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El cubano no binario que renació en España

Nonardo Perea sufrió persecución en su patria

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Nonardo Perea (Foto cortesía de Nonardo Perea)

Nonardo Perea vive en el cuerpo de Michel. Lo utiliza a su antojo para ser lo mismo clásico que vulgar, angelical o diabólico, hombre o mujer. Nonardo puede ser lo que quiera. Detrás de ese Alter Ego, se esconde Michel, tímido y retraído, quien le presta su rostro y sus manos para mostrar al mundo sus pretensiones como artista. 

Nonardo es una invención que cobra vida en fotografías, videoarte, performances, relatos, instalaciones, artículos periodísticos, cerámicas, y en cuanto formato sea posible, pues Nonardo hace mucho tiempo perdió los límites. Su mente perdió esa habilidad a medida que se reinventaba como artista empírico, pues nadie nunca le dio la posibilidad de cursar una academia de artes. 

Ha sido un gran incomprendido, mayormente porque sus piezas desbordaban erotismo y Cuba es aún demasiado mojigata para apreciar su arte queer y otras de sus obras, etiquetadas por el régimen como “políticamente incorrectas”. Michel y Nonardo fueron discriminados, por la sociedad y la dictadura que gobierna el país, ciega de poder y represión contra todo aquel que no concuerde con sus dogmas. 

Aún así, Nonardo superó esas barreras y comenzó a crear, sin la guía de nadie. Los primeros pasos los dio como escritor. Obtuvo algunas herramientas al graduarse del centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso en La Habana. Ganó varios concursos como el premio novelas de gaveta Franz Kafka 2017, con la obra ¨Los amores ejemplares¨ y el premio Félix Pita Rodríguez 2012, con la novela ¨Donde el diablo puso la mano¨. 

En las artes visuales, donde suele ser muy inquieto, obtuvo el tercer premio de fotografía “La casa por la ventana 2014” en el festival GendErotica, con su proyecto “Vulgarmente Clásica”. Participó en la Bienal 00, organizada por artistas independientes con el proyecto: “En la cama con Nonardo” y presentó su performance “Vulgarmente Clásica” en el Museo La Neomudejar en Madrid en 2019. 

Nonardo pertenece al movimiento San Isidro, un grupo de artistas e intelectuales independientes que luchan por una Cuba democrática. Esa batalla la ha librado también desde su arte y en pos de los derechos LGBTQ, como el matrimonio igualitario, la adopción homoparental y en contra de la violencia de género, que aún pervive en la isla. 

Nonardo Perea usó su arte para resaltar su oposición a un referéndum sobre el matrimonio igualitario para parejas del mismo sexo. (Foto cortesía de Nonardo Perea)

Debido a su trabajo y activismo político por un país verdaderamente libre, Nonardo recibió acoso policial y amenazas de cárcel por agentes de la Seguridad del Estado cubano. Temiendo por su vida, se refugió en España, país en el que siente que ha renacido y desde el cual conversa con el Washington Blade. 

WASHINGTON BLADE: Los que siguen tu arte en las redes sociales y fuera de ellas te conocen como Nonardo, pero pocos saben que tu nombre real es Michel. ¿Cómo y por qué nació Nonardo Perea?

NONARDO PEREA: Recuerdo que comenzaba mi carrera como escritor y estaba necesitando otro nombre que no fuese tan común. Hice una gran búsqueda y ninguno me gustaba. Quería un nombre único dentro de lo posible. Una tarde estaba sentado en la sala de mi casa con mi padre y le comenté lo de la necesidad de un nombre. Fue él quien propuso a Nonardo. A mí al principio me sonaba un poco feo, pero luego con el Perea me pareció un poco mejor. Tenía fuerza. Me gustó porque comenzaba con “No”, de negación, y le seguía el “Nardo”, de flor, o sea, que Nonardo tenía mucho que ver conmigo. Desde entonces comencé a usarlo para todos mis trabajos, tanto literarios como audiovisuales.

BLADE: ¿Cómo ha sido tu formación artística teniendo en cuenta que eres un creador empírico?

PEREA: Mi creación artística desde un inicio siempre fue muy complicada, teniendo en cuenta que por motivos de inclusión a temprana edad tuve que abandonar los estudios, por lo que no tengo ninguna formación académica; luego súmale a eso que soy un gay muy evidente. En una etapa de mi adolescencia era visto como una persona demasiado femenina. El hecho de parecer una mujer era un problema para encajar en una sociedad machista y homófoba. Donde primero traté de abrirme camino fue en la escritura. Comencé asistiendo a talleres literarios, donde gané varios concursos de una manera bastante rápida. Nunca estuve exento de críticas y rechazos por las temáticas que abordaban mis narraciones, casi siempre enfocados en temas LGBTQ y realismo sucio. Muchas veces sentí que por ser como soy incomodaba a muchos. Pero a pesar de los rechazos y malos momentos que viví en varios períodos de mi vida, continué haciendo narrativa, y también comencé a escribir artículos de tema social para el periódico digital Havana Times. Luego, con el tiempo tuve la posibilidad de aplicar a un taller de videoperiodismo en Praga convocado por  la organización People in Need, y gracias a una mujer que quiero mucho, Clara González, que vio en mí algún potencial, fui aceptado para participar del curso, en el que  aprendí algo de edición de vídeos, y recibí ayuda con equipos que me sirvieron para comenzar a hacer un trabajo audiovisual con mejor calidad. Todos mis trabajos creativos han sido realizados de manera empírica, y sobre todo soy un artista que trabaja  partiendo de la improvisación. 

