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‘Mi hijo es gay y yo tengo miedo de que me lo traten mal’

Madre de Yoan de la Cruz habla con Tremenda Nota en Cuba

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Yoan de la Cruz (Foto cortesía de Twitter)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota escrita por Mel Herrara salió en su sitio web el 13 de diciembre.

SAN ANTONIO DE LOS BAÑOS, Cuba — La voz al otro lado del teléfono se escucha decidida, aunque no tarda en desmoronarse apenas le mencioné a su hijo. Es la voz de quien tiene fe en que algo decisivo va a ocurrir. Se oye resuelta y sin muchos matices.

Es la voz de Maribel Cruz, la madre de Yoan de la Cruz, el joven que transmitió en vivo desde su celular la manifestación que dio inicio a las protestas del 11 de julio en el municipio de San Antonio de Los Baños, provincia de Artemisa, al oeste de La Habana.

“Para mí ha sido muy doloroso y duro”, dice. “Yo nunca imaginé a mi hijo preso. Un muchacho tan bueno. Todo San Antonio lo sabe”.

Maribel tiene 62 años y vive con su madre, de 83. Ambas están jubiladas. Y hasta hace casi cinco meses vivía también con Yoan, su único hijo, quien se encuentra en prisión a la espera de juicio.

No se adapta a no verlo en la casa. Confiesa que no hay noche que no se acueste y llore, ni momento del día en que no se pregunte cómo estará su hijo, si tendrá frío, hambre. Si lo están maltratando.

“Aunque él me dice que no”, aclara. “Pero no sé si lo dice para que yo no me preocupe”.

Yoan se encuentran en la prisión de Melena del Sur, una prisión de máximo rigor en la provincia Mayabeque, junto con otros cuatro manifestantes del 11 de julio. Permanecen separados del resto de los presos. Los guardias se encargan de llevarlos al patio, al comedor y al teléfono y no permiten que tengan contacto con los demás.

Cuenta Maribel que les llaman “Los Tirapiedras” y no sabe por qué. Asegura que al menos Yoan no tiró ninguna piedra.

Cerca de las 11 de la mañana del 11 de julio, Yoan despertó sin imaginar que en breve se haría viral en redes sociales y que sus días iban a dar un giro impensado. Se cruzó en la acera de su casa con Daniela, una vecina que venía de la tienda, quien le contó que algo se iba armar porque había gente aglomerada en un extremo del parque de la iglesia.

A Yoan no le costó darse cuenta de que, en efecto, algo ocurría. Su vivienda queda cerca del parque. Enseguida agarró el celular y salió a toda carrera, en chancletas, a ver de cerca lo que estaba pasando.

Al principio debió estar expectante y atónito como el resto de los jóvenes que nunca habían visto una manifestación no convocada por el gobierno. Poco después, al ver que el número de personas aumentaba y se hacían más frecuentes los gritos de libertad, empezó a transmitir en vivo desde su perfil de Facebook.

Cientos de personas pasaron por delante de su cámara en bicicletas, en motos, a pie. Algunos bailaban, reían. Otros lloraban. Gritaban “¡Libertad!”, “¡Patria y Vida!” y a Díaz Canel, el presidente, “¡Singao!” Pedían comida, medicinas, mejoras económicas y laborales. Había cuentapropistas, obreros, un pueblo descontento y a la vez perplejo. Yoan, emocionado también, animaba al mismo tiempo que filmaba: “¡Vamos, gente!”

La transmisión alcanzó más de 3.000 espectadores en vivo. Recorrería Cuba y medio mundo. Muy pronto las protestas se extenderían a todo el país. Yoan estaba eufórico y, a la vez, preocupado. Llegó a la casa y le contó a Maribel. Nunca había estado en una protesta de tal magnitud ni había alcanzado tantas vistas y seguidores.

–Yo creo que voy preso, mamá.

