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Maduro o Guaidó, una crisis que también alcanza a la ciudadanía LGBTI+

Los EEUU reconoce a Guaidó como presidente venezolano

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La frontera entre Venezuela y Colombia cerca de Paraguachón, Colombia, el 7 de marzo de 2018. Los EEUU ha reconocido a Juan Guaidó como presidente del país chavista. (Foto del Washington Blade por Michael K. Lavers)

Nota del editor: Tremenda Nota es la pareja del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 25 de enero.

Al cabo de dos décadas de gobierno, el chavismo no resolvió las demandas de gais, lesbianas, bisexuales y trans, y algunas veces hizo retroceder sus derechos.

Venezuela tiene dos presidentes desde este miércoles, cada uno reconocido por una parte de la comunidad internacional en una toma de partido que recuerda los bloques de la Guerra Fría.

Estados Unidos, Canadá y buena parte de América Latina reconocen como jefe de Estado interino a Juan Guaidó, líder opositor y presidente de la Asamblea Nacional declarada “en desacato” en 2016 por el poder ejecutivo, mediante una polémica operación que selló el desacuerdo entre el oficialismo y la oposición.  

Rusia, China, México y Cuba respaldan a Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez y de dos décadas de gobierno a cargo del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

La comunidad LGBTI+ se encuentra tan dividida ante la proclamación de Guaidó como el resto de la sociedad venezolana.

Gais, lesbianas y trans estuvieron entre los cientos de miles de personas que celebraron en Caracas lo que parece un punto de giro hacia la democracia, pero también acudieron al llamado del gobierno desde el balcón del Palacio de Miraflores donde Maduro anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, ante un grupo de seguidores muy disminuido.

Tamara Adrián, la primera diputada transexual de Venezuela, dijo en declaraciones exclusivas a Tremenda Nota que las décadas de gobierno del PSUV “han significado un retroceso para los derechos de la comunidad LGBTI+”.

Durante veinte años, desde 1977, se reconoció en los documentos legales de Venezuela la identidad de las personas transexuales sometidas a cirugías de reasignación sexual. Pero esta disposición razonable, al parecer, duró hasta apenas dos décadas.

“Con la ocupación del poder judicial por Chávez, y la sustitución de jueces profesionales por jueces nombrados a dedo, removidos por cualquier razón, sucedió que desde 1998 no se ha reconocido la identidad de ninguna persona trans”, aseguró la diputada de la Asamblea Nacional impugnada por el gobierno de Maduro.

Tamara Adrián en Washington en 2016. (Foto del Washington Blade por Michael Key)

Mientras algunos países de América Latina implementan leyes que admiten la identidad percibida sin necesidad de ir al quirófano, Venezuela ni siquiera actualiza los documentos de quienes se han operado.

La propia Tamara Adrián llegó al Parlamento venezolano con una cédula a nombre de Tomás Adrián.

La diputada, de 64 años, es abogada y profesora de Derecho en varias universidades. Fue electa por el partido Voluntad Popular, de centro izquierda y afiliado a la Internacional Socialista, el mismo que lidera Juan Guaidó.

Tamara dice que nunca fue discriminada en su labor como activista o parlamentaria.

“Soy conocida y respetada por mi trabajo social de base, por mi trabajo académico y por mi seriedad en todo lo que hago. Nunca he sentido discriminación”.

En cambio, bajo el gobierno de Hugo Chávez aumentó la invisibilidad de transexuales y transgéneros.

El reglamento de la Ley Orgánica del Trabajo condenaba la discriminación por Opción sexual, una categoría que fue modificada bajo el gobierno de Chávez por Orientación sexual. De todos modos, el cambio dejó “desprotegidas la identidad y expresión de género”, especifica Tamara.

Hace una década, en febrero de 2008, el Tribunal Supremo de Justicia, un órgano controlado por el PSUV, emitió un polémico veredicto sobre el matrimonio igualitario.

“Decidió que las parejas del mismo sexo eran ontológicamente diferentes de las parejas heterosexuales, por ende, no aplica para ellas el matrimonio ni las uniones estables de hecho”, explica la diputada.

Se admitió entonces que la Asamblea Nacional tendría potestad para regular derechos aplicables a estas parejas, siempre que tuviesen un rango y un alcance menor.

“Sería otra forma segregada de protección”, dijo Tamara.

Gobierno y oposición, las dos opciones para el activismo

Ingrid Baron, activista lesbiana y simpatizante del PSUV, cree que “tanto ataque y saboteo internacional” impidieron reconocer al chavismo la igualdad jurídica de la comunidad LGBTI+.

