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Dylan Duarte, el médico trans de Honduras que lucha por los derechos de su comunidad

Médico hondureño empezó su transición en 2019

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Dylan Duarte (Foto cortesia de Dylan Duarte)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Publicó esta nota de Agencia Presentes en su sitio web el 10 de noviembre.

TEGUCIGALPA, Honduras — Vestido de traje azul, Dylan Duarte, de 30 años y hablar pausado, es un modelo de serenidad. Detrás de esa tranquilidad hay una persona que decidió mostrarse al mundo tal como era en enero de 2019 y transicionar como varón trans en medio de la discriminación. También hay un ser humano cálido, con convicciones firmes, que ha tenido que enfrentarse la mayor parte de su vida a la sociedad machista hondureña.

“Fue un proceso paulatino, algo complicado”, dice Dylan a Presentes sobre el proceso que lo llevó a afirmar su masculinidad. “Tardé quince años en decidir aceptar quien realmente soy”.

En el camino se enfrentó, como muchas personas LGBTIQ+, a la violencia gradual. Primero a las burlas crueles, luego a la falta de oportunidades y al final a una brutalidad física que lo marcó. “Hubo agresiones verbales, psicológicas y sexuales que causaron heridas”, dice Dylan.

Un camino pedregoso

Antes de aceptar su identidad y expresión de género, Dylan recorrió un camino difícil que comenzó el día en que descubrió que le gustaban las mujeres en su nativa Siguatepeque, en el departamento de Comayagua, zona central de Honduras.

“Me inculcaron que lo normal era una chica y un chico y que la homosexualidad es un pecado”, dice. No solamente Dylan ha sufrido por el estigma y la discriminación en Honduras. Recientemente más de 10 organizaciones sociales denunciaron a grupos religiosos por utilizar a las personas LGBTIQ+ como objeto de burla en las campañas de desinformación en el actual contexto de las elecciones hondureñas a celebrarse el 28 de noviembre del 2021.

Para evitar problemas, Dylan prefería decirles a sus amigas que tenía novio. Pero su hermana ya sabía: “Lo notaba en mi forma de ser, en mis expresiones. Para mi mamá sí fue impactante”.

La liberación vino para Dylan en la forma de un viaje al extranjero. Estudió Medicina con una beca en Cuba, donde aprendió mucho: “Todos tenemos derecho de expresarnos cómo nos sentimos y conocí organizaciones de la comunidad trans”, dice.

Dylan se hizo médico, aunque viene de una familia de artistas. Enamorado del dibujo, al principio quería ser arquitecto. Pero cuando el cardiólogo de su mamá la ayudó a vencer la muerte, Dylan cambió de idea. “Quiero ser médico”, pensó. Su sueño es ser cardiólogo, neumólogo o pediatra. “Amo a los niños con todo mi corazón”, afirma.

Alentado por la libertad que vivió en su estadía como becario en el extranjero, Dylan transicionó y comenzó a usar hormonas el 4 de mayo de 2019.

Entonces su mundo volvió a dar un giro completo.

Hormonización y problemas de salud

“La voz me cambió”, dice. “No hablaba así antes de usar testosterona”. La hormona le causó problemas de salud como a muchos hombres y mujeres trans. Dylan y muchas personas trans como él no solo chocan con dificultades de salud, sino también con un sistema sanitario que les niega atención y los medicamentos que necesitan para su transición. En Honduras las personas trans no tienen derechos a una cambio de identidad ni acceso igualitario a trabajo, salud, educación y derechos civiles.

“He buscado mi derecho a una transición dentro de los protocolos mundiales, el acceso a endocrinólogo, psicólogo y tratamiento en el país. Pero siempre nos los niegan, nos dicen que no está bien. Dicen que es pecado y mezclan la religión con la salud”.

Debido a los trastornos de salud, Dylan dejó la testosterona “un par de meses”. He pasado por muchos cambios externos e internos. Los que más me afectan son los internos”.

Los cambios externos también le trajeron problemas. A algunos de sus colegas se les dificulta aceptar que Dylan es un hombre. Lo rechazaron. Lo vieron mal. Lo trataban como a un bicho raro. Usaron pronombres femeninos que lo herían. Pero el rechazo en su caso fue lo de menos.

Entonces ocurrió la violación.

‘Nadie me hizo caso’

“Yo tuve una agresión sexual”, cuenta Dylan. Los ojos se le humedecen cuando recuerda lo que le sucedió en 2020, cuando denunció el ataque, pero nadie le hizo caso. “Lo comenté, pero no se le dio importancia ni se hizo nada al respecto”.

La violación fue el pico más alto de las violencias que sufrió cuando en el hospital donde trabajaba notaron los cambios en su físico y su voz. “Yo ya estaba en el hospital antes de comenzar con las hormonas”.

Los conflictos personales y el rechazo orillan a muchos hombres trans a tomar decisiones trágicas e irreversibles. “Lo que más afecta a la comunidad trans masculina son los suicidios”, dice Dylan. “Muchos, como yo, sufren violencia sexual, y tienen embarazos no deseados”.

Carlos Cálix, activista trans hondureño, señala que muy buena parte de las personas trans sufren violación, pero muchas veces padecen en silencio porque casi no son escuchados. “Es difícil ser uno mismo en Honduras, pero lo intentamos a diario”. Por otra parte, Obrayan Robinson, de Negritudes Trans, expresa que las personas trans masculinas en este país sufren de mucha violencia y prejuicio. “También sufrimos mucho acoso y hasta un trato diferente de irrespeto a nuestra identidad”.