–Pero cómo te van a meter preso, mijo, si tú lo que hiciste fue filmar algo que estaba pasando por aquí mismo, por enfrente de la casa.

Yoan eliminó la directa, pero era demasiado tarde. En los días siguientes entraría varias veces a llorar al cuarto de su madre y a repetir que se lo iban a llevar preso.

A él lo acusan desde un principio por hacer la directa, pero después la abogada me dice que él no está solo por filmar, sino también por incitar a la gente a caminar y a seguir protestando.

Yo sé que a él lo que lo motivó principalmente no fue la política. Mi hijo tiene sus molestias con el gobierno como cualquiera, pero yo sé que lo que más lo motivó fueron las redes. A él le gustan mucho las redes, hacía Tik toks y siempre andaba buscando impresionar y ganarse seguidores. Cuando vio la cantidad de gente que estaba conectada en su directa y las veces compartidas, se volvió loco.

A él nadie le pagó. Es un buen muchacho. Cualquiera aquí te lo puede decir. Es muy querido, hace sus cositas, tiene un contrato con Etecsa y vende tarjetas de recarga de celulares. Antes tenía una mesita donde vendía bisutería y esas cosas. Una vida tranquila.

Yo a veces no me creo que estemos viviendo esto. Yo jamás me lo hubiera imaginado, la verdad. Unas antiguas compañeras de cuando yo trabajaba en Etecsa, me resolvieron una consulta con una psicóloga, porque la verdad, esto es muy fuerte para mí.

La gente me pregunta qué dice la abogada. Ella no me dice nada. Ahora mismo yo vengo de su casa. Nunca está o me dicen que está acostada. El lunes que viene ya es el juicio y no se ha comunicado conmigo, ni con Yoan. Y Yoan quiere hablar con ella.

A ver, ella me habló claro. Me dijo que era del Partido (Comunista de Cuba), que iba a defender a Yoan hasta donde pudiera, pero que su caso era complicado, porque dicen que incitó a la gente. Pero, ¿tú viste la directa, verdad? Tú viste que él solo incitaba a caminar, no a romper tiendas, ni a tirar piedra, ni a la violencia. No se fresqueó con ningún policía.

Pero esa abogada, nada. Voy a su casa a hablar con ella, pero por gusto. Nunca está. Le dejé dos cajas de cigarro y lo puse todo en manos de Dios. Yo le pido a Dios. Yo no sé si tú tienes fe o si crees en algo, pero yo sí, y le pido a ese Señor que me lo proteja y salga bien de todo esto. Yo sé que absuelto no va a salir. Para qué me voy a engañar. Ninguno de los que han esperado juicio en prisión ha salido absuelto.

A Maribel nunca le informaron por qué los juicios de los 17 manifestantes de San Antonio, originalmente fijados para el 7, 8 y 9 de diciembre, fueron aplazados para el 13, 14 y 15. Lo único que sabe es que se realizarán en un tribunal de la prisión de Guanajay, por lo que tendrá que alquilar un carro para trasladarse hasta allí y estar el día entero.

“Y dicen que en diez días le dan la sentencia, pero eso es mentira”, considera.  “A los de Artemisa y los de Alquízar les hicieron juicio hace más de 15 días y todavía no les han dicho”.

El expediente de los 17 viajó desde Guanajay hasta la fiscalía de Artemisa, de ahí a la Fiscalía General de la República, luego volvió a Artemisa y poco después a San Antonio de Los Baños, donde Maribel pudo revisarlo y leer lo que había declarado Yoan. Fue así también que supo que a su hijo le piden 8 años por desacato y desorden público. Se horrorizó.

 “¿Tú crees que eso es justo?”, me pregunta. “Eso es inhumano”, se responde ella misma y me confiesa que el día que arrestaron a Yoan ella pensó que le pondrían una multa o le harían una advertencia.

A eso de las 5 de tarde del 23 de julio, 12 días después de las protestas, la patrulla 151 se detuvo frente a la vivienda. Los policías preguntaron por Yoan. “Coge tu celular y monta”, dijo uno de ellos.

