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Un amor de las cárceles cubanas: La Yalorde y el Faña

Hombre gay y persona no binaria se enamoraron tras las rejas

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La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota escrito por Manuel de la Cruz salió en su sitio web el 19 de mayo.

LA HABANA — El 18 de marzo de 2022 a las 5 de la tarde, Yasniel vuelve en sí y Samuel le da la noticia: “Padrino, muy linda Oshún hoy. Mandó que te dijera que iba a traerte algo de tu pasado que ya dabas por perdido”.

Yasniel no tiene idea de si el mensaje que dio la Ocha a través de su cuerpo en aquel tambor, se refería a un proyecto de vida abandonado o a una gloria disoluta, pero los designios de la diosa que viste de amarillo prometían a su hijo otra gracia. La orisha nunca olvidaría una pequeña luz en los años oscuros que su omoddé pasó en la prisión del Manto.

Mientras, en Lawton, Oshún posee gradualmente a Yasniel al son del elerí efá que golpean los tamboreros, a más de 19 kilómetros de allí, Ignacio camina por todo Cuatro Caminos de Bejucal buscando la casa de su amigo Yoelito. Allí inmortalizaría, en su espalda y con las mayúsculas indiscretas de Monotipe Cursive, el nombre de su esposa Marieli.

Minutos después, en La Habana, Oshún detiene el sonido del añá pronunciando el clásico baba koyugba con que se presenta a los invitados, mientras en Bejucal una aguja esterilizada afinca las siete letras del nombre de la mujer que abandonó a Ignacio el pasado marzo, víctima de un fulminante cáncer de riñón. Una hora después, ocho dígitos unen la Habana y Bejucal en una sola llamada.

“Yasniel, soy yo, Ignacio. ¡Yasniel, Yasniel!” La Yalorde arroja el celular abruptamente. “¿Qué pasó, niña?”, le pregunta Irene. Yasniel no responde. La Yalorde está en blanco. Recoge el teléfono del piso, pero no acierta a contestar, solo oye: “Soy yo, Ignacio”. “¿Qué Ignacio?”, responde Yasniel. “Ignacio mija, el Faña. ¡Ven pa’ acá pa’ Bejucal!”

Yasniel deja que se queme el picadillo de pollo en el fogón, y durante los siguientes minutos balbucea turbadamente todo el cariño añejo que le lleva guardado al Faña. Hace más de un año que no saben el uno del otro y Yasniel ahora solo oye insistente una orden: “Te dije que en la calle iba a ir por ti ¡Ven pa’ acá pa’ Bejucal, ya!”

Ignacio, el Faña

A Ignacio Grandía Terrero no lo conocen en Bejucal por el Faña, a pesar de ser notorio que es fañoso. Ese alias se lo puso la Gorda en la Prisión de Menores de La Lima.

Disturbios públicos, episodios de violencia y robos periódicos, entre muchas otras conductas, lo llevaron a la cárcel por primera vez con casi 17 años. Es el segundo de tres hijos, el único varón. Hoy trabaja en el campo, sembrando y recogiendo papas o cualquier otra hortaliza, según la estación del año. La menor de las hembras, de ocho años, le dice a la madre: “Yo no voy a ser como Ignacio, yo si voy a estudiar”.

Desde los 10 años, Ignacio conoció el alcohol, los carnavales de Bejucal, las putas, los ansiolíticos y todo tipo de calmantes y opiáceos que lo fueron llevando lo mismo a innumerables trifulcas sin motivo, que a periódicas y placenteras siestas en los parques del pueblo o al pie de un árbol cualquiera.

Ama los caballos y las rústicas “arañas”, artefactos de hierro y madera donde suelen alcanzar velocidades vertiginosas los guajiros como él, expertos en esa disciplina.

Antes de caer en prisión, llevaba el pelo de múltiples colores y formas siempre extrovertidas. Short sin calzoncillos, pulóver o más más frecuentemente camisetas. Unas botas de agua en los pies, lo mismo en las ciénagas que en las plazas. También servían para esconder un cuchillo no desestimable en tamaño, filo y experiencia.

En la familia de Ignacio los hombres toman ron y las mujeres atienden a los hombres. Los machos salen al alba y regresan al mediodía con dinero, con mucho dinero. Sabrá solo Dios de dónde lo sacan. Regresan también con todo lo que se lleva a la boca, pero no lo cocinan. Ese es el trabajo de las mujeres. Duermen la siesta y en la tarde noche salen a beber e incluso a pelear. Ignacio ha encarnado a su padre, de quien solo recibió un beso cuando estuvo a punto de caer en un coma etílico.

El Faña atesora y comparte, mientras se eriza visiblemente, relatos sobre güijes, cagüeiros, brujas, ñáñigos. Un espíritu indio se le aparece para mostrarle el lugar exacto donde le guarda una fortuna. Ignacio le pide al buen ser, quien solo asoma cuando lo ve en extrema embriaguez, que lo deje en paz y se aleje. Teme que le pida a cambio su hermana pequeña o un hijo que tendrá en el futuro.

Al menos dos de sus tíos siguieron las instrucciones de sus respectivos indios, que al parecer asisten a los machos de los Grandía a razón de un espíritu indio por cada hombre de la familia. Cada uno de ellos encontró, en el mismo lugar que les fue indicado, valijas con joyas, lingotes de oro, monedas y todo tipo de objetos valiosísimos del siglo XIX. Los tíos abandonaron Cuba hace más de 10 años, tras haberse podido costear junto a sus esposas e hijos, lanchas rápidas hasta Miami.

“A uno de mis tíos el muerto le dio eso, pero le dijo que se iba a llevar lo primero que él viera al llegar a la casa. Estaba adaptado a que cuando iba llegando le salía corriendo el perro chiquito y por eso le dijo al muerto que sí. Pero cuando llegó a la casa, chifló y su niño de 2 años salió por la puerta pa’ afuera. No dio tiempo ni a que mi tío lo cogiera en las manos. Ahí mismo cayó muerto”, dice el Faña.

“Para qué enamorarme de la vida, si mi destino es casarme con la muerte”, reza uno de sus tatuajes. La irresuelta rutina de a quien no aprendió a pensar en el futuro, lo hizo caer públicamente en los hoyos de la delincuencia. Así llegó al Manto en agosto de 2018. 

Cumplió su condena en los centros penitenciarios y campamentos del Manto, la Lima y la Oca. Su cuerpo tupido de tinta es un resumen de la sabiduría del sobreviviente. El Faña fue decorando su piel con rosarios, flores espinosas, relojes, mujeres desnudas y un Cristo redentor, a medida que luchaba por ganarse el respeto entre los menores con quien compartía la cárcel, y así se redimió de las blandenguerías y los miedos que no son de hombre.

La Gorda es uno de los muchos maricones con los que el Faña compartió prisión. Sonríe al recordar a Jicotea, a Mamota, a la Denis, a la Pinareña y a muchas más. A los maricones en las cárceles los llaman comúnmente “madrinas”, así como los hombres, bugarrones o no, se convierten en los “ahijados”.