“No hemos podido sentarnos a debatir y construir nuestras agendas, sin embargo, creo firmemente que tenemos avances”, aseguró.

La parte de la sociedad civil favorable al chavismo, a la que pertenece Ingrid como miembro de Base Lésbica Venezuela, participa en las mesas de trabajo de la Asamblea Nacional Constituyente e intenta impulsar leyes a favor del colectivo LGBTI+.

Sin embargo, la Asamblea Nacional Constituyente es criticada porque “se convocó sin referéndum ― se hizo una elección fraudulenta ― y no es reconocida por nadie prácticamente”, afirma Tamara Adrián.

El 23 de enero, Ingrid Baron se fue hasta el Palacio de Miraflores después que Diosdado Cabello, vicepresidente del gobierno de Nicolás Maduro, pidió a los militantes chavistas que custodiaran el edificio.

“Estoy en la calle de mi patria”, dijo Ingrid a Tremenda Nota esa noche.

“Nos trasladamos para allá (Miraflores), luego que avisaron de la locura de la derecha de este país, y hemos pedido la aprehensión inmediata de Guaidó y sus cómplices”, contó.

Con casi veinte muertos cerró la primera jornada en que Venezuela tenía dos presidentes.

Rosmit Mantilla está en París, exiliado. Tiene 36 años y es el primer diputado abiertamente gay en la historia del parlamento venezolano, como Tamara Adrián fue la primera mujer trans.

En 2014 fue a prisión en Venezuela, “por ser activista LGBT+ de Voluntad Popular, el primer partido y el único partido que reconoce al grupo LGBT+”. Fue liberado en 2016 después de dos años. Amnistía Internacional lo había declarado preso de conciencia.

“Una vez en libertad comencé con mis funciones como parlamentario en la Asamblea Nacional con muchas expectativas hasta que Nicolás Maduro secuestró el parlamento y sus funciones y no se pudo avanzar más hasta el día de hoy”, contó Rosmit a Tremenda Nota.

Para Ingrid, como para tantos chavistas, “estuvo privado de libertad por estar inmerso en el tema de las guarimbas.”

“El PSUV tenía un secretariado de diversidad que nunca fue reconocido, nunca permitieron que sus candidatos se inscribieran (en las elecciones)”, recuerda Mantilla. “Ellos son homófobos: Maduro, cuando quiere insultar a un opositor lo llama pelucón, maricón”.

En efecto, la campaña por la presidencia después de la muerte de Hugo Chávez tuvo un sabor homofóbico.

Nicolás Maduro, al inscribir su candidatura, dijo “yo sí tengo mujer, me gustan las mujeres”, una alusión a la presunta homosexualidad del candidato opositor Henrique Capriles Radonski. La escena, que fue sellada con un beso a Cilia Flores, cuadro del PSUV y primera dama, fue considerada un insulto por la comunidad LGBTI+.

En 2017, ya desautorizada la Asamblea Nacional y con la Asamblea Constituyente en funciones, el presidente venezolano dijo a la televisión que estaba a favor del matrimonio igualitario.

“Ya entregamos la propuesta para los articulados de la nueva Constitución y, de paso, se creó la Oficina de Atención y Defensa a la Diversidad Sexual”, reveló Baron a Tremenda Nota.

La activista aseguró que en Venezuela habrá matrimonio, ley para la no discriminación por orientación sexual, identidad de género y expresión de género, y ley de identidad para la comunidad trans.

“A la derecha LGBTI+ no le conviene decir esas cosas, ya que sus organizaciones reciben fondos por supuestas luchas en defensa de nuestros derechos humanos, pero no nos importa: lo que logremos será para todas y todos”, añadió.

Organizaciones no gubernamentales internacionales aseguran que Venezuela es el cuarto país de América con más asesinatos de transgéneros.

También se ha denunciado, al menos desde el año pasado, la carencia de medicamentos antirretrovirales para el tratamiento del VIH/Sida. La mayoría de los afectados son personas LGBTI+.

Dos presidentes y un país

Juan Guaidó declaró este jueves, en entrevista con Patricia Jainot para Univisión, que es Nicolás Maduro quien “usurpa hoy Miraflores” y agradeció el apoyo del «mundo democrático” al gobierno interino.

El líder opositor concedió la posibilidad de la amnistía “para todos los que estén dispuestos a ponerse del lado del orden constitucional” y no descartó que Maduro pueda beneficiarse, aunque “es un dictador y es responsable de todas las víctimas del día de ayer en Venezuela”, dijo.

