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Velando por la no discriminación de la adultez mayor LGBTQ en Centroamérica
CIPAC de Costa Rica lanzó iniciativa para esta población

SAN JOSÉ, Costa Rica — Partiendo de una serie de inquietudes desde su dirección ejecutiva acerca del abordaje del tema del envejecimiento y la vejez en poblaciones LGBTQ y sus retos, nace el proyecto de un grupo costarricense basado en los derechos humanos para tal población en Centroamérica.
El proyecto —”Desarrollo de un enfoque basado en los derechos humanos para la población LGBT discriminación en Centroamérica”— se logra concretar información para dar sustento a un proyecto específico para trabajar en el tema. Lo anterior, fue posible gracias a una investigación realizada en el año 2014 en El Salvador, Panamá y Costa Rica”, agrega al Washington Blade Daria Suárez, directora ejecutiva del Centro de Investigación y Promoción para América Central de Derechos Humanos (CIPAC) de Costa Rica.
Entre los hallazgos de dicha investigación, está que hay una desprotección legal, dada por una predominante legislación asistencialista sobre personas mayores y que es excluyente de las realidades de vida de poblaciones LGBTQ; también existe una desinformación y estereotipos entre cuidadores de población adulta mayor en centros de cuido, también otro hallazgo fue redes de apoyo débiles y problemáticas asociadas al cuido en la vejez.
En la investigación se consultó a estas poblaciones sus inquietudes o preocupaciones y una de las más citadas frecuentemente era respecto al sistema de salud, en tanto manifestaron haber sufrido discriminación y sentir temor ante el desconocimiento del personal médico de sus especificidades como parte de la población LGBTQ.
“Las investigaciones realizadas han mostrado algunas tareas pendientes, entre ellas tenemos la capacitación a personal de salud, capacitación a personas cuidadoras de adultos/as mayores, capacitación a las personas adultas mayores sobre sexualidades e identidades, además de la inclusión e implementación del tema del envejecimiento y la vejez en las ONGs, colectivos y activismos”, expresó al Blade Daniela Bolaños, coordinadora del área de incidencia política del CIPAC.
En la última investigación del CIPAC sobre actitudes y percepciones sobre personas LGBTQ, se determinó que en El Salvador, Costa Rica y Panamá hay un nivel moderado de rechazo a los actos/situaciones discriminatorias hacia poblaciones mayores LGBTQ. No obstante, hay un evidente un retroceso en esta dimensión en los últimos cinco años, pues en 2013 se rechazaba —en promedio— un 84 por ciento de las situaciones evaluadas, mientras que para esta segunda investigación pasó a ser un 73 por ciento.
El actual proyecto que lleva a cabo el CIPAC tiene como objetivo principal que las personas adultas mayores en Centroamérica, con énfasis en población LGBTQ, viven con dignidad y libres de discriminación.
En el contexto de la realidad que se vive a nivel mundial a causa de la pandemia por coronavirus, provocó que el CIPAC modificara las acciones a realizar, como las capacitaciones, las cuales se están llevando a cabo de manera virtual, al igual que foros y conversatorios bajo el tema “Costo vital de la discriminación”; lo que también llevó a realizar apoyos audio visuales con entrevistas también titulado “El costo vital de la discriminación”, en el cual conocemos realidades de personas LGBTQ adultas mayores.
Kassandra Bogantes, una mujer trans adulta mayor de Costa Rica, comentó en un audiovisual que sufrió de discriminación desde que tiene uso de razón, tanto por su familia, compañeros de escuela y maestros; “toda clase de seudónimos peyorativos nos ponían, eso obviamente a mi me afectó bastante”, comenta.
“Cambié mi expresión de género, me costó mucho devolverme a lo que no quería, pero tenía que hacerlo, por mí”, cuenta Bogantes explicando su expresión de género masculina, quien ahora trabaja como cuidadora de personas adultas mayores.
Por su parte, las organizaciones LGBTQ han dado una respuesta positiva, por lo que han logrado una alianza con 15 organizaciones, 14 centroamericanas y una de Estados Unidos, llamada Alianza Americana por las Personas Adultas Mayores LGBT. Entre las organizaciones que la conforman están de Panamá Movimiento Panamá Inclusivo; de Honduras Asociación Arcoíris; de El Salvador están Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, Aspidh Arcoíris Trans, Colectiva Feminista para el Desarrollo Local; por Guatemala Asociación Lambda y la La Red Nacional de Diversidad Sexual y VIH de Guatemala (REDNADS); de Nicaragua Red Temática de la Diversidad Sexual LGBTIQ, Red Gay Nicaragua; de Costa Rica Asociación Ciudadana ACCEDER, TicOsos, ICW Costa Rica, AGEPO y el CIPAC.