Las madrinas, para reafirmar su poder, suelen malcriar a sus ahijados de vez en cuando. Por eso, aquel día, cuando el Faña le pidió un cigarro a la Yalorde, la Yalorde no se lo negó.

La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

De Coco a la Yalorde

Yasniel Arencibia Oliver pasó sus primeros cuatro meses de prisión en el depósito del Vivac, a la espera de su juicio. Allí le apodaron Yalorde, en alusión a la Ocha que había coronado en su elerí. En la familia le apodaban Coco, y solo otras de sus amigas, Jicotea entre ellas, le decían habitualmente Negra. Nació de Martica el 15 de septiembre del año 2000. A su padre lo ha visto en menos de cinco ocasiones en sus 21 años.

Yasniel lleva en su cuerpo al menos seis cicatrices de diferentes formas y tamaños. Su tez negra oculta el rastro de los planazos que recibió de sus tíos cuando, a temprana edad, comenzó a mostrar sus maneras femeninas. Solo su abuela y su madre intercedían. Por eso cuando quedó huérfano, a los 11 años, primero de su madre y ocho meses después de su abuela, la vida de Yasniel pasó a ser un registro de violencia doméstica y desabrigo.

Fue confinado a un corral de puercos, a comer y dormir con ellos hasta que se le quitara la mariconería. Tras plantarse allí, recibió innumerables golpizas. Vivió también en un terreno abandonado a más de 100 metros de su casa, donde amigas como la Yoel le llevaban un poco de arroz y potaje.

Sus hermanas mayores y tíos se enteraron de su “desviación” por boca de la misma abuela, uno de sus únicos amores y de las pocas en la familia que le celebró la gracia. En una casa de negros paleros, santeros y abacuás, a Coco lo imaginaron como el depósito del legado lucumí de la familia y, ante la frustración, salió a la luz todo el rechazo homofóbico que encuentra hogar en las religiones afrocubanas y, por ende, en sus sacerdotes y profesantes. 

Antes de sus 11 años, Coco ya había validado su predestinación para los cultos yorubas. Como bastón y heredero de su abuelo negro, uno de los últimos cagüeiros que conoció Matanzas, le enseñaron el padrenuestro a la temprana edad de 4 años en castellano y en lengua ngangulera.

Desde esa edad sus ojos conocieron todo tipo de fenómenos legendarios. Visiones, sueños lúcidos, premoniciones cumplidas, brujas sin rostro que viven en chozas rústicas y se escurren a las 3 de la mañana, ñocas que te saludan al pararte delante de una nganga, tatas poseídos por espíritus que hacen escupir sangre y caminar sobre carbones encendidos.

Su abuelo lo llevaba al monte y le enseñaba cada término en palo y su significado. Le entregó, como única y buena sabiduría, la tradición ngangulera. Así pudo deducir que, como mismo “perro que come perro es comido por otro perro”, hombre no come hombre y, si lo hace, cualquier hombre igualmente se puede hacer cargo de él.

Cuenta la familia que a la temprana edad de siete años, Coco fue poseído por un espíritu de prenda, quien profetizó acertadamente numerosos episodios. El abuelo falleció años antes que la abuela y que Martica. Yasniel recuerda que horas después de haber muerto, sentado al pie de su prenda, según la tradición de los paleros ñáñigos, se le vio dejando entrar por última vez a Ta José para que se lo llevara definitivamente al reino de ará onú.

Cuando su abuela partió al “mundo de la verdad”, Coco tuvo que aprender las mañas para sobrevivir en el mundo de la materia. Su camino se debatió entre machos homofóbicos y violentos. Vivió en la calle despoblada donde un bugarrón podía ofrecer 250 pesos para meterle el rabo y en el parque oscuro donde una billetera borracha debía terminar en sus manos.

Los tíos y él transaron, al pasar de los años, luego de llevarle a fiestas públicas para que diera punzonazos y se hiciera de un nombre. “Querían que, si iba a ser maricón, fuera guapo”, recuerda.

Hoy reconoce que irremediablemente iba a caer preso alguna vez. La inestabilidad del desamparo daba poco oxígeno a su libertad: “Si no me hubieran cogido presa dándole el escándalo a aquel policía, hubiera sido en una fajazón en la calle”. Cuando quedó absuelto en el juicio, y todos sus amigos fueron condenados, regresó a golpear violentamente al policía que lo detuvo, solo para cumplir condena junto a sus colegas.

De iyawó visitó la cárcel. Oshún y sus espíritus le avisaron que se quedara en casa durante 3 días, pues Ochosi lo llevaría a su ilé. En septiembre de 2019, con tres intentos de suicidio en su haber y un tratamiento permanente para la epilepsia y su trastorno limítrofe de la personalidad, Yasniel Arencibia Oliver entró a las rejas del depósito del Vivac. Allí, además de convertirse en una madrina más, cambiaría definitivamente el alias de Coco por otro más adecuado: Yalorde.

El idioma del Manto

Cuando la Yalorde llegó al Centro Penitenciario Jóvenes de Occidente, se sentía como una experimentada en prisiones de menores. Ya había pasado cuatro meses en el agitado Vivac y todavía no le cortaban el pelo. Se las ingenió para seguir medicándose con cipresta y lucía unos senos pequeños. Con una peluca corta y apretadas hizo su entrada al Manto.

Por las ventanas de los dormitorios los presos asoman sus rabos hambrientos de hembra y los masturban frenéticamente. Una silueta femenina se presentaba para su deleite. Luego se enterarán de que la leche se desparramó en nombre de un pájaro. En realidad eso no trascendería mucho, pues en el Manto los adolescentes le tiran a cualquier cosa. Las oficiales también lo saben y no ponen reparos: “Tira pero no me embarres” es la única condición que ponen.

La Yalorde pasa al dormitorio y no sabe que aquí no es bien visto que los homosexuales se desvistan públicamente. Debió cambiarse en el baño. Minutos después del error, le roban la ropa. La Denis ha empatizado con ella y le da un consejo: “Mami, aquí se roban todo, lo que tienes que hacer es dar un espectáculo”. Yasniel pregunta: “¿Pero un espectáculo a la forma de la calle?” La Denis le dice que “más grande todavía”.

Coge la seña la Yalorde y en medio del dormitorio de la Compañía 3, arma un bullicio estridente que reclama atención y sus pertenencias. Ya se ha desvestido completamente de su ropa de presa. Los reclusos la miran y hacen silencio. El Consejo, formado por cinco presos que se encargan de mantener “el orden” en cada compañía, sabe quiénes han tomado la ropa, pues nadie hace nada en esta prisión de menores sin que el Consejo lo sepa. A pesar de saberlo, nadie se inmuta. El espectáculo comienza.

Yasniel regresa del baño, desnuda con un cubo. En un solo movimiento arroja al piso sus heces fecales y los presos suben alarmados a sus literas. La Yalorde muestra cada vez más furia por el robo irrespetuoso.