La ley prevé la convocatoria a elecciones un mes después de la juramentación del presidente interino. No obstante, Guaidó recordó que Venezuela se halla en “situación de secuestro institucional” y esa circunstancia podría alargar el plazo de los comicios.

Nicolás Maduro, mientras tanto, acudió este 24 de enero al Tribunal Supremo de Justicia para inaugurar el año judicial de 2019.

Los mandos militares y la magistratura le dieron su apoyo en el acto, que incluyó alusiones a los eventos del miércoles y a su protagonista, llamado “títere de facto” por el líder del PSUV.

El sucesor de Chávez agradeció la solidaridad de la Rusia de Vladimir Putin y advirtió a los diplomáticos de Estados Unidos que “tienen hasta el domingo para retirarse de Venezuela”.

Tamara Adrián piensa que la marcha de este miércoles a favor del gobierno provisional de Juan Guaidó trastorna algunos mitos políticos alentados por el PSUV.

“Hubo un cambio radical: hasta 2017, las manifestaciones eran de clase media, pero este año los sectores populares se unieron masivamente”, explica la diputada.  

Según Tamara, “el chavismo apenas logró movilizar unos cientos de personas y se siente como animal herido”.

“El pueblo va a seguir presionando y luchando para salir de Nicolás Maduro de forma pacífica, de forma constitucional y utilizando todas las herramientas que nos dé el derecho”, opinó Mantilla acerca de la actual crisis.

Ingrid Baron, en cambio, confía en que el chavismo “saldrá bien librado una vez más”.

“Los próximos días son decisivos, no ha habido una situación como esta en la historia de Venezuela”, concluye Tamara.

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El Salvador

Mujer trans salvadoreña es encontrada sin vida

La muerte de Yoisi Villalta vuelve a poner sobre la mesa la violencia

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Yoisi Villalta

SANTA ANA, El SalvadorLa muerte de Yoisi Villalta, mujer trans y vendedora de tortas en Texistepeque, Santa Ana Norte, ha vuelto a colocar en el centro del debate una realidad que durante años ha acompañado a la población LGBTQ en El Salvador: la violencia no termina con una agresión o con una muerte. También puede manifestarse en la manera en que una persona es buscada, nombrada, registrada, despedida y recordada.

Villalta fue reportada como desaparecida por su familia a finales de agosto de 2026. Días después, medios de comunicación y plataformas digitales informaron sobre el hallazgo de su cuerpo sin vida. Un reporte publicado el 5 de septiembre señala que el cuerpo fue localizado en Tacuba, Ahuachapán, ocho días después de su desaparición, mientras que la Policía Nacional Civil no había confirmado hasta entonces la causa de muerte ni clasificado oficialmente el caso como homicidio intencionado. 

La precisión es importante; hasta el momento no debe afirmarse como un hecho que Yoisi haya sido víctima de un crimen de odio o de un homicidio motivado por su identidad de género, mientras no exista una investigación oficial que determine las circunstancias y causa de su muerte. Lo que sí existe es una profunda preocupación expresada por organizaciones de la sociedad civil y por personas de la comunidad LGBTQ, especialmente ante el contexto de violencia y discriminación que históricamente han enfrentado las mujeres trans en El Salvador.

Una mujer detrás de una noticia

Antes de convertirse en noticia, Villalta tenía una vida. Era una mujer trans que trabajaba como vendedora de tortas en Texistepeque. Desde su negocio desarrollaba una actividad cotidiana para ganarse la vida, pero también había convertido aquel espacio en una expresión de solidaridad con su comunidad.

De acuerdo con la información difundida por organizaciones LGBTQ, Villalta compartía alimentos con las brigadas de salud sexual que realizaban jornadas en la zona. Esa faceta de su vida permite verla más allá de las circunstancias de su muerte: como una mujer trabajadora, solidaria y vinculada a acciones comunitarias.

La Federación Salvadoreña LGBTI pidió precisamente que su memoria fuera abordada desde esa perspectiva. En el mensaje difundido tras conocerse su muerte, la organización llamó a recordarla por “su vida, su trabajo, su generosidad, y sobre todo desde su nombre”, y pidió que su historia no fuera reducida al morbo.

Ese llamado resulta especialmente importante en tiempos en que las redes sociales pueden convertir una tragedia humana en una sucesión de comentarios, fotografías, especulaciones y publicaciones hechas sin sensibilidad. Una persona fallecida no deja de tener dignidad.

