esperando que los compañeros aliados sigan llevando las voces y necesidades de la población LGBTQ en El Salvador, pues estas necesidades a veces no son tomadas en serio, aunque se denominen aliados de la diversidad sexual, eso no es suficiente para entender el tema y hacer transformaciones políticas; agrega que ya es necesario tomarse los espacios y hacer las transformaciones por ellas mismas y ellos mismos.
“Tomé la decisión de competir por el Parlamento Centroamericano (PARLACEN), porque creo que debemos también visionar más allá de lo nacional, la región está más conectada de lo que creemos, porque sin duda en todos los países de Centro América hay situaciones similares para todas las personas de la diversidad sexual”, asegura Menjívar al Blade, pues no se cuenta con políticas públicas, ni garantía de respeto a los derechos humanos y debido a esto no existe una ciudadanía plena.
La finalidad de su candidatura al PARLACEN, es poder incidir en este espacio de deliberación de las normativas internacionales, poder generar acciones de incidencia para que los Estados hagan vinculantes las resoluciones como una la Ley de Identidad de Género, el fallo de la CIDH sobre el matrimonio igualitario en Costa Rica, sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, la salud sexual y reproductiva, el derecho a migrar, entre otras.
“Por ello decido mi candidatura al Parlamento Centroamericano y no para la Asamblea Legislativa”, menciona contundentemente Menjívar.
Menjívar externó su interés en trabajar directamente dentro del PARLACEN, en comisiones como las de Seguridad, Paz y Derechos Humanos, la de Poblaciones, también acompañando a la de Mujer, la de Pueblos Originarios y Afrodescendientes; “son las comisiones en donde yo me sentiría más conforme, pues tienen que ver con la inclusión social, derechos humanos y las garantías constitucionales de cada Estado en materia de derechos”, asegura Menjívar al Blade.
“He hecho énfasis que desconocemos el trabajo que se hace en el PARLACEN, porque nuestros diputados y diputadas al ser electos, se olvidan de comunicar estas acciones en el territorio” menciona Menjívar. “A lo mejor se ha hecho trabajado, pero no se comunica a la población. Esto debe cambiar. El estar en el Parlamento debe dejar de ser un hotel de retiro para los políticos que ya han cumplido sus periodos dentro de la Asamblea Legislativa de cada país, en realidad debe volverse una plataforma que busque una integración centroamericana”, asegura la candidata por el FMLN.
“Mi línea principal de trabajo será la defensa de los derechos humanos, la inclusión y la igualdad como eje transversal dentro del PARLACEN”, aseguró Menjívar.
Campaña y apoyo en tiempos de coronavirus
La pandemia ha frenado mucho, porque para las personas en la política, siempre está la necesidad de acercarse a las bases, dialogar y conocer las necesidades de la población, “tenemos ese reto de idear maneras para llegar a conocer esas necesidades en el territorio”, comenta Menjívar.
“Para ello hemos tenido reuniones vía teléfono, vía zoom y en algunos lugares si hemos tenido que acercarnos, pero siempre teniendo las medidas y protocolos para evitar la propagación del COVID19”, asegura.
Un método que ha sido muy utilizado por todos los partidos políticos, han sido las redes sociales, Menjívar comentó al Blade que por medio de flyers en las diferentes plataformas en línea, compartiendo su hoja de vida, sus propuestas, fotografías, enunciando algunas acciones hechas y otras que se han planteado, ha sido hasta el momento la manera más viable de darse a conocer con las bases del FMLN. Alega que esta situación ha complicado todo, porque no se ha podido tener el contacto directo con la gente.
La candidata asegura al Blade que es muy destacable que el FMLN ha desarrollado los mecanismos, también ha garantizado la participación de todas y todos los militantes de manera igualitaria, siempre y cuando se cumpla con los requisitos establecidos por los estatutos partidario, el reglamento interno de elecciones y por supuesto las leyes de la república.
La comisión especial electoral del FMLN garantizó a través de sus mecanismos que como mujer trans, pudiera utilizar el nombre con el que se identifica, aunque no coincida con el documento único de identidad (DUI).