Cuando promete cortarse, el Consejo la analiza desde sus camas. Su siguiente paso es decisivo, por tanto, lo cumple. Con un espejo se abre cinco centímetros de piel en el antebrazo izquierdo. Ya es suficiente para todos. Cuando el maricón se autolesiona ha demostrado pertenecer a ese grupo que vivirá en la prisión. El resto de cobardes solo podrá sobrevivir. A mayor locura, mayor peligrosidad. A mayor peligrosidad, mayor respeto y rango.

Entonces el Consejo le devuelve sus pertenencias, e incluso dos blúmeres que no eran suyos, como gesto de rendición. Una bienvenida calurosa le dio etiqueta a su madrinaje. La validó como guapa. Cuando Ignacio regrese del pase, al día siguiente, se enterará de quién es la nueva y el calibre que ostenta.

El Faña ha cumplido casi dos años de condena y el día anterior a su libertad, le anuncian que le ha salido una causa nueva.  Se frustra y lo golpea todo a su alrededor. Ahora debe mirar de nuevo el Campamento de la Oca por los siguientes dos años y seis meses.

Habla con “el Puro”, que es como se le dice al guardia, y le pide que lo retire del campamento. Allí ha estado junto a otros presos no homosexuales, que son los únicos con derecho a componer estas brigadas, realizando trabajos de pintura, albañilería o chapea.

“Si no me suben pa’ la prisión cerrada, me voy a fugar pa’ la pinga o me voy a cortar to’”, amenaza. El guardia le ofrece un pase, junto a la promesa de enviarlo al Manto tras su regreso.

En la segunda noche de la Yalorde en la Compañía 3 del Manto, el Faña se ha enamorado de sus labios prominentes, de su mirada indescifrable. Le pide un cigarro a Yoel y este le indica que se lo pida a la madrina. Después del regalo, continúan las miradas.

Es el único lenguaje en que usará el Faña para dar su primer amor a la Yalorde, pues en una prisión de menores los maricones son aceptados, pero los bugarrones no. Es como si existiera una doctrina que dictaminara que los primeros nacieron para ser mujeres, mientras los otros se debilitaron en el camino y deben pagar un precio.

Si un bugarrón le hace señas a un maricón indicándole el baño, pueden suceder varias cosas y en ninguna de las variantes sale perdiendo el homosexual. Primero, puede suceder que el maricón asista a la cita y disfruten sin riesgo alguno. Segundo, que el maricón le cuente la faena al Consejo, haciéndole una seña a uno de ellos para que le acompañe al baño a ver, y este, al sorprender al bugarrón en el lugar de la espera, arremeta contra él a golpes desenfrenados.

A esta posibilidad se suma la violencia de todo el Consejo y de cuanto preso guapo quiera aterrizar al descubierto. Pero la opción de los más sagaces, es la tercera: el maricón decide hacer cómplice a algún otro preso de la jugarreta, y así tener un testigo ocular, para un permanente chantaje. A esto se le llama “hechizar”.

Si el bugarrón ha sido “hechizado”, le debe al maricón lo que él pida a costa de su silencio. A veces le exige pelear con otros presos para no embarrarse las manos. Le ordena reclamarle al “buquete”, que es quien sirve la comida, más alimentos para el “hechicero”. Peleas incesantes, recados peligrosos y, más usualmente, el contenido del “saco” que le traen sus familiares.

Otras formas de “hechizo” consisten en golpear a un preso cada rato, encimarse en su temor para ordenarle favores, y cuando el dominado se mete en alguna reyerta por cualquier causa no ordenada por su amo, el amo mismo sale a defenderlo.  Así crea un vínculo de dominación basado en la confusión, siempre para mayor comodidad de quien “hechiza”.

A veces el mismo amo orquesta un conflicto externo para demostrarle protección a su “hechizo”. Las madrinas siempre tienen cigarros para regalar, no porque el poder adquisitivo de sus familiares sea mayor, sino porque ellas suelen ser las que “hechizan” a más de un preso durante su condena.

El Faña ha sobrevivido a estos y otros entramados, y no pretende vendimiar para sí el calificativo de bugarrón, pero el cruce incesante de miradas y el roce de las manos en el intercambio de cigarros con la Yalorde se ha ido volviendo periódico e intenso. A este tipo de romance irresuelto que no ha desembocado en sexo, en la cárcel le llaman “sodomia”.  

El Faña sale en las mañanas para su brigada, y desde la formación voltea el cuello hacia la ventana. Desde allí la Yalorde lo embelesa como ningún otro maricón había logrado hacerlo.

Por razones administrativas, aquel día los jefes cambiaron al Faña para la Compañía 1. Cuando la Yalorde se enteró, comenzó a vaciarse. La Denis sospecha que la negra ayuna por desamor y la apoya trayéndole la comida. Al Faña le duele también la lejanía, pero solicitar un cambio para la compañía anterior lo delataría ante los presos.

Uno de ellos le dice a la Yalorde que el Faña le contó todo sobre ellos. Ella envía un papel con el mensajero, donde le pide al Faña que se defina. Ignacio jamás había contado nada y entendió que el mensajero lo estaba probando. Salió ileso, pues ambos eran bugarrones. Para borrar rastros, el Faña se comió el papel íntegramente.

La Yalorde entiende el riesgo que han corrido y decide confirmar el romance por otra, más sutil. No puede pedir traslado, porque no se lo otorgarán sin motivo. Debe ser regañada. Usa una justificación barata, mientras estaba de “buquete”.

“Coño, mana, ¿por qué me das un solo pan? Yo soy maricón igual que tú y estamos pa’ ayudarnos”, le reclama Adriana. “A mí nadie ni pinga me habla así”, contesta la negra y se lanza contra ella. Adriana “le echa a la policía”. Es decir, la acusa ante los superiores. La medida que se dictamina es la deseada. Al otro día, la Yalorde duerme a medio metro del Faña. “Ahora sí me compliqué”, pensó Ignacio.

Si lo vivido hasta el momento fue profundo y nuevo, las madrugadas siguientes marcarán sus años para siempre. La raíz crecía a pesar de que en el exterior solo florecían las miradas e el intercambio de cigarros.

La Yalorde y el Faña (Foto de María Lucía Expósito/Tremenda Nota)

Algún que otro preso oyó al Faña cantar, pero jamás supo que, aunque cantaba mirando al techo, la letra se la estaba dedicando a la Yalorde. La Yalorde le respondía en la misma clave y les daban las 3 de la mañana en este repentismo romántico. En los pocos momentos de posible privacidad, el Faña le prometió firmemente a la Yalorde: “Cuando salga de la prisión voy por ti”.

Escribió los ocho dígitos del celular de Yasniel en la Biblia, en el techo, en la cama y en la memoria. Yasniel le sostuvo la mirada durante horas una noche, hasta que una lágrima de amor engavetado protestó. El silencio protector de estas bocas que jamás se besaron, los inmortalizó como amantes en un lugar donde no se podía amar sin temor a morir. Pero las condenas, como los temores, sorprenden en sus finales.

