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Maduro o Guaidó, una crisis que también alcanza a la ciudadanía LGBTI+
Los EEUU reconoce a Guaidó como presidente venezolano

Nota del editor: Tremenda Nota es la pareja del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 25 de enero.
Al cabo de dos décadas de gobierno, el chavismo no resolvió las demandas de gais, lesbianas, bisexuales y trans, y algunas veces hizo retroceder sus derechos.
Venezuela tiene dos presidentes desde este miércoles, cada uno reconocido por una parte de la comunidad internacional en una toma de partido que recuerda los bloques de la Guerra Fría.
Estados Unidos, Canadá y buena parte de América Latina reconocen como jefe de Estado interino a Juan Guaidó, líder opositor y presidente de la Asamblea Nacional declarada “en desacato” en 2016 por el poder ejecutivo, mediante una polémica operación que selló el desacuerdo entre el oficialismo y la oposición.
Rusia, China, México y Cuba respaldan a Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez y de dos décadas de gobierno a cargo del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
La comunidad LGBTI+ se encuentra tan dividida ante la proclamación de Guaidó como el resto de la sociedad venezolana.
Gais, lesbianas y trans estuvieron entre los cientos de miles de personas que celebraron en Caracas lo que parece un punto de giro hacia la democracia, pero también acudieron al llamado del gobierno desde el balcón del Palacio de Miraflores donde Maduro anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, ante un grupo de seguidores muy disminuido.
Tamara Adrián, la primera diputada transexual de Venezuela, dijo en declaraciones exclusivas a Tremenda Nota que las décadas de gobierno del PSUV “han significado un retroceso para los derechos de la comunidad LGBTI+”.
Durante veinte años, desde 1977, se reconoció en los documentos legales de Venezuela la identidad de las personas transexuales sometidas a cirugías de reasignación sexual. Pero esta disposición razonable, al parecer, duró hasta apenas dos décadas.
“Con la ocupación del poder judicial por Chávez, y la sustitución de jueces profesionales por jueces nombrados a dedo, removidos por cualquier razón, sucedió que desde 1998 no se ha reconocido la identidad de ninguna persona trans”, aseguró la diputada de la Asamblea Nacional impugnada por el gobierno de Maduro.

Mientras algunos países de América Latina implementan leyes que admiten la identidad percibida sin necesidad de ir al quirófano, Venezuela ni siquiera actualiza los documentos de quienes se han operado.
La propia Tamara Adrián llegó al Parlamento venezolano con una cédula a nombre de Tomás Adrián.
La diputada, de 64 años, es abogada y profesora de Derecho en varias universidades. Fue electa por el partido Voluntad Popular, de centro izquierda y afiliado a la Internacional Socialista, el mismo que lidera Juan Guaidó.
Tamara dice que nunca fue discriminada en su labor como activista o parlamentaria.
“Soy conocida y respetada por mi trabajo social de base, por mi trabajo académico y por mi seriedad en todo lo que hago. Nunca he sentido discriminación”.
En cambio, bajo el gobierno de Hugo Chávez aumentó la invisibilidad de transexuales y transgéneros.
El reglamento de la Ley Orgánica del Trabajo condenaba la discriminación por Opción sexual, una categoría que fue modificada bajo el gobierno de Chávez por Orientación sexual. De todos modos, el cambio dejó “desprotegidas la identidad y expresión de género”, especifica Tamara.
Hace una década, en febrero de 2008, el Tribunal Supremo de Justicia, un órgano controlado por el PSUV, emitió un polémico veredicto sobre el matrimonio igualitario.
“Decidió que las parejas del mismo sexo eran ontológicamente diferentes de las parejas heterosexuales, por ende, no aplica para ellas el matrimonio ni las uniones estables de hecho”, explica la diputada.
Se admitió entonces que la Asamblea Nacional tendría potestad para regular derechos aplicables a estas parejas, siempre que tuviesen un rango y un alcance menor.
“Sería otra forma segregada de protección”, dijo Tamara.