“A pesar de que nuestra región y nuestras poblaciones afrontan un sin número de otras circunstancias difíciles, las organizaciones están conscientes de que esta es una deuda que es urgente atender”, menciona Suárez.
“Evidentemente, siempre se enfrentan algunas barreras, pero al menos sabemos que hay un interés en empezar a desarrollar acciones en el tema. Nuestras sociedades están envejeciendo rápidamente y la invisibilización, exclusión y aislamiento que han vivido las PAM (personas adultas mayores) LGBT no puede esperar más para ser atendidos”, agrega Bolaños.
Daria comenta que la inclusión del tema en las ONGs LGBTQ, es un primer paso importante para asegurar que al terminar un proyecto financiado no termine el trabajo sobre esta temática, la cual es compleja y, para algunos, poco atractiva pero que consideran una potencial “bomba de tiempo” si no se atiende.
La visibilización del tema para incluirlo en las agendas, tanto de ONGs como de organismos nacionales y regionales, es una de las principales metas que el CIPAC espera cumplir con este proyecto; “este es un tema que ha permanecido en las sombras, la endodiscrimicación, los estereotipos de población LGBT siempre joven, siempre alegre, contrastan con las creencias de cómo es la población adulta mayor; dando como resultado, su exclusión de los mismos espacios LGBT” agrega Bolaños.
“Las instituciones públicas, las familias, los centros privados de atención y cuido, el sistema de salud, las legislaciones de cada uno de nuestros países no están en capacidad de responder a las necesidades de esta población, se quedaron en la negación y no podrán manejar las demandas de una población LGBT que no se meterá nuevamente al closet, que no negará su sexualidad o su identidad de género, que no se callará ni estará dispuesta a recibir migajas de nuestras sociedades”, concluye Suárez con el Blade.
Además, el CIPAC recalca que las personas mayores LGBTQ ya eran invisibilizadas y no se comprende que dicha discriminación es sistemática y tiene efectos a lo largo de la vida, todo esto incide a que tengan una trayectoria de inestabilidad laboral (producto de la discriminación en el trabajo), en un desigual acceso a servicios de salud y seguro, pocas redes de apoyo y aislamiento; ahora con la nueva realidad que se vive a raíz de la pandemia del coronavirus, esas realidades se van a radicalizar.
Honduras
Corte IDH reconoce a Thalía Rodríguez como familia social de Leonela Zelaya
Se construyeron una familia tras más de una década de convivencia
Por DORIS GONZÁLEZ * | TEGUCIGALPA, Honduras — En la sentencia del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos se estableció un hito jurisprudencial para las personas LGBTQ en Honduras, así como en la región en relación a las diversas conformaciones de familias existentes. La Corte IDH interpretó por primera vez el concepto de familia social, indicando que la construcción de familia no debe restringirse a la familia nuclear o a nociones tradicionales, bajo el entendido de que hay diferentes formas en las que se materializan los vínculos familiares.
Este análisis se trae a colación debido al contexto de discriminación, prejuicio y violencia que atravesamos las personas LGBTQ, el cual se puede manifestar incluso dentro de nuestras propias familias. Esta violencia se manifiesta a través de actos de odio como ser el desarraigo familiar, violencia física, psicológica, social, económica, expulsiones de los hogares, violaciones correctivas e incluso, culminando en muertes violentas. Esta violencia motivada por la orientación sexual, identidad y expresión de género de las personas imposibilita la convivencia familiar.
Ante esto, las personas LGBTQ construimos vínculos sociales fuera del vínculo familiar tradicional, los cuales a través de la convivencia, amistad, apoyo económico-social y construcción de vida en común constituyen familias, tal como ocurrió en este caso.
Tras el abandono de su familia biológica, Leonela Zelaya y Thalía Rodríguez construyeron una familia tras más de una década de convivencia, en los cuales se apoyaron mutuamente en diversas situaciones, viviendo como mujeres trans, portadoras de VIH, ejerciendo el trabajo sexual y en situación de pobreza, enfrentando constantes episodios de detenciones arbitrarias y violentas por parte de los órganos policiales.
Tras su asesinato, fue Thalía quien recogió el cuerpo de Leonela en la morgue de Tegucigalpa y quien gestionó el féretro a través de la Funeraria del Pueblo. Los servicios fúnebres de Leonela Zelaya fueron realizados en un bar por mujeres trans, trabajadoras sexuales, al cual no asistió ningún miembro de su familia biológica.
