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Todas las vidas de Ilse, una mujer trans de 57 años en Guatemala

Ilse Jeaneth Contreras vive en la capital guatemalteca

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Ilse Jeaneth Contreras (Foto cortesía de Quorum)

Quorum es el socio mediático del Washington Blade en Guatemala. Esta nota salió en su sitio web el 23 de septiembre.

La puerta de su casa se mantiene siempre abierta. Un letrero en la pared amarillenta indica que ahí se hacen ruedos, se colocan zippers y se hacen zurcidos a las prendas de vestir. Ilse Jeaneth vive en el El Amparo II, un barrio popular ubicado en la zona 7 de la Ciudad de Guatemala.

Esta tarde de septiembre el cielo está despejado y los gatos del vecindario entran y salen de la casa de la costurera con completa confianza, como lo hacen también sus vecinos.

Durante los últimos 40 años el barrio ha sido testigo de cómo Jeaneth se ha ido transformando poco a poco y encontrándose con su propia identidad. Es de carácter fuerte: lo que piensa, lo dice. Es, incluso, un poco dura para tratar a quienes no conoce, pero es esa transparencia la que al final se gana la confianza de quienes están a su alrededor.

Las y los jóvenes la buscan en su hogar, donde tiene un taller de costura. Le piden que les enseñe a coser y Jeaneth nunca dice que no. En estos encuentros aprovecha para hablarles:

“Les digo ‘¿ustedes ya estudiaron la identidad de género?’, y me dicen que no. Entonces les pregunto, ‘¿Saben lo que es una mujer trans?’. Y responden: ‘Sí, es alguien como usted’”.

Ella no hubiera imaginado tener ese diálogo en su propia adolescencia, cuando tuvo que salir de su casa a los 15 años por la discriminación de sus hermanos. 

Sobrevivir a su propia familia

Hoy Jeaneth tiene 57 años. Lleva el pelo teñido de negro y los labios pintados de rosa. Las arrugas en su rostro cuentan de una vida de resistencia.

Nació en el barrio El Gallito, en la zona 3 y desde que empezó a ir a la escuela ya se diferenciaba de los niños. Es una etapa que prefiere no recordar porque la traslada a los malos tratos que recibía cuando sus hermanos se dieron cuenta que le gustaba jugar con muñecas y que prefería la compañía de las demás niñas. 

Pero su mamá es su referente de mujer. De ella solo recibió amor y sabe que lloraba a solas al ver que sus otros hijos no aceptaban a Jeaneth como era. “Fue una mujer luchona que nunca se dio por vencida”, dice. 

Después del terremoto de 1976, con su familia tuvo que mudarse a la colonia “4 de Febrero”, en la zona 7, y desde esa fecha recuerda que empezó a construir su identidad de género.

“No se tenía entendido cómo era una mujer trans o una persona de la diversidad sexual porque no había mucha información. En ese entonces yo sabía que era un homosexual pero a los 15 años me empecé a hormonizar con pastillas anticonceptivas porque quería ser una mujer”.

Resistir en la calle en tiempos de guerra

A los 22 años empezó como trabajadora sexual en las calles de la zona 1, en pleno centro de la Ciudad de Guatemala. Entre sus tesoros aún guarda varias fotografías que le recuerdan a sus compañeras de esa época.

En una de las fotos aparece con cuatro mujeres jóvenes afuera de un lugar llamado Salón Ramiro, que se ubicaba en la 5 avenida y 14 calle. Están abrazadas, casi todas sonrientes, con el pelo estilizado con una permanente característica de la década de los 90.

Jeaneth es la única que aún está con vida. Las demás murieron. Algunas, a causa de la falta de acceso a un tratamiento contra el VIH. Otras, como su gran amiga Conchita Alonso, a manos de la violencia. 

Alonso es la única que se mantiene seria desde la esquina izquierda de la foto. Ella fue asesinada en 1997 en la zona 1 de la capital. La demanda de justicia por el transfemicidio de esa joven de 23 años fue el inicio en Guatemala de la Marcha del Orgullo, que aún se celebra cada año.

“Con ellas trabajamos en una discoteca imitando a artistas”, cuenta Jeaneth. Para entonces, los artistas de moda que imitaban eran Gloria Trevi, Yuri, Ana Gabriel y María Conchita Alonso. 

Sus shows eran en la famosa discoteca Cashé, que se ubicaba cerca del Cementerio General. Ese taller mecánico, que durante las noches se convertía en una pista de baile, era de los pocos lugares seguros para la comunidad LGBTIQ+ que existían en aquella época. 

Los recuerdos alegres chocan con los momentos en los que Jeaneth acudió a las drogas y al alcohol para asimilar una realidad en la que ella y sus amigas vivían. A menudo eran agredidas, violentadas y desaparecidas por las fuerzas de seguridad de las dictaduras militares.