“Esto es un gran paso en el proceso político, me siento motivada porque esto quiere decir qué desde la estructura de diversidad sexual y género, se está haciendo un gran trabajo en cuanto a construir un partido más incluyente, diverso e igualitario”, asegura Menjívar al Blade.
En las elecciones internas del FMLN hubo 41 personas LGBTQ que participaron en las elecciones internas, para cargos como regidores propietarios, regidores suplentes, diputados suplentes, diputados propietarios y para alcaldes.
Al cuestionar sobre el apoyo de las organizaciones LGBTQ, Menjívar nos comentó que ha recibido palabras de apoyo de algunas compañeras y compañeros activistas de algunas organizaciones e independiente, más la reacción no ha sido de total apoyo con todas y todos.
“No me debo a organizaciones o punteos en específico, sino a la población en general y eso me motiva, porque no solo voy a responder a unos” afirmó la candidata.
Agregó que las organizaciones son expresiones grupales que buscan la defensa de los derechos humanos, pero es importante que las organizaciones se mantengan trabajando en sus áreas y no vincularse a partidos políticos, por lo que asegura que estas mismas serán las encargadas en un futuro de reorientar o rencausar hacia donde debemos seguir el trabajo, si este se pierde de vista en algún momento.
La candidata por el FMLN explicó al Blade que de no ganar las elecciones en el 2021, siempre habrá un compromiso político partidario, pues seguirá siendo la secretaria nacional de diversidad sexual y género.
“Esta estructura está desarrollando diferentes acciones en pro de las personas LGBTI, una de ellas es la revisión de las ordenanzas contravencionales, para presentar a la secretaría de municipalismo y el consejo de alcaldes, todo con el fin de prohibir la discriminación por lo menos en las alcaldías que tenga el FMLN”, asegura Menjívar.
“No podemos seguir esperando que otros y otras hagan los cambios sociales y políticos, en esta oportunidad que tengo de participar y tal vez poder ganar, el compromiso es ese, dar un paso firme ejecutar, transformar y desarrollar acciones que busquen consolidar y construir un mejor país y región para todas y para todos”, ella finalizó.
El Salvador
El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ
Entidades estatales son los agresores principales
En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.
Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.
El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.
Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor
El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.
Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:
- 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
- 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
- 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.
A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.
Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:
“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”
Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.
El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.
El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso
El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.
“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.
La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.
Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.
Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.
Educación negada, derechos anulados
Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:
“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”
Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.
Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.
Organizaciones en resistencia
Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.
Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”
Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.
Matar sin balas: la anulación de la existencia
“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.
Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.
En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.
El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.
Noticias en Español
Un país que vota desde el miedo y la esperanza
Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país
Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.
Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.
El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.
“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.
Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.
Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.
Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.
La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.
Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.
Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.
Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.
Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.
Noticias en Español
Doble exclusión, misma dignidad
Personas con discapacidades en América Latina y el Caribe se luchan dos batallas.
En un continente donde los derechos de la comunidad LGBTQ avanzan y retroceden al ritmo de los vientos políticos, hay una realidad que casi nadie nombra: la de quienes, además de pertenecer a esta comunidad, viven con una discapacidad física, motora o sensorial. En ellos convergen dos batallas —la del reconocimiento y la de la accesibilidad— que se libran, la mayoría de las veces, en silencio.
Según el Banco Mundial, más de 85 millones de personas con discapacidad viven en América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, la región alberga algunos de los movimientos LGBTQ más visibles del mundo, aunque persisten graves formas de violencia y exclusión. Sin embargo, los estudios que cruzan ambas realidades son casi inexistentes. Y esa ausencia de datos también es una forma de violencia.