BLADE: Has incursionado en manifestaciones artísticas tan diferentes como la escritura pasando por el periodismo y la actuación. ¿Cómo te defines como artista y por qué?

PEREA: Soy una persona que no puede estar inactiva. Cada día de mi vida lo paso pensando en hacer algo nuevo. A veces tengo tantas cosas en la cabeza, y el hecho de no poder llevar a cabo todo lo que quisiera me hace sentir un poco de frustración. No tengo palabras para definirme, solo puedo decir que de algún modo mis procesos creativos me han servido para sobrellevar la vida que me tocó vivir, todo lo que he hecho y hago me ha servido como un modo de escape de la  realidad y lo cotidiano, ya no podría vivir sin crear.

BLADE: Precisamente en una reciente entrevista declaraste que tu arte era un proceso de liberación de tu persona. ¿De qué exactamente te liberas cuando creas?

PEREA: Me libero del día a día, de lo cotidiano, de mis miedos y de la censura.

BLADE: En la mayoría de tus trabajos visuales trabajas con tu propia imagen. ¿Por qué?

PEREA: Me utilizo como objeto artístico porque en Cuba viví un gran tiempo en soledad. De alguna manera me aislé y creé en mi casa un espacio de confort, un lugar donde me sentía más libre. De algún modo el encierro me sirvió para estar alejado de la sociedad, esa que en gran parte de mi juventud no se cansó de hacerme sentir mal por mi condición de homosexual evidente. Por otro lado, mis propuestas literarias y arte en general no eran tomadas en cuenta. Siempre percibí que la mayoría de las personas me subvaloraban, y proponerle a alguien que colaborase conmigo en fotografías eróticas sin recibir nada a cambio era complicado, y aún sigue siéndolo. Tengo el control sobre mi cuerpo, si me quiero desnudar en una foto o en un vídeo, aunque me dé pena me despojo de complejos y lo hago. Si quiero hacer una fotografía demasiado vulgar también la hago. No tengo que solicitar autorización a nadie para hacerlo. No me pongo barreras. Me arriesgo, luego pienso, que digan lo que quieran. Yo entiendo que estoy realizando un trabajo donde expreso mis problemáticas personales y sociales, como ser humano.  

BLADE: Te asumes como una persona andrógina. ¿Cuántas dificultades te ha traído eso teniendo en cuenta que has vivido la mayor parte de tu vida y desarrollado tu obra en Cuba, un país en el que predominan aún los esquemas machistas y homofóbicos? 

PEREA: Me considero una persona andrógina no binaria, porque no me identifico con ningún sexo. Lo mismo puedo sentirme a gusto de chica que de chico. No tengo problemas con los pronombres Él o Ella. No me gusta victimizarme, pero te puedo decir que el camino ha sido bien difícil, y lo ha sido no solo para mí, sino para muchos otros gays y lesbianas que en su vida han optado por no ocultar su identidad sexual y han tenido que luchar contra el mundo. Ser como soy  en Cuba no me ha ayudó mucho en cuanto a poder ser reconocido por mi trabajo, pero ser como soy sí me ha servido para fortalecerme, y para entender que no necesito de la aprobación de ninguna institución para continuar creando. Soy un artista cubano y quieranlo o no, gran parte de mi trabajo se gestó en Cuba. 

BLADE: Muchos artistas cubanos prefieren separar sus creaciones de la política y hasta se rehúsan a dar su verdadero criterio sobre la situación de la isla. Sin embargo, tu obra tiene una alta dosis de activismo en contra de la dictadura y en la defensa de los derechos LGBTIQ. ¿Qué consecuencias, profesionales y personales, te ha traído ser un artista etiquetado por el régimen cubano como “contrarrevolucionario”?   

PEREA: La principal consecuencia es haber tenido que exiliarme; salir del país donde nací, abandonar a mi madre y familia, a mis amigos, mis perras, y toda una vida. Pero creo que tenía que ser así. No quedaba otro camino que el de decir adiós, porque por ninguna circunstancia  iba a  permitir detener mis procesos creativos, y por encima de todo iba a continuar haciendo mi activismo. Sé que tal vez no iba a poder aguantar tanta presión por parte de los agentes de la Seguridad Del Estado, quienes querían que colaborase con ellos para delatar  a mis compañeros del movimiento de San Isidro. De haber regresado a Cuba ahora mismo no sé cómo habría sido mi vida a partir de ese momento. Si ser contrarrevolucionario significa decir lo que pienso, y estar a favor de las minorías oprimidas, y de estar en contra de una dictadura que durante 61 años ha dejado a Cuba y a  su pueblo en una miseria sin nombre, pues soy contrarrevolucionario y a mucha honra. No tengo nada que agradecerle a ese país, donde siempre fui visto como un bicho raro, y lo poquito que conseguí fue gracias a mi esfuerzo y dedicación, porque estando en Cuba recibí críticas y trabas para todo, por tal motivo conmigo están recogiendo lo que sembraron, de mí que no esperen rosas.