Una ‘madre’ para la comunidad

Después de pasar por siete casas de rehabilitación, Jeaneth ahora celebra más de dos décadas sobria. Es coordinadora del colectivo Mujeres Trans Trabajadoras Sexuales de El Trébol, que nació en el 2010. “Madre” le dicen allá. Trabaja con temas de salud sexual, derechos humanos y prevención de las drogas y el alcohol. 

Con los años, Jeaneth ha sido reconocida como una figura protectora de muchas mujeres jóvenes que han acudido a ella, y mientras habla, su celular no deja de sonar. La llaman compañeras y otros colectivos para pedirle acompañamiento y ayuda. 

También se dedica a apoyar a otras mujeres trans adultas mayores para que puedan tener una vejez digna, un tema del que se habla poco en Guatemala. Jeaneth Menciona como ejemplo a Juanita, de 80 años, que murió hace poco más de un mes. 

“La salud para las personas grandes es peor. No hay una ayuda social del gobierno para mujeres trans, por fuerza tenemos que tener una familia construida por nosotras mismas para que nos den el bono del Adulto Mayor”.

Jeaneth formó una familia con sus sobrinas y el hijo de una de ellas, pero esto no es suficiente para que el gobierno la tome en cuenta en el aporte mensual que los adultos mayores reciben y que les sirve para su subsistencia y compra de medicinas.

Aún queda mucho por luchar, pero ve entre lágrimas y alegría cómo la Marcha del Orgullo hoy convoca a miles de jóvenes que caminan por las calles de la ciudad. Hace 20 años, cuando Jeaneth participaba en las primeras marchas iba en vestidos de su propia confección, las condiciones eran muy diferentes.

“Los chicos gay se liberan, las mujeres lésbicas se liberan y pueden disfrutar esto. Antes nosotras no podíamos hacerlo porque el ejército no podía vernos, nos subían a una carroza y no nos dejaban de golpear hasta que dijéramos que éramos hombres”.

Mucho ha cambiado hoy, pero las mujeres trans siguen siendo las más vulnerabilizadas de la diversidad sexual, por eso Jeaneth no se rinde. 

“A veces me pongo a llorar en el desfile y otras veces me pongo feliz por todo lo que se ha logrado en las calles, ser libres aunque sea ese día”.

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Honduras

Corte IDH reconoce a Thalía Rodríguez como familia social de Leonela Zelaya

Se construyeron una familia tras más de una década de convivencia

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(Captura de pantalla de Reportar sin Miedo)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Esta nota salió en su sitio web el 19 de enero.

Por DORIS GONZÁLEZ * | TEGUCIGALPA, Honduras — En la sentencia del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos se estableció un hito jurisprudencial para las personas LGBTQ en Honduras, así como en la región en relación a las diversas conformaciones de familias existentes. La Corte IDH interpretó por primera vez el concepto de familia social, indicando que la construcción de familia no debe restringirse a la familia nuclear o a nociones tradicionales, bajo el entendido de que hay diferentes formas en las que se materializan los vínculos familiares.

Este análisis se trae a colación debido al contexto de discriminación, prejuicio y violencia que atravesamos las personas LGBTQ, el cual se puede manifestar incluso dentro de nuestras propias familias. Esta violencia se manifiesta a través de actos de odio como ser el desarraigo familiar, violencia física, psicológica, social, económica, expulsiones de los hogares, violaciones correctivas e incluso, culminando en muertes violentas. Esta violencia motivada por la orientación sexual, identidad y expresión de género de las personas imposibilita la convivencia familiar.

Ante esto, las personas LGBTQ construimos vínculos sociales fuera del vínculo familiar tradicional, los cuales a través de la convivencia, amistad, apoyo económico-social y construcción de vida en común constituyen familias, tal como ocurrió en este caso.

Tras el abandono de su familia biológica, Leonela Zelaya y Thalía Rodríguez construyeron una familia tras más de una década de convivencia, en los cuales se apoyaron mutuamente en diversas situaciones, viviendo como mujeres trans, portadoras de VIH, ejerciendo el trabajo sexual y en situación de pobreza, enfrentando constantes episodios de detenciones arbitrarias y violentas por parte de los órganos policiales.

Tras su asesinato, fue Thalía quien recogió el cuerpo de Leonela en la morgue de Tegucigalpa y quien gestionó el féretro a través de la Funeraria del Pueblo. Los servicios fúnebres de Leonela Zelaya fueron realizados en un bar por mujeres trans, trabajadoras sexuales, al cual no asistió ningún miembro de su familia biológica.

El asesinato de Leonela y la falta de esclarecimiento generaron a Thalía un sentimiento de inseguridad, frustración e impotencia. Por estas violaciones de derechos humanos, la Corte reconoció a Thalía Rodríguez, en calidad de familiar de Leonela, como víctima del caso, generando estándares aplicables a todas las personas LGBTQ.