Yoan no se resistió al arresto ni entró en careo alguno. Desde el mismo 11 de julio y en los días sucesivos, al ver a cuántos jóvenes que también participaron habían sido arrestados, se convenció de que en algún momento irían por él.

En lo que se despedía de su madre, afligida, le pidió que le tomara una foto mientras se lo llevaban. Maribel alcanzó a tomar una foto nublada que más tarde publicaría en redes sociales.

El primer destino de Yoan fue el Técnico de Guanajay donde permaneció alrededor de 20 días. Maribel rememora, con la voz quebrada, las primeras visitas que le hizo a su hijo en ese lugar. Fue un jueves cuando le avisaron para que fuera a verlo y luego las visitas empezaron a ser los martes. Cuenta que tenía que ponerse fuerte, porque Yoan lloraba como un niño pequeño.

“No dejaban ni que nos abrazáramos, por la covid”, recuerda.  

A Maribel tampoco le avisaron cuando trasladaron a Yoan para Melena del Sur. Al tercer martes que fue al Técnico de Guanajay, le dijeron que ya él no se encontraba allí y que no sabían a dónde lo habían llevado.

Maribel, desesperada, se puso a hacer averiguaciones a través de conocidos, familiares y amigos de otros manifestantes detenidos. Se presentó a varios centros de reclusión hasta que al final, en la prisión de Melena del Sur, le informaron que Yoan estaba allí.

No dejaban verlo, por la dichosa covid, pero cuando la cosa mejoró autorizaron visitas cada 15 días. Ya hemos tenido 2 desde que está en Melena. La próxima debe ser el día 21 de este mes.

Yo le llevo de todo: maní, tostadas, mayonesa, guayaba, galletas, dulces que le hago. Mucha chuchería que es lo que le gusta a él. Dice que la comida está de madre, que es un sancocho. Por suerte, nos dejan entrar carne. Entonces yo le hago varios bistecitos y se los cubro de bastante manteca para que se conserve, y le dan como para cuatro días. Imagínate, allá dentro no tienen como freír.

Ya en estas visitas podemos abrazarnos, besarnos. Yo no sé ahora cuando sepa de él, cómo viene el juicio y eso. No sé qué pasará. Yo imagino que él me llame hoy. A veces me llama contento diciéndome que no esté triste, que todo va a salir bien, pero otros días lo siento decaído. Yo le digo que no se desespere, que tenga fe y que cuando los saquen al patio haga ejercicio. Tengo que levantarle el ánimo de alguna manera, aunque yo tenga el mío por el piso.

Cuando me hablan de Yoan, lloro. Lo extraño mucho. Cando cae la noche, así como ahora, o cuando llega la hora de la comida es cuando me pongo peor. Lo único que digo es «ay, dios mío», y mi mamá me dice no empieces. Es lo único que digo. Ella sabe que cuando digo «ay, Dios mío» es que tengo a Yoan en la cabeza

Me preocupan tantas cosas. Son ocho años. Ocho años. ¿Usted se imagina? Lo otro es que mi hijo es gay, no sé si usted sabe, y yo tengo miedo de que me lo traten mal. Los guardias son los primeros faltos de respetos y homofóbicos.

Cuando Yoan todavía se encontraba recluido en el Técnico de Guanajay, Daniela, la vecina, fue citada a un supuesto careo con él, porque había declarado que fue por ella que supo que el 11 de julio pasaba algo en el parque. Nunca hubo tal careo. En el Técnico, Daniela ni siquiera vio a Yoan. Lo que hicieron fue interrogarla.

Al oficial que la llevó a su oficina para el interrogatorio, le contó que ella estaba esa mañana en la tienda, porque habían sacado café, y estando allí se dio cuenta de que la gente se estaba tirando para la calle. Aseguró que lo único que hizo fue llegar a la casa y comentarle a Yoan.