Gobierno y oposición, las dos opciones para el activismo
Ingrid Baron, activista lesbiana y simpatizante del PSUV, cree que “tanto ataque y saboteo internacional” impidieron reconocer al chavismo la igualdad jurídica de la comunidad LGBTI+.
“No hemos podido sentarnos a debatir y construir nuestras agendas, sin embargo, creo firmemente que tenemos avances”, aseguró.
La parte de la sociedad civil favorable al chavismo, a la que pertenece Ingrid como miembro de Base Lésbica Venezuela, participa en las mesas de trabajo de la Asamblea Nacional Constituyente e intenta impulsar leyes a favor del colectivo LGBTI+.
Sin embargo, la Asamblea Nacional Constituyente es criticada porque “se convocó sin referéndum ― se hizo una elección fraudulenta ― y no es reconocida por nadie prácticamente”, afirma Tamara Adrián.
El 23 de enero, Ingrid Baron se fue hasta el Palacio de Miraflores después que Diosdado Cabello, vicepresidente del gobierno de Nicolás Maduro, pidió a los militantes chavistas que custodiaran el edificio.
“Estoy en la calle de mi patria”, dijo Ingrid a Tremenda Nota esa noche.
“Nos trasladamos para allá (Miraflores), luego que avisaron de la locura de la derecha de este país, y hemos pedido la aprehensión inmediata de Guaidó y sus cómplices”, contó.
Con casi veinte muertos cerró la primera jornada en que Venezuela tenía dos presidentes.
Rosmit Mantilla está en París, exiliado. Tiene 36 años y es el primer diputado abiertamente gay en la historia del parlamento venezolano, como Tamara Adrián fue la primera mujer trans.
En 2014 fue a prisión en Venezuela, “por ser activista LGBT+ de Voluntad Popular, el primer partido y el único partido que reconoce al grupo LGBT+”. Fue liberado en 2016 después de dos años. Amnistía Internacional lo había declarado preso de conciencia.
“Una vez en libertad comencé con mis funciones como parlamentario en la Asamblea Nacional con muchas expectativas hasta que Nicolás Maduro secuestró el parlamento y sus funciones y no se pudo avanzar más hasta el día de hoy”, contó Rosmit a Tremenda Nota.
Para Ingrid, como para tantos chavistas, “estuvo privado de libertad por estar inmerso en el tema de las guarimbas.”
“El PSUV tenía un secretariado de diversidad que nunca fue reconocido, nunca permitieron que sus candidatos se inscribieran (en las elecciones)”, recuerda Mantilla. “Ellos son homófobos: Maduro, cuando quiere insultar a un opositor lo llama pelucón, maricón”.
En efecto, la campaña por la presidencia después de la muerte de Hugo Chávez tuvo un sabor homofóbico.
Nicolás Maduro, al inscribir su candidatura, dijo “yo sí tengo mujer, me gustan las mujeres”, una alusión a la presunta homosexualidad del candidato opositor Henrique Capriles Radonski. La escena, que fue sellada con un beso a Cilia Flores, cuadro del PSUV y primera dama, fue considerada un insulto por la comunidad LGBTI+.
En 2017, ya desautorizada la Asamblea Nacional y con la Asamblea Constituyente en funciones, el presidente venezolano dijo a la televisión que estaba a favor del matrimonio igualitario.
“Ya entregamos la propuesta para los articulados de la nueva Constitución y, de paso, se creó la Oficina de Atención y Defensa a la Diversidad Sexual”, reveló Baron a Tremenda Nota.
La activista aseguró que en Venezuela habrá matrimonio, ley para la no discriminación por orientación sexual, identidad de género y expresión de género, y ley de identidad para la comunidad trans.
“A la derecha LGBTI+ no le conviene decir esas cosas, ya que sus organizaciones reciben fondos por supuestas luchas en defensa de nuestros derechos humanos, pero no nos importa: lo que logremos será para todas y todos”, añadió.
Organizaciones no gubernamentales internacionales aseguran que Venezuela es el cuarto país de América con más asesinatos de transgéneros.