Y una mujer trans no deja de ser mujer porque haya muerto.

El derecho a ser nombrada

Uno de los aspectos que más indignación ha provocado en torno al caso es el tratamiento de la identidad de Villalta durante la búsqueda. Organizaciones y personas cercanas han denunciado que durante el proceso de búsqueda se utilizó el nombre que aparece en su Documento Único de Identidad (DUI), en lugar del nombre con el que Villalta vivía y era reconocida socialmente.

Este aspecto no es meramente una cuestión semántica. Para las personas trans, el nombre puede representar una parte fundamental de su identidad y de la manera en que construyen su vida frente a la sociedad. Ser reconocidas por el nombre con el que se identifican constituye también una forma de respeto.

En el caso de Villalta, la Federación Salvadoreña LGBTI expresó que negar el nombre y la identidad de una persona trans también constituye una forma de violencia. La situación adquiere una dimensión todavía más compleja en El Salvador, donde continúa sin existir un mecanismo legal general que permita a las personas trans modificar su nombre y marcador de género en sus documentos de identidad conforme a su identidad de género.

Así, una persona puede construir durante años una vida social, familiar, laboral y comunitaria con un nombre determinado y, sin embargo, encontrarse ante instituciones que continúan identificándola exclusivamente mediante los datos registrales que no corresponden a la identidad con la que vive. El caso de Villalta vuelve a evidenciar esa tensión entre la identidad vivida y el reconocimiento institucional.

Un problema que va más allá de un solo caso

El caso de Villalta ocurre en un país donde las organizaciones de derechos humanos han advertido durante años sobre la violencia y discriminación que afectan a la población LGBTQ. La información disponible también muestra un problema relacionado con la documentación de estos hechos.

Organizaciones defensoras de derechos humanos han cuestionado la ausencia o insuficiencia de registros públicos actualizados y desagregados que permitan conocer con precisión cuántos delitos violentos afectan a personas LGBTQ y cuántos de ellos tienen como posible motivación la orientación sexual, identidad o expresión de género. La falta de información no significa necesariamente ausencia de violencia. Por el contrario, puede hacerla más difícil de identificar.

Un crimen que no registra la identidad de género de la víctima, o que no investiga adecuadamente una posible motivación relacionada con prejuicios, termina incorporándose estadísticamente como un hecho aislado, sin permitir comprender patrones. Ese problema tampoco es exclusivo de El Salvador. Sin embargo, en el país constituye una preocupación recurrente para las organizaciones que documentan vulneraciones contra personas LGBTQ.

301 denuncias en 2025

Un indicador permite dimensionar que el problema trasciende los homicidios. El Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH con apoyo de Hivos y Arcus Foundation, registró 301 denuncias de vulneraciones de derechos entre el 1 de enero y el 22 de septiembre de 2025. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también recogió estos datos en su informe anual. 

Según esa información, las mujeres trans representaron el 53,5 por ciento de las víctimas registradas y los hombres gays el 26,6 por ciento. El informe también señaló como principales presuntos responsables a cuerpos uniformados, entre ellos la Policía Nacional Civil, los cuerpos de agentes municipales y militares desplegados bajo el régimen de excepción. 

Estos datos deben leerse con cautela: se trata de denuncias de vulneraciones de derechos, no de una cifra de homicidios ni de todos los casos ocurridos en el país.

Pero muestran algo importante: la violencia contra las personas LGBTQ no puede analizarse exclusivamente desde los asesinatos. También existe violencia en la discriminación, en el acceso a servicios, en el trato institucional, en la familia, en el trabajo, en los espacios públicos y en la imposibilidad de ejercer plenamente derechos fundamentales.

El precedente de Zashy Zuley

La historia reciente de El Salvador ofrece antecedentes que ayudan a comprender por qué el caso de Villalta genera preocupación. En abril de 2021 fue asesinada en San Miguel Zashy Zuley del Cid, una mujer trans y activista vinculada al trabajo comunitario de personas LGBTQ.

ACNUR condenó entonces su asesinato y señaló que Zuley había sido previamente desplazada de su hogar debido a amenazas. La agencia de Naciones Unidas explicó que trabajaba junto con COMCAVIS TRANS para apoyarla en un proceso de emprendimiento y medios de vida. 

Su muerte también puso en evidencia otra forma de violencia: después de morir, hubo dificultades para que su identidad de género fuera respetada durante sus honras fúnebres. Medios que documentaron el caso señalaron que fue sepultada con una expresión masculina y que existieron obstáculos para la participación de personas LGBTQ cercanas a ella. 