A juicio de la Corte, esta situación lleva a que, en casos de muertes violentas de mujeres trans, las personas que integren las redes de apoyo de la persona fallecida puedan ser declaradas víctimas por la violación de sus derechos a la integridad psíquica o moral, siempre que se acredite la existencia de un vínculo estrecho con la víctima y una afectación a sus derechos, derivada, por ejemplo, de las gestiones realizadas para obtener justicia. Esta sentencia logra reconocer que las personas LGBTQ construimos familias sociales, familias elegidas, e indica que estas deben ser reconocidas y validadas.


* Abogada litigante del caso Leonela Zelaya y otra vs Honduras, Red Lésbica Cattrachas

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Noticias en Español

El 2026 bajo presión

La realidad que enfrentan las organizaciones LGBTQ en EEUU

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(Foto de Michael Key por el Washington Blade)

El año 2026 no comenzó en blanco para las organizaciones LGBTQ en Estados Unidos. Llegó precedido por un proceso que se activó con fuerza en 2025 y que hoy se manifiesta como una reconfiguración profunda del ecosistema de derechos, servicios y sostenibilidad comunitaria. No se trata de una crisis momentánea ni de un ajuste administrativo pasajero. Lo que está ocurriendo es un cambio estructural en la forma en que el Estado define, financia y condiciona la igualdad, la accesibilidad y la atención a poblaciones históricamente vulnerables.

Desde los primeros meses de 2025, la administración federal inició la retirada o revisión de múltiples órdenes ejecutivas y disposiciones que protegían explícitamente a personas LGBTQ en áreas clave como salud, educación y acceso a servicios. La justificación oficial ha girado en torno a la eliminación de lo que se denomina “ideología de género” y a la redefinición restrictiva del concepto de sexo, limitado exclusivamente a criterios biológicos. Este cambio discursivo no quedó en el plano simbólico. Se tradujo en nuevas reglas de elegibilidad, en la cancelación de subvenciones, en la eliminación de recopilación de datos y en una creciente incertidumbre administrativa que ha afectado directamente la operatividad de organizaciones comunitarias en todo el país, como ha documentado la Kaiser Family Foundation.

La salud fue uno de los primeros campos donde se sintió el impacto. Programas vinculados a la atención integral, a la prevención del VIH, a la salud mental y a la investigación en poblaciones LGBTQ comenzaron a perder respaldo federal. Subvenciones previamente aprobadas fueron canceladas o sometidas a revisión bajo criterios ideológicos, no científicos. Reuters y Associated Press han documentado cómo esta nueva orientación provocó la interrupción de investigaciones financiadas por los Institutos Nacionales de Salud, afectando proyectos que buscaban comprender mejor las desigualdades en salud, el acceso a tratamientos y las condiciones de vida de comunidades ya marginadas. La consecuencia inmediata no es solo la pérdida de conocimiento, sino la erosión de la capacidad del país para diseñar políticas públicas basadas en evidencia.

La educación siguió un camino similar. A lo largo de 2025, el discurso oficial contra los programas de diversidad, equidad e inclusión se tradujo en recortes presupuestarios y en señales claras a los sistemas educativos. Talleres de prevención de acoso, programas de formación docente, iniciativas de acompañamiento estudiantil y espacios seguros que durante años fueron sostenidos por alianzas entre escuelas y organizaciones LGBTQ comenzaron a desaparecer o a ser suspendidos por temor a perder fondos. El mensaje fue inequívoco: la igualdad dejó de ser una prioridad financiable. En ese vacío, quienes pagan el precio son jóvenes que pierden redes de apoyo fundamentales en etapas decisivas de su vida.

A este escenario se sumó un fenómeno menos visible pero igualmente dañino: el condicionamiento del lenguaje. Organizaciones que no se dedican exclusivamente a temas LGBTQ, pero que atienden poblaciones diversas, comenzaron a recibir directrices que restringen términos y enfoques en sus propuestas de financiamiento. Esto ha generado autocensura institucional, debilitamiento de programas y una sensación generalizada de inseguridad jurídica. Cuando las organizaciones no saben si nombrar una realidad puede costarles su existencia, el impacto va mucho más allá del presupuesto.

El efecto acumulado de estas decisiones comenzó a hacerse evidente en 2025 y se consolida en 2026. Servicios que antes funcionaban con relativa estabilidad ahora operan al límite. Se reducen horarios, se despide personal, se priorizan únicamente los casos más urgentes y se crean listas de espera que antes no existían. La prevención cede espacio a la emergencia, y la emergencia, como bien sabe la salud pública, siempre resulta más costosa y más dolorosa.

