Noticias en Español
Albergue en Tijuana protege del coronavirus a inmigrantes LGBTQ
Jardín de las Mariposas tiene casi 20 residentes

Un residente de Jardín de las Mariposas, un albergue para migrantes LGBTQ en la ciudad fronteriza de Tijuana, México. (Foto cortesía de Steve Roth)
Alrededor de 20 inmigrantes LGBTQ, en su mayoría mujeres trans provenientes de diversos países de Latinoamérica, están aislados y protegidos en el albergue Jardín de las Mariposas en la ciudad fronteriza de Tijuana, México, ante la actual contingencia generada por la propagación del nuevo coronavirus.
Jaime Marín Rocha, representante legal de este refugio, dijo en exclusiva al Washington Blade que actualmente están tomando medidas de higiene y limpieza utilizando mascarillas, guantes, geles antibacteriales, desinfectantes y cloro en la protección de ese santuario para contrarrestar el contagio del virus y mantener un balance en la salud de sus pacientes-residentes.
“El gobierno de Tijuana no nos ha apoyado mucho”, lamentó Marín. “Solamente llegó una inspección de la Jurisdicción Sanitaria de Tijuana para revisar las instalaciones. Nos recomendaron algunos aspectos a mejorar, pero se fueron muy complacidos por la higiene del lugar”.
Por el momento todos los refugiados allí se encuentran en condiciones óptimas de salud y toman muy en serio todas las medidas orientadas para el aislamiento social.
En algunas publicaciones del perfil de Facebook de la organización se pueden apreciar las tareas de higienización realizadas por los propios residentes del albergue. Además, Marín explicó que están adaptando una parte de la casa para aislar a alguien en caso de que surgiera un contagio.
“Lo tendríamos allí hasta que pudiéramos llevarlo al hospital en caso necesario”. Sin embargo, Marín está preocupado en ese aspecto, pues actualmente no cuentan con un médico disponible en la instalación, a lo que se suma que los refugiados solo tienen una cobertura de seguro médico los tres primeros meses luego de su arribo al país.
“Lo que queremos hacer es implementar un fondo para las personas que no tienen seguro médico, porque cuando ese tiempo se acabe no tenemos cómo enfrentar una situación que se nos pudiera presentar. Tenemos que buscar el apoyo de otras organizaciones en lo médico para darles la asistencia. Realmente necesitamos ayuda con eso”.
Jordi Raich, jefe de la delegación regional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para México y América Central, confirmó que efectivamente los inmigrantes, aparte de estar expuestos al contagio como cualquier otra persona, muchas veces tienen dificultades para acceder al sistema de salud gubernamental o asistencia humanitaria, y también pueden ser víctimas de la violencia, incluida la discriminación y, por lo tanto, ser excluidos de los servicios.
“Es importante resaltar que la presencia de migrantes no genera mayor riesgo de contagio, ellos están expuestos al virus de igual manera que los nacionales de cualquier país”, aseguró Raich.
En cuanto a la asistencia psicológica, Marín afirmó que contaban con los servicios de una profesional, pero sufrió un accidente hace unos días. “Nos hemos quedado un poco desamparados en ese aspecto también. Lo ideal es que tuviéramos un programa psicológico para ayudar a superar muchos de los traumas que traen estos inmigrantes debido a la persecución que han recibido en sus países de orígenes por su orientación sexual”.
Gran mayoría de los residentes del albergue viven con VIH
A esta situación se adiciona que las alertas del contagio al coronavirus entre las personas LGBTQ se han disparado desde que se declaró la emergencia global, pues esta población posee un alto por ciento de pacientes con VIH y cáncer, haciéndolos más susceptibles al virus.
La Red Nacional de Cáncer LGBTQ en una carta abierta firmada por grupos como Human Rights Campaign, Lambda Legal y GLAAD expresó su preocupación, pues la comunidad gay enfrenta barreras cuando se trata del acceso a la atención médica.
“Las actitudes discriminatorias son comunes entre los profesionales médicos y por esa razón algunas personas evitan o retrasan la visita al médico”, expusieron.
Además, la alarma se fundamenta en que este sector hace un uso de tabaco con tasas que son 50 por ciento más altas que la población general y el coronavirus resulta una enfermedad respiratoria que ha demostrado ser particularmente dañina para los fumadores.
Otro factor que incrementa la vulnerabilidad al virus es la también elevada tasa de VIH y cáncer entre las personas LGBTQ, lo que significa que un mayor número puede tener comprometido su sistema inmune, dejándolo más vulnerable a la infección por coronavirus. Además, hay muchos casos de personas que no saben que tienen el VIH.
El 95 por ciento de los residentes en Jardín de las Mariposas, de acuerdo con Marín, presentan la condición de VIH, por lo que extremar los cuidados en esa residencia resulta una prioridad. En consecuencia, Marín informó que el albergue temporalmente no admitirá nuevos residentes.
