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Sala de lo Constitucional de El Salvador reconoce derecho de personas trans de cambiar su nombre

La corte dio una resolución el martes

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

SAN SALVADOR, El Salvador — La Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia salvadoreña dio una resolución el martes en la que ordena a la Asamblea Legislativa se reforme la Ley del Nombre de la Persona Natural (LNPN) para garantizar las condiciones necesarias a las personas que deseen cambiar su nombre para que coincida con su identidad de género.

El artículo 23 inciso segundo de la LNPN, fue declarado la inconstitucionalidad por la actual Sala, pues se encontró una falta de “regulación de los supuestos y condiciones para que un ser humano cambie su nombre por razones de identidad de género”, debido a esto se constituye un “trato discriminatorio no justificado”.  

Desde su cuenta de Twitter, el activista y coordinador general del Colectivo Normal, Erick Ortiz, mencionaba que deben celebrar “una victoria parcial frente al Estado salvadoreño”, esto debido a que este mismo les “ha negado sistemática e históricamente derechos a las personas LGBTI”. 

Ortiz aseguró también, que este avance no quiere decir que dejaran de señalar “el autoritarismo, el quiebre democrático y las violaciones a los derechos humanos” que se viven en El Salvador.

Por su parte, Bessy Ríos, abogada salvadoreña que formó parte del equipo legal que redactó la demanda en 2016, comentó por medio de sus redes sociales que “la ley del nombre en El Salvador discrimina a las personas trans, pues no les permite cambiarse su nombre de manera legal”. 

Además, agrega que las personas trans al no poder cambiar el nombre que les fue asignado al nacer no pueden realizarse y es deber del Estado salvadoreño permitir el goce pleno de sus derechos, “ojalá esta resolución se cumpla al pie de la letra, porque manda a la Asamblea Legislativa a que genere legislación que le permita a las personas transgénero cambiarse de nombre”, finaliza Ríos. 

Las lideresas y lideres trans, por medio de las redes sociales de sus organizaciones, mostraron su satisfacción por la sentencia de la Sala y han hecho un llamado a los medios para una conferencia de prensa el viernes a través de la Mesa Permanente por una Ley de Identidad de Género en El Salvador.

Hay que mencionar, que la resolución de la Sala beneficiará también a todo ciudadano salvadoreño que no quieren llevar los apellidos del padre o madre que los abandonó.

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Matanzas, la capital cubana del Orgullo LGBTQ

AfroAtenAs y otros grupos forman parte de ‘Matanzas, ciudad inclusiva’

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Rumba contra la transfobia y la homofobia (Foto cortesía de AfroAtenAs)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 26 de junio.

MATANZAS, Cuba — En una extensa jornada que comenzó el 11 de junio y ha tenido su momento culminante este 26, la ciudad de Matanzas se convirtió en el foco principal de las celebraciones por el Mes del Orgullo LGBTIQ+ en Cuba.

El proyecto AfroAtenAs, junto a otros grupos como la Iglesia de la Comunidad Metropolitana y el “Dame la mano”, desarrollaron numerosas actividades, incluidas algunas comunitarias, que forman parte de una iniciativa con años de trabajo, denominada “Matanzas, ciudad inclusiva“.

Las actividades han sido muy diversas, y entre ella se cuentan ferias comunitarias, actividades deportivas y galas culturales que abordan la necesidad de espacios de inclusión para la comunidad LGBTIQ+.

La jornada abrió el 11 de junio con un taller de capacitación en materia de derechos humanos para activistas y grupos LGBTIQ+. El taller contó con dos conferencias que abordaron la Constitución cubana, el proyecto de Código de las Familias y otras leyes previstas en el cronograma legislativo de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

El 18 de junio se realizó una recogida de desechos por el Día Internacional de los Océanos y una Olimpiada LGBTIQ+.

Para llegar a los niños y jóvenes proyectaron audiovisuales y también se presentaron 

artistas aficionados en diferentes espacios.

El 22 y 23 de junio se realizó la Fiesta Popular de San Juan y el 25 dedicaron la jornada a la no violencia hacia las mujeres y las niñas.

Este 26 de junio, en uno de los momentos más esperados por el activismo se realizó un pequeño desfile por las calles de Matanzas hasta la Plaza Vigía, bajo el lema de “Todos los derechos para todas las personas”.

