December 8, 2016 at 1:29 pm EST | by Maykel González Vivero
Fidel’s death leaves us with everything to do
Cuba, Revolution is Unity, gay news, Washington Blade, Fidel Castro

A sign on the road between the cities of Santa Clara and Sagua la Grande, Cuba, with former Cuban President Fidel Castro‘s picture reads “revolution is unity.” (Washington Blade photo by Michael K. Lavers)

The man of inconsistencies has died. Founder of schools and concentration camps, endless orator and suppressor of dissenting voices, Fidel Castro is defined by his contradictory gestures. While America was in charge of a suit tailored for the party that was the Cold War, he went to dance a Cossack dance in Moscow. When America opened its nuclear umbrella to defend countries without nuclear weapons, he shouted: “Nikita, shoot first.” Fidel Castro had a paradoxical beard.

Cubans are not sure what to do with this body. On one hand, the reforms of recent years have left Fidel’s regime untouched. Cuba remains under the control of a single party and it has failed to overcome the economic stagnation. The Cuban system, at this point, can only survive if stagnation were to continue. Any attempt to correct it would cause the whole thing to collapse.

The mass funerals prove the need to prolong the myth of Fidel, to make it more pharaonic so that Cuba will continue in the routine of immobility.

Barack Obama’s policies interrupted the lethargy. Trump gives the necessary enemy back to Havana. Another context for the regime’s international isolation and eternity is coming. They have a sense of déjà vu when they remember political speeches of confrontation and the scenario where obstinacy was entrenched. It was a landscape with two sides: A battle between good and evil, depending how you look at it.

Raúl Castro’s government made no concession in terms of human rights during the process of normalizing relations. But at least he agreed to sit at the table. Perhaps the United States was not the best interlocutor, but Obama was. Or so it seemed. Because, in any case, his gifts for political communication highlighted the oldness, the ineffectiveness of the governing discourse in Havana.  

Over the last year, however, the situation of human rights defenders has deteriorated. A major campaign began in state media against certain emerging forms of journalism, against alternative newspapers. It reached a climax a month before Fidel Castro’s death: Massive detentions when we did not expect them. The arrests appeared to be an inexplicable remedy in the new context of dialogue.

The great funeral that ended in Santiago de Cuba proves that the era of mass mobilizations, the era of dichotomies and political fanaticism has not ended in Cuba. Fidel Castro left behind a country accustomed to a single command and a charismatic leadership, a failing nation that responds to political diversity with intransigence that still works effectively for the Third World and countries that have recently moved to the left, but rule of law does not work domestically.

Independent activists, these islands of civil society who endure, predicted desperate reactions. Repression will increase. They await new attacks against forms of journalism that are beyond state control. Of course, the samizdat newspapers are already unstoppable on the web. They cannot be burned like papers.

LGBT rights activists, however, remain discouraged because it is impossible for us to associate with each other. The fact that some groups function does not imply that a true movement capable of channeling the demands of a community with so many historical debts exists.

Fidel Castro’s death leaves us with everything to do. Political reform is still pending. The system is preparing theirs and there are many indications that it will reform the military, to build some credibility in their exercise of power.

The following has yet to be done: Marriage equality and the press law, administrative decentralization and a pluralistic Parliament. In short, democracy is about to happen without the “historic generation” of the Cuban revolution, without Fidel’s absorbing trajectory. Yes, we will have the clearest way.

Maykel González Vivero is an independent Cuban journalist and LGBT activist.

La muerte de Fidel nos encontró con todo por hacer

Murió el hombre de las incongruencias. Fundador de escuelas y de campos de concentración, orador infinito y mordaza de palabras ajenas, a Fidel Castro lo definen sus gestos contradictorios. Mientras América se encargaba un traje a medida para la fiesta de la Guerra Fría, él se fue a bailar una danza cosaca en Moscú. Cuando América abría su paraguas nuclear, él gritaba: “Nikita, dispara primero.” Fidel Castro tenía una barba paradójica.

Los cubanos no saben a ciencia cierta qué hacer con este cadáver. Por un lado, el régimen de Fidel permanece intocado, a pesar de las reformas de los últimos años. Cuba sigue sometida al partido único y no consigue superar la deformación económica. El sistema cubano, a estas alturas, sólo puede sobrevivir si persiste en la deformación. Cualquier intento de corrección acabaría por derrumbar el edificio.

Los multitudinarios funerales prueban la necesidad de prolongar el mito de Fidel, de hacerlo más faraónico, para que Cuba continúe en la rutina de su inmovilidad.

Las políticas de Barack Obama interrumpieron el letargo. Ahora Trump le devuelve el enemigo necesario a La Habana. Viene otro pretexto para el aislamiento internacional y la eternidad del régimen. Los discursos políticos de confrontación recuerdan, como un déjà vu, al escenario donde se enquistó la obstinación. Un paisaje con dos orillas. Una batalla entre el bien y el mal, según la orilla que se use para mirar.

El gobierno de Raúl Castro no hizo concesión en materia de derechos humanos durante el proceso de normalización de relaciones. Pero al menos accedía a sentarse a la mesa. Quizás Estados Unidos no era el mejor interlocutor, pero Obama sí lo era. O lo parecía. Porque, en cualquier caso, sus dotes para la comunicación política evidenciaron la vejez, la inoperancia del discurso gobernante en La Habana.

Durante el último año, no obstante, la situación de los defensores de derechos humanos empeoró. Comenzó una gran campaña de los medios estatales contra cierto periodismo emergente, contra los periódicos alternativos que aparecieron en los últimos meses. Llegó el clímax un mes antes de la muerte de Fidel Castro: detenciones masivas cuando no las esperábamos, cuando las detenciones parecían un recurso inaplicable en el nuevo contexto de diálogo.

El gran funeral concluido en Santiago de Cuba prueba que la era de las movilizaciones, la era de las dicotomías y el fanatismo político, no ha acabado en Cuba. Fidel Castro dejó un país habituado al mando único y al liderazgo carismático, una nación defectuosa que responde a la diversidad política con intransigencia, que todavía funciona afectivamente para el tercer mundo y las recientes izquierdas, pero no funciona hacia adentro como un Estado de derecho.

Los activistas, esas islas que la sociedad civil conserva, pronostican reacciones desesperadas. La represión arreciará. Aguardan nuevos ataques al periodismo que se consolida fuera del control estatal. Desde luego, ya los periódicos samizdat resultan indetenibles en la web. No se les puede quemar como a papeles.

Los activismos por los derechos LGBT, en cambio, continúan desalentados por la imposibilidad de asociación. Que funcionen algunos grupos no implica que exista un verdadero movimiento capaz de encauzar las demandas de una comunidad con tantas deudas históricas.

La muerte de Fidel Castro nos encontró con todo por hacer. La reforma política sigue pendiente. El sistema prepara la suya y abundan indicios de que se hará en provecho de los militares, para construirles alguna credibilidad en su ejercicio del poder.

Todo está por hacer: el matrimonio igualitario y la ley de prensa, la descentralización administrativa y el parlamento plural. En fin, la democracia está por hacerse. Sin la generación histórica, sin la trayectoria absorbente de Fidel, eso sí, tendremos el camino más despejado.

Maykel González Vivero es un periodista y activista LGBT independiente cubano.

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