Tiene esperanza

A pesar de los ataques en su contra, el ambiente laboral ha mejorado. Se retiró un tiempo del hospital donde laboraba, pero se reintegró ya con su nombre actual, Dylan. “Mis colegas empiezan a llamarme Dylan y a tratarme con los pronombres que me representan. Quienes no estaban de acuerdo con quien soy se mostraron más abiertos y me llamaban Dylan. Siempre una o dos personas hacían comentarios transfóbicos”.

En casos como el de Dylan, la sociedad tiene doble cara. Por un lado no acepta que Dylan es un hombre, pero por el otro le exigió comportarse “como hombre” cuando denunció la violencia sexual cometida contra él. “Cuando violentan a una chica, me dicen ‘es una mujer y vos sos un hombre. Vos sí puedes aguantar más, sos más fuerte, no te afecta, no sufrís violencia de género. Vas a poder con todo eso’. Pero realmente no lo saben”.

Los hombres trans sufren altos índices de violencia en su seno familiar. La violencia también se vive mayormente en el ámbito de la salud y educativo, señala el informe de la CIDH sobre la violencia que sufren las personas LGBTI en América.

En América Latina no hay datos oficiales sobre la interrupción del embarazo de hombres trans y menos de cuántas personas mueren por prácticas inseguros en condiciones de criminalización.

‘Tengo una responsabilidad muy grande’

A pesar de las experiencias amargas, Dylan tiene la esperanza de que sus compañeros LGBTIQ+ logren encontrarse en un espacio “donde puedan hablar de lo que deseen y tener acceso a salud y todo lo que por derecho también nos corresponde, como al resto de la población”.

Dylan se siente profundamente responsable por toda la comunidad diversa hondureña. Sabe que él y sus colegas y compañerxs tienen un camino muy largo que recorrer para que el gobierno y la sociedad acaben con la discriminación y abran los espacios laborales, de salud y de otra clase que merecen los grupos LGBTIQ+.

“Tengo una responsabilidad muy grande en la espalda”, dice. “No solamente por la comunidad trans, sino por la comunidad LGBT”. Su lucha abarca las amenazas y el rechazo para tratar de construir autoestima y respeto hacia la diversidad sexual del país.

El ideal de este médico siguatepequense es construir desde los cimientos un sistema de ayuda para personas LGBTIQ+ en todo el país. Está seguro de que de esa manera contrarrestará las críticas, amenazas y noticias de asesinatos y suicidios de personas diversas.

Una forma de empezar a lograr cambios en la sociedad hondureña con respecto a las poblaciones diversas es trabajar desde los espacios que Dylan conoce mejor. Y eso es precisamente lo que él está haciendo en contra de las adversidades con las que se topa a diario.

“A pesar de que la medicina es una profesión que tiene gran parte de la comunidad LGBT dentro, es la que menos se preocupa por la comunidad”, señala. Sin embargo, no ha dejado en ningún momento de platicar con sus colegas, “gays, lesbianas o bisexuales, para ayudar al resto de la comunidad que no tiene acceso a la salud”.

Su trabajo con grupos vulnerables no se reduce a la atención a las poblaciones diversas de Honduras. También trabaja codo a codo con quienes han entrado en las zonas del país destruidas por los huracanes Eta y Iota en noviembre de 2020.

Ambos huracanes azotaron Honduras en un lapso de apenas 15 días. Dylan viajó a las zonas devastadas con equipos de colegas médicxs para proveer atención en salud a lxs afectadxs.

“Pensé que no me iba a impactar tanto llegar a la zona norte y ver todo lo que vi”, cuenta. Contempló lugares todavía inundados meses después del paso de los huracanes, gente durmiendo a la orilla de la calle, bajo láminas de plástico, esperando comida y medicamentos.

Dylan trabajó con sus colegas varias semanas en la región destruida. Con “estudiantes de la universidad y egresados formamos un equipo de contingencia popular”, relata. “Trabajamos en la recaudación de donaciones de víveres y recibimos ayuda del extranjero para llegar a estas zonas a ayudarles. Queremos darle continuidad a esto hasta donde podamos”.

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Matrimonio igualitario a un paso de ser ley en Chile

Solo falta una última votación en el Senado

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Una manifestación en favor del matrimonio igualitario en Santiago, Chile, en 2017. (Foto cortesía de Francisca Becker)

VALPARAÍSO, Chile — Como un triunfo “histórico” para los derechos de la diversidad sexual y de género, calificaron los activistas LGBTQ en Chile el avance del proyecto de ley de matrimonio igualitario el martes en el Congreso. Ahora solo falta una última votación en el Senado para convertirse en ley.

“Con 101 votos a favor, 30 en contra y dos abstenciones se aprueba el proyecto de ley que regula el matrimonio igualitario, que pasa a su tercer y último trámite en el Senado”, ha informado el Congreso Nacional chileno en un comunicado.

La votación se enmarca en uno de los momentos políticos más complejos para la población queer de ese país latinoamericano, luego de que el pasado domingo en las elecciones presidenciales y de congresistas la ultraderecha y anti-LGBTQ liderada por el candidato presidencial, José Antonio Kast del Partido Repúblicano obtuvieran un buen desempeño electoral.

Kast, que ha afirmado en muchas ocasiones que existe un “lobby gay” que “busca influir a las personas”, fue el candidato más votado y se enfrentará en el balotaje del 19 de diciembre al izquierdista Gabriel Boric.