Después del pasacalle, que fue acompañado por una rumba, hubo una feria de negocios locales con venta de artesanías, música en vivo, intercambio con activistas y promotores de salud, e incluso se promovió la adopción de animales si hogar.

En la tarde de este domingo, se celebró también una ceremonia interrreligiosa en defensa de las familias LGBTIQ+, que fue auspiciada por la Iglesia de la Comunidad Metropolitana. Para cerrar este amplio calendario de eventos, en la noche abrió sus puertas la Sala White con una gala dedicada a la negritud en la comunidad LGBTIQ+ cubana.

Yoelkis Torres, fundador de AfroAtenAs, comentó a Tremenda Nota que el programa fue muy bien acogido: “En todos los espacios las personas llegan, preguntan, se incorporan ¿cuándo es? ¿qué sucede? ¿cómo va a ser? ¿cuándo van a hacer más cosas?”.

Yoelkis explica que ocurrió “un debate serio y conflictivo” con las autoridades políticas y culturales para que fuera posible llegar a los espacios públicos de la ciudad y que estas jornadas pudieran realizarse en su plan original.

Desde 2018, AfroAtenAs desarrolla la campaña “Matanzas, ciudad inclusiva” para concientizar a la ciudadanía sobre las demandas de la comunidad LGBTIQ+. En ese mismo año comenzaron a utilizar el lema #TodosLosDerechosParaTodasLasPersonas en acciones de activismo realizadas durante el proceso de consulta y referendo de la Constitución que entró en vigor en 2019.

Más tarde, en 2021, iniciaron una nueva etapa de esta campaña para promover en Cuba el proyecto de Código de las Familias.

Los activistas del comité organizador de la campaña enviaron en abril de 2021 una misiva a Esteban Lazo Hernández, el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y a otros funcionarios, en la que solicitaban que se tuvieran en cuenta las principales demandas de las personas LGBTIQ+ al momento de redactar la futura ley.

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Grupo LGBTQ en El Salvador homenajea a víctimas de crímenes de odio

Se realizó la ‘Plegaria Rosa’ de Asociación Entre Amigos el 18 de junio

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(Foto de Ernesto Valle por el Washington Blade)

SAN SALVADOR, El Salvador – Más de 600 personas de la población LGBTQ han sido asesinadas en El Salvador en los últimos 31 años; son casos de violencia sexual y física hacia esta población que aún continúan impunes. 

Por décimo año la organización LGBTQ Asociación Entre Amigos el 18 de junio se realizó la actividad denominada “Plegaria Rosa”, la cual tiene como objetivo homenajear a las víctimas por crímenes de odio y violaciones de derechos humanos debido a su orientación sexual e identidad de género. 

Esta vez el evento se realizó en el Teatro Municipal de Cámara Roque Dalton en la ciudad de San Salvador. Asistieron muchos activistas, amigos y familiares de víctimas que alzaron sus plegarias en memoria de aquellos que ya no están. 

William Hernández, director de la organización anfitriona, agradeció a todos los presentes por su voluntad de participar del acto con “las vibras y la energía de las personas que ya no están con nosotros, poder recordarles y mantenerles vivos en nuestra memoria”; también lamentó que no pudiera participar la doctora Ana Isabel Nieto, coordinadora del Programa Nacional de ITS/VIH/SIDA en el Ministerio de Salud, debido a que se encuentra fuera del país cumpliendo sus labores. 

“Estamos aquí porque no debemos permitir olvidarlos, porque no debemos permitir que más personas de nuestra comunidad formen parte de una fría estadística”, mencionó en el evento Joaquín Caseres, miembro de la Asociación Entre Amigos. 

Además, agregó que es importante que se sepa que esas personas victimas tienen rostro, y que sus familiares y amistades les siguen demostrando que están con ellos, con una solicitud de un minuto de aplauso se comenzó el homenaje de esa tarde. 

El acto conmemorativo estuvo a cargo del seminarista de la Iglesia Episcopal Anglicana de El Salvador (IAES) y coordinador del Ministerio de Diversidad Sexual de la misma, Cruz Edgardo Torres, quien con unas lecturas propias para el evento reflexionó para el público. 

“Estamos rodeados de una ideología de muerte en donde nuestra comunidad está frente al cañón, son nuestras vidas las que exigen sacrificio de las teologías odio, generadoras de muerte, que se plantean como defensoras de la vida y la familia”, alega enérgicamente en su mensaje el seminarista. 