BLADE: En Cuba para ser aceptado como parte del movimiento LGBTQ oficial tienes que compartir la ideología de la dictadura, la misma que puso a consulta popular el matrimonio igualitario y reprime a los activistas independientes. En tu opinión, cuáles son los peligros de “politizar” la lucha del movimiento gay cubano? 

PEREA: El peligro está en ver cómo se politiza. Estando en Cuba nunca dejé de ir a las marchas convocadas por el CENESEX (Centro Nacional de Educación Sexual) y no se me olvidará como la propia Mariela Castro (directora del CENSEX e hija del expresiedente Raúl Castro) politizaba aquellas mini marchas carnavalescas con consignas en favor de los cinco espías presos en el Imperio, y con gritos de “socialismo sí y homofobia no”. No recuerdo haber visto a ningún gay o lesbiana portando un cartel exigiendo el matrimonio igualitario, ni exigiendo libertades, ni una ley en contra la violencia de género. Es realmente patético teniendo en cuenta que el propio sistema en sí es el causante número uno de que en Cuba persista la homofobia y el abuso constante a personas del colectivo, principalmente a las personas trans, un país donde  vulneran constantemente tus derechos, ya sea por temas de raza o de orientación sexual. Esas marchas eran politizadas por el propio CENESEX en pro de un supuesto Socialismo, que está comprobado nunca ha funcionado ni va a funcionar porque aquello es un híbrido entre comunismo y capitalismo subdesarrollado, y todos sabemos que no es otra cosa que una dictadura, y de las más crudas de la historia, porque ha conseguido perdurar durante 61 años. Si Mariela Castro y todos sus fieles seguidores politizan la marcha en su beneficio, no veo porque el colectivo de manera independiente no pueda armar su propia lucha a favor de los derechos más elementales de la comunidad LGBTQ en Cuba.

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Una marcha del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia en La Habana el 14 de mayo de 2016. El Centro Nacional de Educación Sexual la organizó. (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

BLADE: ¿En qué sentido el exilio forzado al que te has enfrentado en España ha cambiado tu obra? 

PEREA: Ahora mismo continúo haciendo lo que quiero hacer, independientemente de estar en España sigo sintiendo que estoy en Cuba. No ha cambiado mucho mi visión como artista. Llevo tan solo aquí un año y siete meses, aunque creo que esté donde esté, de algún modo mi trabajo estará vinculado al de la isla porque aún no he cortado ese cordón umbilical que me une al lugar donde nací y di mis primeros pasos. Es cierto que estando fuera uno adquiere otros mecanismos de creación y de factura en la obra, pero por el momento no creo que el enfoque de mi obra por estar en otro país haya cambiado mucho. Eso sí, aquí en Europa existen otras problemáticas de las que tal vez pueda sacar algún provecho, pero sea como sea, serán apreciadas desde la óptica de un artista exiliado latinoamericano.

BLADE: A nivel personal, ¿cómo ha sido la experiencia de ser un inmigrante gay en Europa?

PEREA: Estoy muy agradecido por España, principalmente por Madrid, que es el sitio donde he vivido desde que llegué en el 2019. Por el momento, no me he sentido discriminado ni por mi orientación sexual ni por ser extranjero. He recibido apoyo emocional y jurídico por parte de la ONG Rescate, que me acogió y donde he recibido la atención que nunca tuve en mi propio país. Con todas las problemáticas sociales y políticas que puedan existir, en este país es donde he podido de algún modo conocer lo que es la verdadera libertad.   

BLADE: ¿Qué podemos esperar de Nonardo Perea próximamente?

PEREA: Ahora me encuentro en otro momento complicado de mi vida, porque no encuentro trabajo, y no recibo ningún dinero por mi trabajo artístico, o sea que lo que hago es por amor al arte y porque no puedo dejar de construir mi propio mundo. La situación del COVID ha conseguido hacer las cosas más difíciles, no solo para mí sino para todos, pero teniendo en cuenta que soy un exiliado y que llevo poco tiempo aquí, pues es muy complicado. Aun así continúo de manera eventual haciendo los videos-arte para el proyecto audiovisual “Vulgarmente Clásica”, el cual realizo ya desde hace varios años. Y más recientemente comencé con un nuevo proyecto: “Maricón Tropical: Living in Madrid”, este un tanto más abarcador por no llamarlo ambicioso, donde inserto varias manifestaciones artísticas: el performance, el audiovisual, la literatura, el dibujo y la fotografía, y está enfocado en mi nueva vida como exiliado en Madrid, todo visto desde un punto de vista autorreferencial, como son casi todos mis propuestas.

BLADE: Si tuvieras que crear una obra que describiera tu vida ahora mismo, ¿cómo sería?

PEREA: Considero que mi vida, mi verdadera vida, ha comenzado ahora, lo de antes no lo era. Para los efectos yo nací el 19 de Marzo de 2019, cuando puse un pie en España. Todo el pasado quedó atrás. Quiero imaginar que el pasado fue un mal sueño. Mi proyecto “Maricón Tropical Living in Madrid”, es una obra donde de algún modo se refleja ese pasado, que por desgracia es imposible olvidar y es bueno también que la gente sepa cómo fue esa otra vida, pero me centro más en el presente, mis problemáticas actuales como persona que se enfrenta a una nueva vida siendo un adulto que se siente recién nacido. Solo puedo decirte que la obra de mi vida está en proceso.