“Esperamos reabrir nuestras puertas pronto. Siga las pautas gubernamentales para garantizar su seguridad personal”, recomendó en un post de Facebook.
Para intentar contrarrestar todas estas adversidades logísticas y económicas, Jardín de las Mariposas ha recibido donaciones de múltiples organizaciones sin fines de lucro, que los apoyan en estos tiempos de contingencia sanitaria. La coalición Families Belong Together, la Alianza para la Salud de los Refugiados, la Fundación Humanitaria para las Minorías, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Alight y la Organización para el Refugio, el Asilo y la Migración (ORAM) han extendido su mano solidaria para apoyar a quienes más lo necesitan.
Steve Roth, director ejecutivo de ORAM, refirió al Blade que apoyan a centros como Jardín en tres maneras: “con productos para ayudar en protegerse contra el coronavirus, información sobre el virus y cómo protegerse, así como programas para apoyar a los residentes durante estos tiempos difíciles”.
Thanks @we_are_alight Alight for the very useful tips on how to stay safe during this time!#inourhands #stayhome #COVID19 #standwithLGBTrefugees #asylum https://t.co/v0siSfAp2t
— ORAM (@ORAMrefugee) April 24, 2020
“Trabajamos juntos con nuestro socio Alight en esto”, contó Roth. “En el caso de Jardin de las Mariposas compramos la mayoría de los productos por Amazon y lo mandaron directamente al albergue. Ya hemos mandado jabón, desinfectante, guantes, toallitas desinfectantes, bolsas para basura, cajas de primeros auxilios, papel higiénico, etc. Ya tienen bastante para el próximo mes, más o menos, y vamos a hacer otro pedido en breve”.

Desde la izquierda: Steve Roth, director ejecutivo de ORAM, con Jaime Marín Rocha y su madre, Yolanda Rocha de Jardín de las Mariposas, un albergue para migrantes en Tijuana, México, el 25 de febrero de 2020. (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)
Jardín de las Mariposas tiene su sede en una casa amplia y cómoda con varios dormitorios y está situada a unos diez minutos del centro de Tijuana, una ciudad fronteriza que acumula más de 500 casos del virus, según medios locales. En opinión de Marín, la urbe del estado norteño de Baja California reaccionó muy tarde, cuando la mayoría de los países ya habían cerrado sus fronteras.
“México respondió muy tarde”, lamentó.
Actualmente la ciudad está en cuarentena y la entrada de solicitantes de asilo a los Estados Unidos detenida por el momento. La frontera estadounidense se mantiene abierta únicamente para el tránsito esencial de comercio y personas autorizadas. Por otra parte, el Secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard dijo que su país no aceptará migrantes y solicitantes de asilo de terceros países devueltos a territorio mexicano por la administración Trump a través de la frontera entre Estados Unidos y México.
Mientras, los cerca de 20 inmigrantes LGTBQ deben permanecer a la espera de la conclusión de esta contingencia en el Jardín, un espacio que el propio Marín ha definido como “un sueño que consolidamos a partir de las duras experiencias de ser diferente en una sociedad que excluye y señala a quienes no aceptamos las etiquetas sociales por saber amar de forma diferente”.
Jardín de las Mariposas es una organización sin fines de lucro fundada por Yolanda Rocha, actual directora y madre de Marín, desde el abril 6 de 2011. Recibe siempre con amor, respeto y de forma gratuita a quien solicite ayuda para detener algún proceso de adicción o problemas de carácter emocional por su condición sexual. Es el único centro que acoge abiertamente a la comunidad LGBTQ en Tijuana. Debido a la creciente inmigración hacia los Estados Unidos, esta organización se ha enfocado últimamente en brindar ayuda a solicitantes de asilo y refugiados.
El Salvador
El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ
Entidades estatales son los agresores principales
En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.
Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.
El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.
Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor
El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.
Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:
- 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
- 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
- 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.
A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.
Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:
“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”
Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.
El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.
El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso
El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.
“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.
La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.
Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.
Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.
Educación negada, derechos anulados
Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:
“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”
Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.
Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.
Organizaciones en resistencia
Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.
Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”
Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.
Matar sin balas: la anulación de la existencia
“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.
Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.
En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.
El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.
Noticias en Español
Un país que vota desde el miedo y la esperanza
Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país
Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.
Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.
El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.
“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.
Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.
Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.
Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.
La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.
Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.
Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.
Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.
Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.
Noticias en Español
Doble exclusión, misma dignidad
Personas con discapacidades en América Latina y el Caribe se luchan dos batallas.
En un continente donde los derechos de la comunidad LGBTQ avanzan y retroceden al ritmo de los vientos políticos, hay una realidad que casi nadie nombra: la de quienes, además de pertenecer a esta comunidad, viven con una discapacidad física, motora o sensorial. En ellos convergen dos batallas —la del reconocimiento y la de la accesibilidad— que se libran, la mayoría de las veces, en silencio.