Puerto Rico ofrece un ejemplo claro de cómo esta dinámica se acelera en contextos con menos margen de maniobra. La pérdida de fondos federales por parte de organizaciones comunitarias ha tenido efectos inmediatos, obligando a cierres de programas, reestructuraciones profundas y una dependencia aún mayor de donaciones locales en un mercado filantrópico limitado. Lo que en otros estados puede tardar años en sentirse, en la isla se manifiesta en meses. Y, sin embargo, la necesidad de servicios no disminuye; al contrario, aumenta en contextos de incertidumbre económica y social.

Frente a este panorama, las organizaciones LGBTQ no han permanecido inmóviles. El 2026 las encuentra ensayando estrategias de supervivencia que, aunque diversas, comparten un mismo objetivo: no colapsar. Muchas han acelerado la diversificación de sus fuentes de ingreso, apostando por donantes individuales recurrentes, campañas comunitarias y modelos de membresía. Otras han intentado desarrollar servicios híbridos que permitan generar ingresos propios para sostener programas gratuitos. Las alianzas con universidades, sistemas de salud, municipios y organizaciones comunitarias más amplias se han convertido en una tabla de salvación para compartir costos y mantener presencia territorial.

Pero también hay decisiones dolorosas. Reducciones de personal, cierres temporales, eliminación de proyectos no considerados esenciales y una redefinición constante de prioridades. Estas medidas no son señales de mala gestión; son respuestas defensivas ante un entorno que se ha vuelto hostil e impredecible.

Lo que muchas veces queda fuera del debate público es que este proceso no afecta solo a las organizaciones como estructuras administrativas. Afecta a personas concretas. A jóvenes que pierden espacios seguros. A personas trans que ven restringido su acceso a servicios de salud. A familias que ya no encuentran acompañamiento. A activistas que quedan más expuestos en un clima social cada vez más polarizado. La retirada de fondos no elimina las realidades humanas que esos programas atendían; simplemente las empuja hacia la invisibilidad y el sufrimiento silencioso.

El 2026, entonces, no es únicamente un año de ajustes presupuestarios. Es una antesala que pone a prueba el compromiso real del país con la igualdad y la dignidad. Cuando los derechos dependen de ciclos políticos y los servicios esenciales quedan sujetos a criterios ideológicos, lo que se debilita no es solo una comunidad específica, sino el tejido social en su conjunto.

La pregunta que queda abierta no es si las organizaciones LGBTQ resistirán. Históricamente lo han hecho. La verdadera pregunta es cuántas personas quedarán sin protección en el camino y cuánto daño se normalizará antes de que la nación asuma que la accesibilidad, la educación y la salud no pueden ser tratadas como concesiones temporales.

El 2026 ya comenzó. Y lo que está en juego no es una narrativa cultural, sino la capacidad de una sociedad para sostener, con hechos y no solo con discursos, la dignidad humana.

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Colombia

Colombia anunció la inclusión de las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad

Registraduría Nacional anunció el cambio el 28 de noviembre

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(Foto via Bigstock)

OrgulloLGBT.co es el socio mediático del Washington Blade en Colombia. Esta nota salió en su sitio web.

Ahora los ciudadanos colombianos podrán seleccionar las categorías ‘trans’ y ‘no binario’ en los documentos de identidad del país.

Este viernes la Registraduría Nacional del Estado Civil anunció que añadió las categorías ‘no binario’ y ‘trans’ en los distintos documentos de identidad con el fin de garantizar los derechos de las personas con identidad diversa.

El registrador nacional, Hernán Penagos, informó que hizo la inclusión de estas dos categorías en los documentos de: registro civil, tarjeta de identidad y cédula de ciudadanía.

Según la registraduría: “La inclusión de estas categorías representa un importante avance en materia de garantía de derechos de las personas con identidad de género diversa”.

Estas categorías estarán en el campo de ‘sexo’ en el que están normalmente las clasificaciones de ‘femenino’ y ‘masculino’ en los documentos de identidad.

En 2024 se inició la ejecución de diferentes acciones orientadas implementar componentes “‘NB’ y ‘T’ en el campo ‘sexo’ de los registros civiles y los documentos de identidad”.

Las personas trans existen y su identidad de género es un aspecto fundamental de su humanidad, reconocido por la Corte Constitucional de Colombia en sentencias como T-236/2023 y T-188/2024, que protegen sus derechos a la identidad y no discriminación. La actualización de la Registraduría implementa estos fallos que ya habían ordenado esos cambios en documentos de identidad.

Por su parte, el registrador nacional, Penagos, comentó que: “se trata del cumplimiento de unas órdenes por parte de la Corte Constitucional y, en segundo lugar, de una iniciativa en la que la Registraduría ha estado absolutamente comprometida”. Y explicó que en cada “una de las estaciones integradas de servicio de las más de 1.200 oficinas que tiene la Registraduría Nacional se va a incluir todo este proceso”.

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