Parte de la serie “Maricón Tropical: Living in Madrid” de Nonardo Perea. (Foto cortesía de Nonardo Perea)
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El Salvador

Mujer trans salvadoreña es encontrada sin vida

La muerte de Yoisi Villalta vuelve a poner sobre la mesa la violencia

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Yoisi Villalta

SANTA ANA, El SalvadorLa muerte de Yoisi Villalta, mujer trans y vendedora de tortas en Texistepeque, Santa Ana Norte, ha vuelto a colocar en el centro del debate una realidad que durante años ha acompañado a la población LGBTQ en El Salvador: la violencia no termina con una agresión o con una muerte. También puede manifestarse en la manera en que una persona es buscada, nombrada, registrada, despedida y recordada.

Villalta fue reportada como desaparecida por su familia a finales de agosto de 2026. Días después, medios de comunicación y plataformas digitales informaron sobre el hallazgo de su cuerpo sin vida. Un reporte publicado el 5 de septiembre señala que el cuerpo fue localizado en Tacuba, Ahuachapán, ocho días después de su desaparición, mientras que la Policía Nacional Civil no había confirmado hasta entonces la causa de muerte ni clasificado oficialmente el caso como homicidio intencionado. 

La precisión es importante; hasta el momento no debe afirmarse como un hecho que Yoisi haya sido víctima de un crimen de odio o de un homicidio motivado por su identidad de género, mientras no exista una investigación oficial que determine las circunstancias y causa de su muerte. Lo que sí existe es una profunda preocupación expresada por organizaciones de la sociedad civil y por personas de la comunidad LGBTQ, especialmente ante el contexto de violencia y discriminación que históricamente han enfrentado las mujeres trans en El Salvador.

Una mujer detrás de una noticia

Antes de convertirse en noticia, Villalta tenía una vida. Era una mujer trans que trabajaba como vendedora de tortas en Texistepeque. Desde su negocio desarrollaba una actividad cotidiana para ganarse la vida, pero también había convertido aquel espacio en una expresión de solidaridad con su comunidad.

De acuerdo con la información difundida por organizaciones LGBTQ, Villalta compartía alimentos con las brigadas de salud sexual que realizaban jornadas en la zona. Esa faceta de su vida permite verla más allá de las circunstancias de su muerte: como una mujer trabajadora, solidaria y vinculada a acciones comunitarias.

La Federación Salvadoreña LGBTI pidió precisamente que su memoria fuera abordada desde esa perspectiva. En el mensaje difundido tras conocerse su muerte, la organización llamó a recordarla por “su vida, su trabajo, su generosidad, y sobre todo desde su nombre”, y pidió que su historia no fuera reducida al morbo.

Ese llamado resulta especialmente importante en tiempos en que las redes sociales pueden convertir una tragedia humana en una sucesión de comentarios, fotografías, especulaciones y publicaciones hechas sin sensibilidad. Una persona fallecida no deja de tener dignidad.

Y una mujer trans no deja de ser mujer porque haya muerto.

El derecho a ser nombrada

Uno de los aspectos que más indignación ha provocado en torno al caso es el tratamiento de la identidad de Villalta durante la búsqueda. Organizaciones y personas cercanas han denunciado que durante el proceso de búsqueda se utilizó el nombre que aparece en su Documento Único de Identidad (DUI), en lugar del nombre con el que Villalta vivía y era reconocida socialmente.

Este aspecto no es meramente una cuestión semántica. Para las personas trans, el nombre puede representar una parte fundamental de su identidad y de la manera en que construyen su vida frente a la sociedad. Ser reconocidas por el nombre con el que se identifican constituye también una forma de respeto.

En el caso de Villalta, la Federación Salvadoreña LGBTI expresó que negar el nombre y la identidad de una persona trans también constituye una forma de violencia. La situación adquiere una dimensión todavía más compleja en El Salvador, donde continúa sin existir un mecanismo legal general que permita a las personas trans modificar su nombre y marcador de género en sus documentos de identidad conforme a su identidad de género.

Así, una persona puede construir durante años una vida social, familiar, laboral y comunitaria con un nombre determinado y, sin embargo, encontrarse ante instituciones que continúan identificándola exclusivamente mediante los datos registrales que no corresponden a la identidad con la que vive. El caso de Villalta vuelve a evidenciar esa tensión entre la identidad vivida y el reconocimiento institucional.

Un problema que va más allá de un solo caso

El caso de Villalta ocurre en un país donde las organizaciones de derechos humanos han advertido durante años sobre la violencia y discriminación que afectan a la población LGBTQ. La información disponible también muestra un problema relacionado con la documentación de estos hechos.

Organizaciones defensoras de derechos humanos han cuestionado la ausencia o insuficiencia de registros públicos actualizados y desagregados que permitan conocer con precisión cuántos delitos violentos afectan a personas LGBTQ y cuántos de ellos tienen como posible motivación la orientación sexual, identidad o expresión de género. La falta de información no significa necesariamente ausencia de violencia. Por el contrario, puede hacerla más difícil de identificar.