De pronto, un segundo oficial irrumpió en la oficina sin advertir la presencia de Daniela.

–Dame acá el teléfono del maricón –le pidió a su colega.

–¿El de Yoan? –precisó el primero, probablemente en aprietos por cómo el otro se había referido a Yoan delante de Daniela.

Cuando Maribel se enteró, llamó a la Política del Técnico de Guanajay. No iba a permitir que nadie ofendiera o humillara a su hijo por su orientación sexual.

–¿No sabe quién fue? Pues yo voy a llamar a Mariela Castro –amenazó Maribel, pero muy pronto desistió. Este no es el único incidente homofóbico que se han reportado en relación con los detenidos del 11J

“Vayas a donde vayas, es por gusto”, explica. “Se tapan unos a otros”.

El celular de Yoan permanece incautado. Cuando Maribel preguntó cuándo podía recogerlo, el instructor le respondió que hay un 99 por ciento de probabilidad de que sea decomisado. No obstante, ella está dispuesta a reclamarlo. “Fue un celular que costó muchísimo”, le dijo.

–Nadie lo mandó a grabar –concluyó el instructor.

Maribel dice que el 11 de julio le cambió la vida al país entero. Desde entonces hay boinas negras y policías en el parque todos los días. Llegan desde temprano en un camión y algunos hasta se quedan de guardia de noche.

Cuenta que este 10 de diciembre, el Día de los Derechos Humanos, eran bastantes. Se rumora que en el camión hay palos por si se arma alguna revuelta, pero dice que ella no puede asegurarlo porque no los ha visto.

“Nosotros no tenemos tranquilidad, pero ellos tampoco”, dice.

Recientemente le contaron que en los juicios de los muchachos de Artemisa hubo falsos testigos que mintieron, y está preocupada. No sabe a quiénes llevarán de testigos de Yoan. Daniela ha dicho que ese día testificará lo mismo que en el Técnico de Guanajay.

Maribel en todo este tiempo no ha perdido la fe, pese a que, como explica, se ha denunciado muchísimo sobre las detenciones del 11 de julio “y no pasa nada”.

“No es posible el sufrimiento de tantas familias”, dice. Está segura de que eso es peor para ellos, porque eso “hace que la gente le coja más roña” al sistema.

Lo que hizo su hijo, explica calmada, “no es peor que lo que hizo Díaz Canel”, que salió por televisión a dar orden de combate e incitó a pelear al pueblo contra el pueblo. Por eso tiene fe. “Algo tiene que pasar y mi hijo va a salir bien”, dice. “Algo grande tiene que pasar en este país. ¿Tú no crees?”

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El Salvador

El Salvador: el costo del silencio oficial ante la violencia contra la comunidad LGBTQ

Entidades estatales son los agresores principales

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

En El Salvador, la violencia contra la población LGBTQ no ha disminuido: ha mutado. Lo que antes se expresaba en crímenes de odio, hoy se manifiesta en discriminación institucional, abandono y silencio estatal. Mientras el discurso oficial evita cualquier referencia a inclusión o diversidad, las cifras muestran un panorama alarmante.

Según el Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH, con el apoyo de Hivos y Arcus Foundation, desde el 1 de enero al 22 de septiembre de 2025 se registraron 301 denuncias de vulneraciones de derechos.

El departamento de San Salvador concentra 155 de esas denuncias, reflejando la magnitud del problema en la capital.

Violencia institucionalizada: el Estado como principal agresor

El informe revela que las formas más recurrentes de violencia son la discriminación (57 por ciento), seguida de intimidaciones y amenazas (13 por ciento), y agresiones físicas (10 por ciento). Pero el dato más inquietante está en quiénes ejercen esa violencia.

Los cuerpos uniformados, encargados de proteger a la población, son los principales perpetradores:

  • 31.1 por ciento corresponde a la Policía Nacional Civil (PNC),
  • 26.67 por ciento al Cuerpo de Agentes Municipales (CAM),
  • 12.22 por ciento a militares desplegados en las calles bajo el régimen de excepción.