Cada tres meses bajaban los análisis de los casos propuestos para libertad condicional. Cada vez que llamaban al Faña y otros colegas presos para formar y esperar el milagro, la Yalorde se enfriaba. Al Faña y sus amigos al menos tres veces les entregaron la carta donde se afirmaba que no estaban listos para la reinserción social. Ellos, a modo de protesta, ripiaron la carta y se la comieron. La carta que no pudo comerse el Faña fue aquella que dejó libre a la Yalorde.

“Te la ganaste, hermana”, le dijo Jicotea llorando. Yasniel solo piensa en el Faña, en que al salir lo más probable es que la historia que han vivido desaparezca. Piensa también en que afuera no tiene una madre o una abuela que la espere, ni un hombre que haya sufrido por ella todo este tiempo. La alegría de salir al exterior le exige extinguir el amor más lindo que ha vivido.

La Yalorde saca sus cuentas. Si comete alguna indisciplina grave será revocada, pero como solo le quedan ocho meses, no será enviada a otro lugar, sino a la misma compañía. Solo así puede vivir junto al Faña el tiempo que a le quede a él.

Como parte de las ceremonias usuales cuando a un preso le otorgan la libertad, un recluso le lleva una colcha a la Yalorde. Es la última de sus noches aquí, y obviamente no va a dormir, pero Yasniel ve en este inocente un medio para llegar a su fin. La agresión es el camino para ser revocada.

“Hoy yo te voy a regalar a ti mi libertad”, le dice. Va en busca de un objeto para agredirlo, pero Jicotea y otras amigas entienden mucho de presidio como para dejarla complicarse así. La detienen, la aguantan, la apaciguan. La Yalorde llora por el vacío que dejará la prisión en ella.

El Faña no puede siquiera mirar a los ojos de la negra. En la madrugada, cuando les quitaron un instante la luz, tomó la mano de Yasniel y la metió en su pantalón. La Yalorde jamás le había tocado la pinga al Faña. Nadie lo había hecho. Este símbolo le dejó entender a Yasniel que aquello fue más que “sodomia”.

“Cuando salga voy por ti, negra”, le repitió en el baño por la mañana. Con esa esperanza, y para conservar al Faña en su recuerdo, Yasniel llevó a casa la almohada de su hombre.

A las 8 de la mañana hay lágrimas confusas en la Compañía 3 de la prisión de menores del Manto. Jicotea y la Yalorde se abrazan como si jamás fueran a verse, cosa que fácilmente les puede pasar.

Al Faña le quedan meses dentro y no puede despedirse como quiere, pues representaría para él una escandalosa salida de clóset. Va al baño y llora. Desde la ventana ve irse a su negra linda y se seca las lágrimas para que nadie se entere. A este niño que solo ha conocido el infortunio, el rechazo y la violencia, nadie jamás lo ha amado tal cual es. Solo su negra, la Yalorde. Y ahora la vida la arranca de su lado.

El reencuentro

La Yalorde decidió olvidar. No le hacía bien desearlo en la distancia. Olerlo tampoco, y guardó la almohada. El Faña la llamó por teléfono un día.

El único modo que tienen para verse es que Yasniel visite a otro maricón, a Jicotea por ejemplo, o que ella misma le cuadre desde fuera una pretendiente que venga a visitarlo. La Yalorde usa ambas estrategias.

En una de las visitas encubiertas que hace, le envía una carta con Jicotea. El Faña la lee, la siente, y luego, como de costumbre, se la come.

En la última visita que recibe, la Yalorde se emperifolla y es de nuevo aquella mujer que entró al Manto un día. El Faña la azora y la despide, celoso porque provocaba las miradas bugarronas de la prisión.

Unos meses después, Ignacio recibe el único papel que no se va a comer. Lo celebra por todo lo alto. Marca los ocho dígitos de su negra, le pide que venga a buscarlo. Yasniel alquila un carro, pero al llegar se entera de que el hombre se ha ido por sus propios medios. Ambos lloran. Lo más probable es que, si no se vieron ese día, no se verán jamás.

En casa, al Faña le espera su mujer, a quien le cuenta que se ha enamorado de un maricón. Marieli, más que su esposa, es su amiga. Le ha pagado putas, alguna vez lo ha bañado en total embriaguez. Se entera del romance y lo aprueba.

Ignacio le promete amarla hasta el último de sus días, hasta que el cáncer o Dios se la lleve a su regazo. Por eso le cuenta también que cuando ella no esté, entregará su vida a la que lo hizo feliz en el Manto. Marieli sonríe y le pide que cuide a la Yalorde como si fuera ella misma.

El 18 de marzo de 2022, Yasniel tiene que bailar un tambor. Como subidor de santo le han puesto un plato con dos velas, dos cocos, y 2.500 pesos a su Oshún, pidiéndole licencia para que baje en el añá. Mientras Yasniel, en La Habana, se baña y se acicala, la realidad en Bejucal es de todo menos festiva.

El Faña no ha descansado. Toda la madrugada estuvo en el policlínico con su esposa. Llegando el amanecer, Marieli le dijo que lo amaría siempre, donde sea que estuviera. Tomó su mano y partió al mundo de la verdad. El Faña colapsó y quiso arremeter contra médicos y enfermeras. Quiso tener delante a Dios o al Diablo para golpearlo. Lloró hasta el sueño, se empastilló y se hizo algunas cortadas.

Mientras Yasniel se baña, el Faña duerme. Mientras Oshún está tomando el cuerpo de la Yalorde, el Faña está marcando un teléfono. Le piden que llame más tarde.

Luego de la conversación telefónica de la tarde, la Yalorde coge una A9 hasta Santiago de Las Vegas, y le paga 300 pesos a un chofer para que la adelante hasta Bejucal. Yasniel jamás ha ido allí, pero sabe que está destinado a encontrar al Faña.

Llega de madrugada y un maricón del pueblo le hace “la pala” en el parque para que los hombres que la están mirando sepan que no está sola. Una hora más tarde, siente que le tiran besos a lo lejos. Su corazón se acelera. El Faña tiene tatuado en el cuello una boca que besa, probablemente la de su negra. En la prisión, las pocas veces que le hacía una seña, nunca chifló o la llamó por su nombre, siempre le repetía ese sonido.

A lo lejos la negra distingue el cuerpo de Ignacio y siente que es lo suficientemente mujer como para que su hombre no la haya olvidado. Se acercan y no hablan, no saben manejar el momento.

“Camina, es pa’ allá”, dice el Faña. Y van en total silencio hasta la casa, recordando los intensos tres meses del Centro Penitenciario Jóvenes de Occidente. La Yalorde no habla nada. El Faña sí: “Te dije que iba a ir por ti cuando saliera en libertad”.