Un crimen que no registra la identidad de género de la víctima, o que no investiga adecuadamente una posible motivación relacionada con prejuicios, termina incorporándose estadísticamente como un hecho aislado, sin permitir comprender patrones. Ese problema tampoco es exclusivo de El Salvador. Sin embargo, en el país constituye una preocupación recurrente para las organizaciones que documentan vulneraciones contra personas LGBTQ.

301 denuncias en 2025

Un indicador permite dimensionar que el problema trasciende los homicidios. El Informe 2025 sobre las vulneraciones de los derechos humanos de las personas LGBTQ en El Salvador, elaborado por el Observatorio de Derechos Humanos LGBTIQ+ de ASPIDH con apoyo de Hivos y Arcus Foundation, registró 301 denuncias de vulneraciones de derechos entre el 1 de enero y el 22 de septiembre de 2025. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también recogió estos datos en su informe anual. 

Según esa información, las mujeres trans representaron el 53,5 por ciento de las víctimas registradas y los hombres gays el 26,6 por ciento. El informe también señaló como principales presuntos responsables a cuerpos uniformados, entre ellos la Policía Nacional Civil, los cuerpos de agentes municipales y militares desplegados bajo el régimen de excepción. 

Estos datos deben leerse con cautela: se trata de denuncias de vulneraciones de derechos, no de una cifra de homicidios ni de todos los casos ocurridos en el país.

Pero muestran algo importante: la violencia contra las personas LGBTQ no puede analizarse exclusivamente desde los asesinatos. También existe violencia en la discriminación, en el acceso a servicios, en el trato institucional, en la familia, en el trabajo, en los espacios públicos y en la imposibilidad de ejercer plenamente derechos fundamentales.

El precedente de Zashy Zuley

La historia reciente de El Salvador ofrece antecedentes que ayudan a comprender por qué el caso de Villalta genera preocupación. En abril de 2021 fue asesinada en San Miguel Zashy Zuley del Cid, una mujer trans y activista vinculada al trabajo comunitario de personas LGBTQ.

ACNUR condenó entonces su asesinato y señaló que Zuley había sido previamente desplazada de su hogar debido a amenazas. La agencia de Naciones Unidas explicó que trabajaba junto con COMCAVIS TRANS para apoyarla en un proceso de emprendimiento y medios de vida. 

Su muerte también puso en evidencia otra forma de violencia: después de morir, hubo dificultades para que su identidad de género fuera respetada durante sus honras fúnebres. Medios que documentaron el caso señalaron que fue sepultada con una expresión masculina y que existieron obstáculos para la participación de personas LGBTQ cercanas a ella. 

El caso de Zuley se convirtió así en un símbolo de una problemática que tiene dos dimensiones: la violencia contra el cuerpo y la violencia contra la identidad.

Más de cinco años después, la muerte de Villalta vuelve a colocar ambas preocupaciones en la conversación pública.

¿Dónde están los datos oficiales?

Una de las preguntas que surgen nuevamente es cuántos casos de violencia contra personas LGBTQ han ocurrido en los últimos años y cuántos han sido investigados considerando una posible motivación por prejuicio.

La ausencia de información pública reciente y desagregada dificulta responder.

Esta falta de datos no solo afecta a las organizaciones defensoras de derechos humanos. También afecta a las instituciones encargadas de diseñar políticas públicas, prevenir la violencia y garantizar justicia.

Si no sabemos cuántos casos existen, dónde ocurren, quiénes son las víctimas, qué tipos de violencia se presentan y qué resultados tienen las investigaciones, resulta mucho más difícil diseñar respuestas adecuadas. La documentación independiente adquiere entonces un papel fundamental, aunque nunca debería sustituir la obligación del Estado de generar estadísticas confiables y transparentes.

El desafío de no olvidar

El caso de Villalta vuelve a plantear una pregunta incómoda para El Salvador:

¿Qué ese está haciendo para que las personas LGBTQ puedan vivir y morir con dignidad? La respuesta no puede depender únicamente de las organizaciones LGBTQ, de las familias o de las comunidades.

Requiere instituciones que registren adecuadamente los hechos, investigaciones que determinen responsabilidades, y de acuerdo con activistas de sociedad civil, también “se necesita un Estado que cree y promueva políticas de prevención y que reconozca la identidad de las personas diversas, formación de funcionarios y una sociedad que comprenda que la diversidad no disminuye el valor de ninguna persona”. Por ahora, las circunstancias de la muerte de Yoisi dejan muchas dudas en lo sucedido y no corresponde afirmar que se trató de un crimen de odio sin una determinación oficial de una investigación que no existió.

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Honduras

Realidad LGBTQ en Honduras: fuga o muerte

Observatorio KAI+: 35 asesinatos anti-LGBTQ en 2026

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Tegucigalpa, Honduras, en 2022. Las cifras encienden todas las alarmas: 35 muertes violentas de personas LGBTQ, 195 casos de violencia generalizada y 11 personas asistidas para refugiarse en el extranjero. (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

Reportar sin Miedo es el socio mediático del Washington Blade en Honduras. Esta nota salió en su sitio web el 21 de agosto.