“Frente a los discursos de violencia y odio, hace falta responder con amor. No queremos sesgos dogmáticos ultra ideologizados”, apuntó el diputado Diego Ibáñez, del Frente Amplio, la coalición que lidera Boric.

El proyecto de matrimonio igualitario fue firmado por la expresidenta Michelle Bachelet en 2017 y presentado ante el Congreso durante su segundo mandato. Sin embargo, no fue hasta enero de 2020 cuando la sala del Senado aprobó en general el proyecto con 22 votos a favor, 16 en contra y una abstención.

Posteriormente, el presidente del país, Sebastián Piñera, mostró su apoyo a la medida y ordenó suma urgencia.”Pienso que ha llegado el tiempo de garantizar esa libertad y esa dignidad a todas las personas, el tiempo del matrimonio igualitario en nuestro país”, dijo el jefe de Estado en su última cuenta pública.

“Luego de tres décadas de lucha, falta solo un trámite en el Senado para conquistar la hasta ahora esquiva igualdad legal que merece todas las parejas y familias”, destacó la vocera del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), Javiera Zúñiga, a través de un comunicado de prensa.

“Festejamos este nuevo paso, ahora con la total convicción de que estamos en la recta final. Especialmente felices porque se aprobaron por amplia mayoría todos las indicaciones sobre filiación y adopción homoparental que introducimos en la Cámara. Hablamos de 30 años de lucha, pero de siglos de segregación, cuyos días están contados, lo cual terminará con las injusticias y desigualdades que sufren las parejas del mismo sexo y las familias homoparentales”, añadió Zúñiga.

De no ser aprobado en el Senado, el proyecto de ley pasaría a una comisión mixta. Sin embargo, la actual presidenta de la Cámara Alta se comprometió a realizar su mayor esfuerzo para que sea despachado lo antes posible.

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Un camino de peligro y esperanza

Mujeres trans siguen emigrar de Honduras

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Rebecca, Vanessa y Vienna intentaron la peligrosa migración de Honduras a Estados Unidos, un camino aún más difícil para las personas transgéneros. (Foto de Zaydee Sánchez para Palabra)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Esta nota de Palabra salió en el sitio web de Reportar sin Miedo el 21 de noviembre.

Nota del editor de Palabra: El reportaje para este artículo fue apoyado por el Fondo Howard G. Buffett para Mujeres Periodistas de la Fundación Internacional de Medios de Comunicación de Mujeres

En el interior de un pequeño apartamento con vistas a una bulliciosa calle en el corazón de la Ciudad de Guatemala, Vanessa está en medio de la aplicación de corrector de maquillaje en su piel, paletas de sombras de ojos, rímel, delineador de ojos. Todo lo hace tendida en su cama. Mientras decide qué tono de sombra de ojos rosa usar, hace una pausa para hablarme de su viaje a Guatemala. La única ventana del estudio deja entrar una suave y cálida luz de verano que ilumina el vestido morado de Vanessa. Aparecen unas salpicaduras de color rosa. La luz revela una pequeña muñeca tumbada de lado cerca de un armario de tela morada lleno hasta los topes. Un anillo de luz se encuentra en el borde de la cama, listo para iluminar uno de sus atractivos tutoriales de maquillaje online.

Este es el refugio temporal de Vanessa desde que huyó de su casa en Honduras hace casi un año. “Me duele porque siempre fui esa persona que nunca quiso emigrar. Por más caravanas que presencié rumbo a (Estados Unidos), nunca me uní. Nunca anhelé ese sueño americano. Quería vivir y morir en mi país”, dice.

Llegué a la colorida y vibrante Ciudad de Guatemala para conocer a Vanessa; para saber cómo dejó una vida que comenzó en El Progreso, Honduras, donde nació en una familia cristiana evangélica.

Desde que tiene uso de razón, Vanessa no ha podido relacionarse con su género de nacimiento. Recuerda que algunos de sus primeros recuerdos de género giraban en torno a saber que no era un niño, pero no podía articularlo.

“Recuerdo que era muy joven y caminaba por la calle con mi madre”, dice Vanessa. “Los hombres me miraban fijamente, me gritaban insultos y me llamaban gay. Era exasperante. No porque pensaran que era gay, sino porque todo mi interior quería gritar: ‘No soy gay. Soy una mujer'”.

Lo que temía al crecer, y lo sabe ahora, es que la vida como persona trans en su país de origen puede ser peligrosa.

Se calcula que la esperanza de vida de los transexuales en Honduras es de 35 años. El país también tiene una de las tasas más altas del mundo de asesinatos de transexuales. Al enfrentarse diariamente a la intolerancia del gobierno hondureño, de sus familiares, de la religión y de la sociedad, muchos deciden huir. Los que se quedan se enfrentan a frecuentes amenazas.

Durante varios meses, he seguido a tres mujeres transgénero hondureñas, Vanessa, Rebecca y Vienna. Aquí utilizaremos sólo sus nombres de pila. Para muchas personas trans, el cambio de sus nombres de nacimiento puede proporcionar una nueva y hablada veracidad a sus identidades. A través de sus relatos, exploré cómo la violencia en Honduras ha cambiado sus vidas.

Desde la falsa criminalización, pasando por el trágico asesinato de la activista Berta Cáceres, hasta la búsqueda de un nuevo futuro en otro país, estas tres mujeres redefinieron para mí la resiliencia. Me mostraron la dificultad de vivir sus vidas en paz, y el impulso de su comunidad para seguir adelante.