También se ha denunciado, al menos desde el año pasado, la carencia de medicamentos antirretrovirales para el tratamiento del VIH/Sida. La mayoría de los afectados son personas LGBTI+.
Dos presidentes y un país
Juan Guaidó declaró este jueves, en entrevista con Patricia Jainot para Univisión, que es Nicolás Maduro quien “usurpa hoy Miraflores” y agradeció el apoyo del «mundo democrático” al gobierno interino.
El líder opositor concedió la posibilidad de la amnistía “para todos los que estén dispuestos a ponerse del lado del orden constitucional” y no descartó que Maduro pueda beneficiarse, aunque “es un dictador y es responsable de todas las víctimas del día de ayer en Venezuela”, dijo.
La ley prevé la convocatoria a elecciones un mes después de la juramentación del presidente interino. No obstante, Guaidó recordó que Venezuela se halla en “situación de secuestro institucional” y esa circunstancia podría alargar el plazo de los comicios.
Nicolás Maduro, mientras tanto, acudió este 24 de enero al Tribunal Supremo de Justicia para inaugurar el año judicial de 2019.
Los mandos militares y la magistratura le dieron su apoyo en el acto, que incluyó alusiones a los eventos del miércoles y a su protagonista, llamado “títere de facto” por el líder del PSUV.
El sucesor de Chávez agradeció la solidaridad de la Rusia de Vladimir Putin y advirtió a los diplomáticos de Estados Unidos que “tienen hasta el domingo para retirarse de Venezuela”.
Tamara Adrián piensa que la marcha de este miércoles a favor del gobierno provisional de Juan Guaidó trastorna algunos mitos políticos alentados por el PSUV.
“Hubo un cambio radical: hasta 2017, las manifestaciones eran de clase media, pero este año los sectores populares se unieron masivamente”, explica la diputada.
Según Tamara, “el chavismo apenas logró movilizar unos cientos de personas y se siente como animal herido”.
“El pueblo va a seguir presionando y luchando para salir de Nicolás Maduro de forma pacífica, de forma constitucional y utilizando todas las herramientas que nos dé el derecho”, opinó Mantilla acerca de la actual crisis.
Ingrid Baron, en cambio, confía en que el chavismo “saldrá bien librado una vez más”.
“Los próximos días son decisivos, no ha habido una situación como esta en la historia de Venezuela”, concluye Tamara.
Ecuador
Caso Karlina: Una sentencia histórica contra las terapias de «conversión»
Karlina Quiroz, una mujer trans de Chone, fue internada contra su voluntad
La última vez que Karlina Quiroz, una mujer trans de 57 años, salió sola a la calle en Chone, terminó encerrada contra su voluntad en un centro de rehabilitación donde intentaron “corregir” su identidad de género mediante humillaciones, amenazas y agresiones.
Han pasado cinco años desde ese episodio, ocurrido en 2021; y el 11 de septiembre de 2026 Karlina por fin obtuvo justicia.
La Fiscalía informó, el 14 de septiembre, que el Tribunal de Garantías Penales de Chone sentenció a seis personas por actos de odio contra Karlina, al ser víctima de violencia basada en su identidad de género.
Entre los seis sentenciados están sus dos hermanos, que —según la denuncia de Karlina— ordenaron su encierro a este centro.
El caso de Karlina refleja el odio y la violencia hacia personas trans en Ecuador y vuelve a poner bajo la lupa la existencia de centros conocidos como clínicas de “deshomosexualización” o espacios de “terapias de conversión”.
De acuerdo con la denuncia presentada por Karlina, en julio de 2021 fue interceptada por varios hombres y trasladada contra su voluntad a un centro para el tratamiento de adicciones ubicado en Chone, Manabí, en la vía a Pedernales. Allí permaneció retenida y sometida a tratos degradantes, violencia psicológica y agresiones físicas.
Según su testimonio, durante el encierro recibió insultos relacionados con su identidad de género y amenazas orientadas a “modificarla”.