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Matanzas, la capital cubana del Orgullo LGBTQ

AfroAtenAs y otros grupos forman parte de ‘Matanzas, ciudad inclusiva’

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Rumba contra la transfobia y la homofobia (Foto cortesía de AfroAtenAs)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 26 de junio.

MATANZAS, Cuba — En una extensa jornada que comenzó el 11 de junio y ha tenido su momento culminante este 26, la ciudad de Matanzas se convirtió en el foco principal de las celebraciones por el Mes del Orgullo LGBTIQ+ en Cuba.

El proyecto AfroAtenAs, junto a otros grupos como la Iglesia de la Comunidad Metropolitana y el “Dame la mano”, desarrollaron numerosas actividades, incluidas algunas comunitarias, que forman parte de una iniciativa con años de trabajo, denominada “Matanzas, ciudad inclusiva“.

Las actividades han sido muy diversas, y entre ella se cuentan ferias comunitarias, actividades deportivas y galas culturales que abordan la necesidad de espacios de inclusión para la comunidad LGBTIQ+.

La jornada abrió el 11 de junio con un taller de capacitación en materia de derechos humanos para activistas y grupos LGBTIQ+. El taller contó con dos conferencias que abordaron la Constitución cubana, el proyecto de Código de las Familias y otras leyes previstas en el cronograma legislativo de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

El 18 de junio se realizó una recogida de desechos por el Día Internacional de los Océanos y una Olimpiada LGBTIQ+.

Para llegar a los niños y jóvenes proyectaron audiovisuales y también se presentaron 

artistas aficionados en diferentes espacios.

El 22 y 23 de junio se realizó la Fiesta Popular de San Juan y el 25 dedicaron la jornada a la no violencia hacia las mujeres y las niñas.

Este 26 de junio, en uno de los momentos más esperados por el activismo se realizó un pequeño desfile por las calles de Matanzas hasta la Plaza Vigía, bajo el lema de “Todos los derechos para todas las personas”.

Después del pasacalle, que fue acompañado por una rumba, hubo una feria de negocios locales con venta de artesanías, música en vivo, intercambio con activistas y promotores de salud, e incluso se promovió la adopción de animales si hogar.

En la tarde de este domingo, se celebró también una ceremonia interrreligiosa en defensa de las familias LGBTIQ+, que fue auspiciada por la Iglesia de la Comunidad Metropolitana. Para cerrar este amplio calendario de eventos, en la noche abrió sus puertas la Sala White con una gala dedicada a la negritud en la comunidad LGBTIQ+ cubana.

Yoelkis Torres, fundador de AfroAtenAs, comentó a Tremenda Nota que el programa fue muy bien acogido: “En todos los espacios las personas llegan, preguntan, se incorporan ¿cuándo es? ¿qué sucede? ¿cómo va a ser? ¿cuándo van a hacer más cosas?”.

Yoelkis explica que ocurrió “un debate serio y conflictivo” con las autoridades políticas y culturales para que fuera posible llegar a los espacios públicos de la ciudad y que estas jornadas pudieran realizarse en su plan original.

Desde 2018, AfroAtenAs desarrolla la campaña “Matanzas, ciudad inclusiva” para concientizar a la ciudadanía sobre las demandas de la comunidad LGBTIQ+. En ese mismo año comenzaron a utilizar el lema #TodosLosDerechosParaTodasLasPersonas en acciones de activismo realizadas durante el proceso de consulta y referendo de la Constitución que entró en vigor en 2019.

Más tarde, en 2021, iniciaron una nueva etapa de esta campaña para promover en Cuba el proyecto de Código de las Familias.

Los activistas del comité organizador de la campaña enviaron en abril de 2021 una misiva a Esteban Lazo Hernández, el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y a otros funcionarios, en la que solicitaban que se tuvieran en cuenta las principales demandas de las personas LGBTIQ+ al momento de redactar la futura ley.

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Grupo LGBTQ en El Salvador homenajea a víctimas de crímenes de odio

Se realizó la ‘Plegaria Rosa’ de Asociación Entre Amigos el 18 de junio

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

SAN SALVADOR, El Salvador – Más de 600 personas de la población LGBTQ han sido asesinadas en El Salvador en los últimos 31 años; son casos de violencia sexual y física hacia esta población que aún continúan impunes. 

Por décimo año la organización LGBTQ Asociación Entre Amigos el 18 de junio se realizó la actividad denominada “Plegaria Rosa”, la cual tiene como objetivo homenajear a las víctimas por crímenes de odio y violaciones de derechos humanos debido a su orientación sexual e identidad de género. 

Esta vez el evento se realizó en el Teatro Municipal de Cámara Roque Dalton en la ciudad de San Salvador. Asistieron muchos activistas, amigos y familiares de víctimas que alzaron sus plegarias en memoria de aquellos que ya no están. 

William Hernández, director de la organización anfitriona, agradeció a todos los presentes por su voluntad de participar del acto con “las vibras y la energía de las personas que ya no están con nosotros, poder recordarles y mantenerles vivos en nuestra memoria”; también lamentó que no pudiera participar la doctora Ana Isabel Nieto, coordinadora del Programa Nacional de ITS/VIH/SIDA en el Ministerio de Salud, debido a que se encuentra fuera del país cumpliendo sus labores. 

“Estamos aquí porque no debemos permitir olvidarlos, porque no debemos permitir que más personas de nuestra comunidad formen parte de una fría estadística”, mencionó en el evento Joaquín Caseres, miembro de la Asociación Entre Amigos. 

Además, agregó que es importante que se sepa que esas personas victimas tienen rostro, y que sus familiares y amistades les siguen demostrando que están con ellos, con una solicitud de un minuto de aplauso se comenzó el homenaje de esa tarde. 

El acto conmemorativo estuvo a cargo del seminarista de la Iglesia Episcopal Anglicana de El Salvador (IAES) y coordinador del Ministerio de Diversidad Sexual de la misma, Cruz Edgardo Torres, quien con unas lecturas propias para el evento reflexionó para el público. 

“Estamos rodeados de una ideología de muerte en donde nuestra comunidad está frente al cañón, son nuestras vidas las que exigen sacrificio de las teologías odio, generadoras de muerte, que se plantean como defensoras de la vida y la familia”, alega enérgicamente en su mensaje el seminarista. 

También agregó que a muchas personas LGBTQ no les gusta utilizar la palabra comunidad al referirse al colectivo, pues no existe un sentimiento de unidad y por eso hay que trabajar en ello, “es nuestra responsabilidad con las personas que ya no están aquí”, agrega Torres. 

La técnica especialista del Ministerio de Cultura, Brenda Rosales, asistió por primera vez a la Plegaria Rosa, menciona que casi no conocía las actividades de las organizaciones LGBTQ en el país, pero que ahora que ahora como funcionaria pública, comprende muchas cosas que continúan siendo una “deuda histórica” con la población LGBTQ. 