También agregó que a muchas personas LGBTQ no les gusta utilizar la palabra comunidad al referirse al colectivo, pues no existe un sentimiento de unidad y por eso hay que trabajar en ello, “es nuestra responsabilidad con las personas que ya no están aquí”, agrega Torres. 

La técnica especialista del Ministerio de Cultura, Brenda Rosales, asistió por primera vez a la Plegaria Rosa, menciona que casi no conocía las actividades de las organizaciones LGBTQ en el país, pero que ahora que ahora como funcionaria pública, comprende muchas cosas que continúan siendo una “deuda histórica” con la población LGBTQ. 

“Me encantó esta actividad, porque es una conmemoración para aquellas personas que han fallecido a causa  del odio sin sentido; este evento refuerza la hermandad y solidaridad entre nosotros y nos da la fortaleza para seguir esta lucha por el respeto para todas y todos”, comentó Rosales al Washington Blade. 

El evento terminó con la participación del coro Acuarela Coral del licenciado Ángel Rivas, que con sus interpretaciones conmovieron a las personas asistentes. 

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‘Dios no te quiere’: Un culto cristiano que acabó en manifestación por los derechos LGBTQ

‘Derechos sí, fundamentalismos no’ en Cuba

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El escritor y activista Manuel de la Cruz (Foto cortesía de Lisbeth Moya)

Tremenda Nota es el socio mediático del Washington Blade en Cuba. Esta nota salió en su sitio web el 6 de junio.

LA HABANA — Esta tarde, dos pájaros tomados de la mano, una gorda, un iyabó y una negra con cara de pocos amigos, somos el estorbo.

Ella lo sabe y le pide a Dios para que no seamos una piedra en el buen camino. Intercede, como toda guerrera espiritual, en alta voz, para que su rezo nos sirva de lección.

La negra y yo estamos hasta la coronilla de recibir pullas. Los dos pájaros, que están de manos un poco más a la derecha, no logran distinguir lo que habla la señora que reza en alta voz.

La señora exhibe un pulóver con un mensaje cristiano. Me lo deja ver, como combatiendo mi abanico multicolor y las manos tomadas de los pájaros, que se llaman Maykel y Osmel.

Claudia, la negra, prefiere reírse para no estallar cuando la señora dice cosas como “Dios, doblega a tus enemigos, barre con todo lo que no sirva”. No nos deja oír al predicador.

Osmel tampoco puede oírlo, pero en su caso otra voz cercana es la culpable. Un señor a su lado, intercesor también, practica la glosolalia, una práctica común del pentecostalismo que consiste en entrar en éxtasis espiritual y hablar un vocabulario nuevo y sin traducción, asumido por los creyentes como “la lengua del espíritu”.

Un muchacho viene a nosotros para invitarnos a participar en la liturgia. Le agradecemos el gesto. Se retira, sigiloso. Hace dos minutos conversó con Lisbeth, la gorda. Le propuso lo mismo. Indagó sobre su vida, sobre su cámara y sobre su perra. Lisbeth preguntó sobre los motivos de la celebración, las edades de los presentes, sobre cómo vencían el temor al espacio público.

A una pregunta de ella, le dice que los cristianos no tienen ningún problema con “esa gente”. Se refiere a las personas LGBTIQ+. “De hecho, allá atrás hay cuatro”, y señala despectivamente en dirección al iyabó, los otros pájaros y la negra.  

El iyabó soy yo, Manuel de la Cruz. Todo lo que llevo es blanco menos el collar de Yemayá y un abanico con los colores del arcoíris.

Claudia recibe una llamada y dice que tiene que irse. Sin querer, dejé de oír al predicador, pues hay un evento contiguo que se roba mi atención. Un balón de fútbol rompe la membrana del círculo cristiano en varios momentos. Golpea y tumba la bicicleta de un “hermano”, entra por los pies de uno de los músicos del culto.

Unos metros más atrás del predicador, unos 14 chicos ondean sus rabos sin disimulo bajo la ropa, mientras sus piernas juegan a las fintas, cambios y patadas de balón. Mis ojos van con ellos, y vuelven solo de vez en cuando a mirar al líder del evento religioso.

Hay varios evangélicos hermosos, altos, en su mayoría bien vestidos. Jóvenes con barbas incipientes y bocas de pocos besos. Lisbeth está conversando con otro de ellos, uno de los más lindos.