El caso de Zuley se convirtió así en un símbolo de una problemática que tiene dos dimensiones: la violencia contra el cuerpo y la violencia contra la identidad.

Más de cinco años después, la muerte de Villalta vuelve a colocar ambas preocupaciones en la conversación pública.

¿Dónde están los datos oficiales?

Una de las preguntas que surgen nuevamente es cuántos casos de violencia contra personas LGBTQ han ocurrido en los últimos años y cuántos han sido investigados considerando una posible motivación por prejuicio.

La ausencia de información pública reciente y desagregada dificulta responder.

Esta falta de datos no solo afecta a las organizaciones defensoras de derechos humanos. También afecta a las instituciones encargadas de diseñar políticas públicas, prevenir la violencia y garantizar justicia.

Si no sabemos cuántos casos existen, dónde ocurren, quiénes son las víctimas, qué tipos de violencia se presentan y qué resultados tienen las investigaciones, resulta mucho más difícil diseñar respuestas adecuadas. La documentación independiente adquiere entonces un papel fundamental, aunque nunca debería sustituir la obligación del Estado de generar estadísticas confiables y transparentes.

El desafío de no olvidar

El caso de Villalta vuelve a plantear una pregunta incómoda para El Salvador:

¿Qué ese está haciendo para que las personas LGBTQ puedan vivir y morir con dignidad? La respuesta no puede depender únicamente de las organizaciones LGBTQ, de las familias o de las comunidades.

Requiere instituciones que registren adecuadamente los hechos, investigaciones que determinen responsabilidades, y de acuerdo con activistas de sociedad civil, también “se necesita un Estado que cree y promueva políticas de prevención y que reconozca la identidad de las personas diversas, formación de funcionarios y una sociedad que comprenda que la diversidad no disminuye el valor de ninguna persona”. Por ahora, las circunstancias de la muerte de Yoisi dejan muchas dudas en lo sucedido y no corresponde afirmar que se trató de un crimen de odio sin una determinación oficial de una investigación que no existió.

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Honduras

Realidad LGBTQ en Honduras: fuga o muerte

Observatorio KAI+: 35 asesinatos anti-LGBTQ en 2026

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Tegucigalpa, Honduras, en 2022. Las cifras encienden todas las alarmas: 35 muertes violentas de personas LGBTQ, 195 casos de violencia generalizada y 11 personas asistidas para refugiarse en el extranjero. (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Esta nota salió en su sitio web el 21 de agosto.

TEGUCIGALPA, Honduras — Las cifras encienden todas las alarmas: 35 muertes violentas de personas LGBTQ, 195 casos de violencia generalizada y 11 personas asistidas para refugiarse en el extranjero. Las mujeres trans encabezan las víctimas mortales con 11 casos, seguidas de los hombres gay con 10.

Esa es la realidad de las poblaciones sexualmente diversas que pinta el boletín número 14 del Observatorio de Violencia hacia las Personas LGBTI+ de Honduras KAI+, correspondiente al período de enero al 8 de agosto de 2026.

Según el informe, los departamentos con mayor concentración de asesinatos son Francisco Morazán (12), Cortés (5) y Comayagua (4). Sin embargo, el dato más revelador de la impunidad es que los 35 casos permanecen en etapa de investigación preliminar, con apenas dos capturas reportadas.

«No queremos vivir con miedo»: defensores

Lucía Barrientos, de la Asociación Ixchel, resume el sentimiento colectivo. «Hoy las personas LGBTI en Honduras vivimos en estado de alerta. Muertes que, al hacer un análisis, tienen una conmoción de que muchas personas de nuestra población han sido torturadas, que han sido crímenes de odio», señala. 

Barrientos subraya que en el país no hay una ley que tipifique el crimen de odio, lo que deja a la población en un limbo legal y expuesta a la violencia sin protección efectiva.

Entretanto, Jennifer Córdoba, de la Colectiva de Mujeres Trans Muñecas de Arcoíris, lamenta que las autoridades no estén haciendo nada para defender los derechos humanos. 

«Ver ese tipo de violencias en el país que se incrementan, ver que las autoridades de nuestro país no están haciendo nada para la defensa de los derechos humanos, no crear una política pública que respete los derechos humanos de la población LGTBI», afirma Córdoba.

Violencia generalizada y discriminación sistemática

Los 195 casos de violencia generalizada incluyen amenazas (19), maltrato familiar (25), abuso de autoridad (14), discriminación por orientación sexual o identidad de género (14), lesiones (10) y agresiones sexuales. Las mujeres trans son nuevamente las más afectadas, con 32 casos registrados. 