Karlina denunció, además, que esta no habría sido la primera vez. Según su relato, en 2019 permaneció aproximadamente tres meses internada de manera forzada en otro centro de rehabilitación, también ubicado en la vía a Pedernales, en Chone. Durante ese período habría sido sometida a dinámicas similares de aislamiento, control y presiones dirigidas a modificar su identidad y expresión de género.
Según información de la Fiscalía, en septiembre de 2021, como parte de las diligencias investigativas, se allanó el centro clandestino en Chone. Allí se recabaron indicios relacionados con el internamiento forzoso de Karlina durante tres meses.
Con esos y otros elementos de convicción obtenidos durante la investigación, la Fiscalía inició un proceso penal contra las seis personas, quienes fueron luego llamadas a juicio.
El proceso, explicó Karlina, incluyó los dos casos: el de 2019 y 2021. “El crimen se investigó desde que comenzó la primera gota de sangre”, señaló Karlina, en alusión a la violencia física que sufrió en su primer encierro.
De los seis sentenciados, tres fueron condenados como autores directos a cuatro años de pena privativa de libertad. Se trata de los dos hermanos de Karlina y un sobrino, por ordenar su encierro al centro de adicciones.
Los otros tres recibieron una pena de dos años, como cómplices.
De acuerdo con Karlina, uno de ellos es el director del primer centro al que fue ingresada contra su voluntad en 2019 por tres meses, y los otros dos son quienes la interceptaron la segunda ocasión, en julio de 2021, para llevarla al centro. Ella los señala como “capturadores” de las personas que son recluidas en los centros.
“Cuando recibí la noticia (el viernes 11 de septiembre durante la audiencia de juzgamiento) no podía creerlo. Las piernas me temblaron y las lágrimas se me salieron. Estoy tranquila y satisfecha”, señaló Karlina en una llamada telefónica.
Para Pedro Gutiérrez, abogado especialista en derechos humanos, la sentencia es importante no solo por reconocer un delito de odio, sino también por las características de los hechos: el ingreso (por orden de sus hermanos) a un centro de “deshomosexualización” en el que se cometen actos de tortura y violencia física.
Durante la audiencia, constó el testimonio de Karlina. La Fiscalía también presentó el informe de reconocimiento del lugar de los hechos, la inspección ocular técnica, el levantamiento de evidencias y los testimonios de personas que confirmaron que los actos de violencia por perjuicio hacia su identidad de género fueron ejecutados de manera reiterada por los ahora sentenciados.
El caso volvió a poner la atención sobre las llamadas terapias de conversión en Ecuador, prácticas ampliamente cuestionadas por organismos internacionales de derechos humanos y señaladas como formas de tortura o violencia psicológica. Aunque el Estado ecuatoriano ha realizado operativos y clausuras de algunos centros en los últimos años, organizaciones sociales sostienen que estos espacios continúan funcionando de manera clandestina o bajo otras denominaciones.
La legislación ecuatoriana penaliza los actos de tortura con la intención de modificar la orientación sexual o identidad de género, pero no existe una sanción contra los centros que ofrecen las denominadas terapias de conversión.
En 2020, la Asamblea aprobó el Código Orgánico de Salud y una de sus disposiciones fue prohibir expresamente este tipo de terapias, pero fue vetado totalmente por el expresidente Lenín Moreno en medio de una campaña de sectores antiderechos.
La sentencia también dispuso, como reparación integral a favor de Karlina, tratamiento psicológico e indemnizaciones por daños materiales e inmateriales.
Gutiérrez considera que la reparación para Karlina es limitada, pues -por ejemplo- no hay llamados de atención al Ministerio de Salud o disculpas públicas a la víctima.
“Mi nombre es Ariel Karlina Zambrano, soy una mujer trans de Chone, Manabí. Desde niña supe que quería ser mujer, quería ser bonita, libre. Pero mi familia nunca lo aceptó. Mis hermanos y mi padre, profundamente machistas, me maltrataban constantemente”, contó Karlina en un testimonio en 2025 que recogió el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CDH).