“Mis hermanos”, dice el pastor, “tomen la mano a quien tenga al lado, abrácelo, pongan la mano en el hombro, y unámonos todos los presentes para orar”.

Los cristianos que nos rodeaban, con mucha timidez, prefirieron avanzar unos metros, correrse a la derecha, a la izquierda, a cualquier lado, para cumplir el mandato del predicador. Nadie les ofreció una mano a los pájaros. Nadie abrazó a los pájaros. Como si Dios no los quisiera.

Las terapias pentecostales para dejar de ser gay 

En la iglesia de las Asambleas de Dios de Santiago de Cuba, había un servicio de atención diferenciado para las personas que parecían LGBTIQ+. Un grupo de líderes-terapeutas detectaban a los muchachos “amanerados” y los sometían a una disciplina especial.

Osmel Padilla Hernández lo vivió en su adolescencia. El líder de jóvenes, un diácono y algún ministro laico, seleccionado en calidad de testigo, llamaban al detectado para someterlo a interrogatorio. Buscaban las causas de su “amaneramiento” y “homosexualidad”.  

Hurgaban en su historia familiar. Querían encontrar un tío que lo hubiera abusado sexualmente en la infancia. Buscaban una ausencia de “patrón masculino” que lo hubiera inclinado por fuerza a las maneras femeninas. Buscaban infructuosamente. En lo que aparecía una causa más precisa, se debatían entre la doctrina de la posesión demoníaca y los peligros de asociarse con personas homosexuales.

Osmel cree hoy que lo hubiera pasado mejor en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Allí estuvo hasta que el aburrimiento en la liturgia, y la poca apertura a prácticas carismáticas, lo hicieran huir a las Asambleas de Dios.

“Al menos, en la iglesia adventista, no me hubieran dicho que era gay por culpa de un demonio, pues ellos no creen en eso. Allí me hubieran reclamado fidelidad a mi pareja o una conducta sexual bien moderada”, dice Osmel, que no sabía lo que el destino le deparaba.

La terapia de conversión a la que fue sometido en las Asambleas incluyó varias regulaciones y prohibiciones. Cero contacto con otros “amanerados” de la propia iglesia. El banco donde Osmel se sentaba a escuchar las prédicas en los cultos dominicales, era el banco de Osmel solamente. Sus amigos, confinados por los líderes a otro sitio más distante, se resignaban a enviarle miradas compasivas.

Las reuniones con los ministros persistieron, y aquel muchacho de 17 años que quería adorar y servir a Dios, tenía que rendir cuenta de sus pensamientos e instintos sexuales a los líderes. Cero salidas con hermanos que no se mostraran lo suficientemente heterosexuales como para serle tropiezo. Le impusieron tutores masculinos para que absorbiera un poco de toda la testosterona del cielo. Para ser como Cristo, hay que ser tan macho como sus siervos en la Tierra.

Sus amigos, algunos de ellos “amanerados”, entendidos como pájaros por los pastores de jóvenes, tuvieron que bloquear a Osmel de sus redes sociales. Debió dejar de visitarlos, de abrazarlos, de expresarle su cariño.

Condenado a una soledad y discriminación sin precedentes en su vida, se convirtió en un adolescente triste con constantes dudas sobre el verdadero Dios, sobre el carácter amoroso del que tanto le predicaron. Roto, sin deseos de desechar al Dios que él había conocido, abandonó las terapias, los diáconos, las Asambleas, y hasta la ciudad de Santiago de Cuba, en agosto de 2019.

Llegó a La Habana como un migrante más, y buscó a Dios en otra iglesia. Los bautistas libres le abrieron las puertas. A los pocos meses le abrieron el teléfono, y descubrieron sus conversaciones con otros hombres. La historia se repitió en otro contexto y con otros protagonistas.

Sin amigos ni contactos, fue rodando en busca de un sitio para homosexuales de fe, homosexuales que quisieran ser tan cristianos como homosexuales. Su fe mutó. Su vida entera había cambiado.

Osmel Padilla actualmente es un judío devoto que espera el sábado de cada semana, Janucá en diciembre, y la fiesta de Pesaj, que celebra la liberación del pueblo de Israel de su esclavitud de Egipto.

Vive con su novio Maykel. De manos con él llegó a la Piragua en la tarde del domingo 5 de junio, donde muchos de sus conocidos, quienes le profesaron amor y posteriormente rechazo, adoraban Dios y le lanzaban miradas de desconfianza.