A ello se suma un 21.11 por ciento de agresiones cometidas por personal de salud pública, especialmente por enfermeras, lo que demuestra que la discriminación alcanza incluso los espacios que deberían garantizar la vida y la dignidad.

Loidi Guardado, representante de ASPIDH, comparte con Washington Blade un caso que retrata la cotidianidad de estas violencias:

“Una enfermera en la clínica VICITS de San Miguel, en la primera visita me reconoció que la persona era hijo de un promotor de salud y fue amable. Pero luego de realizarle un hisopado cambió su actitud a algo despectiva y discriminativa. Esto le sucedió a un hombre gay.”

Este tipo de episodios reflejan un deterioro en la atención pública, impulsado por una postura gubernamental que rechaza abiertamente cualquier enfoque de inclusión, y tacha la educación de género como una “ideología” a combatir.

El discurso del Ejecutivo, que se opone a toda iniciativa con perspectiva de diversidad, ha tenido consecuencias directas: el retroceso en derechos humanos, el cierre de espacios de denuncia, y una mayor vulnerabilidad para quienes pertenecen a comunidades diversas.

El miedo, la desconfianza y el exilio silencioso

El estudio también señala que el 53.49 por ciento de las víctimas son mujeres trans, seguidas por hombres gays (26.58 por ciento). Sin embargo, la mayoría de las agresiones no llega a conocimiento de las autoridades.

“En todos los ámbitos de la vida —salud, trabajo, esparcimiento— las personas LGBT nos vemos intimidadas, violentadas por parte de muchas personas. Sin embargo, las amenazas y el miedo a la revictimización nos lleva a que no denunciemos. De los casos registrados en el observatorio, el 95.35 por ciento no denunció ante las autoridades competentes”, explica Guardado.

La organización ASPIDH atribuye esta falta de denuncia a varios factores: miedo a represalias, desconfianza en las autoridades, falta de sensibilidad institucional, barreras económicas y sociales, estigma y discriminación.

Además, la ausencia de acompañamiento agrava la situación, producto del cierre de numerosas organizaciones defensoras por falta de fondos y por las nuevas normativas que las obligan a registrarse como “agentes extranjeros”.

Varias de estas organizaciones —antes vitales para el acompañamiento psicológico, legal y educativo— han migrado hacia Guatemala y Costa Rica ante la imposibilidad de operar en territorio salvadoreño.

Educación negada, derechos anulados

Mónica Linares, directora ejecutiva de ASPIDH, lamenta el deterioro de los programas educativos que antes ofrecían una oportunidad de superación para las personas trans:

“Hubo un programa del ACNUR que lamentablemente, con todo el cierre de fondos que hubo a partir de las declaraciones del presidente Trump y del presidente Bukele, pues muchas de estas instancias cerraron por el retiro de fondos del USAID.”

Ese programa —añade— beneficiaba a personas LGBTQ desde la educación primaria hasta el nivel universitario, abriendo puertas que hoy permanecen cerradas.

Actualmente, muchas personas trans apenas logran completar la primaria o el bachillerato, en un sistema educativo donde la discriminación y el acoso escolar siguen siendo frecuentes.

Organizaciones en resistencia

Las pocas organizaciones que aún operan en el país han optado por trabajar en silencio, procurando no llamar la atención del gobierno. “Buscan pasar desapercibidas”, señala Linares, “para evitar conflictos con autoridades que las ven como si no fueran sujetas de derechos”.

Desde el Centro de Intercambio y Solidaridad (CIS), su cofundadora Leslie Schuld coincide. “Hay muchas organizaciones de derechos humanos y periodistas que están en el exilio. Felicito a las organizaciones que mantienen la lucha, la concientización. Porque hay que ver estrategias, porque se está siendo silenciado, nadie puede hablar; hay capturas injustas, no hay derechos.”