Ser una persona LGBTQ en América Latina todavía implica, en muchos casos, enfrentar el rechazo familiar, la discriminación laboral o la exclusión religiosa. Pero si a eso se suma una discapacidad, las barreras se multiplican. En palabras de un activista brasileño citado por CartaCapital, “cuando entro a una entrevista, me miran primero la silla de ruedas y después descubren que soy gay. Ahí empieza el doble filtro”. Este fenómeno, conocido como doble prejuicio, se refleja tanto fuera como dentro de la propia comunidad LGBTQ. A menudo, la discapacidad sigue siendo invisibilizada incluso en marchas del orgullo o campañas de diversidad, donde predominan imágenes de cuerpos normativos y jóvenes. El capacitismo —esa discriminación basada en la idea de que solo los cuerpos funcionales son válidos— se cuela incluso en los espacios que deberían ser los más inclusivos.
La desexualización de las personas con discapacidad es una de las formas más sutiles de exclusión. El reportaje argentino Sexo, discapacidad y placer, publicado por Distintas Latitudes, expone cómo la sociedad suele negar el derecho al deseo y al amor de quienes viven con alguna limitación física. Cuando además se trata de una persona LGBTQ, la negación se duplica: se les niega el cuerpo, el deseo y, con ello, una parte esencial de su dignidad humana. Como afirma la psicóloga mexicana María L. Aguilar, “la desexualización de las personas con discapacidad es una forma de violencia simbólica. Y cuando se cruza con la diversidad sexual, se convierte en una negación del derecho al placer y a la autonomía”.
El ejemplo más visible de inclusión llega desde el deporte. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, al menos 38 atletas LGBTQ participaron, según un informe de Agencia Presentes. Pero la pregunta permanece: ¿cuántas personas LGBTQ con discapacidad fuera del ámbito deportivo logran tener voz, empleo, pareja o acceso a los servicios básicos? En un continente marcado por la desigualdad, la intersección entre orientación sexual, discapacidad, pobreza y género produce una combinación de vulnerabilidades que pocas políticas públicas abordan.
Diversos estudios advierten que las personas LGBTQ en América Latina presentan tasas más altas de depresión y ansiedad que la población general. A su vez, los informes sobre discapacidad en la región señalan altos niveles de aislamiento y falta de apoyo. Pero no existen datos interseccionales que midan cómo se viven estos desafíos cuando ambas realidades se cruzan. En países como Chile, el Observatorio de Discapacidad e Inclusión advierte una alta prevalencia de problemas de salud mental y un acceso insuficiente a servicios especializados. En Estados Unidos, investigaciones del Trevor Project muestran que los jóvenes Latine LGBTQ tienen mayor riesgo de intentos de suicidio cuando enfrentan discriminación múltiple. En América Latina y el Caribe, la ausencia de estadísticas en este campo no solo refleja desinterés: también perpetúa la invisibilidad.
Ni las leyes sobre discapacidad mencionan explícitamente a la población LGBTQ, ni las políticas de diversidad incorporan la variable de discapacidad. Un informe de la International Disability Alliance sobre la región advierte que las personas con discapacidad LGBTQ “enfrentan discriminación múltiple y carecen de protección específica”. Pese a ello, surgen señales de esperanza: en México, el Colectivo de Personas con Discapacidad LGBTQ+ impulsa iniciativas para visibilizar la exclusión doble; en Brasil, la organización Vale PCD desarrolla proyectos de inclusión laboral y cultural; y en el Caribe oriental, el Proyecto LIVITY, de la Eastern Caribbean Alliance for Diversity and Equality (ECADE), fomenta la participación política de personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ.
La verdadera inclusión no se mide por las rampas, ni por los discursos de tolerancia. Se mide por la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad humana en todas sus expresiones, sin lástima, sin morbo, sin condiciones. No se trata de aplaudir historias de superación, sino de garantizar el derecho a una vida plena. Como dijo un líder caribeño citado por ECADE: “La inclusión no es un gesto, es una decisión moral y política”.
Este tema exige una conversación continental. América Latina y el Caribe solo podrán hablar de igualdad real cuando el cuerpo, el deseo y la libertad de las personas LGBTQ con discapacidad sean respetados con la misma fuerza con que se proclama la diversidad. Nombrar lo que aún no se nombra es el primer paso hacia la justicia. Porque lo que no se mide, no se atiende; y lo que no se mira, no existe.
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