Connect with us

Cuba

Cuban lawmakers to consider simplifying process for trans people to change IDs

National Assembly in July will reportedly debate proposal

Published

on

A transgender Pride flag flies over Mi Cayito, a beach east of Havana. (Washington Blade photo by Michael K. Lavers)

Cuban lawmakers are reportedly poised to consider a proposal that would allow transgender people to legally change the gender marker on their ID documents without surgery.

Cubadebate, a government-run website, on May 11 referenced the proposal in an article about an International Day Against Homophobia, Biphobia, and Transphobia march in Havana that the National Center for Sexual Education organized.

Mariela Castro, the daughter of former Cuban President Raúl Castro who spearheads LGBTQ issues on the island, is CENESEX’s director.

Cubadebate notes the National Assembly in July will consider an amendment to the country’s Civil Registry Law that “for the first time would allow citizens to determine the sex on their identification cards without the need for a court order or gender assignment surgery.”

Argentina, Uruguay, Germany, and Malta are among the countries that allow trans people to legally change their name and gender without surgery.

Cuba’s national health care system has offered free sex-reassignment surgery since 2008, but activists who are critical of Mariela Castro and CENESEX have said access to these procedures is limited. Mariela Castro, who is also a member of the National Assembly, in 2013 voted against a measure to add sexual orientation to Cuba’s labor code because it did not include gender identity.

The Cuban constitution bans discrimination based on sexual orientation and gender identity, among other factors. Authorities routinely harass and detain activists who publicly criticize the government.

Advertisement
FUND LGBTQ JOURNALISM
SIGN UP FOR E-BLAST

Cuba

Cuba bajo presión y sin respuestas

Cubanos no hablan en términos geopolíticos. Hablan de sobrevivir

Published

on

La Habana en 2017. (Foto de Michael Key por el Washington Blade)

Las tensiones entre Estados Unidos y Cuba han vuelto a subir de tono. No es algo nuevo, pero este momento se siente distinto. Las medidas más recientes desde Washington buscan cerrar aún más los espacios financieros del gobierno cubano, limitar sus fuentes de ingreso y presionar sectores clave de la economía. No es simbólico. Es una política directa.

Desde Estados Unidos, el mensaje es claro. Se busca provocar cambios que no han ocurrido en más de seis décadas. También hay un componente interno, una presión política que responde a sectores del exilio que llevan años exigiendo una postura más dura. Todo eso forma parte del escenario.

Pero esa es solo una parte.

Del lado cubano, la respuesta sigue un patrón conocido. El gobierno habla de agresión externa, de guerra económica, de un embargo que se endurece. Cada medida se convierte en argumento para reforzar su narrativa y cerrar filas. No hay espacio para reconocer errores propios. Todo apunta hacia afuera.

Mientras tanto, la vida en la isla va por otro camino.

La crisis energética que hoy vive Cuba no empezó con estas medidas. Lleva años acumulándose. El sistema eléctrico está deteriorado, sin mantenimiento suficiente, con fallas constantes. Los apagones no son nuevos. Lo que ha cambiado es la frecuencia y la duración.

Durante años entró petróleo a Cuba, especialmente desde Venezuela. Hubo acuerdos. Hubo suministro. Y aun así, la vida del cubano no mejoró. La electricidad seguía fallando, el combustible seguía racionado, el transporte seguía siendo un problema diario.

Entonces la pregunta sigue siendo la misma.

Si el petróleo estaba entrando, ¿por qué nada cambiaba?

¿Dónde fue a parar ese recurso?

¿Dónde está el dinero que generó?

Hoy se habla de restricciones al petróleo como si fueran la causa principal de la crisis. No lo son. Empeoran una situación ya frágil, pero no la explican completamente.

Hay una historia más larga que no se puede ignorar.

Lo mismo ocurre con las brigadas médicas.

Durante años se presentaron como un gesto de solidaridad internacional. Y en muchos casos lo fueron. Médicos cubanos trabajaron en condiciones difíciles, salvaron vidas, sostuvieron sistemas de salud en otros países. Eso es real.

Pero también funcionaron como una de las principales fuentes de ingreso del Estado cubano.

Muchos de esos profesionales no recibían el salario completo por su trabajo. Una parte significativa quedaba en manos del gobierno. En algunos casos, ni siquiera tenían control sobre el dinero que generaban.

Y hay algo más duro.

Si uno de esos médicos decidía no regresar a Cuba, ese dinero no llegaba a su familia. Se quedaba retenido.

Hoy varios países están revisando o cancelando esos acuerdos. Y otra vez, la respuesta oficial es señalar hacia afuera. Pero la pregunta sigue siendo inevitable.

¿Se está perdiendo un modelo de cooperación o un sistema que dependía del control sobre sus propios profesionales?

Dentro de Cuba, la conversación suena diferente.