“Me encantó esta actividad, porque es una conmemoración para aquellas personas que han fallecido a causa  del odio sin sentido; este evento refuerza la hermandad y solidaridad entre nosotros y nos da la fortaleza para seguir esta lucha por el respeto para todas y todos”, comentó Rosales al Washington Blade. 

El evento terminó con la participación del coro Acuarela Coral del licenciado Ángel Rivas, que con sus interpretaciones conmovieron a las personas asistentes. 

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‘Dios no te quiere’: Un culto cristiano que acabó en manifestación por los derechos LGBTQ

‘Derechos sí, fundamentalismos no’ en Cuba

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El escritor y activista Manuel de la Cruz (Foto cortesía de Lisbeth Moya)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 6 de junio.

LA HABANA — Esta tarde, dos pájaros tomados de la mano, una gorda, un iyabó y una negra con cara de pocos amigos, somos el estorbo.

Ella lo sabe y le pide a Dios para que no seamos una piedra en el buen camino. Intercede, como toda guerrera espiritual, en alta voz, para que su rezo nos sirva de lección.

La negra y yo estamos hasta la coronilla de recibir pullas. Los dos pájaros, que están de manos un poco más a la derecha, no logran distinguir lo que habla la señora que reza en alta voz.

La señora exhibe un pulóver con un mensaje cristiano. Me lo deja ver, como combatiendo mi abanico multicolor y las manos tomadas de los pájaros, que se llaman Maykel y Osmel.

Claudia, la negra, prefiere reírse para no estallar cuando la señora dice cosas como “Dios, doblega a tus enemigos, barre con todo lo que no sirva”. No nos deja oír al predicador.

Osmel tampoco puede oírlo, pero en su caso otra voz cercana es la culpable. Un señor a su lado, intercesor también, practica la glosolalia, una práctica común del pentecostalismo que consiste en entrar en éxtasis espiritual y hablar un vocabulario nuevo y sin traducción, asumido por los creyentes como “la lengua del espíritu”.

Un muchacho viene a nosotros para invitarnos a participar en la liturgia. Le agradecemos el gesto. Se retira, sigiloso. Hace dos minutos conversó con Lisbeth, la gorda. Le propuso lo mismo. Indagó sobre su vida, sobre su cámara y sobre su perra. Lisbeth preguntó sobre los motivos de la celebración, las edades de los presentes, sobre cómo vencían el temor al espacio público.

A una pregunta de ella, le dice que los cristianos no tienen ningún problema con “esa gente”. Se refiere a las personas LGBTIQ+. “De hecho, allá atrás hay cuatro”, y señala despectivamente en dirección al iyabó, los otros pájaros y la negra.  

El iyabó soy yo, Manuel de la Cruz. Todo lo que llevo es blanco menos el collar de Yemayá y un abanico con los colores del arcoíris.

Claudia recibe una llamada y dice que tiene que irse. Sin querer, dejé de oír al predicador, pues hay un evento contiguo que se roba mi atención. Un balón de fútbol rompe la membrana del círculo cristiano en varios momentos. Golpea y tumba la bicicleta de un “hermano”, entra por los pies de uno de los músicos del culto.

Unos metros más atrás del predicador, unos 14 chicos ondean sus rabos sin disimulo bajo la ropa, mientras sus piernas juegan a las fintas, cambios y patadas de balón. Mis ojos van con ellos, y vuelven solo de vez en cuando a mirar al líder del evento religioso.

Hay varios evangélicos hermosos, altos, en su mayoría bien vestidos. Jóvenes con barbas incipientes y bocas de pocos besos. Lisbeth está conversando con otro de ellos, uno de los más lindos.

“Mis hermanos”, dice el pastor, “tomen la mano a quien tenga al lado, abrácelo, pongan la mano en el hombro, y unámonos todos los presentes para orar”.

Los cristianos que nos rodeaban, con mucha timidez, prefirieron avanzar unos metros, correrse a la derecha, a la izquierda, a cualquier lado, para cumplir el mandato del predicador. Nadie les ofreció una mano a los pájaros. Nadie abrazó a los pájaros. Como si Dios no los quisiera.

Las terapias pentecostales para dejar de ser gay 

En la iglesia de las Asambleas de Dios de Santiago de Cuba, había un servicio de atención diferenciado para las personas que parecían LGBTIQ+. Un grupo de líderes-terapeutas detectaban a los muchachos “amanerados” y los sometían a una disciplina especial.

Osmel Padilla Hernández lo vivió en su adolescencia. El líder de jóvenes, un diácono y algún ministro laico, seleccionado en calidad de testigo, llamaban al detectado para someterlo a interrogatorio. Buscaban las causas de su “amaneramiento” y “homosexualidad”.  

Hurgaban en su historia familiar. Querían encontrar un tío que lo hubiera abusado sexualmente en la infancia. Buscaban una ausencia de “patrón masculino” que lo hubiera inclinado por fuerza a las maneras femeninas. Buscaban infructuosamente. En lo que aparecía una causa más precisa, se debatían entre la doctrina de la posesión demoníaca y los peligros de asociarse con personas homosexuales.

Osmel cree hoy que lo hubiera pasado mejor en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Allí estuvo hasta que el aburrimiento en la liturgia, y la poca apertura a prácticas carismáticas, lo hicieran huir a las Asambleas de Dios.

“Al menos, en la iglesia adventista, no me hubieran dicho que era gay por culpa de un demonio, pues ellos no creen en eso. Allí me hubieran reclamado fidelidad a mi pareja o una conducta sexual bien moderada”, dice Osmel, que no sabía lo que el destino le deparaba.

La terapia de conversión a la que fue sometido en las Asambleas incluyó varias regulaciones y prohibiciones. Cero contacto con otros “amanerados” de la propia iglesia. El banco donde Osmel se sentaba a escuchar las prédicas en los cultos dominicales, era el banco de Osmel solamente. Sus amigos, confinados por los líderes a otro sitio más distante, se resignaban a enviarle miradas compasivas.

Las reuniones con los ministros persistieron, y aquel muchacho de 17 años que quería adorar y servir a Dios, tenía que rendir cuenta de sus pensamientos e instintos sexuales a los líderes. Cero salidas con hermanos que no se mostraran lo suficientemente heterosexuales como para serle tropiezo. Le impusieron tutores masculinos para que absorbiera un poco de toda la testosterona del cielo. Para ser como Cristo, hay que ser tan macho como sus siervos en la Tierra.

Sus amigos, algunos de ellos “amanerados”, entendidos como pájaros por los pastores de jóvenes, tuvieron que bloquear a Osmel de sus redes sociales. Debió dejar de visitarlos, de abrazarlos, de expresarle su cariño.

Condenado a una soledad y discriminación sin precedentes en su vida, se convirtió en un adolescente triste con constantes dudas sobre el verdadero Dios, sobre el carácter amoroso del que tanto le predicaron. Roto, sin deseos de desechar al Dios que él había conocido, abandonó las terapias, los diáconos, las Asambleas, y hasta la ciudad de Santiago de Cuba, en agosto de 2019.