Vanessa: crecer a toda velocidad

Los crecientes rumores comenzaron a hacer que la familia de Vanessa se cuestionara su identidad. Comenzó con la visita de un tío que la acusaba de ser gay. Con el tiempo, la madre de Vanessa preguntaba, y Vanessa respondía: “No soy gay”. “No podía decirle a nadie que por dentro era una chica. Sabía que si lo hacía, me rechazarían”, dijo.

Cuando Vanessa tenía 12 años, su madre falleció. Su padre ya había abandonado a la familia. Sin ambos padres, Vanessa tuvo que cuidar de su hermano pequeño.

Creció rápidamente. Tuvo innumerables trabajos en los que siguió vistiendo ropa de hombre. No fue hasta que se unió a un programa de la iglesia católica, Nuevo Renacer, cuando se vistió en público por primera vez. La organización organizaba obras de teatro y representaciones. Los hombres se ponían faldas y vestidos para adaptarse a sus personajes. Vanessa se deleitó interpretando a la cantante mexicana Gloria Trevi. Era liberador.

“Perfeccionaba cada detalle de mi cara para estar guapa, como una mujer”, dice Vanessa.

A partir de ese momento, a los 23 años, Vanessa empezó a vestirse abiertamente con ropa de mujer. Pero esta libertad de expresión no sentó bien a su empleador.

“Por hacer espectáculos y porque me veían vestida de mujer, me despidieron. …”, recuerda. “A partir de ahí, las puertas empezaron a cerrarse para mí. Me vi obligada a hacer lo que más nos cuesta a las mujeres transexuales: el trabajo sexual”.

“No hay datos definitivos sobre el número de trabajadoras sexuales trans en Honduras”, dijo Indyra Mendoza, fundadora de Cattrachas, un grupo de derechos que defiende a las comunidades LGBTQ en Honduras.

“Sabemos de muy pocas mujeres trans que sean maestras, o que tengan sus propias formas de ganarse la vida, y o que se dediquen a otro tipo de trabajo”.

En el trabajo sexual, las mujeres trans están expuestas con mayor frecuencia a la violencia y la discriminación. El país experimentó un importante aumento de los homicidios después de que el golpe de Estado militar de 2009 derrocara al presidente democráticamente elegido, Manuel Zelaya. La crisis constitucional dejó a las comunidades LGBTQ expuestas a la violencia de las pandillas, la policía local y los oficiales militares. “El presidente Zelaya pidió a las organizaciones LGBT que apoyaran su campaña para una asamblea constituyente. La mayoría de los grupos dijeron que sí porque la iniciativa de Zelaya ofrecía una oportunidad sin precedentes para ganar visibilidad y formar parte de un movimiento social más amplio que pedía una constitución nueva e inclusiva. Así que cuando el gobierno de Zelaya fue derrocado, las personas LGBT estuvieron en las calles desde el primer día, exigiendo la restauración de la democracia”, dijo Pepe Palacios, miembro del Movimiento por la Diversidad Sexual en Resistencia, una organización hondureña de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, en una entrevista con el Partido Socialista de la Libertad.

“Después del golpe militar, cualquiera podía matar a una mujer trans”, añadió Indyra. “Se vieron casos de violencia, tortura, maltratos, discriminación, violación, extorsión, principalmente por parte de policías, contra las mujeres trans. Por eso aumentaron las muertes violentas de personas LGTBQ y también de mujeres”.

Una testigo del odio letal

La encuesta más reciente del grupo Cattrachas calcula 389 asesinatos violentos de personas LGTBQ desde 2009. Según esa encuesta, 121 víctimas eran transgénero, uno era transexual, 221 eran gays y 46 eran lesbianas. Sólo 89 de esos homicidios fueron procesados. La mayoría siguen sin resolverse, lo que deja pocas esperanzas de que se haga justicia.

En su época de trabajadora sexual, dijo Vanessa, conoció muchos asesinatos de compañeros de trabajo, amigos y personas de su comunidad que se habían convertido en su familia. En un caso de asesinato, las autoridades le dieron protección como testigo por lo que había visto.

Sin embargo, al final el sistema le falló.

“No funciona (la protección de testigos). En mi país no funciona. Muchos han muerto bajo este plan de protección. Nunca hay garantías”. dijo Vanessa.

Se involucró profundamente en muchas campañas de derechos humanos, amplificando constantemente las peticiones de justicia. “Me enfrentaba a la policía en la cara diciéndoles: ‘Ustedes son los que nos matan, ustedes son los que matan a las mujeres trans'”. Vanessa dijo: “Pero defender los derechos de las personas LGBTQ en Honduras tiene sus repercusiones».

En diciembre de 2020, en El Progreso, Honduras, la Dirección Policial de Investigaciones —una unidad de investigación conocida como DPI— publicó un boletín de noticias sobre la búsqueda de un miembro de la comunidad LGBTQ que supuestamente había abusado de una menor. En ese momento, Vanessa se había trasladado a San Pedro Sula, una ciudad situada a 30 minutos al norte de El Progreso. Su hermano y otra amiga trans también vivían en la casa de Vanessa. Un día, según Vanessa, la DPI llegó a su casa en busca de un sospechoso en el caso de agresión sexual. Vanessa no estaba presente. Registraron la casa preguntando a su hermano dónde estaba la “otra” persona (Vanessa). “Le dijeron: ‘Si no nos dices dónde está, atente a las consecuencias'”, cuenta Vanessa.