‘Me molesta verlos de la mano en la calle’

El primer minuto en el que estoy al lado de Lisbeth, me limito a escuchar su conversación con el trigueñito bonito de pocos argumentos. Me parece conocido.

Lisbeth pone en la mesa el debate sobre el matrimonio igualitario. El muchacho se aturde. Entro en la conversación y me asumo como gay, cosa que no es necesaria pues mi vestimenta y abanico son un discurso. El muchacho me esquiva, no me quiere mirar y mucho menos responder. Ofrece una excusa y se marcha. Lo veo como asume su sitio junto a los líderes del evento. Era uno de ellos.

Me insulto, y voy en busca de Maykel para contarle la hipocresía aquella. A Lisbeth Moya, una mujer heterosexual, han venido varios evangélicos a predicarle. A nosotros, los pájaros, solo uno nos ha invitado, y este, ahora me esquiva.

Caminando hacia donde están Maykel y Osmel, escucho al predicador. Me quedo absorto. Abro mi abanico, y desde esa altura, acaparo la atención de todos y la mirada del pastor, quien me fija los ojos y dice: “Es penoso que tengamos que encontrarnos en la calle a tantas personas que les gustan personas de su mismo sexo. Me molesta ver cómo está proliferando todo este movimiento de homosexuales, tener que verlos de mano en la calle”.

Estallé. La impotencia de Maykel es igual o mayor que la mía. Rompió la barrera uniforme circular, detrás de él, Osmel y yo. En solo segundos, un judío, un iyabó, un ateo, los tres, pájaros, estábamos en el centro de aquella circunferencia fundamentalista. No sabíamos todo lo que vendría.

El bebé Jesús 

Cuando yo tenía dos meses de edad, actué por primera vez. Hice el rol del bebé Jesús en el pesebre. Mi debut sucedió en una iglesia bautista del Cotorro. Una década después, ya en una iglesia pentecostal del mismo Cotorro, empecé a orar por mis pensamientos homosexuales.

Tres años después, desestimé la teoría del demonio, pues hijo de cristiano es cristiano, y un verdadero cristiano no brinda morada a otro ente que no sea el Espíritu Santo. A los 13 años ya practicaba la glosolalia. Al igual que Osmel, caía al suelo ante la imposición de manos. Había visto situaciones paranormales producto de la sugestión, y había sido víctima de represión homosexual.

Me había enamorado de Adrián. Recostaba la cabeza en su hombro en cada culto hasta que fuimos reprendidos severamente. A los 18 ya predicaba en el templo, en las casas y en la calle. A esa edad recibí mi credencial de ministro laico en el templo principal de las Asambleas de Dios del Cotorro.

Estudiante de teología, hice dos cursos en uno, hasta hacerme profesor mientras todavía era estudiante. Me gradué de traductor de griego koiné neotestamentario en febrero de 2012, y seguí como maestro. Al mismo tiempo, cuando fungía como líder de música en mi propia iglesia, me nombraron presidente presbiterial del departamento de música que abarcaba las iglesias pentecostales del Cotorro y San Miguel del Padrón.

Predicaba en eventos, y fui jurado de otros, además de maestro, conferencista, payaso y teólogo soteriológico o apologético. No hubo joven o adulto en las Asambleas de Dios de La Habana que no conociera a Manuel de la Cruz.

A los 20 años no pude con tanta represión e hipocresía. Senté a mi madre y le confesé que llevaba tiempo luchando con pensamientos y prácticas homosexuales. Mi madre me dio dos opciones, “el maletín verde o el negro”. Me fui de la casa. Me reuní también con los líderes de mi iglesia y de presbiterio, y les dije que, por no querer llevar una doble vida, entregaba mis cargos, pero no renunciaba a la fe ni a la asistencia eclesiástica.

Ellos indagaron como buenos espías. Descubrieron mi homosexualidad y la expusieron públicamente en una reunión dominical. Mi madre estaba presente, y tuvo que oír al pastor Ángel Toledo, secretario nacional de las Asambleas de Dios en Cuba, decir que el hermano Manuel de la Cruz tenía prohibida la entrada a la iglesia por “haber asumido conductas sexuales desviadas de la voluntad de Dios y juntarse con personas mundanas y homosexuales”.