Schuld agrega que el CIS continuará apoyando con un programa de becas para personas trans, con el fin de fomentar su educación y autonomía económica. Sin embargo, admite que las oportunidades laborales en el país son escasas, y la exclusión estructural continúa.

Matar sin balas: la anulación de la existencia

“En efecto, no hay datos registrados de asesinatos a mujeres trans o personas LGBTIQ+ en general, pero ahora, con la vulneración de derechos que existe en El Salvador, se está matando a esta población con la anulación de esta.”, reflexiona Linares.

Esa “anulación” a la que se refiere Linares resume el panorama actual: una violencia que no siempre deja cuerpos, pero sí vacíos. La negación institucional, la falta de políticas públicas, y la exclusión social convierten la vida cotidiana en un acto de resistencia para miles de salvadoreños LGBTQ.

En un país donde el Ejecutivo ha transformado la narrativa de derechos en una supuesta “ideología”, la diversidad se ha convertido en una amenaza política, y los cuerpos diversos, en un campo de batalla. Mientras el gobierno exalta la “seguridad” como su mayor logro, la población LGBTQ vive una inseguridad constante, no solo física, sino también emocional y social.

El Salvador, dicen los activistas, no necesita más silencio. Necesita reconocer que la verdadera paz no se impone con fuerza de uniformados, sino con justicia, respeto y dignidad.

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Un país que vota desde el miedo y la esperanza

Candidatos pro-LGBTQ ganaron en todo el país

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La ciudad de Miami en 2020. Los resultados de las elecciones del 4 dfueron una llamada de atención para los candidatos anti-LGBTQ y antiinmigrantes.(Foto de by Yariel Valdés González por el Washington Blade)

Estados Unidos volvió a las urnas el 4 de noviembre de 2025, y el resultado fue mucho más que una contienda electoral. Lo que se vivió en Virginia, Nueva Jersey, Nueva York, Miami y California fue una radiografía moral y política de una nación que vota entre el miedo y la esperanza. Los votantes hablaron desde la incertidumbre, pero también desde la convicción de que el país todavía puede ser un espacio de justicia, inclusión y respeto.

Las victorias de Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, junto al ascenso del progresista Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, el avance demócrata en Miami y la aprobación de la Proposición 50 en California, marcaron el ritmo de una elección que dejó un mensaje claro para la administración Trump: el miedo puede movilizar, pero no logra sostener el poder. La ciudadanía eligió con el corazón, cansada de los discursos de odio y del espectáculo político, y con la esperanza de reencontrarse con una política que mire hacia la gente, no hacia el poder.

El caso de Nueva York sintetiza ese cambio de rumbo. Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes, musulmán y abiertamente progresista, centró su discurso de victoria en la defensa de la dignidad humana y la solidaridad.

“Esta noche hicimos historia”, dijo ante una multitud diversa que lo vitoreaba. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes: una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, a partir de esta noche, liderada por un inmigrante”.

 Pero su mensaje más poderoso fue el que dedicó a las comunidades más vulnerables: Aquí creemos en defender a quienes amamos, ya seas inmigrante, miembro de la comunidad trans, una de las muchas mujeres negras que Donald Trump despidió de un trabajo federal, una madre soltera que aún espera que bajen los precios de los alimentos o cualquier otra persona que se encuentre contra la pared”.

Esas palabras resonaron como una respuesta a los años de retrocesos y ataques legislativos contra las personas LGBTQ y, en especial, contra la comunidad trans. Mamdani prometió ampliar y proteger el acceso a la atención médica afirmativa de género, destinando fondos públicos para garantizar que “todos los neoyorquinos tienen acceso al tratamiento médico que necesitan”. Su compromiso coloca a Nueva York como un faro de resistencia frente a la ola de políticas restrictivas que han surgido en varios estados del país.