Según el Banco Mundial, más de 85 millones de personas con discapacidad viven en América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, la región alberga algunos de los movimientos LGBTQ más visibles del mundo, aunque persisten graves formas de violencia y exclusión. Sin embargo, los estudios que cruzan ambas realidades son casi inexistentes. Y esa ausencia de datos también es una forma de violencia.
Ser una persona LGBTQ en América Latina todavía implica, en muchos casos, enfrentar el rechazo familiar, la discriminación laboral o la exclusión religiosa. Pero si a eso se suma una discapacidad, las barreras se multiplican. En palabras de un activista brasileño citado por CartaCapital, “cuando entro a una entrevista, me miran primero la silla de ruedas y después descubren que soy gay. Ahí empieza el doble filtro”. Este fenómeno, conocido como doble prejuicio, se refleja tanto fuera como dentro de la propia comunidad LGBTQ. A menudo, la discapacidad sigue siendo invisibilizada incluso en marchas del orgullo o campañas de diversidad, donde predominan imágenes de cuerpos normativos y jóvenes. El capacitismo —esa discriminación basada en la idea de que solo los cuerpos funcionales son válidos— se cuela incluso en los espacios que deberían ser los más inclusivos.
La desexualización de las personas con discapacidad es una de las formas más sutiles de exclusión. El reportaje argentino Sexo, discapacidad y placer, publicado por Distintas Latitudes, expone cómo la sociedad suele negar el derecho al deseo y al amor de quienes viven con alguna limitación física. Cuando además se trata de una persona LGBTQ, la negación se duplica: se les niega el cuerpo, el deseo y, con ello, una parte esencial de su dignidad humana. Como afirma la psicóloga mexicana María L. Aguilar, “la desexualización de las personas con discapacidad es una forma de violencia simbólica. Y cuando se cruza con la diversidad sexual, se convierte en una negación del derecho al placer y a la autonomía”.
El ejemplo más visible de inclusión llega desde el deporte. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, al menos 38 atletas LGBTQ participaron, según un informe de Agencia Presentes. Pero la pregunta permanece: ¿cuántas personas LGBTQ con discapacidad fuera del ámbito deportivo logran tener voz, empleo, pareja o acceso a los servicios básicos? En un continente marcado por la desigualdad, la intersección entre orientación sexual, discapacidad, pobreza y género produce una combinación de vulnerabilidades que pocas políticas públicas abordan.
Diversos estudios advierten que las personas LGBTQ en América Latina presentan tasas más altas de depresión y ansiedad que la población general. A su vez, los informes sobre discapacidad en la región señalan altos niveles de aislamiento y falta de apoyo. Pero no existen datos interseccionales que midan cómo se viven estos desafíos cuando ambas realidades se cruzan. En países como Chile, el Observatorio de Discapacidad e Inclusión advierte una alta prevalencia de problemas de salud mental y un acceso insuficiente a servicios especializados. En Estados Unidos, investigaciones del Trevor Project muestran que los jóvenes Latine LGBTQ tienen mayor riesgo de intentos de suicidio cuando enfrentan discriminación múltiple. En América Latina y el Caribe, la ausencia de estadísticas en este campo no solo refleja desinterés: también perpetúa la invisibilidad.
Ni las leyes sobre discapacidad mencionan explícitamente a la población LGBTQ, ni las políticas de diversidad incorporan la variable de discapacidad. Un informe de la International Disability Alliance sobre la región advierte que las personas con discapacidad LGBTQ “enfrentan discriminación múltiple y carecen de protección específica”. Pese a ello, surgen señales de esperanza: en México, el Colectivo de Personas con Discapacidad LGBTQ+ impulsa iniciativas para visibilizar la exclusión doble; en Brasil, la organización Vale PCD desarrolla proyectos de inclusión laboral y cultural; y en el Caribe oriental, el Proyecto LIVITY, de la Eastern Caribbean Alliance for Diversity and Equality (ECADE), fomenta la participación política de personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ.
La verdadera inclusión no se mide por las rampas, ni por los discursos de tolerancia. Se mide por la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad humana en todas sus expresiones, sin lástima, sin morbo, sin condiciones. No se trata de aplaudir historias de superación, sino de garantizar el derecho a una vida plena. Como dijo un líder caribeño citado por ECADE: “La inclusión no es un gesto, es una decisión moral y política”.
Este tema exige una conversación continental. América Latina y el Caribe solo podrán hablar de igualdad real cuando el cuerpo, el deseo y la libertad de las personas LGBTQ con discapacidad sean respetados con la misma fuerza con que se proclama la diversidad. Nombrar lo que aún no se nombra es el primer paso hacia la justicia. Porque lo que no se mide, no se atiende; y lo que no se mira, no existe.
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