TEGUCIGALPA, Honduras — Las cifras encienden todas las alarmas: 35 muertes violentas de personas LGBTQ, 195 casos de violencia generalizada y 11 personas asistidas para refugiarse en el extranjero. Las mujeres trans encabezan las víctimas mortales con 11 casos, seguidas de los hombres gay con 10.

Esa es la realidad de las poblaciones sexualmente diversas que pinta el boletín número 14 del Observatorio de Violencia hacia las Personas LGBTI+ de Honduras KAI+, correspondiente al período de enero al 8 de agosto de 2026.

Según el informe, los departamentos con mayor concentración de asesinatos son Francisco Morazán (12), Cortés (5) y Comayagua (4). Sin embargo, el dato más revelador de la impunidad es que los 35 casos permanecen en etapa de investigación preliminar, con apenas dos capturas reportadas.

«No queremos vivir con miedo»: defensores

Lucía Barrientos, de la Asociación Ixchel, resume el sentimiento colectivo. «Hoy las personas LGBTI en Honduras vivimos en estado de alerta. Muertes que, al hacer un análisis, tienen una conmoción de que muchas personas de nuestra población han sido torturadas, que han sido crímenes de odio», señala. 

Barrientos subraya que en el país no hay una ley que tipifique el crimen de odio, lo que deja a la población en un limbo legal y expuesta a la violencia sin protección efectiva.

Entretanto, Jennifer Córdoba, de la Colectiva de Mujeres Trans Muñecas de Arcoíris, lamenta que las autoridades no estén haciendo nada para defender los derechos humanos. 

«Ver ese tipo de violencias en el país que se incrementan, ver que las autoridades de nuestro país no están haciendo nada para la defensa de los derechos humanos, no crear una política pública que respete los derechos humanos de la población LGTBI», afirma Córdoba.

Violencia generalizada y discriminación sistemática

Los 195 casos de violencia generalizada incluyen amenazas (19), maltrato familiar (25), abuso de autoridad (14), discriminación por orientación sexual o identidad de género (14), lesiones (10) y agresiones sexuales. Las mujeres trans son nuevamente las más afectadas, con 32 casos registrados. 

Dany Montesinos, de la Asociación LGBTI Kukulcán, advierte: «Esta es una violencia general, estructurada. No tenemos un patrón determinado. La alerta que estamos poniendo es que, en comparación con otros años, esto está siendo más creciente».

Un elemento crítico señalado por el boletín es que casi el 70 por ciento de los casos de violencia generalizada (137 de 195) carecen de categorización desagregada sobre la orientación sexual o identidad de género de la víctima, lo que evidencia la ausencia de protocolos adecuados por parte de las instituciones estatales y una invisibilización sistemática.

Migración forzada, huir para vivir

Entre los hallazgos más dolorosos está la asistencia a 11 personas LGBTQ que han buscado refugio en el extranjero. Ocho se han ido a Estados Unidos, dos a España y una al Reino Unido. Los motivos incluyen amenazas, discriminación, abuso de autoridad, agresiones sexuales y físicas. 

Como señala un testimonio: «Tuvieron que irse, se vieron obligadas a huir por amenazas, por la discriminación, por el abuso de autoridad y agresiones sexuales. Estos datos nos muestran que la migración de las personas LGBTI no responde únicamente a razones económicas, sino a la necesidad urgente de proteger su vida y sus derechos».

Recomendaciones ante un Estado ausente

El boletín concluye con un llamado urgente al Estado hondureño. Exige fortalecer las investigaciones de muertes violentas e implementar políticas públicas de protección integral. Además, capacitar a funcionarios en diversidad sexual y derechos humanos y garantizar que los casos avancen más allá de la etapa preliminar.

Barrientos lo resume con claridad. «Exigimos al Estado respuestas inmediatas, justicia y protección real para nuestra población. No queremos retroceder, no queremos volver atrás, no queremos vivir con miedo, no queremos salir a la calle y saber que no puedo expresar mi amor hacia mi pareja o hacia otra persona porque puedo amar y ser muerta».

El Observatorio KAI+ recuerda que detrás de cada cifra hay seres humanos: madres, padres, hijos, hermanos y familias que dependen de ellos. La indiferencia institucional, advierten, no puede seguir siendo una puerta abierta a la impunidad.

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Noticias en Español

Un terremoto también se vive desde el exilio

Yonatan Matheus se nació en La Guaira, la zona venezolana más afectada por los sismos

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(Imagen por Tindo/Bigstock)

El 24 de junio de 2026, dos terremotos sacudieron Venezuela y alteraron la vida de miles de personas en cuestión de segundos. Para gran parte del mundo fue una noticia que ocupó titulares durante algunos días. Para quienes nacimos allí, el tiempo pareció detenerse. Antes de pensar en la magnitud del sismo o en el número de viviendas afectadas, hubo una pregunta que desplazó cualquier otra: ¿estarán bien quienes amo?

Los desastres naturales no solo transforman los territorios; también modifican la manera en que quienes vivimos en el exilio nos relacionamos con el lugar al que seguimos llamando hogar. La distancia no reduce el dolor ni la preocupación por quienes permanecen allí. Cada llamada sin responder, cada fotografía y cada mensaje recuerdan que existen vínculos que sobreviven a las fronteras, al tiempo y a la propia migración.