La gente no habla en términos geopolíticos. Habla de sobrevivir. De cómo llegar al final del día. De los apagones, de la comida que no alcanza, del transporte que no aparece, de una vida que cada vez se hace más difícil.

Hay quienes miran las medidas de Estados Unidos con cierta expectativa. No porque quieran más escasez, sino porque sienten que el sistema no cambia por sí solo. Hay una sensación de estancamiento que pesa.

Pero esa expectativa convive con una realidad concreta.

Las sanciones no golpean primero a quienes toman decisiones. Golpean al ciudadano común. Al que hace la fila. Al que pierde la comida por falta de electricidad. Al que no tiene cómo moverse.

Esa es la contradicción.

El gobierno cubano pide solidaridad internacional. Y la recibe. Países que envían ayuda, organizaciones que se movilizan, voces que defienden a la isla.

Pero hay otra pregunta que también está ahí.

¿Esa ayuda llega realmente al pueblo?

La falta de transparencia en la distribución de recursos es parte del problema. Porque no se trata solo de lo que entra, sino de lo que realmente llega a quienes lo necesitan.

Reducir lo que pasa en Cuba a un conflicto entre dos gobiernos es no querer ver el cuadro completo.

Aquí hay responsabilidades compartidas, pero no iguales.

Estados Unidos ejerce presión con efectos reales sobre la economía cubana. Eso no se puede negar. Pero dentro de la isla hay un sistema que ha tenido décadas para corregir, para abrir, para responder a su gente, y no lo ha hecho.

Esa parte no se puede seguir esquivando.

Yo escribo esto como cubano. Desde lo que vi, desde lo que viví y desde la gente que sigue allá tratando de resolver el día.

Porque al final, más allá de lo que se diga entre gobiernos, la realidad es otra.

Cuba hoy está más apretada, sí. Pero también lleva años arrastrando problemas que nadie ha querido enfrentar de verdad.

Y mientras eso siga así, da igual lo que venga de afuera. El problema sigue estando adentro.

Nota del editor: Una versión de este comentario en inglés salió en el sitio web del Washington Blade el 7 de abril.

Continue Reading

Cuba

Cuba under pressure and without answers

Cubans talk about survival, not geopolitics

Published

on

A Pride flag hangs above Havana's oceanfront avenue in 2018. Cubans are struggling to meet their basic needs amid growing tensions between the U.S. and their government. (Washington Blade photo by Michael Key)

Tensions between the U.S. and Cuba are rising again. This is not new, but the current moment feels different. Recent measures from Washington aim to further restrict the Cuban government’s financial channels, limit its sources of revenue, and apply pressure to key sectors of the economy. This is not symbolic. It is a deliberate policy.

From the U.S. perspective, the message is clear. The goal is to force change that has not happened in more than six decades. There is also a domestic political dimension, shaped by sectors of the Cuban exile community that have long demanded a tougher stance. All of this is part of the landscape.

But that is only one side.

On the Cuban side, the response follows a familiar script. The government speaks of external aggression, economic warfare, and a tightening embargo. Each new measure becomes an opportunity to reinforce that narrative and close ranks. There is no room for public self-criticism. The blame always points outward.

Meanwhile, life on the island follows a different logic.

The energy crisis Cuba is facing today did not begin with these recent measures. It has been building for years. The electrical system is deteriorated, poorly maintained, and increasingly unreliable. Blackouts are not new. What has changed is how severe and how constant they have become.

For years, oil entered Cuba, especially from Venezuela. There were supply agreements. There were resources. And yet, the daily life of ordinary Cubans did not improve. Electricity remained unstable. Fuel was rationed. Transportation was still a daily struggle.

So the question is not new.

If the oil was there, why didn’t anything change?

Where did those resources go?

Where is the money that was generated?

Today, restrictions on oil are often presented as the main cause of the current crisis. They are not. They make an already fragile situation worse, but they do not fully explain it.

There is a deeper, longer story that cannot be ignored.

The same applies to Cuba’s international medical missions.

For years, they were presented as acts of solidarity. And in many cases, they were. Cuban doctors worked in difficult conditions, saving lives and supporting health systems abroad. That is real.

But they also functioned as one of the Cuban state’s main sources of income.

Many of these professionals did not receive the full salary for their work. A significant portion was retained by the government. In some cases, they had little or no control over the money they generated.

And there is a harsher reality.

If a doctor chose not to return to Cuba, that income often did not reach their family. It was withheld.

Today, several countries are reevaluating or canceling these agreements. Once again, the official response is to point outward. But the same question remains.

Is this the loss of international cooperation, or the collapse of a system built on control over its own professionals?

Inside Cuba, the conversation sounds very different.

People are not speaking in geopolitical terms. They are talking about survival. About getting through the day. About blackouts, food shortages, transportation problems, and a life that keeps getting harder.