La cacería comenzó. Yo quería seguir a Cristo. Como Juan, como Pablo, a pesar de ser gay. Yo quería conservar a los buenos amigos que había hecho, pero la iglesia condicionó la membresía de ellos si seguían hablándome o tratándome. Dos amigos fueron expulsados por no rechazarme. Otra fue puesta en disciplina un año, medida que te impide tomar participación en la liturgia o en la dirección de un culto. Más de 50 casas se cerraron para mí, además de la casa de mi madre.

Amigos pecadores, impíos, vagabundos y desechados, como aquel samaritano de la parábola, me dieron alojamiento, comida y limpiaron las heridas que los fariseos abrieron en mi alma.

Un año después quise volver a los caminos del Señor. Las condiciones no habían cambiado. Fui a otra iglesia, pero la medida se había extendido desde mi anterior iglesia a otras comunidades de las Asambleas de Dios. Quise al menos recuperar a mis amigos, y los líderes ratificaron sus amenazas. Me dedicaron sermones, series de sermones y cultos especiales. No decían mi nombre, pero tampoco hacía falta.

Mi fantasma rondó las Asambleas de Dios durante años, hasta que yo decidí viajar con mi fe por la vida, y unir los principios allí adquiridos con otros de las religiones afrocubanas.

Quedan personas que me conocen y conocen esta historia. Algunos han hablado de errores, otros prefieren callar. Algunos de ellos estaban en la Piragua, abrazados, orando a Dios, orando como yo les enseñé. Los identifiqué enseguida que llegué.

Me miraron y no vinieron a saludarme porque ahora soy un iyabó abiertamente homosexual, objeto de la ira de Dios, de sus siervos, de la Seguridad del Estado y de la memoria histórica de las Asambleas de Dios.

‘No es un demonio, soy yo’ 

“Derechos sí, Fundamentalismos no”, repite Osmel, rasgando su garganta, desde el centro del parque. “Igualdad de derechos, sí al matrimonio igualitario”, coreamos Maykel y yo.

Al menos por dos minutos reina el desconcierto entre los alrededores de 200 cristianos reunidos. No saben qué hacer. Alguien nos intercepta. Nos zafamos. Seguimos voceando consignas, reivindicando los derechos del colectivo LGBTIQ+. Cogemos calma y queremos hablar, pero no nos dejan. Los líderes indican cantar. Deben acallar nuestras voces. Empiezan con himnos que, más que alabanzas, son consignas guerreras.

“Oigo cadenas caer”, dice una de las plegarias. La conozco, Osmel también. No atino a nada. Osmel ondea en alto el abanico que ya me ha quitado de la mano, mientras canta aquello con más fuerza que el mismo pastor.

El muchacho que me negó la palabra, canta a viva voz desde una esquina. Las intercesoras comienzan a reprender a los demonios, rodean el lugar de un lado a otro, pidiendo ángeles que frenen aquello. Alguna va hasta la patrulla que vigilaba a pocos metros. Los policías no intervienen.

Maykel y yo no oímos nuestras propias voces. La bulla, a voz prima, es ensordecedora. Osmel trasmite en vivo, quiere inmortalizar el deber que tuvo con él mismo, durante años, de sacar toda la furia del dolor que le hicieron pasar. Nos callamos unos segundos, y entre el fin de un canto a otro, decido que, aunque me quede afónico, debo llegar a la gente. Tengo una historia que contar.

“¡Ustedes me separaron de mi madre, de mis amigos!”, les digo y señalo a mis conocidos. “Él me conoce, sabe que lo que digo es verdad”.

Empiezo a captar la atención de algunos, mientras veo que se abalanzan sobre Maykel para retirarlo del centro. Maykel no cede. Tampoco Osmel, que ha decidio gritar su historia también.

Osmel reconoce allí caras del pasado, y las confronta directamente. Hay un grupo de personas que mecánicamente repite los cantos y esquivarnos la mirada. Hay otros que callan, nos oyen. Algunos se asombran y otros muestran interés.

Los líderes tratan de sacarnos del centro. Nos sugieren insistentemente irnos a una esquina a conversar. “¡No, su pastor nos ha ofendido!” es la respuesta.

“¡Te reprendo en el nombre de Jesús!”, dice el pastor. Espera que baje un rayo y me dé un punto en la boca, pero eso no sucede.

“No me reprendas que no es ningún demonio el que está aquí, no es Yemayá”, le respondo. “Soy yo, un cristiano que ustedes desecharon”.