El DIP detuvo a la mujer trans que vivía en la casa de Vanessa como sospechosa de agresión sexual a una menor. “Es como mi hermana”, dijo Vanessa. “Al principio quería volver, pero luego me enteré de que la DPI seguía buscando un cómplice. Ellos (DIP) estaban tratando de involucrarme en el caso”. Vanessa no se dio cuenta de la magnitud del peligro que corría. Los coches de policía empezaron a vigilar su casa. Su hermano recibía constantes amenazas que lo obligaban a marcharse.

“Mis amigos me decían: ‘Vanessa, tenemos que sacarte del país ya’. Yo decía: ‘No. No, no, no, demuéstrame que he cometido tal delito’. No quería irme”, dijo Vanessa.

Pero Vanessa finalmente decidió marcharse. En medio de la noche, temerosa y vacilante, cruzó la frontera hondureña hacia Guatemala, pero no como Vanessa. Se vistió con ropa de hombre y llevó una peluca y una barba pegada. “Una vez más, tuve que desaparecer a Vanessa, la mujer que tanto me había costado liberar”.

Se colocaron fotos de ella a lo largo de la entrada de la frontera entre Honduras y Guatemala. “Nunca en mi vida había visto que el gobierno hondureño buscara a alguien con tanta intensidad, ni siquiera a los peores criminales”, dijo Vanessa.

Recuerda que el cruce de la frontera fue insoportable. Necesitaba pasar sin ser identificada, así que Vanessa tomó la difícil decisión de tener sexo con dos policías. “El cruce ciego”, dijo Vanessa.

Después de poner por fin un pie en Guatemala, con sólo una maleta en la mano, pagó a un motociclista para que la llevara al único lugar que conocía: un refugio llamado La Monja Blanca.

“Mientras iba en la moto, lo único que pensaba era en saltar”, cuenta Vanessa.

Una vida precaria

Hoy en día, la política en Honduras sigue siendo opresiva. Para los miembros de la comunidad LGBTQ están prohibidos el matrimonio, la adopción, la donación de sangre, el derecho a cambiar de nombre, a elegir un género e incluso a visitar a sus seres queridos en la cárcel.

“En Honduras, tenemos un país altamente transhomolesbofóbico desde el punto de vista legal”, dijo Mendoza de Cattrachas.

“La violencia es principalmente la razón por la que las personas trans emigran”, añadió Mendoza. “Cuando las mujeres trans están en la etapa de la adolescencia o la infancia, no son reconocidas como tales. Y ahí comienza la violación sistemática de los derechos humanos de las personas trans, especialmente de las mujeres trans. Muchas de ellas son violadas, maltratadas, afectadas psicológicamente. Ven en la migración la única salida”.

A principios de 2021, una nueva oleada de migrantes comenzó a viajar hacia la frontera de Estados Unidos con México.

La primera caravana, principalmente centroamericana, se estimó en 8,000 personas e incluía a unas 300 personas LGBTQ de Honduras. Entre ellas se calcula que había unas 100 mujeres trans. Un informe del Instituto Williams de la Facultad de Derecho de la UCLA estima que hubo 11,400 solicitudes de asilo LBGTQ en Estados Unidos entre 2012 y 2017. Aunque las solicitudes procedían de 84 países, más de la mitad eran de Centroamérica. Los solicitantes de asilo procedentes de El Salvador supusieron el 28 por ciento. Los hondureños eran casi el 15 por ciento del total y Guatemala, algo más del 8 por ciento. El estudio reveló que alrededor del 96% de las solicitudes de los solicitantes LGBTQ fueron consideradas como “miedo creíble” a la persecución, lo que es necesario para avanzar en una solicitud de asilo.

Rebecca: la tierra prometida

La búsqueda de asilo es un ejercicio complicado y agotador. Para muchos, la posibilidad de conseguir igualdad y libertad en Estados Unidos hace que la espera y el trauma merezcan la pena. Pero para otros las expectativas de una tierra prometida chocan con la realidad.

Mientras subo al último piso del edificio de apartamentos de Koreatown, en Los Ángeles, donde vive Rebecca, veo el famoso horizonte del centro de la metrópolis, de relucientes rascacielos, que aparece como un cartel de bienvenida a la ciudad de los sueños.

Al entrar en la casa de Rebecca, me doy cuenta inmediatamente de que los tacones altos están perfectamente colocados en un zapatero justo después de la puerta principal. Un tocador cubierto de maquillaje, frascos de perfume y bonitos joyeros se encuentra junto a un cómodo sofá, ocupado por un gran pulpo de peluche rosa y sus peludos tentáculos. El estudio es pequeño pero acogedor. En la cocina, el pez dorado Pescado nada en una pecera rosa.

“Nunca pensé que me quedaría aquí tanto tiempo como lo he hecho”, me dice Rebecca. “Me dije, tal vez un año, lo intentaré durante un año, luego volveré a Honduras. Ya han pasado más de tres años”.

Mientras empieza a contarme su historia, Rebecca pone una mesa de café con chips de plátano frito, Takis con chile y limón y refrescos para nosotros.

Llegó por primera vez a Estados Unidos en el invierno de 2018. Dejar Honduras significaba dejar atrás no solo una versión de sí misma que anhelaba liberar, sino también el papel fundamental que había desempeñado en el cambio de la comunidad indígena LGBTQ de su país. Rebecca creció en La Esperanza, una ciudad del altiplano suroccidental del país. Pertenece a la comunidad lenca, el mayor grupo indígena de Honduras. (Los lencas representan el 60 por ciento de la población nativa del país).