Para activistas y defensores de derechos humanos, el caso de Karlina evidencia además un patrón de violencia que suele permanecer oculto dentro de círculos familiares, religiosos y comunitarios. En muchos casos, explican, los internamientos forzados son promovidos bajo la idea de “corregir” orientaciones sexuales o identidades de género consideradas inaceptables.
Karlina intentó vivir en Chone, creyendo que con la denuncia y las medidas cautelares estaba a salvo, pero su hermano le pagaba a personas para que la acosaran, según su relato. Por ello, tuvo que esconderse por meses.
Las personas trans en Ecuador enfrentan altos niveles de discriminación, violencia y exclusión social, especialmente fuera de las grandes ciudades. Según la Encuesta Nacional sobre las Condiciones de Vida de la Población LGBTI+ del INEC, el 53,5 por ciento de las personas LGBTQ mayores de 18 años en el país ha sufrido algún tipo de discriminación o violencia a lo largo de su vida, siendo el entorno familiar uno de los principales espacios de agresión.
En materia de violencia letal, organizaciones como Asociación Silueta X y el Observatorio Runa Sipiy documentaron 30 asesinatos de personas LGBTQ y transfemicidios en Ecuador durante 2025. De esos casos, alrededor del 70 por ciento corresponden a mujeres trans, lo que las posiciona como el grupo más expuesto a crímenes de odio y violencia extrema.
Diversas organizaciones de derechos humanos han advertido además sobre la persistencia de centros de “deshomosexualización” o internamientos forzosos, prácticas denunciadas desde hace más de una década en Ecuador pese a prohibiciones estatales y operativos de control insuficientes.
El caso de Karlina pone a prueba algo más grande que una sentencia individual: si Ecuador está dispuesto o no a reconocer que estas prácticas siguen existiendo y que la violencia contra personas LGBTQ continúa ocurriendo, muchas veces con la complicidad o el silencio de sus propios entornos familiares.
“Con mi caso, debe quedar un precedente. Debemos luchar contra el odio que podemos encontrarlo dentro de nuestras propias familias. Por nuestra libertad y derechos, debemos luchar”, indicó Karlina.
El Salvador
Mujer trans salvadoreña es encontrada sin vida
La muerte de Yoisi Villalta vuelve a poner sobre la mesa la violencia
SANTA ANA, El Salvador — La muerte de Yoisi Villalta, mujer trans y vendedora de tortas en Texistepeque, Santa Ana Norte, ha vuelto a colocar en el centro del debate una realidad que durante años ha acompañado a la población LGBTQ en El Salvador: la violencia no termina con una agresión o con una muerte. También puede manifestarse en la manera en que una persona es buscada, nombrada, registrada, despedida y recordada.
Villalta fue reportada como desaparecida por su familia a finales de agosto de 2026. Días después, medios de comunicación y plataformas digitales informaron sobre el hallazgo de su cuerpo sin vida. Un reporte publicado el 5 de septiembre señala que el cuerpo fue localizado en Tacuba, Ahuachapán, ocho días después de su desaparición, mientras que la Policía Nacional Civil no había confirmado hasta entonces la causa de muerte ni clasificado oficialmente el caso como homicidio intencionado.
La precisión es importante; hasta el momento no debe afirmarse como un hecho que Yoisi haya sido víctima de un crimen de odio o de un homicidio motivado por su identidad de género, mientras no exista una investigación oficial que determine las circunstancias y causa de su muerte. Lo que sí existe es una profunda preocupación expresada por organizaciones de la sociedad civil y por personas de la comunidad LGBTQ, especialmente ante el contexto de violencia y discriminación que históricamente han enfrentado las mujeres trans en El Salvador.
Una mujer detrás de una noticia
Antes de convertirse en noticia, Villalta tenía una vida. Era una mujer trans que trabajaba como vendedora de tortas en Texistepeque. Desde su negocio desarrollaba una actividad cotidiana para ganarse la vida, pero también había convertido aquel espacio en una expresión de solidaridad con su comunidad.