Lo primero que hice fue llamar a mi familia en La Guaira. Durante esos minutos comprendí, una vez más, que también existen terremotos que se sienten desde el exilio. La incertidumbre crece con cada llamada que no entra y con cada mensaje que permanece sin respuesta.

Cuando finalmente logré comunicarme, confirmé que familiares y personas cercanas habían perdido sus hogares, que distintas zonas de La Guaira enfrentaban graves afectaciones y que comunidades como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado también sufrían las consecuencias de los terremotos. Aunque algunas de estas localidades registraron daños estructurales de menor magnitud que las zonas más devastadas, sus habitantes también vieron alterada su vida cotidiana por la interrupción de servicios, las dificultades de acceso y la profunda interdependencia social, económica y comunitaria que caracteriza a La Guaira.

Algunos miembros de mi comunidad también habían fallecido. Entre ellos estaban dos hombres gays a quienes conocía. Sus nombres me recordaron que detrás de cada cifra existen historias, afectos y proyectos de vida. También me hicieron pensar en todas aquellas personas cuyas vidas y muertes difícilmente ocuparán un titular, especialmente quienes durante años vivieron en los márgenes, con escasa visibilidad y sin el pleno reconocimiento de su dignidad. Me recordaron, además, que las emergencias nunca afectan a todas las personas por igual y que quienes ya enfrentaban mayores condiciones de vulnerabilidad suelen soportar una carga aún más pesada durante la recuperación. 

El país del que uno sale nunca desaparece

Nací y crecí en La Guaira. Allí permanecen buena parte de mi historia, mi familia, mis amistades y una comunidad que sigue formando parte de quien soy. Hace diez años tuve que salir de Venezuela y solicitar asilo en Estados Unidos como consecuencia de la persecución que enfrenté por ser un hombre gay y defensor de derechos humanos. Con el tiempo comprendí que el exilio no consiste únicamente en cambiar de país. También significa aprender a vivir con la certeza de que una parte de nosotros permanecerá siempre en el lugar del que tuvimos que partir.

Cada celebración familiar, cada crisis y cada tragedia confirman que seguimos perteneciendo a ese territorio. Las personas refugiadas y migrantes no dejamos de vivir las emergencias de nuestros países de origen; simplemente las vivimos de otra manera. Mientras otras personas pueden desplazarse para abrazar a sus familias o participar directamente en las labores de ayuda, quienes estamos lejos intentamos acompañar desde la incertidumbre, con la impotencia de saber que el corazón permanece donde el cuerpo ya no puede estar.

Quizá esa sea una de las dimensiones menos visibles del desplazamiento forzado. Vivimos las tragedias de nuestro país a la distancia, con menos posibilidades de actuar físicamente, pero con el mismo dolor y con un profundo sentido de responsabilidad hacia las personas y los lugares que siguen formando parte de nuestra historia.

Cuando una casa representa toda una vida

Después de una emergencia suele repetirse una frase bien intencionada: “Lo importante es que todos están vivos; lo material se recupera.” Aunque busca transmitir esperanza, también puede invisibilizar una realidad profundamente humana. En Venezuela, una vivienda rara vez representa únicamente una construcción. Es el resultado de años de trabajo, sacrificios compartidos y sueños familiares. En sus paredes también habitan recuerdos, fotografías, documentos y la memoria de quienes la construyeron.

Cuando un terremoto destruye un hogar, también altera el proyecto de vida de una familia. Por eso no basta con volver a levantar edificios. Es necesario crear las condiciones para que las personas recuperen estabilidad, seguridad y la posibilidad de imaginar nuevamente un futuro. Como trabajador social, estoy convencido de que los territorios no vuelven a ponerse de pie únicamente con cemento. También necesitan confianza, organización, apoyo mutuo y espacios donde las personas puedan elaborar el duelo y fortalecer nuevamente sus redes de apoyo.

Ese proceso tampoco ocurre en igualdad de condiciones para todas las personas. Los desastres suelen profundizar desigualdades que ya existían antes de la emergencia. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con enfermedades crónicas o con VIH y muchas personas LGBTQ, especialmente aquellas que enfrentan pobreza, discriminación o redes de apoyo limitadas, suelen encontrar mayores obstáculos para acceder a servicios, restablecer sus medios de vida o volver a sentirse seguras. Una respuesta verdaderamente humanitaria no consiste únicamente en llegar primero; consiste en asegurar que nadie quede atrás cuando comienza el largo camino para reconstruir su vida. 

Cuando la emergencia deja de ser noticia

Las primeras horas después de un desastre suelen despertar lo mejor de una sociedad. Vecinas y vecinos organizan rescates, personas voluntarias distribuyen alimentos, equipos de salud trabajan sin descanso y miles de ciudadanos, dentro y fuera del país, buscan la manera de ayudar. Esa movilización espontánea representa uno de los recursos más valiosos frente a cualquier crisis y demuestra que, incluso en contextos de profunda polarización, la vida humana sigue siendo capaz de convocar encuentros.