Llegó a La Habana como un migrante más, y buscó a Dios en otra iglesia. Los bautistas libres le abrieron las puertas. A los pocos meses le abrieron el teléfono, y descubrieron sus conversaciones con otros hombres. La historia se repitió en otro contexto y con otros protagonistas.

Sin amigos ni contactos, fue rodando en busca de un sitio para homosexuales de fe, homosexuales que quisieran ser tan cristianos como homosexuales. Su fe mutó. Su vida entera había cambiado.

Osmel Padilla actualmente es un judío devoto que espera el sábado de cada semana, Janucá en diciembre, y la fiesta de Pesaj, que celebra la liberación del pueblo de Israel de su esclavitud de Egipto.

Vive con su novio Maykel. De manos con él llegó a la Piragua en la tarde del domingo 5 de junio, donde muchos de sus conocidos, quienes le profesaron amor y posteriormente rechazo, adoraban Dios y le lanzaban miradas de desconfianza.

‘Me molesta verlos de la mano en la calle’

El primer minuto en el que estoy al lado de Lisbeth, me limito a escuchar su conversación con el trigueñito bonito de pocos argumentos. Me parece conocido.

Lisbeth pone en la mesa el debate sobre el matrimonio igualitario. El muchacho se aturde. Entro en la conversación y me asumo como gay, cosa que no es necesaria pues mi vestimenta y abanico son un discurso. El muchacho me esquiva, no me quiere mirar y mucho menos responder. Ofrece una excusa y se marcha. Lo veo como asume su sitio junto a los líderes del evento. Era uno de ellos.

Me insulto, y voy en busca de Maykel para contarle la hipocresía aquella. A Lisbeth Moya, una mujer heterosexual, han venido varios evangélicos a predicarle. A nosotros, los pájaros, solo uno nos ha invitado, y este, ahora me esquiva.

Caminando hacia donde están Maykel y Osmel, escucho al predicador. Me quedo absorto. Abro mi abanico, y desde esa altura, acaparo la atención de todos y la mirada del pastor, quien me fija los ojos y dice: “Es penoso que tengamos que encontrarnos en la calle a tantas personas que les gustan personas de su mismo sexo. Me molesta ver cómo está proliferando todo este movimiento de homosexuales, tener que verlos de mano en la calle”.

Estallé. La impotencia de Maykel es igual o mayor que la mía. Rompió la barrera uniforme circular, detrás de él, Osmel y yo. En solo segundos, un judío, un iyabó, un ateo, los tres, pájaros, estábamos en el centro de aquella circunferencia fundamentalista. No sabíamos todo lo que vendría.

El bebé Jesús 

Cuando yo tenía dos meses de edad, actué por primera vez. Hice el rol del bebé Jesús en el pesebre. Mi debut sucedió en una iglesia bautista del Cotorro. Una década después, ya en una iglesia pentecostal del mismo Cotorro, empecé a orar por mis pensamientos homosexuales.

Tres años después, desestimé la teoría del demonio, pues hijo de cristiano es cristiano, y un verdadero cristiano no brinda morada a otro ente que no sea el Espíritu Santo. A los 13 años ya practicaba la glosolalia. Al igual que Osmel, caía al suelo ante la imposición de manos. Había visto situaciones paranormales producto de la sugestión, y había sido víctima de represión homosexual.

Me había enamorado de Adrián. Recostaba la cabeza en su hombro en cada culto hasta que fuimos reprendidos severamente. A los 18 ya predicaba en el templo, en las casas y en la calle. A esa edad recibí mi credencial de ministro laico en el templo principal de las Asambleas de Dios del Cotorro.

Estudiante de teología, hice dos cursos en uno, hasta hacerme profesor mientras todavía era estudiante. Me gradué de traductor de griego koiné neotestamentario en febrero de 2012, y seguí como maestro. Al mismo tiempo, cuando fungía como líder de música en mi propia iglesia, me nombraron presidente presbiterial del departamento de música que abarcaba las iglesias pentecostales del Cotorro y San Miguel del Padrón.

Predicaba en eventos, y fui jurado de otros, además de maestro, conferencista, payaso y teólogo soteriológico o apologético. No hubo joven o adulto en las Asambleas de Dios de La Habana que no conociera a Manuel de la Cruz.

A los 20 años no pude con tanta represión e hipocresía. Senté a mi madre y le confesé que llevaba tiempo luchando con pensamientos y prácticas homosexuales. Mi madre me dio dos opciones, “el maletín verde o el negro”. Me fui de la casa. Me reuní también con los líderes de mi iglesia y de presbiterio, y les dije que, por no querer llevar una doble vida, entregaba mis cargos, pero no renunciaba a la fe ni a la asistencia eclesiástica.

Ellos indagaron como buenos espías. Descubrieron mi homosexualidad y la expusieron públicamente en una reunión dominical. Mi madre estaba presente, y tuvo que oír al pastor Ángel Toledo, secretario nacional de las Asambleas de Dios en Cuba, decir que el hermano Manuel de la Cruz tenía prohibida la entrada a la iglesia por “haber asumido conductas sexuales desviadas de la voluntad de Dios y juntarse con personas mundanas y homosexuales”.

La cacería comenzó. Yo quería seguir a Cristo. Como Juan, como Pablo, a pesar de ser gay. Yo quería conservar a los buenos amigos que había hecho, pero la iglesia condicionó la membresía de ellos si seguían hablándome o tratándome. Dos amigos fueron expulsados por no rechazarme. Otra fue puesta en disciplina un año, medida que te impide tomar participación en la liturgia o en la dirección de un culto. Más de 50 casas se cerraron para mí, además de la casa de mi madre.

Amigos pecadores, impíos, vagabundos y desechados, como aquel samaritano de la parábola, me dieron alojamiento, comida y limpiaron las heridas que los fariseos abrieron en mi alma.

Un año después quise volver a los caminos del Señor. Las condiciones no habían cambiado. Fui a otra iglesia, pero la medida se había extendido desde mi anterior iglesia a otras comunidades de las Asambleas de Dios. Quise al menos recuperar a mis amigos, y los líderes ratificaron sus amenazas. Me dedicaron sermones, series de sermones y cultos especiales. No decían mi nombre, pero tampoco hacía falta.

Mi fantasma rondó las Asambleas de Dios durante años, hasta que yo decidí viajar con mi fe por la vida, y unir los principios allí adquiridos con otros de las religiones afrocubanas.

Quedan personas que me conocen y conocen esta historia. Algunos han hablado de errores, otros prefieren callar. Algunos de ellos estaban en la Piragua, abrazados, orando a Dios, orando como yo les enseñé. Los identifiqué enseguida que llegué.

Me miraron y no vinieron a saludarme porque ahora soy un iyabó abiertamente homosexual, objeto de la ira de Dios, de sus siervos, de la Seguridad del Estado y de la memoria histórica de las Asambleas de Dios.