Lo ocurrido en noviembre tiene, además, un profundo significado para quienes viven en los márgenes del poder. Para la comunidad trans, estos resultados representan algo más que un respiro político: son una afirmación de existencia. En tiempos donde el discurso oficial ha buscado borrar identidades, negar tratamientos y criminalizar cuerpos, la victoria de líderes que defienden la inclusión devuelve la esperanza de vivir sin miedo. El voto trans, y el voto LGBTQ en general, fue más que un gesto cívico: fue un acto de supervivencia y de resistencia.

La elección también habló al corazón de las comunidades inmigrantes, de las personas que viven con VIH o enfermedades crónicas, de las minorías raciales y de quienes luchan por un salario justo. En un país donde tantos sienten que la política los ha olvidado, estas victorias locales devuelven la posibilidad de creer en la democracia como herramienta de transformación. Son un recordatorio de que la esperanza no es ingenuidad, sino el acto más valiente de quienes deciden seguir de pie.

Miami, por su parte, envió una señal inesperada. En un bastión republicano históricamente alineado con la administración Trump, la candidata demócrata tomó la delantera y forzó una segunda vuelta. En una ciudad diversa, con fuerte presencia latina, afrodescendiente e LGBTQ, el avance progresista fue un mensaje de ruptura con el voto automático y con la política del miedo. Las urnas del sur de la Florida demostraron que los cambios comienzan en los lugares menos previsibles.

Para la administración Trump, la lectura es clara. El país está enviando una advertencia: los derechos humanos no se negocian. La economía importa, pero también importa la dignidad. Los votantes quieren soluciones reales, no eslóganes; respeto, no manipulación; empatía, no imposición.

Las comunidades LGBTQ y trans han sido el rostro visible de una resistencia que no se rinde. Cada voto emitido fue un acto de esperanza frente al miedo; cada victoria, una respuesta a la violencia simbólica e institucional. Las palabras del nuevo alcalde de Nueva York se convirtieron en símbolo nacional porque trascendieron la política partidista: recordaron que en medio de la oscuridad, la humanidad todavía puede ser una política pública.

Las urnas de noviembre hablaron con la voz de quienes han sido marginados, atacados o invisibilizados. Hablan las personas trans que exigen respeto, las parejas que defienden su amor, los jóvenes que no aceptan ser silenciados, los creyentes que apuestan por una fe inclusiva y las familias que siguen creyendo en un país posible. En medio del miedo, el país eligió esperanza. Y esa esperanza —imperfecta, frágil, pero viva— puede ser el principio de una nueva historia: una en la que la igualdad no sea un sueño, sino una promesa cumplida.

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Doble exclusión, misma dignidad

Personas con discapacidades en América Latina y el Caribe se luchan dos batallas.

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El Ángel de la Independencia en la Ciudad de México (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

En un continente donde los derechos de la comunidad LGBTQ avanzan y retroceden al ritmo de los vientos políticos, hay una realidad que casi nadie nombra: la de quienes, además de pertenecer a esta comunidad, viven con una discapacidad física, motora o sensorial. En ellos convergen dos batallas —la del reconocimiento y la de la accesibilidad— que se libran, la mayoría de las veces, en silencio.

Según el Banco Mundial, más de 85 millones de personas con discapacidad viven en América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, la región alberga algunos de los movimientos LGBTQ más visibles del mundo, aunque persisten graves formas de violencia y exclusión. Sin embargo, los estudios que cruzan ambas realidades son casi inexistentes. Y esa ausencia de datos también es una forma de violencia.

Ser una persona LGBTQ en América Latina todavía implica, en muchos casos, enfrentar el rechazo familiar, la discriminación laboral o la exclusión religiosa. Pero si a eso se suma una discapacidad, las barreras se multiplican. En palabras de un activista brasileño citado por CartaCapital, “cuando entro a una entrevista, me miran primero la silla de ruedas y después descubren que soy gay. Ahí empieza el doble filtro”. Este fenómeno, conocido como doble prejuicio, se refleja tanto fuera como dentro de la propia comunidad LGBTQ. A menudo, la discapacidad sigue siendo invisibilizada incluso en marchas del orgullo o campañas de diversidad, donde predominan imágenes de cuerpos normativos y jóvenes. El capacitismo —esa discriminación basada en la idea de que solo los cuerpos funcionales son válidos— se cuela incluso en los espacios que deberían ser los más inclusivos.