Solo podemos gritar, no porque queramos imponernos, sino porque cada vez nuestros argumentos son más filosos y lapidarios. Ponemos en tela de juicio cada palabra dicha. La experiencia es nuestra base. El temple de Maykel nos acompaña y anima.

Los cristianos no han roto su circunferencia, solo entran a acompañarnos los líderes. Desde los bordes, muchos graban, otros se ríen, algunos lloran. Una chica dice que “es mucho para ella”, y pide que le busquen un médico. Se desmaya. Lisbeth les da consejos para reanimarla, pero ella es anatema y la ignoran.

Mi garganta no da más, pero he contado mi historia. Viene gente que siente culpa. Sienten culpa con Osmel. Sienten que han excluido eternamente a Maykel, que era católico en su infancia y recuerda haber oído al cura ofender a una persona homosexual presente en la misa.

Ya no les quedan cantos. Pensaron que Dios no permitiría que venciéramos. Somos los demonios. En una actitud espontánea, la mayoría de los presentes se hinca de rodillas para suplicar con más vehemencia.

Recuerdo en ese instante cuántas veces estuve de rodillas, y cuántas veces después de declararme gay quise visitar una iglesia para hacerlo nuevamente. Me arrodillo ahora. En el centro del círculo. Ellos no se lo esperan. Imponen manos sobre mí. “No voy a manifestarme con ningún demonio, no es necesario que me impongan manos”, les digo.

Osmel es un alma libre que ondea el abanico y danza al compás de los cantos bélicos. Ellos no entienden. Un excompañero de iglesia se le acerca y le dice que no es justo que haga esto. Osmel piensa en la justicia, y recarga su ira y frustración: “¡No es justo lo que ustedes me han hecho a mí, ustedes jodieron mi vida, y lo están haciendo ahora mismo con otros jóvenes como yo!”

Ya he gritado toda mi historia, y los líderes del evento han venido a mí, consternados por ella. He dicho nombres conocidos, cargos conocidos. Un muchacho de mediana estatura se me acerca.

“Discúlpame, todo esto es culpa mía, quiero pedirte perdón por todo lo que te hicieron. Quiero pedirte perdón por lo que habló el predicador. Yo soy el organizador del evento, y me tocaba predicar a mí. No debí cederle el puesto a él. Si yo hubiese predicado, jamás los hubiera tratado así”, dice.

Hay quien con más firmeza ordena a Maykel que se calle. Que en el nombre de Jesús se calle, que deje avanzar la celebración. “¡Este culto ya se acabó!”, responde, y no saben qué decir.

Señalo al muchacho que me rechazó y grito todo lo que hizo. Él se escabulle entre la multitud.

Los muchachos siguen jugando fútbol, luego de detenerse un momento. Pero ya no me percato de sus rabos ondulantes ni de sus sudores de hombre. Ya las barbas incipientes y las bocas de pocos besos me asquean. Todos han disfrazado, al estilo pentecostal, su homofobia en santidad.

Alguien convence al pastor. Viene a disculparse, pero tiene cero coherencia y queda preso en el desastre ante nuestros argumentos. Se dice y se contradice. Se disculpa y se marcha.

Ordenan detener el culto. Me entero porque un líder se lo susurra a otro. Tal parece que la policía se hartó del intercambio, pero algunos no quieren dejar morir el momento. Quieren hacerlo suyo. Alguien me ofrece su ayuda para cambiarme. Me dice que Dios puede enseñarme a no practicar más la “homosexualidad”.

“Yo no practico la homosexualidad, yo soy homosexual. Tú no practicas la heterosexualidad, tú eres heterosexual”, le explico. “¿Alguien aquí decidió ser homosexual o heterosexual?”

Líder tras líder han venido. Uno se acerca a Maykel y lo confronta a gritos. Soberbio, el pájaro lo deja sin habla. “¡Dios no te quiere!”, grita. El cristiano se ríe. “No te quiere por excluir”. El pájaro les ha mostrado al Dios que ha recibido, y se los da de vuelta.

La multitud va desintegrando el círculo. Se nos acercan con lágrimas en los ojos. Una mujer piadosa abraza a Maykel. Un amigo le dice a Osmel que lo ama, y le da un beso y un abrazo que dura mucho rato. A mí nadie me quiere tocar. Yo no quiero cariño ahora. Yo quiero derechos, respeto, igualdad. Todo lo que ellos no quieren para nosotros.

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