El asesinato de Leonela y la falta de esclarecimiento generaron a Thalía un sentimiento de inseguridad, frustración e impotencia. Por estas violaciones de derechos humanos, la Corte reconoció a Thalía Rodríguez, en calidad de familiar de Leonela, como víctima del caso, generando estándares aplicables a todas las personas LGBTQ.
A juicio de la Corte, esta situación lleva a que, en casos de muertes violentas de mujeres trans, las personas que integren las redes de apoyo de la persona fallecida puedan ser declaradas víctimas por la violación de sus derechos a la integridad psíquica o moral, siempre que se acredite la existencia de un vínculo estrecho con la víctima y una afectación a sus derechos, derivada, por ejemplo, de las gestiones realizadas para obtener justicia. Esta sentencia logra reconocer que las personas LGBTQ construimos familias sociales, familias elegidas, e indica que estas deben ser reconocidas y validadas.
* Abogada litigante del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras, Red Lésbica Cattrachas
El año 2026 no comenzó en blanco para las organizaciones LGBTQ en Estados Unidos. Llegó precedido por un proceso que se activó con fuerza en 2025 y que hoy se manifiesta como una reconfiguración profunda del ecosistema de derechos, servicios y sostenibilidad comunitaria. No se trata de una crisis momentánea ni de un ajuste administrativo pasajero. Lo que está ocurriendo es un cambio estructural en la forma en que el Estado define, financia y condiciona la igualdad, la accesibilidad y la atención a poblaciones históricamente vulnerables.
Desde los primeros meses de 2025, la administración federal inició la retirada o revisión de múltiples órdenes ejecutivas y disposiciones que protegían explícitamente a personas LGBTQ en áreas clave como salud, educación y acceso a servicios. La justificación oficial ha girado en torno a la eliminación de lo que se denomina “ideología de género” y a la redefinición restrictiva del concepto de sexo, limitado exclusivamente a criterios biológicos. Este cambio discursivo no quedó en el plano simbólico. Se tradujo en nuevas reglas de elegibilidad, en la cancelación de subvenciones, en la eliminación de recopilación de datos y en una creciente incertidumbre administrativa que ha afectado directamente la operatividad de organizaciones comunitarias en todo el país, como ha documentado la Kaiser Family Foundation.
La salud fue uno de los primeros campos donde se sintió el impacto. Programas vinculados a la atención integral, a la prevención del VIH, a la salud mental y a la investigación en poblaciones LGBTQ comenzaron a perder respaldo federal. Subvenciones previamente aprobadas fueron canceladas o sometidas a revisión bajo criterios ideológicos, no científicos. Reuters y Associated Press han documentado cómo esta nueva orientación provocó la interrupción de investigaciones financiadas por los Institutos Nacionales de Salud, afectando proyectos que buscaban comprender mejor las desigualdades en salud, el acceso a tratamientos y las condiciones de vida de comunidades ya marginadas. La consecuencia inmediata no es solo la pérdida de conocimiento, sino la erosión de la capacidad del país para diseñar políticas públicas basadas en evidencia.
La educación siguió un camino similar. A lo largo de 2025, el discurso oficial contra los programas de diversidad, equidad e inclusión se tradujo en recortes presupuestarios y en señales claras a los sistemas educativos. Talleres de prevención de acoso, programas de formación docente, iniciativas de acompañamiento estudiantil y espacios seguros que durante años fueron sostenidos por alianzas entre escuelas y organizaciones LGBTQ comenzaron a desaparecer o a ser suspendidos por temor a perder fondos. El mensaje fue inequívoco: la igualdad dejó de ser una prioridad financiable. En ese vacío, quienes pagan el precio son jóvenes que pierden redes de apoyo fundamentales en etapas decisivas de su vida.
A este escenario se sumó un fenómeno menos visible pero igualmente dañino: el condicionamiento del lenguaje. Organizaciones que no se dedican exclusivamente a temas LGBTQ, pero que atienden poblaciones diversas, comenzaron a recibir directrices que restringen términos y enfoques en sus propuestas de financiamiento. Esto ha generado autocensura institucional, debilitamiento de programas y una sensación generalizada de inseguridad jurídica. Cuando las organizaciones no saben si nombrar una realidad puede costarles su existencia, el impacto va mucho más allá del presupuesto.
El efecto acumulado de estas decisiones comenzó a hacerse evidente en 2025 y se consolida en 2026. Servicios que antes funcionaban con relativa estabilidad ahora operan al límite. Se reducen horarios, se despide personal, se priorizan únicamente los casos más urgentes y se crean listas de espera que antes no existían. La prevención cede espacio a la emergencia, y la emergencia, como bien sabe la salud pública, siempre resulta más costosa y más dolorosa.