La desexualización de las personas con discapacidad es una de las formas más sutiles de exclusión. El reportaje argentino Sexo, discapacidad y placer, publicado por Distintas Latitudes, expone cómo la sociedad suele negar el derecho al deseo y al amor de quienes viven con alguna limitación física. Cuando además se trata de una persona LGBTQ, la negación se duplica: se les niega el cuerpo, el deseo y, con ello, una parte esencial de su dignidad humana. Como afirma la psicóloga mexicana María L. Aguilar, “la desexualización de las personas con discapacidad es una forma de violencia simbólica. Y cuando se cruza con la diversidad sexual, se convierte en una negación del derecho al placer y a la autonomía”.

El ejemplo más visible de inclusión llega desde el deporte. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, al menos 38 atletas LGBTQ participaron, según un informe de Agencia Presentes. Pero la pregunta permanece: ¿cuántas personas LGBTQ con discapacidad fuera del ámbito deportivo logran tener voz, empleo, pareja o acceso a los servicios básicos? En un continente marcado por la desigualdad, la intersección entre orientación sexual, discapacidad, pobreza y género produce una combinación de vulnerabilidades que pocas políticas públicas abordan.

Diversos estudios advierten que las personas LGBTQ en América Latina presentan tasas más altas de depresión y ansiedad que la población general. A su vez, los informes sobre discapacidad en la región señalan altos niveles de aislamiento y falta de apoyo. Pero no existen datos interseccionales que midan cómo se viven estos desafíos cuando ambas realidades se cruzan. En países como Chile, el Observatorio de Discapacidad e Inclusión advierte una alta prevalencia de problemas de salud mental y un acceso insuficiente a servicios especializados. En Estados Unidos, investigaciones del Trevor Project muestran que los jóvenes Latine LGBTQ tienen mayor riesgo de intentos de suicidio cuando enfrentan discriminación múltiple. En América Latina y el Caribe, la ausencia de estadísticas en este campo no solo refleja desinterés: también perpetúa la invisibilidad.

Ni las leyes sobre discapacidad mencionan explícitamente a la población LGBTQ, ni las políticas de diversidad incorporan la variable de discapacidad. Un informe de la International Disability Alliance sobre la región advierte que las personas con discapacidad LGBTQ “enfrentan discriminación múltiple y carecen de protección específica”. Pese a ello, surgen señales de esperanza: en México, el Colectivo de Personas con Discapacidad LGBTQ+ impulsa iniciativas para visibilizar la exclusión doble; en Brasil, la organización Vale PCD desarrolla proyectos de inclusión laboral y cultural; y en el Caribe oriental, el Proyecto LIVITY, de la Eastern Caribbean Alliance for Diversity and Equality (ECADE), fomenta la participación política de personas con discapacidad y de la comunidad LGBTQ.

La verdadera inclusión no se mide por las rampas, ni por los discursos de tolerancia. Se mide por la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad humana en todas sus expresiones, sin lástima, sin morbo, sin condiciones. No se trata de aplaudir historias de superación, sino de garantizar el derecho a una vida plena. Como dijo un líder caribeño citado por ECADE: “La inclusión no es un gesto, es una decisión moral y política”.

Este tema exige una conversación continental. América Latina y el Caribe solo podrán hablar de igualdad real cuando el cuerpo, el deseo y la libertad de las personas LGBTQ con discapacidad sean respetados con la misma fuerza con que se proclama la diversidad. Nombrar lo que aún no se nombra es el primer paso hacia la justicia. Porque lo que no se mide, no se atiende; y lo que no se mira, no existe.

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