Dany Montesinos, de la Asociación LGBTI Kukulcán, advierte: «Esta es una violencia general, estructurada. No tenemos un patrón determinado. La alerta que estamos poniendo es que, en comparación con otros años, esto está siendo más creciente».

Un elemento crítico señalado por el boletín es que casi el 70 por ciento de los casos de violencia generalizada (137 de 195) carecen de categorización desagregada sobre la orientación sexual o identidad de género de la víctima, lo que evidencia la ausencia de protocolos adecuados por parte de las instituciones estatales y una invisibilización sistemática.

Migración forzada, huir para vivir

Entre los hallazgos más dolorosos está la asistencia a 11 personas LGBTQ que han buscado refugio en el extranjero. Ocho se han ido a Estados Unidos, dos a España y una al Reino Unido. Los motivos incluyen amenazas, discriminación, abuso de autoridad, agresiones sexuales y físicas. 

Como señala un testimonio: «Tuvieron que irse, se vieron obligadas a huir por amenazas, por la discriminación, por el abuso de autoridad y agresiones sexuales. Estos datos nos muestran que la migración de las personas LGBTI no responde únicamente a razones económicas, sino a la necesidad urgente de proteger su vida y sus derechos».

Recomendaciones ante un Estado ausente

El boletín concluye con un llamado urgente al Estado hondureño. Exige fortalecer las investigaciones de muertes violentas e implementar políticas públicas de protección integral. Además, capacitar a funcionarios en diversidad sexual y derechos humanos y garantizar que los casos avancen más allá de la etapa preliminar.

Barrientos lo resume con claridad. «Exigimos al Estado respuestas inmediatas, justicia y protección real para nuestra población. No queremos retroceder, no queremos volver atrás, no queremos vivir con miedo, no queremos salir a la calle y saber que no puedo expresar mi amor hacia mi pareja o hacia otra persona porque puedo amar y ser muerta».

El Observatorio KAI+ recuerda que detrás de cada cifra hay seres humanos: madres, padres, hijos, hermanos y familias que dependen de ellos. La indiferencia institucional, advierten, no puede seguir siendo una puerta abierta a la impunidad.

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Noticias en Español

Un terremoto también se vive desde el exilio

Yonatan Matheus se nació en La Guaira, la zona venezolana más afectada por los sismos

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(Imagen por Tindo/Bigstock)

El 24 de junio de 2026, dos terremotos sacudieron Venezuela y alteraron la vida de miles de personas en cuestión de segundos. Para gran parte del mundo fue una noticia que ocupó titulares durante algunos días. Para quienes nacimos allí, el tiempo pareció detenerse. Antes de pensar en la magnitud del sismo o en el número de viviendas afectadas, hubo una pregunta que desplazó cualquier otra: ¿estarán bien quienes amo?

Los desastres naturales no solo transforman los territorios; también modifican la manera en que quienes vivimos en el exilio nos relacionamos con el lugar al que seguimos llamando hogar. La distancia no reduce el dolor ni la preocupación por quienes permanecen allí. Cada llamada sin responder, cada fotografía y cada mensaje recuerdan que existen vínculos que sobreviven a las fronteras, al tiempo y a la propia migración.

Lo primero que hice fue llamar a mi familia en La Guaira. Durante esos minutos comprendí, una vez más, que también existen terremotos que se sienten desde el exilio. La incertidumbre crece con cada llamada que no entra y con cada mensaje que permanece sin respuesta.

Cuando finalmente logré comunicarme, confirmé que familiares y personas cercanas habían perdido sus hogares, que distintas zonas de La Guaira enfrentaban graves afectaciones y que comunidades como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado también sufrían las consecuencias de los terremotos. Aunque algunas de estas localidades registraron daños estructurales de menor magnitud que las zonas más devastadas, sus habitantes también vieron alterada su vida cotidiana por la interrupción de servicios, las dificultades de acceso y la profunda interdependencia social, económica y comunitaria que caracteriza a La Guaira.

Algunos miembros de mi comunidad también habían fallecido. Entre ellos estaban dos hombres gays a quienes conocía. Sus nombres me recordaron que detrás de cada cifra existen historias, afectos y proyectos de vida. También me hicieron pensar en todas aquellas personas cuyas vidas y muertes difícilmente ocuparán un titular, especialmente quienes durante años vivieron en los márgenes, con escasa visibilidad y sin el pleno reconocimiento de su dignidad. Me recordaron, además, que las emergencias nunca afectan a todas las personas por igual y que quienes ya enfrentaban mayores condiciones de vulnerabilidad suelen soportar una carga aún más pesada durante la recuperación. 