De acuerdo con la información difundida por organizaciones LGBTQ, Villalta compartía alimentos con las brigadas de salud sexual que realizaban jornadas en la zona. Esa faceta de su vida permite verla más allá de las circunstancias de su muerte: como una mujer trabajadora, solidaria y vinculada a acciones comunitarias.
La Federación Salvadoreña LGBTI pidió precisamente que su memoria fuera abordada desde esa perspectiva. En el mensaje difundido tras conocerse su muerte, la organización llamó a recordarla por “su vida, su trabajo, su generosidad, y sobre todo desde su nombre”, y pidió que su historia no fuera reducida al morbo.
Ese llamado resulta especialmente importante en tiempos en que las redes sociales pueden convertir una tragedia humana en una sucesión de comentarios, fotografías, especulaciones y publicaciones hechas sin sensibilidad. Una persona fallecida no deja de tener dignidad.
Y una mujer trans no deja de ser mujer porque haya muerto.
El derecho a ser nombrada
Uno de los aspectos que más indignación ha provocado en torno al caso es el tratamiento de la identidad de Villalta durante la búsqueda. Organizaciones y personas cercanas han denunciado que durante el proceso de búsqueda se utilizó el nombre que aparece en su Documento Único de Identidad (DUI), en lugar del nombre con el que Villalta vivía y era reconocida socialmente.
Este aspecto no es meramente una cuestión semántica. Para las personas trans, el nombre puede representar una parte fundamental de su identidad y de la manera en que construyen su vida frente a la sociedad. Ser reconocidas por el nombre con el que se identifican constituye también una forma de respeto.
En el caso de Villalta, la Federación Salvadoreña LGBTI expresó que negar el nombre y la identidad de una persona trans también constituye una forma de violencia. La situación adquiere una dimensión todavía más compleja en El Salvador, donde continúa sin existir un mecanismo legal general que permita a las personas trans modificar su nombre y marcador de género en sus documentos de identidad conforme a su identidad de género.
Así, una persona puede construir durante años una vida social, familiar, laboral y comunitaria con un nombre determinado y, sin embargo, encontrarse ante instituciones que continúan identificándola exclusivamente mediante los datos registrales que no corresponden a la identidad con la que vive. El caso de Villalta vuelve a evidenciar esa tensión entre la identidad vivida y el reconocimiento institucional.
Un problema que va más allá de un solo caso
El caso de Villalta ocurre en un país donde las organizaciones de derechos humanos han advertido durante años sobre la violencia y discriminación que afectan a la población LGBTQ. La información disponible también muestra un problema relacionado con la documentación de estos hechos.
Organizaciones defensoras de derechos humanos han cuestionado la ausencia o insuficiencia de registros públicos actualizados y desagregados que permitan conocer con precisión cuántos delitos violentos afectan a personas LGBTQ y cuántos de ellos tienen como posible motivación la orientación sexual, identidad o expresión de género. La falta de información no significa necesariamente ausencia de violencia. Por el contrario, puede hacerla más difícil de identificar.
Un crimen que no registra la identidad de género de la víctima, o que no investiga adecuadamente una posible motivación relacionada con prejuicios, termina incorporándose estadísticamente como un hecho aislado, sin permitir comprender patrones. Ese problema tampoco es exclusivo de El Salvador. Sin embargo, en el país constituye una preocupación recurrente para las organizaciones que documentan vulneraciones contra personas LGBTQ.
301 denuncias en 2025
Un indicador permite dimensionar que el problema trasciende los homicidios. El Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH con apoyo de Hivos y Arcus Foundation, registró 301 denuncias de vulneraciones de derechos entre el 1 de enero y el 22 de septiembre de 2025. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también recogió estos datos en su informe anual.
Según esa información, las mujeres trans representaron el 53,5 por ciento de las víctimas registradas y los hombres gays el 26,6 por ciento. El informe también señaló como principales presuntos responsables a cuerpos uniformados, entre ellos la Policía Nacional Civil, los cuerpos de agentes municipales y militares desplegados bajo el régimen de excepción.