‘No es un demonio, soy yo’ 

“Derechos sí, Fundamentalismos no”, repite Osmel, rasgando su garganta, desde el centro del parque. “Igualdad de derechos, sí al matrimonio igualitario”, coreamos Maykel y yo.

Al menos por dos minutos reina el desconcierto entre los alrededores de 200 cristianos reunidos. No saben qué hacer. Alguien nos intercepta. Nos zafamos. Seguimos voceando consignas, reivindicando los derechos del colectivo LGBTIQ+. Cogemos calma y queremos hablar, pero no nos dejan. Los líderes indican cantar. Deben acallar nuestras voces. Empiezan con himnos que, más que alabanzas, son consignas guerreras.

“Oigo cadenas caer”, dice una de las plegarias. La conozco, Osmel también. No atino a nada. Osmel ondea en alto el abanico que ya me ha quitado de la mano, mientras canta aquello con más fuerza que el mismo pastor.

El muchacho que me negó la palabra, canta a viva voz desde una esquina. Las intercesoras comienzan a reprender a los demonios, rodean el lugar de un lado a otro, pidiendo ángeles que frenen aquello. Alguna va hasta la patrulla que vigilaba a pocos metros. Los policías no intervienen.

Maykel y yo no oímos nuestras propias voces. La bulla, a voz prima, es ensordecedora. Osmel trasmite en vivo, quiere inmortalizar el deber que tuvo con él mismo, durante años, de sacar toda la furia del dolor que le hicieron pasar. Nos callamos unos segundos, y entre el fin de un canto a otro, decido que, aunque me quede afónico, debo llegar a la gente. Tengo una historia que contar.

“¡Ustedes me separaron de mi madre, de mis amigos!”, les digo y señalo a mis conocidos. “Él me conoce, sabe que lo que digo es verdad”.

Empiezo a captar la atención de algunos, mientras veo que se abalanzan sobre Maykel para retirarlo del centro. Maykel no cede. Tampoco Osmel, que ha decidio gritar su historia también.

Osmel reconoce allí caras del pasado, y las confronta directamente. Hay un grupo de personas que mecánicamente repite los cantos y esquivarnos la mirada. Hay otros que callan, nos oyen. Algunos se asombran y otros muestran interés.

Los líderes tratan de sacarnos del centro. Nos sugieren insistentemente irnos a una esquina a conversar. “¡No, su pastor nos ha ofendido!” es la respuesta.

“¡Te reprendo en el nombre de Jesús!”, dice el pastor. Espera que baje un rayo y me dé un punto en la boca, pero eso no sucede.

“No me reprendas que no es ningún demonio el que está aquí, no es Yemayá”, le respondo. “Soy yo, un cristiano que ustedes desecharon”.

Solo podemos gritar, no porque queramos imponernos, sino porque cada vez nuestros argumentos son más filosos y lapidarios. Ponemos en tela de juicio cada palabra dicha. La experiencia es nuestra base. El temple de Maykel nos acompaña y anima.

Los cristianos no han roto su circunferencia, solo entran a acompañarnos los líderes. Desde los bordes, muchos graban, otros se ríen, algunos lloran. Una chica dice que “es mucho para ella”, y pide que le busquen un médico. Se desmaya. Lisbeth les da consejos para reanimarla, pero ella es anatema y la ignoran.

Mi garganta no da más, pero he contado mi historia. Viene gente que siente culpa. Sienten culpa con Osmel. Sienten que han excluido eternamente a Maykel, que era católico en su infancia y recuerda haber oído al cura ofender a una persona homosexual presente en la misa.

Ya no les quedan cantos. Pensaron que Dios no permitiría que venciéramos. Somos los demonios. En una actitud espontánea, la mayoría de los presentes se hinca de rodillas para suplicar con más vehemencia.

Recuerdo en ese instante cuántas veces estuve de rodillas, y cuántas veces después de declararme gay quise visitar una iglesia para hacerlo nuevamente. Me arrodillo ahora. En el centro del círculo. Ellos no se lo esperan. Imponen manos sobre mí. “No voy a manifestarme con ningún demonio, no es necesario que me impongan manos”, les digo.

Osmel es un alma libre que ondea el abanico y danza al compás de los cantos bélicos. Ellos no entienden. Un excompañero de iglesia se le acerca y le dice que no es justo que haga esto. Osmel piensa en la justicia, y recarga su ira y frustración: “¡No es justo lo que ustedes me han hecho a mí, ustedes jodieron mi vida, y lo están haciendo ahora mismo con otros jóvenes como yo!”

Ya he gritado toda mi historia, y los líderes del evento han venido a mí, consternados por ella. He dicho nombres conocidos, cargos conocidos. Un muchacho de mediana estatura se me acerca.

“Discúlpame, todo esto es culpa mía, quiero pedirte perdón por todo lo que te hicieron. Quiero pedirte perdón por lo que habló el predicador. Yo soy el organizador del evento, y me tocaba predicar a mí. No debí cederle el puesto a él. Si yo hubiese predicado, jamás los hubiera tratado así”, dice.

Hay quien con más firmeza ordena a Maykel que se calle. Que en el nombre de Jesús se calle, que deje avanzar la celebración. “¡Este culto ya se acabó!”, responde, y no saben qué decir.

Señalo al muchacho que me rechazó y grito todo lo que hizo. Él se escabulle entre la multitud.

Los muchachos siguen jugando fútbol, luego de detenerse un momento. Pero ya no me percato de sus rabos ondulantes ni de sus sudores de hombre. Ya las barbas incipientes y las bocas de pocos besos me asquean. Todos han disfrazado, al estilo pentecostal, su homofobia en santidad.

Alguien convence al pastor. Viene a disculparse, pero tiene cero coherencia y queda preso en el desastre ante nuestros argumentos. Se dice y se contradice. Se disculpa y se marcha.

Ordenan detener el culto. Me entero porque un líder se lo susurra a otro. Tal parece que la policía se hartó del intercambio, pero algunos no quieren dejar morir el momento. Quieren hacerlo suyo. Alguien me ofrece su ayuda para cambiarme. Me dice que Dios puede enseñarme a no practicar más la “homosexualidad”.

“Yo no practico la homosexualidad, yo soy homosexual. Tú no practicas la heterosexualidad, tú eres heterosexual”, le explico. “¿Alguien aquí decidió ser homosexual o heterosexual?”

Líder tras líder han venido. Uno se acerca a Maykel y lo confronta a gritos. Soberbio, el pájaro lo deja sin habla. “¡Dios no te quiere!”, grita. El cristiano se ríe. “No te quiere por excluir”. El pájaro les ha mostrado al Dios que ha recibido, y se los da de vuelta.

La multitud va desintegrando el círculo. Se nos acercan con lágrimas en los ojos. Una mujer piadosa abraza a Maykel. Un amigo le dice a Osmel que lo ama, y le da un beso y un abrazo que dura mucho rato. A mí nadie me quiere tocar. Yo no quiero cariño ahora. Yo quiero derechos, respeto, igualdad. Todo lo que ellos no quieren para nosotros.

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