El país del que uno sale nunca desaparece

Nací y crecí en La Guaira. Allí permanecen buena parte de mi historia, mi familia, mis amistades y una comunidad que sigue formando parte de quien soy. Hace diez años tuve que salir de Venezuela y solicitar asilo en Estados Unidos como consecuencia de la persecución que enfrenté por ser un hombre gay y defensor de derechos humanos. Con el tiempo comprendí que el exilio no consiste únicamente en cambiar de país. También significa aprender a vivir con la certeza de que una parte de nosotros permanecerá siempre en el lugar del que tuvimos que partir.

Cada celebración familiar, cada crisis y cada tragedia confirman que seguimos perteneciendo a ese territorio. Las personas refugiadas y migrantes no dejamos de vivir las emergencias de nuestros países de origen; simplemente las vivimos de otra manera. Mientras otras personas pueden desplazarse para abrazar a sus familias o participar directamente en las labores de ayuda, quienes estamos lejos intentamos acompañar desde la incertidumbre, con la impotencia de saber que el corazón permanece donde el cuerpo ya no puede estar.

Quizá esa sea una de las dimensiones menos visibles del desplazamiento forzado. Vivimos las tragedias de nuestro país a la distancia, con menos posibilidades de actuar físicamente, pero con el mismo dolor y con un profundo sentido de responsabilidad hacia las personas y los lugares que siguen formando parte de nuestra historia.

Cuando una casa representa toda una vida

Después de una emergencia suele repetirse una frase bien intencionada: “Lo importante es que todos están vivos; lo material se recupera.” Aunque busca transmitir esperanza, también puede invisibilizar una realidad profundamente humana. En Venezuela, una vivienda rara vez representa únicamente una construcción. Es el resultado de años de trabajo, sacrificios compartidos y sueños familiares. En sus paredes también habitan recuerdos, fotografías, documentos y la memoria de quienes la construyeron.

Cuando un terremoto destruye un hogar, también altera el proyecto de vida de una familia. Por eso no basta con volver a levantar edificios. Es necesario crear las condiciones para que las personas recuperen estabilidad, seguridad y la posibilidad de imaginar nuevamente un futuro. Como trabajador social, estoy convencido de que los territorios no vuelven a ponerse de pie únicamente con cemento. También necesitan confianza, organización, apoyo mutuo y espacios donde las personas puedan elaborar el duelo y fortalecer nuevamente sus redes de apoyo.

Ese proceso tampoco ocurre en igualdad de condiciones para todas las personas. Los desastres suelen profundizar desigualdades que ya existían antes de la emergencia. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con enfermedades crónicas o con VIH y muchas personas LGBTQ, especialmente aquellas que enfrentan pobreza, discriminación o redes de apoyo limitadas, suelen encontrar mayores obstáculos para acceder a servicios, restablecer sus medios de vida o volver a sentirse seguras. Una respuesta verdaderamente humanitaria no consiste únicamente en llegar primero; consiste en asegurar que nadie quede atrás cuando comienza el largo camino para reconstruir su vida. 

Cuando la emergencia deja de ser noticia

Las primeras horas después de un desastre suelen despertar lo mejor de una sociedad. Vecinas y vecinos organizan rescates, personas voluntarias distribuyen alimentos, equipos de salud trabajan sin descanso y miles de ciudadanos, dentro y fuera del país, buscan la manera de ayudar. Esa movilización espontánea representa uno de los recursos más valiosos frente a cualquier crisis y demuestra que, incluso en contextos de profunda polarización, la vida humana sigue siendo capaz de convocar encuentros.

Sin embargo, para quienes sobrevivieron, el verdadero desafío apenas comienza cuando la emergencia deja de ocupar los titulares. Mientras los medios dirigen su atención hacia otras noticias y las donaciones disminuyen, miles de familias siguen intentando recuperar sus hogares, restablecer sus medios de vida y reorganizar una cotidianidad profundamente alterada. La crisis termina mucho antes para la opinión pública que para quienes continúan enfrentando sus consecuencias.