Estos datos deben leerse con cautela: se trata de denuncias de vulneraciones de derechos, no de una cifra de homicidios ni de todos los casos ocurridos en el país.
Pero muestran algo importante: la violencia contra las personas LGBTQ no puede analizarse exclusivamente desde los asesinatos. También existe violencia en la discriminación, en el acceso a servicios, en el trato institucional, en la familia, en el trabajo, en los espacios públicos y en la imposibilidad de ejercer plenamente derechos fundamentales.
El precedente de Zashy Zuley
La historia reciente de El Salvador ofrece antecedentes que ayudan a comprender por qué el caso de Villalta genera preocupación. En abril de 2021 fue asesinada en San Miguel Zashy Zuley del Cid, una mujer trans y activista vinculada al trabajo comunitario de personas LGBTQ.
ACNUR condenó entonces su asesinato y señaló que Zuley había sido previamente desplazada de su hogar debido a amenazas. La agencia de Naciones Unidas explicó que trabajaba junto con COMCAVIS TRANS para apoyarla en un proceso de emprendimiento y medios de vida.
Su muerte también puso en evidencia otra forma de violencia: después de morir, hubo dificultades para que su identidad de género fuera respetada durante sus honras fúnebres. Medios que documentaron el caso señalaron que fue sepultada con una expresión masculina y que existieron obstáculos para la participación de personas LGBTQ cercanas a ella.
El caso de Zuley se convirtió así en un símbolo de una problemática que tiene dos dimensiones: la violencia contra el cuerpo y la violencia contra la identidad.
Más de cinco años después, la muerte de Villalta vuelve a colocar ambas preocupaciones en la conversación pública.
¿Dónde están los datos oficiales?
Una de las preguntas que surgen nuevamente es cuántos casos de violencia contra personas LGBTQ han ocurrido en los últimos años y cuántos han sido investigados considerando una posible motivación por prejuicio.
La ausencia de información pública reciente y desagregada dificulta responder.
Esta falta de datos no solo afecta a las organizaciones defensoras de derechos humanos. También afecta a las instituciones encargadas de diseñar políticas públicas, prevenir la violencia y garantizar justicia.
Si no sabemos cuántos casos existen, dónde ocurren, quiénes son las víctimas, qué tipos de violencia se presentan y qué resultados tienen las investigaciones, resulta mucho más difícil diseñar respuestas adecuadas. La documentación independiente adquiere entonces un papel fundamental, aunque nunca debería sustituir la obligación del Estado de generar estadísticas confiables y transparentes.
El desafío de no olvidar
El caso de Villalta vuelve a plantear una pregunta incómoda para El Salvador:
¿Qué ese está haciendo para que las personas LGBTQ puedan vivir y morir con dignidad? La respuesta no puede depender únicamente de las organizaciones LGBTQ, de las familias o de las comunidades.
Requiere instituciones que registren adecuadamente los hechos, investigaciones que determinen responsabilidades, y de acuerdo con activistas de sociedad civil, también “se necesita un Estado que cree y promueva políticas de prevención y que reconozca la identidad de las personas diversas, formación de funcionarios y una sociedad que comprenda que la diversidad no disminuye el valor de ninguna persona”. Por ahora, las circunstancias de la muerte de Yoisi dejan muchas dudas en lo sucedido y no corresponde afirmar que se trató de un crimen de odio sin una determinación oficial de una investigación que no existió.
Honduras
Realidad LGBTQ en Honduras: fuga o muerte
Observatorio KAI+: 35 asesinatos anti-LGBTQ en 2026
TEGUCIGALPA, Honduras — Las cifras encienden todas las alarmas: 35 muertes violentas de personas LGBTQ, 195 casos de violencia generalizada y 11 personas asistidas para refugiarse en el extranjero. Las mujeres trans encabezan las víctimas mortales con 11 casos, seguidas de los hombres gay con 10.