Desde niña, dice Rebecca, le resultaba difícil identificarse como hombre. Mientras crecía, disfrutaba de las tareas que culturalmente pertenecen a las mujeres hondureñas. Ayudaba en la cocina, lavaba la ropa y se sentía atraída por los hombres. A una edad temprana, Rebecca era plenamente consciente de que el hecho de ser indígena ya la convertía en un blanco fácil para la discriminación. Si daba a conocer su identidad de género, se convertiría en una paria. Así que guardó silencio en su verdad.

De adolescente, se unió a su madre para asistir a las reuniones del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, una organización dedicada a la protección del medio ambiente en Intibucá y a la defensa del pueblo indígena lenca. Este activismo abrió los ojos de Rebecca y pronto la llevó a un puesto remunerado en la organización.

Rebecca se hizo amiga de la cofundadora del grupo, Berta Cáceres. Movilizaron a los habitantes de todo el país. Después de unos años de amistad y de crear un vínculo de confianza, Rebecca habló abiertamente con Cáceres sobre su identidad de género.

“Estaba muy nerviosa”, recuerda Rebecca. “Le pregunté a Berta qué opinaba (la organización) sobre la comunidad LGBTQ. Entonces Berta me preguntó si me identificaba como persona LGBTQ. Le dije que sí. Y ella levantó las manos diciendo: ‘¡Bueno, cipote (niño), siéntete orgulloso de lo que eres!'”.

A partir de ahí, Rebecca avanzó rápidamente, estableciendo el primer capítulo indígena LGBTQ de la organización. Aunque algunos miembros de la organización no apoyaban del todo el programa, Berta tenía la última palabra. Rebecca había descubierto su voz pública. Se teñía el pelo y se ponía ropa ajustada. Poco a poco, se hizo dueña de sí misma. Viajó por todo el país, a Cuba, Venezuela, Italia y Estados Unidos para abogar por los derechos LGBTQ.

Pero el 3 de marzo de 2016, el mundo se estremeció. Un año después de recibir el Premio Goldman por su activismo medioambiental, Cáceres fue asesinada en su casa de La Esperanza.

“Recuerdo que mi madre me despertó a las cinco de la mañana, diciéndome que Berta había sido asesinada en medio de la noche”, dijo Rebecca. “Le dije que se dejara de bromas y que no había que jugar con esas cosas. Luego encendió el radio. No podía creerlo”.

Rebecca había estado con Berta justo el día anterior, en un mitin. En medio del acto, Rebecca recuerda que Cáceres le pidió que la acompañara a hacer unos recados por la ciudad. La tarde terminó en la casa de la madre de Cáceres, frente a tazones de sopa de gallo.

Esa noche, dice Rebecca, tomaron caminos distintos. “Le dije a Berta: ‘Por favor, cuídate’. Ella se volvió hacia mí y me respondió: ‘Cipote, siempre me cuido'”.

El tiempo que siguió fue un borrón para Rebeca. La cantidad de conferencias de prensa y de reuniones con los investigadores llegó a ser abrumadora. Sentía que no tenía tiempo para hacer el duelo. La búsqueda de justicia para Cáceres y el mantenimiento de la organización a flote consumieron su atención. Rebecca describió cómo algunos miembros del grupo se volvieron fríos con ella y su trabajo en nombre de la comunidad LGBTQ. Dijo que los insultos discriminatorios no tardaron en llegar, al igual que las falsas acusaciones sobre su carácter.

“Lo más desgarrador fue que ninguno de mis colegas me defendió o apoyó. Todos se quedaron callados”, dijo Rebecca.

Una noche, mientras caminaba sola hacia su casa, Rebecca dijo que un hombre se le acercó de repente, le preguntó si trabajaba en el Copinh y le dijo: “Voy a matar a cada uno de ustedes”.

Fue entonces cuando Rebecca decidió abandonar Honduras.

Llegó por primera vez a Nueva Jersey en 2018, con un visado de trabajo, y fue a la deriva de un trabajo mal pagado a otro.

“En la organización, había aprendido sobre el capitalismo y el socialismo en varios países, pero nunca lo había experimentado por mí misma. Me di cuenta de que me estaba convirtiendo en la máquina, la máquina de todas las fábricas”, dijo Rebecca.

Empezó a luchar contra la depresión. Pensó que necesitaba protección, lo que la llevó a volver a vestir ropa de hombre. Pero no era suficiente disfraz. En el trabajo, soportaba los insultos a los homosexuales, donde se quedaba callada. Un día, mientras salía de compras, Rebecca entró en una tienda de ropa de mujer donde le llamó la atención un pequeño vestido negro. Fue con el reflejo del espejo de su vestidor cuando decidió reafirmar su feminidad.

Ahora, en Los Ángeles, Rebecca se pavonea con orgullo por la ciudad como mujer trans. Ha encontrado trabajo limpiando casas con una amiga. Aunque la pandemia de COVID-19 le ha pasado factura en su trabajo, es resistente y optimista.

“El sueño americano no es como lo pintan en las películas. Especialmente para los indocumentados. Pero tenemos que reconocer que estamos mucho mejor aquí que en Honduras”, dice Rebecca.