En la acción humanitaria suele describirse un fenómeno conocido como fatiga de la compasión. En términos generales, hace referencia a la disminución progresiva de la atención pública y de parte de la movilización solidaria conforme una crisis deja de ocupar el centro de la conversación. No significa que desaparezca la voluntad de ayudar, sino que nuevas urgencias desplazan rápidamente a las anteriores. El riesgo es que los territorios afectados queden solos precisamente cuando enfrentan la etapa más compleja de volver a levantarse.

Las principales organizaciones humanitarias recuerdan que reparar edificios constituye sólo una parte del proceso. También es indispensable fortalecer la salud mental, ofrecer apoyo psicosocial, recuperar el tejido comunitario y garantizar que la población participe activamente en las decisiones sobre su propio futuro. Una vivienda puede reconstruirse en algunos meses; recuperar la sensación de seguridad, la confianza o el sentido de pertenencia suele requerir mucho más tiempo.

Esta realidad resulta especialmente importante para quienes ya enfrentan condiciones de vulnerabilidad antes del terremoto. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con VIH y muchas personas LGBTQ suelen encontrar mayores barreras para acceder a servicios, mantener sus tratamientos, recuperar sus ingresos o reconstruir sus redes de apoyo. Las emergencias no crean esas desigualdades, pero con frecuencia las hacen más visibles y profundas. Por eso, una recuperación verdaderamente sostenible no consiste únicamente en volver al punto donde estábamos antes del desastre, sino en aprovechar ese proceso para reducir brechas históricas y fortalecer la inclusión.

Como trabajador social, prefiero hablar de una resiliencia consciente. No de una resiliencia que exige fortaleza permanente o invita a ocultar el dolor bajo la idea de que “hay que seguir adelante”, sino de aquella que reconoce las pérdidas, entiende que el duelo necesita tiempo y acepta que pedir ayuda también forma parte del camino. Ninguna comunidad debería sentirse obligada a reconstruirse sola, ni ninguna persona a demostrar que ya superó una tragedia antes de estar preparada para hacerlo.

Permanecer también es una forma de ayudar

El exilio me impidió estar físicamente en La Guaira durante los días posteriores a los terremotos, pero no me impidió asumir la responsabilidad de acompañar desde donde hoy me encuentro. Durante esas semanas utilicé mis plataformas para verificar información antes de compartirla, visibilizar localidades que históricamente han recibido menor atención —como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado— y promover mensajes centrados en las necesidades de la población afectada.

Ese compromiso también dio origen a la serie documental La Guaira: Antes y Después, un esfuerzo por documentar cómo cambiaron distintos espacios y contribuir a que no desaparezcan de la memoria colectiva cuando termine la cobertura periodística. Más que registrar la destrucción, busca recordar que detrás de cada fotografía existen familias que seguirán necesitando apoyo mucho después de que las cámaras se hayan ido.

Creo profundamente que comunicar con responsabilidad también es una forma de acción humanitaria. Verificar antes de publicar, evitar la desinformación y mantener visibles a los territorios históricamente olvidados constituye una manera concreta de acompañar el proceso de recuperación y fortalecer el compromiso colectivo desde la distancia.

La solidaridad que decide quedarse

Los terremotos del 24 de junio de 2026 dejarán cicatrices visibles en edificios, carreteras y viviendas. Otras permanecerán en silencio, acompañando a familias que deberán reconstruir no solo sus hogares, sino también su sensación de seguridad, sus proyectos de vida y la confianza en el futuro.

Como venezolano, guaireño, refugiado y defensor de derechos humanos, esta experiencia reforzó una convicción que ha guiado buena parte de mi trabajo: las personas deben permanecer en el centro de cualquier respuesta humanitaria. Ninguna diferencia política, institucional o ideológica debería ser más importante que proteger la vida, aliviar el sufrimiento y garantizar que quienes enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad reciban el acompañamiento que necesitan para volver a empezar con dignidad.

Los terremotos dejan de sentirse cuando la tierra deja de temblar. El olvido comienza cuando dejamos de mirar. Entre una cosa y otra existe un largo camino que exige memoria, compromiso sostenido y la decisión colectiva de no abandonar a quienes siguen intentando levantarse cuando el resto del mundo ya ha seguido adelante. Porque una sociedad no termina de recuperarse cuando reconstruye sus edificios; lo hace cuando todas las personas tienen la oportunidad de volver a vivir con seguridad, esperanza y la certeza de que nadie quedó atrás.

Yonatan Matheus (He/Him/Él) es defensor de derechos humanos LGBTQ y trabajador social y activista. Trabaja en la intersección entre Migración, Justicia Social y respuesta al VIH.

Este comentario salió en el sitio web de Yonatan el 6 de julio.

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