Some see the new U.S. measures as a form of pressure that could lead to change. Not because they want more hardship, but because they feel the system does not change on its own. There is a deep sense of stagnation.

But that sense of expectation exists alongside a harsh reality.

Sanctions do not hit decision-makers first. They hit ordinary people. The ones standing in line. The ones losing food during power outages. The ones who cannot move because there is no fuel.

That is the contradiction.

The Cuban government calls for international solidarity. And it receives it. Countries send aid. Organizations mobilize. Public voices defend the island.

But another question is also present.

Does that aid actually reach the people?

The lack of transparency in how resources are distributed is part of the problem. Because this is not only about what enters the country, but about what actually reaches those who need it.

Reducing Cuba’s reality to a dispute between two governments avoids the core issue.

There are shared responsibilities, but they are not equal.

The U.S. exerts external pressure with real economic consequences. That cannot be denied. But inside Cuba, there is a system that has had decades to reform, to respond, to open, and it has not done so.

That part cannot continue to be ignored.

I write this as a Cuban. From what I lived. From what I know. From the people who are still there trying to make it through each day.

Because at the end of the day, beyond what governments say or decide, the reality is something else.

Cuba today is under more pressure, yes. But it has also spent years carrying problems that no one has seriously confronted.

And as long as that remains the case, it does not matter what comes from outside. The problem is still inside.

Continue Reading

Cuba

Celia Cruz, la eterna reina del azúcar

La Guarachera de Cuba fue más que una cantante

Published

on

Celia Cruz (Foto pública)

Hace un siglo nació en Cuba una mujer que transformó el mapa sonoro del mundo. Celia Cruz fue más que una cantante: fue una embajadora de la alegría, una voz que rompió muros, y un símbolo de identidad para generaciones enteras que encontraron en su grito de ¡Azúcar! una manera de resistir y de celebrar la vida.

Desde sus inicios en Las Mulatas de Fuego hasta su consagración con La Sonora Matancera, su voz se volvió sinónimo de fiesta, de nostalgia y de dignidad. Con su risa grande y su presencia arrolladora, Celia enseñó que el arte no solo entretiene: sana, consuela y redime. “Mi voz quiere volar, quiere atravesar…” cantaba, y lo hizo. Atravesó océanos, dictaduras, fronteras y lenguas. Voló desde La Habana hasta Nueva York, desde el Caribe hasta los escenarios del mundo entero, llevando consigo el eco de una isla que amó hasta el último suspiro.

En los años 90, cuando la crisis de los balseros desgarraba el corazón de Cuba, Celia regresó a su tierra. Lo hizo cantando en la Base Naval de Guantánamo, suelo cubano bajo control estadounidense. Allí, frente a hombres, mujeres y niños que habían huido del dolor, su voz se alzó como un himno de esperanza. No fue una visita política: fue un regreso espiritual. Fue su manera de besar la tierra que la vio nacer, de cantar por quienes no podían hacerlo y de abrazar a su pueblo con el poder de su música. En ese escenario, cuando pronunció “Por si acaso no regreso…”, el aire se llenó de lágrimas y tambor.

Decir Celia Cruz es hablar de Cuba, incluso cuando Cuba no podía pronunciar su nombre. En cada salsa, guaracha o rumba, vibraba el latido de una patria que vivía en su garganta. Fue nominada a trece Premios Grammy y seis Latin Grammy, de los cuales ganó cinco, y recibió doctorados honoris causa de universidades como Yale y Florida. Pero más allá de los premios, su verdadero reconocimiento fue el amor del pueblo que la hizo inmortal.

Y es que Celia no cantaba solo para divertir: cantaba para levantar el espíritu. “Oh, no hay que llorar, porque la vida es un carnaval…”, nos dejó como legado, recordándonos que el dolor también puede bailarse, que las lágrimas pueden convertirse en tambor, y que mientras exista un poco de música en el alma, habrá esperanza.

El 16 de julio de 2003, Celia se despidió del mundo desde su hogar en Fort Lee, Nueva Jersey, pero su voz no se apagó. Viajó primero a Miami para recibir el homenaje de su gente del exilio y reposa finalmente en el Bronx, donde los suyos le llevan flores y canciones. Sin embargo, la verdad es que nunca se fue: Celia Cruz sigue viviendo en cada fiesta, en cada radio, en cada rincón donde suena una clave y alguien grita ¡Azúcar!

Celia fue más que una reina. Fue un puente entre lo que fuimos y lo que soñamos ser. Nos enseñó que se puede triunfar sin olvidar las raíces, que se puede cantar sin perder la fe, y que la alegría también es una forma de resistencia. Su voz no solo atravesó el tiempo: lo conquistó.

Porque donde hubo Celia, hubo luz. Donde hubo Celia, hubo vida. Y mientras el mundo siga bailando al compás de su “carnaval”, la Reina seguirá reinando… por siempre.

Continue Reading

Popular