Puerto Rico ofrece un ejemplo claro de cómo esta dinámica se acelera en contextos con menos margen de maniobra. La pérdida de fondos federales por parte de organizaciones comunitarias ha tenido efectos inmediatos, obligando a cierres de programas, reestructuraciones profundas y una dependencia aún mayor de donaciones locales en un mercado filantrópico limitado. Lo que en otros estados puede tardar años en sentirse, en la isla se manifiesta en meses. Y, sin embargo, la necesidad de servicios no disminuye; al contrario, aumenta en contextos de incertidumbre económica y social.
Frente a este panorama, las organizaciones LGBTQ no han permanecido inmóviles. El 2026 las encuentra ensayando estrategias de supervivencia que, aunque diversas, comparten un mismo objetivo: no colapsar. Muchas han acelerado la diversificación de sus fuentes de ingreso, apostando por donantes individuales recurrentes, campañas comunitarias y modelos de membresía. Otras han intentado desarrollar servicios híbridos que permitan generar ingresos propios para sostener programas gratuitos. Las alianzas con universidades, sistemas de salud, municipios y organizaciones comunitarias más amplias se han convertido en una tabla de salvación para compartir costos y mantener presencia territorial.
Pero también hay decisiones dolorosas. Reducciones de personal, cierres temporales, eliminación de proyectos no considerados esenciales y una redefinición constante de prioridades. Estas medidas no son señales de mala gestión; son respuestas defensivas ante un entorno que se ha vuelto hostil e impredecible.
Lo que muchas veces queda fuera del debate público es que este proceso no afecta solo a las organizaciones como estructuras administrativas. Afecta a personas concretas. A jóvenes que pierden espacios seguros. A personas trans que ven restringido su acceso a servicios de salud. A familias que ya no encuentran acompañamiento. A activistas que quedan más expuestos en un clima social cada vez más polarizado. La retirada de fondos no elimina las realidades humanas que esos programas atendían; simplemente las empuja hacia la invisibilidad y el sufrimiento silencioso.
El 2026, entonces, no es únicamente un año de ajustes presupuestarios. Es una antesala que pone a prueba el compromiso real del país con la igualdad y la dignidad. Cuando los derechos dependen de ciclos políticos y los servicios esenciales quedan sujetos a criterios ideológicos, lo que se debilita no es solo una comunidad específica, sino el tejido social en su conjunto.
La pregunta que queda abierta no es si las organizaciones LGBTQ resistirán. Históricamente lo han hecho. La verdadera pregunta es cuántas personas quedarán sin protección en el camino y cuánto daño se normalizará antes de que la nación asuma que la accesibilidad, la educación y la salud no pueden ser tratadas como concesiones temporales.
El 2026 ya comenzó. Y lo que está en juego no es una narrativa cultural, sino la capacidad de una sociedad para sostener, con hechos y no solo con discursos, la dignidad humana.
Colombia
Colombia anunció la inclusión de las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad
Registraduría Nacional anunció el cambio el 28 de noviembre
Ahora los ciudadanos colombianos podrán seleccionar las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad del país.
Este viernes la Registraduría Nacional del Estado Civil anunció que añadió las categorías ‘no binario’ y ‘trans’ en los distintos documentos de identidad con el fin de garantizar los derechos de las personas con identidad diversa.
El registrador nacional, Hernán Penagos, informó que hizo la inclusión de estas dos categorías en los documentos de: registro civil, tarjeta de identidad y cédula de ciudadanía.
Según la registraduría: “La inclusión de estas categorías representa un importante avance en materia de garantía de derechos de las personas con identidad de género diversa”.
Estas categorías estarán en el campo de ‘sexo’ en el que están normalmente las clasificaciones de ‘femenino’ y ‘masculino’ en los documentos de identidad.
En 2024 se inició la ejecución de diferentes acciones orientadas implementar componentes “‘NB’ y ‘T’ en el campo ‘sexo’ de los registros civiles y los documentos de identidad”.
Las personas trans existen y su identidad de género es un aspecto fundamental de su humanidad, reconocido por la Corte Constitucional de Colombia en sentencias como T-236/2023 y T-188/2024, que protegen sus derechos a la identidad y no discriminación. La actualización de la Registraduría implementa estos fallos que ya habían ordenado esos cambios en documentos de identidad.
Por su parte, el registrador nacional, Penagos, comentó que: “se trata del cumplimiento de unas órdenes por parte de la Corte Constitucional y, en segundo lugar, de una iniciativa en la que la Registraduría ha estado absolutamente comprometida”. Y explicó que en cada “una de las estaciones integradas de servicio de las más de 1.200 oficinas que tiene la Registraduría Nacional se va a incluir todo este proceso”.
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