Recientemente, el gobierno hondureño ha recibido una mayor presión para proteger los derechos de las comunidades LGBTQ. El 28 de junio de 2021, en una sentencia histórica, la Corte Interamericana declaró al Estado de Honduras responsable del asesinato de Vicky Hernández, una activista trans y trabajadora sexual que había sido asesinada la noche del golpe militar. Un hito esperanzador no sólo para Honduras, sino para toda América Latina.

“Honduras es un país difícil, pero creo que va a mejorar”, dijo Indyra Mendoza, de la organización Cattrachas. “He visto mejoras. Por supuesto, ahora no es lo mismo. La violencia letal ha aumentado, pero otras partes han mejorado. Por ejemplo, en los medios de comunicación aparecen personas trans, gays y lesbianas. Siempre es difícil en Honduras, pero creo que el derecho de expresión ha cambiado un poco. Ha habido un poco más de acceso”.

A medida que la comunidad LGBTQ hondureña comienza a ver cambios notables, los activistas sobre el terreno se han hecho más eco de los asuntos que afectan a su comunidad, no sólo para proteger a la próxima generación, sino para ayudar a mantener a más personas fuera del camino de la migración.

Un estudio realizado por el Observatorio de la Migración Internacional en Honduras y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales encontró que el 14 por ciento de las personas LGBTQ hondureñas, víctimas de la migración forzada por la violencia, fueron deportadas de Estados Unidos a Honduras entre 2015-2019

Vienna: quédate en casa y pelea

De vuelta a Honduras, me dirijo al centro de la ciudad metropolitana de San Pedro Sula. Dentro de una luminosa cafetería con música americana de fondo, el aroma de los granos de café recién tostados perdura en el aire. Los clientes parlotean mientras el aire acondicionado lucha por ahuyentar el excesivo calor del día, que no da señales de ceder. Vienna, una mujer trans alta con un vestido rosa intenso y tacones altos enmarcados por un pelo negro perfectamente largo, liso y sedoso, sorbe su café frente a una pequeña mesa de cristal.

“Cada día intentamos que nuestro país nos reconozca legalmente como comunidad trans”, dice. “Para mi gobierno, literalmente no existo. Soy indocumentada, no estoy registrada, soy ilegal en mi propio país. Les digo a mis amigos que cuando me maten no dejen que me etiqueten como una mujer asesinada por sexo, o por su marido, porque eso es todo lo que el mundo dice de nosotras”.

Vienna es la directora y abogada del grupo Asociación Feminista Trans. Tras su primer y único intento de emigrar al norte, la experiencia le resultó demasiado traumática y decidió quedarse en Honduras y luchar por su comunidad.

“Sé por qué nuestra comunidad huye, y trato de proporcionar todos los recursos que puedo a través de nuestra organización mientras atraviesan el viaje”, dice Vienna.

Ella vivió ese viaje en 2017.

Acompañada por una amiga, Vienna recordó que caminaba hacia el norte por una carretera en México. Se dirigía a EE.UU. Fue entonces cuando fueron detenidos por dos militares y llevados a un centro de detención. Una vez allí, Vienna solicitó ser detenida con las mujeres del centro por seguridad. El oficial respondió: “Demuéstreme que es usted una mujer”.

En lugar de eso, dice Vienna, pagó al oficial con el poco dinero que le quedaba y la pusieron en la sección de mujeres. Tuvo que compartir un pequeño y duro colchón con su amiga. Al cabo de una semana, los agentes notificaron a Vienna que permanecería en el centro de detención durante varios meses antes de ser deportada.

Mientras estaba detenida, Vienna desarrolló una inflamación en los senos. (Unos meses antes, se había puesto implantes mamarios). Se puso muy enferma, pero los funcionarios y el personal se negaron a ayudarla, dijo Vienna, hasta que vio al director del centro que estaba de visita. Vienna se arrojó delante de él y le rogó que la ayudara. El director la envió inmediatamente a la sala médica. Al día siguiente estaba de vuelta en Honduras.

“Las mujeres trans en los centros de detención, creo, son las que más sufren. Estamos constantemente en riesgo”. dice Vienna mientras termina su café.

Hoy, Vienna se ha convertido en una líder de la comunidad LGBTQ. Es la recién nombrada secretaria de Diversidad Sexual por la Fuerza Popular de Refundación, una rama del partido político Libertad y Refundación.

“Tiene que haber gente que se quede y luche por lo que otros necesitan. Todavía tengo muchas cosas que quiero lograr. Además, tengo esperanza. Veo esperanza cuando voy por la calle y veo a la próxima generación LGBTQ expresándose abiertamente, eso me da esperanza”, dice Vienna con una sonrisa.

Dunia Orellana, cofundadora y editora del sitio de noticias en línea Reportar sin Miedo en Honduras, contribuyó con este artículo.

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El Día de la Remembranza Trans: ‘Diles que no nos maten’

2021 será el año más mortífero para personas trans

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(Foto cortesía de María Lucía Expósito)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota escrito por Mel Herrera salió en su sitio web el 20 de noviembre.

Cada 20 de noviembre se celebra el Día de la Remembranza Trans. La fecha fue elegida en 1999 por la activista y escritora transgénero Gwendolyn Ann Smith, en el primer aniversario de la muerte de Rita Hester, una mujer trans afroamericana, y está dedicada a recordar a las personas asesinadas por su identidad de género.

La jornada busca visibilizar los asesinatos por crímenes de odio, los transfeminicidios y formas normalizadas de violencia contra las personas trans. Los datos disponibles siguen siendo son alarmantes. Todo que 2021 será el año más mortífero desde que hay registros.