Esa es la realidad de las poblaciones sexualmente diversas que pinta el boletín número 14 del Observatorio de Violencia hacia las Personas LGBTI+ de Honduras KAI+, correspondiente al período de enero al 8 de agosto de 2026.
Según el informe, los departamentos con mayor concentración de asesinatos son Francisco Morazán (12), Cortés (5) y Comayagua (4). Sin embargo, el dato más revelador de la impunidad es que los 35 casos permanecen en etapa de investigación preliminar, con apenas dos capturas reportadas.
«No queremos vivir con miedo»: defensores
Lucía Barrientos, de la Asociación Ixchel, resume el sentimiento colectivo. «Hoy las personas LGBTI en Honduras vivimos en estado de alerta. Muertes que, al hacer un análisis, tienen una conmoción de que muchas personas de nuestra población han sido torturadas, que han sido crímenes de odio», señala.
Barrientos subraya que en el país no hay una ley que tipifique el crimen de odio, lo que deja a la población en un limbo legal y expuesta a la violencia sin protección efectiva.
Entretanto, Jennifer Córdoba, de la Colectiva de Mujeres Trans Muñecas de Arcoíris, lamenta que las autoridades no estén haciendo nada para defender los derechos humanos.
«Ver ese tipo de violencias en el país que se incrementan, ver que las autoridades de nuestro país no están haciendo nada para la defensa de los derechos humanos, no crear una política pública que respete los derechos humanos de la población LGTBI», afirma Córdoba.
Violencia generalizada y discriminación sistemática
Los 195 casos de violencia generalizada incluyen amenazas (19), maltrato familiar (25), abuso de autoridad (14), discriminación por orientación sexual o identidad de género (14), lesiones (10) y agresiones sexuales. Las mujeres trans son nuevamente las más afectadas, con 32 casos registrados.
Dany Montesinos, de la Asociación LGBTI Kukulcán, advierte: «Esta es una violencia general, estructurada. No tenemos un patrón determinado. La alerta que estamos poniendo es que, en comparación con otros años, esto está siendo más creciente».
Un elemento crítico señalado por el boletín es que casi el 70 por ciento de los casos de violencia generalizada (137 de 195) carecen de categorización desagregada sobre la orientación sexual o identidad de género de la víctima, lo que evidencia la ausencia de protocolos adecuados por parte de las instituciones estatales y una invisibilización sistemática.
Migración forzada, huir para vivir
Entre los hallazgos más dolorosos está la asistencia a 11 personas LGBTQ que han buscado refugio en el extranjero. Ocho se han ido a Estados Unidos, dos a España y una al Reino Unido. Los motivos incluyen amenazas, discriminación, abuso de autoridad, agresiones sexuales y físicas.
Como señala un testimonio: «Tuvieron que irse, se vieron obligadas a huir por amenazas, por la discriminación, por el abuso de autoridad y agresiones sexuales. Estos datos nos muestran que la migración de las personas LGBTI no responde únicamente a razones económicas, sino a la necesidad urgente de proteger su vida y sus derechos».
Recomendaciones ante un Estado ausente
El boletín concluye con un llamado urgente al Estado hondureño. Exige fortalecer las investigaciones de muertes violentas e implementar políticas públicas de protección integral. Además, capacitar a funcionarios en diversidad sexual y derechos humanos y garantizar que los casos avancen más allá de la etapa preliminar.
Barrientos lo resume con claridad. «Exigimos al Estado respuestas inmediatas, justicia y protección real para nuestra población. No queremos retroceder, no queremos volver atrás, no queremos vivir con miedo, no queremos salir a la calle y saber que no puedo expresar mi amor hacia mi pareja o hacia otra persona porque puedo amar y ser muerta».
El Observatorio KAI+ recuerda que detrás de cada cifra hay seres humanos: madres, padres, hijos, hermanos y familias que dependen de ellos. La indiferencia institucional, advierten, no puede seguir siendo una puerta abierta a la impunidad.