Sin embargo, para quienes sobrevivieron, el verdadero desafío apenas comienza cuando la emergencia deja de ocupar los titulares. Mientras los medios dirigen su atención hacia otras noticias y las donaciones disminuyen, miles de familias siguen intentando recuperar sus hogares, restablecer sus medios de vida y reorganizar una cotidianidad profundamente alterada. La crisis termina mucho antes para la opinión pública que para quienes continúan enfrentando sus consecuencias.

En la acción humanitaria suele describirse un fenómeno conocido como fatiga de la compasión. En términos generales, hace referencia a la disminución progresiva de la atención pública y de parte de la movilización solidaria conforme una crisis deja de ocupar el centro de la conversación. No significa que desaparezca la voluntad de ayudar, sino que nuevas urgencias desplazan rápidamente a las anteriores. El riesgo es que los territorios afectados queden solos precisamente cuando enfrentan la etapa más compleja de volver a levantarse.

Las principales organizaciones humanitarias recuerdan que reparar edificios constituye sólo una parte del proceso. También es indispensable fortalecer la salud mental, ofrecer apoyo psicosocial, recuperar el tejido comunitario y garantizar que la población participe activamente en las decisiones sobre su propio futuro. Una vivienda puede reconstruirse en algunos meses; recuperar la sensación de seguridad, la confianza o el sentido de pertenencia suele requerir mucho más tiempo.

Esta realidad resulta especialmente importante para quienes ya enfrentan condiciones de vulnerabilidad antes del terremoto. Las personas adultas mayores, la niñez, las personas con discapacidad, quienes viven con VIH y muchas personas LGBTQ suelen encontrar mayores barreras para acceder a servicios, mantener sus tratamientos, recuperar sus ingresos o reconstruir sus redes de apoyo. Las emergencias no crean esas desigualdades, pero con frecuencia las hacen más visibles y profundas. Por eso, una recuperación verdaderamente sostenible no consiste únicamente en volver al punto donde estábamos antes del desastre, sino en aprovechar ese proceso para reducir brechas históricas y fortalecer la inclusión.

Como trabajador social, prefiero hablar de una resiliencia consciente. No de una resiliencia que exige fortaleza permanente o invita a ocultar el dolor bajo la idea de que “hay que seguir adelante”, sino de aquella que reconoce las pérdidas, entiende que el duelo necesita tiempo y acepta que pedir ayuda también forma parte del camino. Ninguna comunidad debería sentirse obligada a reconstruirse sola, ni ninguna persona a demostrar que ya superó una tragedia antes de estar preparada para hacerlo.

Permanecer también es una forma de ayudar

El exilio me impidió estar físicamente en La Guaira durante los días posteriores a los terremotos, pero no me impidió asumir la responsabilidad de acompañar desde donde hoy me encuentro. Durante esas semanas utilicé mis plataformas para verificar información antes de compartirla, visibilizar localidades que históricamente han recibido menor atención —como Carayaca, El Junko y otros sectores del oeste del estado— y promover mensajes centrados en las necesidades de la población afectada.

Ese compromiso también dio origen a la serie documental La Guaira: Antes y Después, un esfuerzo por documentar cómo cambiaron distintos espacios y contribuir a que no desaparezcan de la memoria colectiva cuando termine la cobertura periodística. Más que registrar la destrucción, busca recordar que detrás de cada fotografía existen familias que seguirán necesitando apoyo mucho después de que las cámaras se hayan ido.

Creo profundamente que comunicar con responsabilidad también es una forma de acción humanitaria. Verificar antes de publicar, evitar la desinformación y mantener visibles a los territorios históricamente olvidados constituye una manera concreta de acompañar el proceso de recuperación y fortalecer el compromiso colectivo desde la distancia.

La solidaridad que decide quedarse

Los terremotos del 24 de junio de 2026 dejarán cicatrices visibles en edificios, carreteras y viviendas. Otras permanecerán en silencio, acompañando a familias que deberán reconstruir no solo sus hogares, sino también su sensación de seguridad, sus proyectos de vida y la confianza en el futuro.

Como venezolano, guaireño, refugiado y defensor de derechos humanos, esta experiencia reforzó una convicción que ha guiado buena parte de mi trabajo: las personas deben permanecer en el centro de cualquier respuesta humanitaria. Ninguna diferencia política, institucional o ideológica debería ser más importante que proteger la vida, aliviar el sufrimiento y garantizar que quienes enfrentan mayores condiciones de vulnerabilidad reciban el acompañamiento que necesitan para volver a empezar con dignidad.

Los terremotos dejan de sentirse cuando la tierra deja de temblar. El olvido comienza cuando dejamos de mirar. Entre una cosa y otra existe un largo camino que exige memoria, compromiso sostenido y la decisión colectiva de no abandonar a quienes siguen intentando levantarse cuando el resto del mundo ya ha seguido adelante. Porque una sociedad no termina de recuperarse cuando reconstruye sus edificios; lo hace cuando todas las personas tienen la oportunidad de volver a vivir con seguridad, esperanza y la certeza de que nadie quedó atrás.

Yonatan Matheus (He/Him/Él) es defensor de derechos humanos LGBTQ y trabajador social y activista. Trabaja en la intersección entre Migración, Justicia Social y respuesta al VIH.

Este comentario salió en el sitio web de Yonatan el 6 de julio.

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