Según el proyecto de investigación Transrespect versus transphobia Worldwide (TvT) en su informe Trans Murder Monitoring (TMM), entre el 1 de octubre de 2020 y el 30 de septiembre de 2021 se registraron 375 asesinatos de personas trans a nivel mundial, 25 más que en el período anterior.

En una declaración conjunta TvT, junto a más de una decena de organizaciones y proyectos LGBTIQ, alertó que “las personas trans con identidades que se cruzan, incluidas las mujeres trans, las personas negras y de color, las trabajadoras sexuales, los migrantes, los solicitantes de asilo, los refugiados, los romaníes, las personas con discapacidades, las personas que viven con VIH, por nombrar solo algunos, son aún más vulnerables cuando los derechos trans están erosionados.”

Brasil sigue siendo el país donde más personas trans acaban asesinadas (125), luego le siguen México (65) y Honduras (53), lo cual indica, teniendo en cuenta los registros de otros países de la región con menores cifras, que el 70 por ciento de todos los asesinatos ocurrieron en Centro y Sudamérica.

En Estados Unidos se registraron 53 asesinatos, el doble con respecto al año anterior, de los cuales el 90 por ciento fueron de personas trans negras y afrodescendientes.

A nadie debe asombrar estas cifras. Tampoco el hecho de que el 96 por ciento de los asesinatos totales cobraron las vidas de mujeres trans y de apariencia transfemenina, de las que más de la mitad eran trabajadoras sexuales y migrantes.

El informe de TMM advierte que “estos casos son solo una muestra de la realidad sobre el terreno. … En la mayoría de los países, los datos no se recopilan de forma sistemática. La mayoría de los casos siguen sin notificarse.”

Sabemos que muchas personas trans, luego de asesinadas o fallecidas, experimentan lo que se conoce como la “segunda muerte”: la de su nombre o identidad. Es decir, empiezan a ser tratadas por testigos, familiares, medios de comunicación y por el aparato jurídico legal con la identidad de género asignada al nacer.

Datos de ese mismo proyecto de investigación, estiman que entre enero de 2008 y septiembre de 2021 se han asesinado a 4.042 personas trans y género diversas alrededor del mundo.

Es un buen momento para recordar las altas tasas de suicidios en personas trans por razones que tienen que ver con acoso y violencia familiar y escolar, con la imposibilidad de expresar la identidad y otros factores sociales.

También es una oportunidad para recordar el desempleo, la discriminación institucional, el asedio policial, la criminalización del trabajo sexual, la deficiente atención a la salud, el difícil acceso a la educación, la precarización y la marginación a la que estamos sometidas como colectivo, la exclusión, la patologización todavía en algunos manuales y mentes, los debates irracionales, polarizantes e invasivos que se arman sobre nuestra identidad y a los que nos llaman para aplacar el fuego y complacer el egocecentrismo cis. Todas estas, a fin de cuentas, son otras maneras de morir.

El 20N es, en resumen, una jornada para hablar de cifras, ausencias y dolores. Para recordar que nos están matando, tanto en las dictaduras y regímenes autoritarios de la región como en las llamadas democracias que permiten el avance del conservadurismo más rancio, el fundamentalismo religioso y la ultraderecha.

Como si fuera poco, a esta cruzada antitrans se ha unido un grupo de feministas que, desde esencialismos biológicos y usando herramientas machistas y patriarcales, combaten en nosotras una presunta expresión del patriarcado que nos afecta tanto como a ellas

Las personas trans somos ignoradas en los proyectos nacionales y en los proyectos de cambios de gobierno. Se nos convoca para hablar única y exclusivamente sobre temas relacionados con la identidad de género, como si fuéramos solamente trans y no pudiéramos hablar, opinar y tomar decisiones sobre otras cuestiones que definen los destinos de una nación.

Los proyectos que se anuncian como diversos, con respeto a la diferencia, los que hablan de “pluralidad” nos asustan. Esa “diferencia” y “pluralidad” de la que hablan se refiere a diversidad política, no tiene que ver mucho con diversidad sexogenérica.

Casi siempre consiste en sentar en una misma mesa a posiciones poco o nada reconciliables: a la iglesia y al fundamentalismo antiderechos con el colectivo LGBTIQ+ que lucha por sus derechos. Una mesa que acaba dando voz al fascismo y a la ultraderecha genocida, racista, antiimigrante, xenófoba y transfóbica de manual porque, de lo contrario, no se estarían escuchando todas las opiniones, como si todas las opiniones fueran respetables y como si todos esos politiqueros instrumentalizadores tuvieran real interés en los derechos humanos y en dignificar y cambiar el destino de las “vidas invivibles” que dice Judith Butler.

Este 20N les invito a romper el pacto cis, ese que se establece entre personas cisgénero y a través del cual siempre priorizan, ya sea en amistad, relaciones, emprendimientos y posiciones políticas, a los cuerpos e identidades similares.

Ustedes se priorizan y solapan mutuamente.

Les pido que les digan a sus amigos que no nos maten, y que la frase de “las vidas trans importan” no sea un comodín para actores políticos, activistas y feministas cis, pues si en realidad importaran tuvieran más cuidado de las alianzas que establecen, con las que terminan siempre estrechándoles la mano a proyectos, líderes, políticos, partidos e instituciones que nos deshumanizan, borran y exterminan.

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